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Rembrandt - The Philosopher in Meditation

Rembrandt – The Philosopher in Meditation

Como muchos saben, en este sitio hay muchos temas recurrentes; uno de ellos es el silencio, el cual no sólo me parece algo meramente agradable sino, sobre todo, indispensable. Acabo de leer un artículo sobre él y me encuentro con que «el silencio tiene una cualidad que favorece la neurogénesis (la formación de nuevas conexiones neurales). Por último, existe también la noción mucho más antigua que relaciona al silencio con lo místico, con los estados de comunión con la naturaleza o con la deidad, con la paz de la mente que trae entendimiento de la verdad o de aquello que está más allá del cambio (del ruido del pensamiento y sus conceptos)».

Como soy adepto al silencio pero muy poco a las cuestiones místicas y más cuando estas son tomadas así, de manera general, no puedo menos que preguntarme si quien escribió el artículo no se dio cuenta de que tal vez una cosa sea consecuencia directa de la otra. Quiero decir, si el silencio promueve la neurogénesis ¿No será esta capacidad de crear nuevas conexiones neuronales lo que nos lleva a un estado de entendimiento más alto, el cual antes, al carecer de los conceptos adecuados, se consideraban como divinos o espirituales?

 

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Al respecto ahora se están poniendo de moda ciertos sitios silenciosos (al margen: qué patéticos somos los seres humanos que tenemos que crear modas para lo obvio… pero no quiero entrar en este tema; entonces, sigo). Uno de esos sitios es Noruega, país que tiene unos bosques que parecen ser la quintaesencia de la paz y del silencio. Megan O’Rourke, poeta norteamericana, quien pasó allí unos días, cuenta su experiencia en un artículo del New York Times:

« A la orilla del agua, la transformación fue más sutil —una transformación interna más que un cambio externo. Resulta que en el silencio, percibimos más—, nuestros sentidos se vivifican. Me percaté de dos árboles caídos cuyas raíces se entrelazaban de tal manera que sería imposible separarlos sin tener que dañarlos a ambos. En vez de acelerar como un motor siempre en marcha, mi mente bajaba de velocidad, deslizándose hacia los lados y hacia dentro. Entrando en una caleta, me di cuenta de lo habituada que estoy al ruido cuando mi mente empezó a interpretar el sonido de las olas como si fuera el rugido de motores».

 

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Si el silencio modifica a nuestro cerebro y si nuestro cerebro es el hogar de nuestra mente, vuelvo a mi pregunta original: ¿No será que lo místico, lo religioso, la paz, el entendimiento, o cualquier otro nombre que queramos darle está allí y que son, en suma, lo mismo? ¿No será que la mente y el silencio son dos manifestaciones de una sola, indivisible, cosa?

 

 

 

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Llamado a silencio

 

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«La salvación sólo es posible mediante la imitación del silencio. Pero nuestra locuacidad es prenatal. Raza de charlatanes, de espermatozoides verbosos, estamos químicamente ligados a la palabra». Dijo Emile Cioran en Silogismos de la amargura. 

Cioran, un pesimista irredento (sin ir más lejos sólo hay que ver los títulos de sus libros: el nombrado Silogismos de la amargura, Del inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre, por ejemplo) suele ser un observador detallado de la realidad. Otro pesimista irredento Arthur Schopenhauer, dijo: «La cantidad de ruido que cualquier persona puede soportar sin alteraciones está en proporción inversa a su capacidad mental».  Y la verdad es que cuando uno se ve obligado a escuchar el ruido propio de cualquier ciudad moderna (y poco a poco de la naturaleza también, el hombre no deja resquicio sin molestia) se ve que estar de acuerdo con estas ideas es algo más bien inherente a nuestra persona; es casi una necesidad.

Me pregunto, entonces, si estos filósofos tan pesimistas no son llamados así por nuestra necesidad de justificarnos, cuando en realidad lo único que hacen es decir las cosas tal como son. Que no nos guste o no nos convenga a nosotros no significa que no tengan razón, después de todo.

Los sonidos del silencio

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Foto: Borgeano

Estoy en la cima de la Pirámide del Sol, en Teotihuacán; sitio mágico al que soñé visitar desde años atrás. A un par de kilómetros se lleva a cabo un festival de música tecno. Estar en la cima de esa pirámide escuchando el tum-tum-tum, constante de la música rompe con todo el encanto del lugar. En un cenote, un grupo de personas disfruta de la maravilla del sitio cuando llegan tres muchachos con una bocina y música a todo volumen. Discuto con ellos hasta que logro hacerles apagar el aparato. En la cumbre de los Andes un grupo de gente espera ver volar a un cóndor, amo y señor del lugar; todos esperan con ansiedad y cuando el ave comienza a volar muchos exclaman un “wuuuuu…” propio de un recital de rock. En las ruinas de Tulum, en la Riviera Maya, nos cruzamos con un grupo de muchachos de los cuales uno lleva, en su mochila, una bocina con música electrónica. Como vamos en sentido contrario lo único que hacemos es bajar más rápido e irnos de allí cuanto antes. Debo irme de una playa maravillosa en Panamá porque desde los puestos de comida la playa toda se ve inundada con música de Luis Miguel. Estoy en la cúspide de una pirámide en las ruinas de Tikal; unos escalones más abajo un grupo de veinteañeros charla a toda voz sobre sus fotos de Facebook. En el Paseo de las Rosas, en Morelia; no se puede tomar un café sin que de manera constante alguien se pare a nuestro lado a tocar la guitarra, a cantar o a soplar unas hojas a modo de armónica. A veces mientras un músico está tocando ya hay otro esperando su turno apoyado en un árbol. En Perú cada local coloca bocinas hacia la calle y los dependientes vocean sus productos a toda voz y a toda velocidad; mientras tanto, los taxis pasan lentos a nuestro lado y todos tocan claxon para ver si queremos subir. En un parque nacional colombiano situado en la cima de una alta montaña aún pueden oírse las sierras de quienes talan árboles en la distancia.
Parece imposible encontrar un sitio silencioso donde haya más de una persona; el simple hecho de que dos personas estén juntas implica, sin saber bien cómo ni por qué, que debe haber música o diálogo. No pocas veces esos lugares podrían ser un sitio de paz y tranquilidad para el viajero, pero son las propias personas quienes se encargan de romper esas dos virtudes humanas. Nada puede hacerse si cerca de donde nos encontramos se encuentra, digamos, una fábrica; pero muchas veces nos encontramos en sitios donde sólo hay gente y si esta se mantuviera unos minutos en silencio, el entorno todo se vería modificado para mejor.
Viajar implica, también, el respeto al otro; y recordar que nosotros somos el otro del otro sería una de las bases con las que comenzar cualquier viaje.

Un lugar de exilio.

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Como el desgarro de una tela sutil, que se rasga sin un murmullo o un gemido, a veces no nos queda más que plegar los labios y salir a caminar sin mirar a los lados. Recuerdo ahora a Khalil Gibran, quien lo dijo mejor que yo: “Hay algo más grande y más puro que lo pronuncia la boca. El silencio ilumina nuestras almas, susurra a nuestros corazones y los reúne. El silencio nos separa de nosotros mismos, nos hace navegar el firmamento del espíritu y nos acerca al cielo; nos hace sentir que los cuerpos no son más que las prisiones y que este mundo es sólo un lugar de exilio”.

Elogio del silencio.

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Lago Cuitzeo

Como muchas de mis entradas, ésta tendrá dos partes. Ya saben comienzo hablando de una cosa y termino comentado algo tangencial a lo primero. Esta vez lo haré de manera consciente desde el mismo principio.
El fin de semana lo pasé en una montaña, con una zona arqueológica a mis espaldas, el Lago Cuitzeo frente a mi y más montañas al otro lado del enorme lago; estuve junto a un maravilloso grupo de personas a las que conocí allí (fui invitado por una amiga y sólo la conocía a ella). Este grupo se reúne todos los meses y llevan a cabo una serie de rituales místicos a los cuales estuve invitado pero en los que duré bien poco, ya que ellos implican la permanencia en un temazcal, el cual es una especie de tienda cerrada donde se colocan en su centro una determinada cantidad de rocas al rojo vivo y se la moja para que suelten vapor. Esto se hace cuatro veces y la ceremonia puede durar más de dos horas. Yo, humilde nativo de tierras frías, no duré ni cuatro minutos. Si la ceremonia se llevase adelante con hielo sería el hombre más feliz del mundo, pero así no, me es imposible. Entonces me disculpé (lejos de mí el querer ser irrespetuoso con las costumbres locales) y salí de allí. Era tarde en la noche y estaba frío; yo, feliz, me acosté en el césped y me quedé allí mientras el resto del grupo continuaba con su ceremonia. Debo decir que no me sentí muy feliz por no haber participado en esa ceremonia; quería hacerlo, quería ser parte de ese ritual y quería aprender el significado profundo de todo ello, pero no pude hacerlo. Me sentí, sí, algo avergonzado, pero el grupo me trató maravillosamente y me brindaron todo su apoyo y su comprensión. Pasé entonces tres días allí, compartiendo con ellos, ayudando en lo que podía, respondiendo infinidad de preguntas y preguntando otra cantidad posiblemente no menor. Fueron tres días sin conexión con el mundo exterior, como suele decirse; al menos en mi caso no hubo un solo momento en que tuviese un aparato electrónico en mis manos. Todo se redujo a charlar, compartir, aprender, enseñar. Todo era un profundo silencio sólo roto por voces humanas y nada más que por voces humanas.
El domingo por la tarde regresé a Morelia y a las tres horas de haber llegado sentí que quería volver a esa montaña y quedarme allí por un tiempo indefinido. Fue tanto el cúmulo de tonterías, malas noticias y palabras vacías que en poco tiempo me sentí saturado, agobiado, cansado por ese ruido de fondo que parecía que no iba a detenerse nunca.
Silencio. Lo único que quería era silencio. Quería volver y sentarme a conversar con Laura mientras mirábamos el paisaje michoacano; quería volver y sentir el apoyo de “Soco” cuando comencé a sentirme mal dentro del temazcal; quería volver y compartir la cocina con Nicolás y su profundo conocimiento tradicional de la cocina mexicana; quería volver y seguir despejando las eternas dudas de Gerardo, quien con sus veintiún años quería saber todo y por eso preguntaba una y otra vez con absoluta inocencia.
Sé que lo que estoy diciendo suena algo hippie o indie o como quiera que se lo llame en estos tiempos; no importa demasiado la denominación y tampoco importa si alguien encuentra esto naïv. Sólo expongo una verdad básica que puede comprenderse cuando se vive una experiencia de este tipo: el ruido de fondo de la sociedad industrial es demasiado… todo. Demasiado elevado, demasiado persistente, demasiado constante; como dije: demasiado todo.
Entonces entro al segundo tema, al tema tangencial: Cuenta una antigua historia que, ante la llegada de un emisario extranjero que había llegado a Grecia para realizar un informe sobre los avances de esta civilización, se reunieron muchos filósofos dispuestos a dejar en alto a la civilización a la que pertenecían. Pero había allí uno que permanecía callado. Casi al final de la reunión el emisario extranjero le preguntó a este hombre, que no era otro que Zenón de Elea, si no tenía nada que decir, a lo que filósofo respondió: “Dile a tu amo que has encontrado entre los griegos a un hombre que sabía callar”. No podía ser de otro modo, el paradójico Zenón valorando el silencio en el mismo momento en que lo rompe. Dice Roland Barthes que el silencio es un significante; lo que significa, en buen español, que el silencio tiene el mismo valor, el mismo significado, la misma importancia que la palabra. Claro, en este caso, el silencio es mucho más poderoso que la palabra (e infinitamente más poderoso que el ruido). Y eso es lo que quiero o necesito en este momento: hundirme en lo más profundo del poderoso silencio; dejarme llevar por él durante un tiempo. Descansar hasta de mí mismo. Entonces, para no contradecirme y para empezar ahora mismo, me despido como en Hamlet lo hace el compañero Shakespeare: …y el resto es silencio.