Ana duerme sola.

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Ana y Miguel comenzaron a salir al año de haberse conocido. Trabajaban juntos, pero hasta ese momento sólo habían mantenido charlas casuales, triviales en su mayor parte.
Se sentían bien juntos. Disfrutaban la compañía del otro de ese modo casi adolescente que acompaña siempre los primeros tiempos de encuentros; los primeros besos, los primeros paseos tomados de la mano. Ambos coincidían en un punto central, el cual fue puesto en palabras, por vez primera, por Ana: “Los años pasan, los hijos se van… y ya estoy cansada de dormir sola”. Miguel asintió y reconoció que sentía exactamente lo mismo. Sólo había un punto de discrepancia entre ellos, el cual estuvieron de acuerdo en evitar: Ana es una ferviente seguidora de la iglesia evangélica mientras que Miguel no cree en nada. Absolutamente en nada.
De todos modos, eran tantas las cosas buenas que tenían en común que eso no parecía un problema insoluble, aunque al final lo fue. Una tarde Ana le dijo a Miguel que todo había sido un error y sus razones –se dio cuenta Miguel– eran un cúmulo de lugares comunes: “Yo necesito a un hombre de Dios”; “Un hombre que me acompañe en mi camino” y otras frases por el estilo. Miguel lo supo de inmediato y Ana lo reconoció: ella le había pedido consejo al Pastor de su congregación. Éste, haciendo gala de cristianos sentimientos no solo juzgó a un hombre que no conocía, sino que lo condenó como si fuese un hijo directo del mismo demonio. También la condenó a Ana, pero eso ya venía haciéndolo desde hacía tiempo; desde que comenzó a adoctrinarla en el miedo al infierno y en que solo él sabía lo que era bueno para ella.

Nada sabe Miguel qué es lo que siente Ana hoy; pero está seguro de que no es feliz, al igual que él, durmiendo sola.

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El tobogán

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Si dijéramos que la vida es como un tobogán, yo no voy a decir que ya me estoy deslizando por la pendiente; pero sé que tampoco tengo más peldaños para subir. Digamos que estoy sentadito allá arriba, con los pies descansando en el declive de madera, aferrado a la baranda de metal, mirando sin querer ver hacia adelante y pensando en cuáles son mis opciones. Y me doy cuenta de que no las hay. Miro hacia atrás y veo con horror que algún desgraciado, algún malnacido, algún hijo de mala madre me ha ido quitando todos y cada uno de los escalones a medida que iba subiendo, así que no me queda otro camino que ir hacia adelante. Apoyo mi frente en la curva de la fría baranda de metal y me digo «Mierda…» Por más que me agarre con todas mis fuerzas sé, también, que mi cuerpo no es el de antes y que poco a poco va a comenzar a deslizarse pendiente abajo (ya ha empezado a hacerlo, sólo que aún no ha tomado velocidad y puedo mentirme pensando o imaginando cierta inmovilidad). Pienso que algunos afortunados bajan con cierta alegría o tranquilidad, pero son muy pocos. Menos aún son los que bajan acompañados y de éstos hay que descontar a muchos que detestan a esa compañía, así que los que bajan acompañados con quien ellos realmente desean para aquella parte del trayecto son escasísimos. La mayoría, reconozcámoslo, baja a desgano o a los gritos, cuando no llorando a moco tendido mientras insulta al destino o a su suerte.

No sos vos, soy yo… (y otros lugares comunes)

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“No sos vos, soy yo” Es una de las frases predilectas de aquellas personas que quieren romper una relación y no saben bien la razón por la cual quieren hacerlo o, si lo saben (lo cual es lo que que creo que ocurre), no se animan a decirlo de manera clara y directa. Hace poco tiempo, alguien me dijo esas palabras como si explicaran algo o como si fuesen determinantes, claras, precisas.
Por otra parte, es bien sabido por todos que la soledad en las grandes ciudades es casi, si se me permite el término, una pandemia. Uno ve y escucha a una enorme cantidad de personas quejándose por no poder encontrar un pareja, alguien con quien compartir los sencillos momentos del día a día. Hace poco escuché una frase que me pareció sintomática y contundente: “Quiero una relación con compromiso” dijo una chica joven, de unos treinta y tantos años; y allí tuve la pauta de lo que creo que está fallando en estos tiempos y en estas relaciones: la palabra adecuada hubiese sido busco en lugar de quiero. No conozco personalmente a la señorita que dijo esas palabras, pero si hubiese tenido algún grado de confianza con ella le hubiese preguntado: ¿Qué estás dispuesta a dar por esa relación? ¿Quién sos vos para pedir una relación como si ésta se comprara en un supermercado? ¿Sabés, al menos lo que significa o implica la palabra “relación”?
Aquí aparecerá otra frase clásica: “Es que no quiero sufrir…” ¿Ah, no? Pues malas noticias: esto es la vida no un parque de diversiones. Si no querés sufrir, bien por vos, pero eso es igual que el respeto: no se exige, se construye. Si querés que te amen y no querés sufrir tenés que hacer lo suficiente como para que esa persona se enamore cada día, cada hora si es necesario, de tu persona. Y si así y todo te “rompen el corazón”, mala suerte. Llorá, limpiate los mocos y salí de nuevo a la batalla, a la pelea, a la búsqueda. De lo contrario lo más práctico sería que te compres un perro (y no, tampoco sirve; el perro con suerte vive unos quince años y también produce un profundo dolor cuando se va. Además, dormir con un perro no es lo mismo, ¿no?).
Vivimos en tiempos de profundos egoísmos; en tiempos en que queremos comprar un billete de lotería, pero siempre y cuando sea el billete ganador; tiempos donde queremos que nuestros hijos sean los mejores alumnos de la escuela, pero a los que no queremos ayudar a hacer la tarea; tiempos donde queremos invertir en un negocio, siempre que nos aseguren un beneficio rápido y abultado; tiempos donde queremos que alguien nos ame por sobre todas las cosas, pero si es posible que nos lo traigan a la puerta de nuestra casa como si fuese una entrega de pizza pero, además, queremos que nos aseguren un rápido reembolso si no es lo que pretendemos.
Vivimos en tiempos de grandes egos, y el ego siempre nos juega una mala pasada: ¿Alguien quiere amor con compromiso? Pues que ame y se comprometa, no hay otra salida.
Y la próxima vez que alguien me diga “no sos vos, soy yo…” le voy a dar la razón: “Sí, sos vos. Sos vos la que no quiere comprometerse, sos vos la que tiene miedo, sos vos la que pretende todo sin dar nada, sos vos la que quiere ganar en el casino sin la necesidad de apostar una mísera ficha. Pero la cosa no funciona así querida, esto es la vida, no un parque de diversiones”.

Despojarse de todo.

TV pillComo muchos de los amigos que visitan este sitio saben, hace poco más de un año que me separé y me mudé -o mejor dicho, volví- a Mar del Plata. Hace unos siete u ocho meses alquilé un departamento y, por fin, me fui a vivir solo. El punto es que el departamento estaba casi vacío, sólo tenía un futón y una heladera con sus buenos años encima. Por mi parte, yo había dejado todo atrás y me instalé con lo poco que poseía: algo de ropa (no toda) y un par de libros. Algunas personas se ofrecieron, amablemente, a ayudarme, ofreciéndome algún mueble o algo por el estilo; pero no acepté. No por desagradecido ni nada así, la razones era otras y muy simples: 1) Quería hacerme los muebles yo mismo (aun estoy en eso) y 2) no quería deberle nada a nadie. Eso último quizá suene algo pedante, pero la verdad es que uno se va quemando poco a poco con el actuar de la gente y a la larga, me dije, es preferible tener poco (o nada), pero ello es mejor que contraer deudas; y más aun tratándose de deudas “morales”.
En fin, que el asunto era sencillo: dormía en el futón, comía sentado en él hasta que me cansé de cenar de esa manera incómoda y comencé a cenar parado, en la cocina, con el plato apoyado en la mesada y la mirada perdida en los techos de tejas rojas del vecindario. Estaba (y estoy) muy feliz con mi soledad y mis pensamientos y la gente lo entiende bastante bien. Por lo menos hasta que se enteran de que no tengo un aparato de televisión. Les doy mi palabra de que lo que voy a decir a partir de ahora no es una exageración ni un invento para poder escribir este post; pero les puedo asegurar que he visto mudar expresiones de manera instantánea; de rostros sonrientes a rostros incrédulos o preocupados; he sentido, de manera particular, el silencio que se hace –y que dura un par de segundos– antes de recibir una andanada de preguntas que varían muy poco: “¿Y qué mirás?” “¿Y qué hacés?” “¿Y no te aburrís?” “¿En serio?” “Naaa…. ¿en serio?” Peor es cuando les digo que no tengo TV, ni radio, ni equipo de audio. Ná de ná. Uno sólo se animó, o tal vez se le escapó, y me dijo lo que estoy seguro de que todos piensan: “Vos estás loco…”
Y tal vez así sea, pienso cada tanto. Pero si la cordura es lo que veo y escucho a mi alrededor (“¿Viste? encontraron el cuerpo de…” “¡Pero a quién le ganaron ustedes… si el partido se lo regalaron…” “No se puede creer, adónde vamos a ir a parar…” “Ay, sí, tan mona ella… la modelo C anda con el empresario F. ¿Vos te pensás que es amor eso? Está por la plata, nena…”) prefiero la soledad de mi pequeño y vacío departamento. Me quedo con la ventana (es un departamento muy luminoso, gran punto a favor), mi café, mis libros, mi bajo y yo mismo. Un tipo que posiblemente no esté muy bien de la cabeza; pero con el que me llevo bárbaro.