¿Qué importa?

 

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Como bien se sabe, la filosofía no está entre nosotros para dar respuestas, sino para ayudarnos a hacernos las preguntas adecuadas o, siquiera, para hacernos preguntas. El siguiente fragmento, Repetición, de 1843, pertenece a Søren Kierkegaard:

«Uno introduce un dedo en el suelo para oler en qué país se encuentra. Introduzco mi dedo en el mundo, no huele. ¿Dónde estoy? ¿Qué significa decir: el mundo? ¿Cuál es el significado de esa palabra? ¿Quién me engañó y me dejó parado aquí? ¿Quién soy? ¿Cómo entré al mundo? ¿Por qué no me preguntaron al respecto, por qué no fui informado de las reglas y regulaciones, sino que me metí en las filas como si me hubieran comprado a un vendedor ambulante de seres humanos? ¿Cómo me involucré en esta gran empresa llamada actualidad? ¿Por qué debería estar involucrado? ¿No es una cuestión de elección? Y si me veo obligado a participar, ¿dónde está el gerente? Tengo algo que decir al respecto. ¿No hay gerente? ¿A quién debo presentar mi queja?»

Pleno de preguntas, el fragmento me parece estupendo, pero la verdad es que al final terminé respondiendo a casi todas las preguntas de la misma forma: ¿Qué importa? ¿Qué importa que todo esto sea un absurdo, un periplo sin meta ni brújula, una nada suspendida momentáneamente? ¿Qué importa quién soy si soy? ¿Qué importa si no hay gerente si ni siquiera necesitamos uno para ser felices? ¿Qué importa el absoluto sinsentido si existe el amor y el arte para pasar el rato?

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La ironía, esa incomprendida

 

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Hace poco, y a raíz de un comentario algo irónico de mi parte, un amigo me dijo que ser irónico era, de alguna manera, ser violento con el interlocutor o con el objeto de la ironía. Yo defendí a la ironía considerando que mi amigo la confundía con el sarcasmo. Hoy encuentro un texto de Søren Kierkegaard que me permite seguir defendiendo a la ironía despojándola de todo carácter negativo. Dejaré el comentario al final, porque antes quisiera hacer una distinción precisa:

Para empezar, veamos qué dice la inevitable (no sé por qué) Real Academia Española al respecto:

Ironía: “Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice.”

Sarcasmo: “Burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien o algo.”

Bien, ahí está la madre del borrego: la similitud entre ambos conceptos se debe a que el sarcasmo es un tipo de ironía, por lo que en ambas figuras se da a entender algo diferente a lo que en realidad se está diciendo. Sin embargo, hay una diferencia en cuanto a la finalidad: el sarcasmo se usa con la intención de herir los sentimientos de alguien.

Veamos el siguiente cuadro:

 

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Y aquí dejo el cometario del que hablé al principio, el cual propone un estadio más amplio de la ironía:

En su ensayo El concepto de la ironía, Kierkegaard coloca a este concepto en un estadio intermedio entre la estética y la ética. Para él, quienquiera que se distingua por poseer un juicio auténticamente ético respecto al mundo es irónico todo el tiempo y no sólo de vez en cuando y en una determinada situación. Quien así se conduzca estará listo para la vida misma, la cual será permanente objeto de su inteligente y regocijado menosprecio. Así como una verdadera presencia irónica nunca utiliza su intrínseco recurso simplemente para ser aplaudido momentáneamente, la ironía ética vuelta estética acaba por surgir en todo momento.

Como se ve, la ironía es un recurso maravilloso para destacar fragmentos de una historia o para darle sabor a un momento. El sarcasmo también lo es, pero hay que saber usarlo con mucha más precisión y sutileza; pero eso quedará para otra ocasión.

Arrojar el traje

 

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Max Ernst – El ángel del hogar

Si bien la frase de Shakespeare «Todo el mundo es un teatro» es por demás conocida, no siempre es bien entendida en lo que tiene de profunda verdad filosófica. Este deambular por el escenario de la vida para luego hacer mutis y ser reemplazado por otros actores no siempre es algo que se tenga presente al citar al dramaturgo inglés. También la idea fue trabajada por otros y, entre ellos, mi preferido es Søren Kierkegaard, quien en su Las obras del amor (editado originalmente en 1847 y cuya cita pueden encontrar en el volumen de Editorial Sígueme, pág. 115) trabaja la idea de modo más poético y filosófico, lo cual ya me sabe a perfección o cercanía de perfección. No puedo dejar de leer este fragmento sin que una profunda sensación de paz se apodere de mí. Una profunda sensación de paz física, aclaro; porque curiosamente no hay intelecto alguno aquí, sino sólo eso: la tranquilidad y la quietud de quien flota en aguas tranquilas.

Dice Kierkegaard:

«Y cuando al morir caiga el telón sobre el escenario de la realidad, entonces todos serán […] lo que esencialmente eran pero que tú no veías a causa de la diversidad: verás que son seres humanos. […] Que la diversidad de la vida terrena es meramente como el traje del actor, o meramente como un traje de viaje, que cada cual tendrá que procurar y vigilar para que los lazos con los que se sujeta esta ropa exterior estuvieran atados flojos y, sobre todo, que no estuvieran enredados, para poder arrojar el traje con ligereza en el instante de la transformación; esto parece haberse olvidado».

Oh, melancolía.

Silent Lake by Shufu Miyamoto

Lago silencioso, de Shufu Miyamoto.

«Aparte de mis numerosas amistades aún tengo un confidente íntimo: mi melancolía. Constantemente me hace señas en medio de mis alegrías o de mis trabajos, y entonces me llama a un lado y la obedezco, aunque corporalmente continúe en mi sitio. Mi melancolía es la más fiel amante que he conocido. ¿Qué tiene, pues, de extraño que la corresponda con todo mi amor?»
Søren Kierkegaard, “Diapsálmata” Editorial Gredos.