El tobogán

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Si dijéramos que la vida es como un tobogán, yo no voy a decir que ya me estoy deslizando por la pendiente; pero sé que tampoco tengo más peldaños para subir. Digamos que estoy sentadito allá arriba, con los pies descansando en el declive de madera, aferrado a la baranda de metal, mirando sin querer ver hacia adelante y pensando en cuáles son mis opciones. Y me doy cuenta de que no las hay. Miro hacia atrás y veo con horror que algún desgraciado, algún malnacido, algún hijo de mala madre me ha ido quitando todos y cada uno de los escalones a medida que iba subiendo, así que no me queda otro camino que ir hacia adelante. Apoyo mi frente en la curva de la fría baranda de metal y me digo «Mierda…» Por más que me agarre con todas mis fuerzas sé, también, que mi cuerpo no es el de antes y que poco a poco va a comenzar a deslizarse pendiente abajo (ya ha empezado a hacerlo, sólo que aún no ha tomado velocidad y puedo mentirme pensando o imaginando cierta inmovilidad). Pienso que algunos afortunados bajan con cierta alegría o tranquilidad, pero son muy pocos. Menos aún son los que bajan acompañados y de éstos hay que descontar a muchos que detestan a esa compañía, así que los que bajan acompañados con quien ellos realmente desean para aquella parte del trayecto son escasísimos. La mayoría, reconozcámoslo, baja a desgano o a los gritos, cuando no llorando a moco tendido mientras insulta al destino o a su suerte.