Sincronía.

Hace un par de días terminé de leer El juguete rabioso, de Roberto Arlt (hoy pensaba escribir sobre él), ayer comencé con su segunda novela, los siete locos; y hoy me encuentro con esto:

[…]

-¿Qué es lo que lo contiene?

-En verdad, no sé… o… sí, tengo la seguridad de que es por esto. Creo que en el corazón de cada uno de nosotros hay una longitud de destino. Es como una adivinación de las cosas por intermedio de un misterioso instinto. Lo que ahora me sucede, lo siento comprendido en esa longitud de destino… algo así como si lo hubiera visto ya… no sé en qué parte.

-¿Cómo? No lo entiendo.

-Yo sí me entiendo. Vea, es así. De pronto a uno se le ocurre que tienen que sucederle determinadas cosas en la vida… para que la vida se transforme y se haga nueva.

-¿Usted cree que su vida?

Erdosain, desentendiéndose de la pregunta, continuó:

-Y lo de ahora no me extraña. Si usted me dijera que fuese a comprarle un paquete de cigarrillos, a propósito, ¿tiene un cigarrillo usted?

-Sírvase… ¿y luego?

-No sé. En estos últimos tiempos he vivido incoherentemente… aturdido por la angustia. Ya ve con qué tranquilidad converso con usted.

[…]

-De esta forma no podemos seguir hablando.

-Bueno, y cuando nos separábamos teníamos esta idea semejante: ¿y el placer de la vida y del amor consiste en esto?… Y sin decir nada comprendíamos que pensábamos en lo mismo…

Súbitamente Erdosain tuvo la fría sensación del viaje.


 

Dejo de leer de inmediato y me quedo en silencio. Recorro la contratapa del libro revisando datos que sé de memoria. Arlt escribió Los siete locos en 1929. Y siento que me está hablando sólo a mí; que ése diálogo escrito hace 85 años tiene un sólo destinatario. Sé, también, que eso ocurre a menudo; ya me ha pasado en otras ocasiones y circunstancias. Pero hoy es éste el fragmento indicado. Y dejo el libro a un lado mientras me quedo mirando la nada.

—♦—

Ahora, hace pocos minutos, una amiga que bien me conoce, con un guiño cómplice me envía la siguiente tira:

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Como si todo esto no fuese suficiente, otro amigo, minutos después (y sin saber de lo anterior), me hace otro regalo:

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—♦—

No me gusta mucho la expresión casualidad; prefiero, desde siempre, el concepto de sincronía. Me brinda la sensación de que no hay azar detrás de estas cosas. De que algo corpóreo, si se me permite el término, está enviándome determinadas señales. En este caso amigos que me tienen presente en sus pensamientos, a pesar de la distancia; o de otros amigos que me hablan desde el pasado remoto y que lo hicieron sin saberlo.

Wanderlust, wanderlust… cada vez que la nombro me parece más bonita…