Por todos

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En el marco de una entrevista con Larry King, y ante la clásica cuestión de la muerte o del miedo a la muerte, Neil deGrasse Tyson respondió con la precisión y la lucidez que lo caracterizan: “La forma en que yo lo veo es así: Es el conocimiento de que voy a morir lo que le da sentido al estar vivo. La urgencia del logro. La necesidad de expresar amor ahora, no más tarde. Si viviéramos para siempre ¿para qué levantarse de la cama cada mañana si siempre habrá un mañana? Ese no es el tipo de vida que quiero llevar”. Ante la pregunta de Larry King sobre si no siente miedo a no estar más aquí, la respuesta fue: “Temo vivir una vida donde podría haber logrado algo que no logré. Eso es a lo que temo, no a la degrassetyson-2muerte. ¿Sabes lo que quiero que escriban en mi lápida? Mi hermana tiene las indicaciones para el caso. Lo que quiero que escriban es una cita de Horace Mann, el gran educador: «Ten vergüenza de morir, si no has conseguido un logro para la humanidad».

Creo que quien teme a la muerte lo hace no porque tema a lo desconocido, como habitualmente se piensa. Creo que se teme a la muerte cuando se ha desperdiciado una vida y, de alguna manera más o menos consciente, nos damos cuenta de ello demasiado tarde. Tal vez dejar de mirar nuestro ombligo y ver a los demás como lo que son, parte integral de nuestro ser, sea una buena manera de aprender a morir en paz.

El precio a pagar.

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“Me doy cuenta de que si fuera estable, prudente y estático, viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante”, dice Carl Rogers y aunque la mayoría asiente como se hace frente a las verdades evidentes, pocos son los que se animan a poner en práctica esas mismas verdades que acaban de aceptar al menos en las palabras. También, como dijo Michel de Montaigne con esa lógica impecable que lo caracterizó: “El valor de la vida no está en la duración de los días, sino en el uso que hacemos de ellos; un hombre puede vivir mucho y muy poco”.

Sólo son cosas.

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Revisando mi libreta de apuntes encontré esta cita que me parece impecable, sencilla, lúcida, honesta. Lamentablemente no tomé nota, cuando la transcribí, del autor. De todos modos, lo que importa es la cita en sí, lo que dice y lo que nos hace decir. Si alguien sabe a quién pertenece, que nos comparta dicha información; aunque la verdad, si el autor es honesto consigo mismo, mucho no debería importarle que la comparta aquí sin darle el debido crédito.

“Las cosas sucediendo en el mundo a nuestro alrededor no giran alrededor nuestro, y no son parte de una historia. Solamente están sucediendo. A menudo todo es al azar, pero para lidiar con este caos, intentamos darle sentido como parte de una historia. Creamos significado donde no existe ninguno. Pensamos que la otra persona tiene malas intenciones hacia nosotros cuando en realidad sólo están pensando sobre sus propias historias”.

Un simple no.

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La preposición hasta  se usa para indicar un lapso determinado: “del punto A hasta el punto B” o “Desde la hora C a la hora D”, etc. En México esta palabra suele usarse bastante mal y, si bien uno se va adaptando a los diferentes modismos locales, el mal uso de este término sigue molestándome porque me obliga a hacer constantes modificaciones del discurso, haciendo que éste se torne cortado y sin sentido. Aquí, “hasta” significa “no hasta”; es decir, lo usan de manera contraria. “¿Cuándo llega Miguel?” “Hasta el viernes”. Cuando me responden así, de inmediato pienso ¿Es que lo cortarán en pedazos y vendrá poco a poco de aquí hasta el viernes o Miguel será el hombre de goma y llegará poco a poco haciendo su aparición final y definitiva el  dicho viernes? Nada de eso: Miguel no llegará hasta el viernes (cuando sí lo hará); y así con todo: “A qué hora comienza la película” “Hasta las ocho” o “¿Dónde está el paraguas? “Está hasta atrás…” Bien, esto no es tan malo de por sí; son modismos locales que uno debe aceptar. Ahora, cuando encuentro este error en un libro la cosa ya me parece menos graciosa. Y no es que sea el caso de que quien lo dice sea el personaje de una novela, el cual puede hablar como el autor lo considere necesario; sino que lo leí en un libro de filosofía, donde el concepto estaba totalmente trastocado de sentido. En historia del cerco de Lisboa,  José Saramago parte de una premisa pequeña, pero que tiene alcances inesperados: Silva, el personaje principal de la novela, corrector de una importante editorial, quita un simple “no” de un texto histórico y con ese simple acto cambia el sentido de todo el texto y, por lo tanto, del hecho en sí (el cerco de Lisboa que da nombre a la novela). Hasta aquí la ficción. Ahora lo real. Estoy leyendo El cristianismo hedonista: contrahistoria de la filosofía, de Michel Onfray. En la página 62 encuentro que, tal como nos enseñó aquella tarde Oscar Wilde, la naturaleza imita al arte. Un “no” faltante cambia el sentido de una oración a otro sentido diametralmente opuesto. Leo: De esa manera, el filósofo gnóstico piensa que las almas cambian de cuerpo hasta que hayan cometido todos los pecados posibles e imaginables. Cuando en realidad debería decir […] piensa que las almas NO cambian de cuerpo […]. Este error, si lo consideramos con respecto al habla común no es tan grave; uno se adapta al modismo local y ya, continúa con su vida; pero aquí la cosa es menos graciosa. El error proviene de un reconocido traductor y fue impreso por una importantísima editorial española (Anagrama). ¿Será que tal vez Marco Aurelio Galmarini tuvo aquel deseo imperioso que tuvo Silva en la novela de Saramago? Si así fue el caso los resultados, por cierto,  mucho menos agradables.