Perder la batalla

 

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La noticia no es nueva; de hecho, es del 2016, pero yo acabo de enterarme y la comparto porque sé que a lo largo de estos dos años que nos separan de ella, nada ha cambiado y hasta es posible que la cosa haya empeorado. La cuestión es simple: el periodista y académico Leonardo Haberkorn, quien dictaba clases en la carrera de Comunicación en la universidad ORT de Montevideo, renunció porque, dijo «Me cansé de pelearle a los celulares, el Whatsapp y el Facebook». Aquí el texto completo:

 

Carta

 

Más claro, imposible. ¿Apocalíptico? Seguro. ¿Exagerado? No lo creo. Más bien es lo que tiene que suceder cuando un espíritu sensible se cruza con la masa amorfa de la estupidez. Y no es necesario ser un profesor universitario para encontrarse con esto. Hoy lo vemos en la calle, en los restaurantes, en cualquier tienda donde entremos a comprar cualquier cosa (y donde quien debe atendernos dejará el teléfono con menor o mayor celeridad, según esté de humor) y, por supuesto, en nuestras propias casas, me atrevería a decir permitiéndome una generalización a la que no soy afecto pero que creo que es inequívoca (alcanza con que haya un adolescente o un joven en ella para que esto ocurra).

Zombies electrónicos los llama Javier Marías con perfecta ironía; ya que al verlos venir por la calle inmersos en sus aparatos es uno el que debe hacerse a un lado para no chocar con ellos. Son como los zombies de cualquier película, sólo que éstos no comen cerebros, sólo dejan que se los coman a ellos.

Adminículos necesarios.

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Hace muchos años estuve suscripto a Adbuster, una revista canadiense que luchaba (aún lo sigue haciendo) contra todo tipo de control, sobre todo el control publicitario y político. Recuerdo que en aquella revista vendían un control remoto universal que sólo servía para apagar los aparatos de TV.; en cualquier sitio donde uno estuviera —una sala de espera, un restaurant, etc.—uno podía apagar el aparato que estaba allí molestando innecesariamente. Recuerdo ese pequeño adminículo porque estoy esperando ansioso a quien invente algo similar para ser usados contra (y uso el término con total conciencia de ello) los teléfonos celulares. Y es que hoy no se puede ir a ningún sitio sin que nos veamos obligados a escuchar las conversaciones más triviales de nuestros vecinos, quienes hablan como si estuviesen solos en el mundo o algo parecido. Conste que no digo nada cuando la llamada es de importancia; pero en la mayoría de los casos lo que se dice (lo que nos vemos obligados a oír) es de lo más estúpido que pueda creerse. Hay dos casos en los que creo que la cosa se agrava: en los viajes en autobústhoi-quen-xau-khi-su-dung-dien-thoai-3 de larga distancia (me ha pasado no una, sino varias veces y lo peor es que uno no puede ir a ningún lado) y en los restaurantes. En este último caso son los hombres de negocios u “hombres de negocios” (porque farsantes o mentirosos nunca faltan) quienes nos hacen partícipes de sus pobres vidas creyendo que están exponiendo hechos de vital importancia para la existencia humana. Ojalá que pronto alguien invente un simple control remoto para que podamos viajar o comer en silencio de una vez por todas. Como antes, como hasta ayer o como lo seguimos haciendo los pocos imbéciles que creemos que el teléfono celular es un adminículo útil, pero nunca nuestro dueño.