Y a falta de músculos…

 

The Uncertainty of the Poet 1913 by Giorgio de Chirico 1888-1978

Giorgio de Chirico – La incertidumbre del poeta

Octavio Paz, en el primer ensayo de su El laberinto de la soledad, se pregunta sobre la inseguridad casi genética de los mexicanos. Allí se hace algunas preguntas muy atinadas: «¿Qué somos y cómo realizaremos lo que somos?» y la más importante: «¿No sería mejor crear, obrar sobre una realidad que no se entrega al que la contempla, sino al que es capaz de sumergirse en ella?». Ésa es la pregunta clave que toda persona debería plantearse y, sobre todo, responderse de manera tajante. Hoy en día, en cambio, está de moda la idea contraria: la de sentirse nada ante la realidad que nos rodea o que creamos.

Acabo de ver Jot Down una entrevista a la escritora española Sara Mesa, quien dice: «Por escribir libros mi opinión no está más cualificada ni es mejor que la de alguien que no escribe». Ante casos como este no puedo dejar de preguntarme ¿Para qué escribe, entonces? Si su opinión es tan válida o inválida como la de cualquiera ¿Por qué debería leer sus libros? Este tipo de postura supuestamente humilde parte del error de confundir seguridad con soberbia y de olvidar que si bien lo segundo es reprochable, lo primero no lo es en lo absoluto.

Cuando uno accede al trabajo de un profesional, sea éste cual fuere, no quiere medias tintas, quiere lo mejor. Así se trate de nuestro seleccionado de fútbol, de un médico, de un político o de un artista, uno no quiere a una persona que ya parte desde el mismo inicio sintiéndose mediocre; uno quiere que su equipo gane, que su médico sea excelente, que su político sea capaz y que su escritor le entregue una buena historia. ¿Se imaginan un boxeador que se suba al ring diciendo algo así como «Bueno, yo no soy mucho mejor que cualquiera de ustedes… sólo hago lo que puedo…» ¿Quién apostaría por él? Es por eso que los boxeadores son unos bravucones irredentos: porque tienen que serlo. Luego la realidad dirá si están a la altura de sus palabras o no; y eso mismo es lo que quiero en un escritor (o un artista cualquiera, si vamos al caso). Quiero que ese escritor me dé lo mejor de sí mismo; quiero que ataque a la hoja en blanco con el convencimiento de que escribirá la mejor novela, el mejor poema, el mejor ensayo. Quiero que al tomar su pluma esté convencido de que su trabajo marcará un antes y un después en la historia de la literatura. Después la realidad marcará si merece el bronce o el olvido; eso es algo que él nunca podrá determinar y tampoco debe importarle; sólo debe hacer su trabajo con el convencimiento de que es el mejor en ello. Eso es lo respetable, incluso más que el resultado de su obra.

Por cierto, hablando de poetas y boxeadores, dejo un fragmento de Lectura, de Wislawa Szymborska, quien por algo es la mejor de todas:

Lectura

No ser un púgil, Musa, es como no ser nada.

[…]

No ser un boxeador, ser un poeta,

con una condena a poemas forzados,

y a falta de músculos mostrarle al mundo

—en el mejor de los casos— una lectura escolar en el futuro.

Oh Musa. Oh Pegaso,

ángel equino.

Diálogos con una señora española I

 

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Nos encontramos con una señora española en la playa y no recuerdo cómo ni por qué, terminamos charlando de todo un poco. Ella estaba con su hija de ocho años y se había alejado del hotel porque no le gustaba la idea del All Inclusive; es decir, esa moderna tendencia turística que consiste en viajar a un lugar determinado pero no salir del hotel ya que todo está incluido en el paquete comprado en el lugar de origen. De esa manera no hace falta salir a comer o al gimnasio o a hacer compras o a lo que fuere, ya que todo se encuentra dentro de los límites de los nuevos complejos hoteleros.

Bien, esta señora tenía como sana costumbre el salir adonde estábamos los lugareños, los salvajes, es decir, donde estaba el color local. Aclaro que la señora era muy educada (salvo por la costumbre de hablar y de no escuchar en la misma proporción. Varias veces tuve que quedarme con la palabra en la boca ante el aluvión verbal con el que me contaba sus cosas) y que había recorrido varios países de mundo todo. Eso no es nada extraño salvo que me pareció que no había sabido mirar bien o que daba demasiado poder a vaya a saber uno qué medio de información; porque en un determinado momento me dijo que en Argentina, al igual que en ciertas partes de México, la gente tenía que subir al transporte público con chalecos antibalas.

Bueno, sé que Latinoamérica es un continente que no está pasando por su mejor momento, pero puedo dar fe que no es para tanto. He recorrido casi todos sus países y eso ha sido lo suficientemente cercano en el tiempo como para haber comprobado de primera mano que, si bien todavía tenemos mucho por avanzar, no es que estemos baleándonos en cada esquina ni gratuitamente (con lo que cuestan las balas, vamos…).

Sigo pensando dónde es que esta buena señora se informa. Me imagino que en el mismo lugar donde se informan ciertas personas locales, ya que no es privativo de los extranjeros este tipo de exageración (aunque sean los que se llevan las palmas, a veces). Recuerdo que cuando llegué a Morelia, en el estado de Michoacán, algún amigo mexicano con el que estaba hablando por teléfono soltó un preocupado «¿En Michoacán? ¡Ay, hombre ten cuidado! Mira que como están las cosas por allá…». Y aquí podrían decir lo mismo que un par de párrafos más arriba: sé que éste no es el estado más tranquilo de México; pero vamos, que en los dos años que llevo aquí todavía no he visto trampas cazabobos o muertos tirados por la calle. Seamos lógicos, hasta las exageraciones tienen un límite.

 

El vaso medio lleno

Supongo que en casi todos los países debe haber un programa de T.V. parecido al que en la Argentina se llama, muy poco originalmente, Cámaras de seguridad. No hace falta ser un Einstein para saber de qué va dicho programa: toda la violencia captada por los nuevos elementos de vigilancia y control de los que ya hemos hablado algunas veces. Hace dos días, viendo el famoso Superbowl y sus también famosas publicidades (algunas de las cuales se hacen para ser emitidas sólo durante éste partido), vi una que me gustó mucho por varias razones; por la original idea, por el ritmo, por la intención final. La publicidad está basada en imágenes de cámaras de seguridad, pero muestran lo contrario a lo que muestran esos programas de T.V. de los que hablé al principio; es decir, muestran aquello tan viejo de el vaso medio lleno. 

 

Una simple publicidad puede, si uno no se niega a ello, ser un punto de partida para posteriores análisis, para debatir, para filosofar. Las preguntas se las hará cada uno, puse varias aquí pero las quité porque sonaban algo obvias —muchas preguntas importantes comienzan sonando obvias hasta que comienzan a ser debatidas—. Por lo pronto, les dejo la intención de esas preguntas; otra forma de ver el vaso medio lleno.