Los paisajes del cuerpo

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“Mi deseo de fotografiar desnudos nació del agua, de la pasión por estar sobre aguas tranquilas, meditando. Queriendo expresar algo acerca de la naturaleza humana como lo había hecho antes en retratos y fotos de calle, busqué la forma de fotografiar personas en el agua para crear imágenes de carácter psicológico, onírico y emotivo. Cuando empecé la serie Nudes in Water en 1975, sentí que el agua, la fuente de toda vida, debía mostrar una densidad equivalente a la carne, evocando un caldero de creación y una conexión visual visceral entre el cuerpo y la naturaleza. Estas motivaciones se convirtieron en la base de toda la serie de fotografías”. – Karin Rosenthal.

La sutileza de un paisaje, la curva del deseo, la sensualidad del agua, la delicada magnificación de los sentidos. Eso es lo que vi en el trabajo de Karin Rosenthal. Esas cosas a las que uno puede acercarse a través de las palabras pero que nunca puede definir con precisión, que nunca podrá hacerlo y, sobre todo, que esa imposibilidad no importa en lo más mínimo. Lo mejor que puede pasarme es no olvidarme de que esas sensaciones las tengo aquí, en las yemas de mis dedos, esperándote.

Para ver las fotos en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Seamos amigos, buenos amigos.

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Leyendo la correspondencia que cruzaron durante tres años Paul Auster y J. M. Coetzze, me encuentro con esta perla: ” […] un comentario que hace Christopher Tietjens en El final del desfile de Ford Madox Ford: uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hace de una mujer tu amante no es más que un primer paso; el segundo, hacer de ella tu amiga, es el que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir.”

Soy de lo que creen que hoy la sexualidad, la sensualidad y la amistad son partes integrales de un todo mayor que tiene como base la inteligencia y sobre todo, el diálogo. Romper con los paradigmas arcaicos no sólo es deseable sino también —y por fortuna— posible. Vivimos en un tiempo en que podemos decidir y en el que si alguien no lo hace es por su propia y exclusiva responsabilidad. Cada cual a lo suyo, entonces; a sus decisiones y, sobre todo, a sus consecuencias.

El erotismo de la lectura

 

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Empecemos dejando las cosas bien claras: Una mujer que lee me resulta sumamente atractiva, sugerente, seductora, y todo eso por el simple y sencillo acto de tener un libro en sus manos.

Ahora, vamos a otro punto. Hace poco leí una de esas frases que circulan por la red y que decía algo así como Una mujer que lee es una mujer peligrosa. La frase me resultó divertida y ridícula la mismo tiempo. No creo que nadie que lea, independientemente de sus sexo, de su edad, de su raza o de cualquier otra característica, se vuelva más peligroso; ni siquiera en el sentido irónico de la cita (la mujer que lee se torna peligrosa porque la lectura la hace más inteligente, menos apta para ser manipulada, etc.) sino, por el contrario, todos sabemos que la lectura nos vuelve mucho más pacíficos, lúcidos y con más herramientas para afrontar los diversos problemas que se nos presentan.

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Creo que esta idea verse peligroso proviene de un feminismo mal entendido. Hace poco, también, me acercaron un artículo escrito por una psicóloga (cuyo nombre no anoté en su momento y no lo recuerdo) pero que contenía una idea interesante: la psicóloga en cuestión decía que las mujeres, en éstos últimos tiempos, habían copiado lo peor de los hombres. Ponía como ejemplo lo siguiente: «Cuando yo iba a bailar, las mujeres no tomaban. Eso ya quitaba la mitad del alcohol de circulación. Pero además, si el hombre quería conquistarla, debía medirse en su consumo, porque ninguna mujer quería salir con un tipo borracho. Entonces los muchachos tomaban uno o dos tragos y nada más. Ahora las mujeres beben tanto como los hombres y no es extraño verlas casi sin poder caminar a la salida de los bailes o las fiestas.» Ejemplos como éste podríamos dar varios, pero creo que la idea se entiende.

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El punto es claro: querer verse peligrosas es una estupidez. Ése es el patético papel que nos toca en suerte a los hombres y ya los más inteligentes van dejando esos absurdos de antaño de lado. Ya somos muchos los que queremos a una mujer inteligente, seductora, compañera, sensual, libre. Es decir, a una mujer lectora de verdad, de esas que nos seduce cuando la vemos con un libro en la mano y nos erotiza cuando pasa la página con la delicada yema de su sus dedos.