La escena perfecta

 

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«Todo el mundo es un escenario» dijo Shakespeare y todos repiten esas palabras con un acierto más o menos cercano al sentido original de la frase (es decir, muchos la repiten sin haber leído, siquiera, a Shakespeare). ¿Y por qué no tomarla literalmente? Para mí, sentarme en una plaza y ver pasar a la gente, ver cómo actúa o interactúa, verlos jugar con sus perros o ver a otro cambiar de rumbo para esquivarlos, ver a una pareja charlar o discutir, ver a los vendedores de globos o de dulces, ver pasar a un hombre apurado… es como asistir a una obra de teatro en tiempo real. El hiperrealismo puesto en escena y con el decorado adecuado. Todos estos actores están allí, de alguna manera, interpretando sus papeles para mí. Pocas veces puedo acceder al diálogo que mantienen, pero he notado que eso no siempre es necesario; lejos de la superstición moderna de que hay que entender para disfrutar, he comprendido que el disfrute llega siempre por otro lado, generalmente por los menos esperados y que sólo hay que estar atentos al momento en que se hacen presentes.

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Algunas reflexiones sobre los titulares del diario de ayer

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“Dios les dio una cara y ustedes se hacen otra”.

A veces es por obligación social, vea. ¿Cuántas personas aceptarían o soportarían ver nuestra cara original, limpia, sin rastro alguno de maquillaje? Lo mismo hacemos nosotros con los demás. Si viéramos a los otros tal cual son no creo que hubiera relación humana posible; la mayoría saldría corriendo horrorizado de lo que tiene delante.

 

“¡Palabras, palabras, todo palabras!”

No podemos salir de ellas. Todo es texto. Nuestros pensamientos están hechos de palabras y todo lo que nos rodea es una decantación de ellas. Las palabras no sólo son el modo que hemos encontrado de comunicarnos, sino que es la única forma en la que podemos pensar. La muerte no es más que la ausencia de palabras.

 

“Morir, dormir… ¿dormir? Tal vez soñar”.

Morimos cada noche, renacemos en cada despertar. ¿Por qué preocuparnos tanto, entonces? Nada nos gusta más, a todos, que la cama y el sueño reparador. Morir, dormir… y ni siquiera soñar ¿Para qué? Suficientes sueños inconclusos ya tuvimos en esta parte de la vida.

 

“Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser”.

Optimismo a ultranza. Creo que la mayoría ni siquiera sabe lo que es, mucho menos lo que puede llegar a ser. De todos modos, la frase es bonita y muchos la van a repetir como si fuese una verdad tallada en piedra.

 

“Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofía”.

Y así es como le abrimos la puerta a los charlatanes. Por ella entra cualquier imbécil al que se le cae la baba por el costado de la boca, dice esta frase y se cree con el derecho a que su imbecilidad tenga el estatus de verdad digna de ser respetada.

 

“No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así”.

Quien dialoga con Horacio corre a una velocidad increíble. No sólo habla de filosofías que no conoce sino que ahora se mete con la neurofisiología. También acá le va mal, aunque tenga mucha prensa a su favor.

 

“Asume una virtud si no la tienes.”

A muchos les vendría bien fingir para tener lo que la naturaleza no les ha brindado. Tal vez empiecen fingiendo y terminen creyendo. Mientras tanto, habrán molestado bastante menos que lo habitual.

 

“Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito”.

Así sí. Ése es el modo. Dejemos que caiga el telón y pasemos a otra cosa.

 

Los “titulares” del diario de ayer son citas del Hamlet de Shakespeare. Las “reflexiones” no son más que primeras impresiones (sin modificar) que nacieron a partir de ellas.