Pessoa y yo

Ustedes saben cómo es esto, uno lee un texto aquí, uno allá y las cosas se van conectando, van tomando otro sentido o se van modificando en mucho o en poco; las relaciones vuelan y se reproducen en el aire o donde sea que se posen. Esto viene a cuento porque a raíz de una entrada de la Gran Danioska recordé éste clásico poema de Fernando Pessoa; el que alguna vez uno envió no como propio pero sí con la intención de que la receptora obviara el nombre del autor.

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Pero el tiempo va pasando y uno ya no es el mismo y ve que las personas que lo rodean tampoco son las mismas y por momentos insulta a la vida misma y por momentos se reconcilia con lo que sea que fuere esta cosa que nos toca vivir. Uno se vuelve un poco más cínico también, pero no se puede dejar de ser lo que se es y sabe que ése también es un estado pasajero. Entonces, primero, Fernando Pessoa:

Todas las cartas de amor son ridículas

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.

Quién me diera en el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).

 

Después, yo:

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Pero, como dije, uno no puede dejar de ser lo que es y sigue esperanzado.

Ey… knock, knock… ¿Hay alguien ahí?