De la misma materia

Joan Miró

Joan Miró

Es por demás conocida aquella humorada de Coleridge que dice: «El mejor matrimonio es el que está compuesto por un ciego y una sorda», pero yo prefiero el acercamiento de Nietzsche acerca de ese asunto: «No es la falta de amor, sino la falta de amistad la que hace los matrimonios infelices».
El término «matrimonio» proviene de “Mater” con significado de “Madre” (de allí se agarraron muchos críticos del matrimonio homosexual, aunque no tuvieron mucha suerte con ello) pero sucede que el latín tomó el término del Indoeuropeo donde el lexema “mater-“ no significa sólo “madre”; de hecho, en esa misma lengua dio lugar a “materia” de donde procede también nuestra “madera”. Entonces el término «matrimonio» bien podría traducirse con mayor coherencia como «de una sola materia».

Es por eso que prefiero el dictum nietzscheano; ya que Nietzsche también acierta con el acento en la amistad en lugar del amor. El matrimonio no es sólo la unión formal bendecida por la iglesia o por una oficina particular de un estado laico; sino que el matrimonio es la relación íntima y personal que dos seres mantienen dentro de un estado de madurez física y espiritual. Aunque sea una palabra que cause cierto escozor en estos tiempos, no puede dejar de considerarse que eso es lo que sucede cuando nos encontramos en las cercanías de esa persona con la que tenemos ese lazo especial; más allá de si concertamos una cita debajo de una cruz o frente a un juez de paz.

Otra faceta de la clásica dualidad.

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“No entendí nada ¡Pero me encantó!” ¿Cuántas veces nos hemos encontrado diciendo esta frase luego de ver una película o de haber asistido a una muestra de arte novedosa o particularmente abstracta o experimental? Yo recuerdo varios casos, sobre todo de películas que requirieron posteriores revisiones para poder llegar a la propuesta final: Synecdoche New York, Memento, Imperium son algunos nombres que me vienen a la mente de inmediato. Sin duda, ésa es una frase bastante curiosa. Por un lado tenemos la curiosidad primera de que algo nos guste mucho sin haberlo comprendido por completo; en segundo lugar por la no tan evidente declaración que nos expone sin darnos cuenta: solemos darle más importancia a la razón que al sentimiento. Yo mismo acabo de decirlo (y lo que es peor: acabo de darme cuenta): he tenido que ver varias veces una película porque “Me encantó, aunque no entendí nada”. ¿Por qué hacemos esto? Por supuesto, no tengo ninguna respuesta, al menos hasta ahora. Las primeras  respuestas que se me ocurren son obvias (“Como seres racionales tendemos a la comprensión de las cosas…” o “No comprender nos produce angustia” etc. Como respuestas que vienen rápido y sin mayor precisión, despiertan mi desconfianza. Por experiencia sé que si hay alguna explicación ésta suele ser un poco más compleja). Como bien saben muchos, prefiero las preguntas a las respuestas; así que dejo esto acá mientras me voy a caminar masticando un poco esta idea. Salir a caminar mientras pienso en cosas como esta es uno de mis grandes y modestos placeres; aun cuando a veces regrese y me diga “No entendí nada ¡Pero me encantó!”