Achicando el círculo.

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Hablé ayer de cierto hastío o cansancio provocado por políticos o religiosos. Pensaba hoy hablar de uno de esos temas, pero lo dejaré para más adelante. Hoy quiero aclarar un poco lo que debí haber dicho ayer. Para empezar, el cansancio por esos temas está potenciado por la mediocridad que se encuentra en la población en general. Los políticos y religiosos son harina de otro costal, no es nuevo que estas personas viven de la miseria ajena; pero que sean los mismos miserables quienes los aplaudan, potencien apoyen y defiendan me parece la quintaesencia del patetismo. Intentar discutir con alguien de cualquiera de estos temas es adentrarse en un terreno plagado de lugares comunes, conceptos mal entendidos o, lisa y llanamente, maledicencia o estupidez.

Es un lugar muy común oír la expresión “Yo no discuto de política o religión” (suele completarse la tríada con el fútbol). ¿Y por qué no discutir, precisamente, de temas tan importantes? El problema no está en los temas en sí; sino en los oponentes. Todo el mundo está convencido o más que convencido de que es él quien tiene razón y con eso es suficiente. No cabe la más mínima posibilidad de que el otro pueda tener algún argumento válido o alguna idea que enriquezca los puntos de vista, no. El otro es siempre un ignorante que no entiende nada. Eso de ignorante no es gratuito; es el insulto preferido de quienes suelen participar de estas discusiones que deberían ser un ámbito de enriquecimiento y de debate (¿tal vez habría que cambiar de términos y dejar de llamarlo “discusión”?

La clase media suele ser la peor de todas. La clase media es, hoy, aquella que ha logrado cierto nivel de vida que le permite acceder a comodidades varias, las cuales se traducen en la posesión de objetos: el primero de ellos, la TV; el segundo la computadora y el acceso a internet y luego vienen, de ser posible, el auto y los demás aparatos domésticos. Estoy seguro de que uno puede medir el nivel intelectual de los habitantes de una casa midiendo el tamaño de la TV. Generalmente la proporción es directamente inversa: a mayor tamaño de la TV menor la capacidad intelectual de sus propietarios. Lo mismo ocurre con internet: a mayor tiempo frente a la pantalla, menor capacidad crítica. Y así nos va. Impedidos de comunicarnos si no es por medio de mensajitos inocuos o de salas de chat que nunca pueden transmitir las cadencias y las inflexiones de nuestra maravillosa voz, vamos alejándonos los unos de los otros, vamos separándonos físicamente y vamos dejando de discutir, dialogar o debatir, términos todos que entre personas adultas y bien entendidas son casi sinónimos, porque lo que prima es el compartir con el otro, no el meter un gol de media cancha con un pseudo argumento; quienes así se comportan ni siquiera tienen en cuenta que, en una discusión, gana más el que pierde, porque al menos aprende algo.

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Despojarse de todo.

TV pillComo muchos de los amigos que visitan este sitio saben, hace poco más de un año que me separé y me mudé -o mejor dicho, volví- a Mar del Plata. Hace unos siete u ocho meses alquilé un departamento y, por fin, me fui a vivir solo. El punto es que el departamento estaba casi vacío, sólo tenía un futón y una heladera con sus buenos años encima. Por mi parte, yo había dejado todo atrás y me instalé con lo poco que poseía: algo de ropa (no toda) y un par de libros. Algunas personas se ofrecieron, amablemente, a ayudarme, ofreciéndome algún mueble o algo por el estilo; pero no acepté. No por desagradecido ni nada así, la razones era otras y muy simples: 1) Quería hacerme los muebles yo mismo (aun estoy en eso) y 2) no quería deberle nada a nadie. Eso último quizá suene algo pedante, pero la verdad es que uno se va quemando poco a poco con el actuar de la gente y a la larga, me dije, es preferible tener poco (o nada), pero ello es mejor que contraer deudas; y más aun tratándose de deudas “morales”.
En fin, que el asunto era sencillo: dormía en el futón, comía sentado en él hasta que me cansé de cenar de esa manera incómoda y comencé a cenar parado, en la cocina, con el plato apoyado en la mesada y la mirada perdida en los techos de tejas rojas del vecindario. Estaba (y estoy) muy feliz con mi soledad y mis pensamientos y la gente lo entiende bastante bien. Por lo menos hasta que se enteran de que no tengo un aparato de televisión. Les doy mi palabra de que lo que voy a decir a partir de ahora no es una exageración ni un invento para poder escribir este post; pero les puedo asegurar que he visto mudar expresiones de manera instantánea; de rostros sonrientes a rostros incrédulos o preocupados; he sentido, de manera particular, el silencio que se hace –y que dura un par de segundos– antes de recibir una andanada de preguntas que varían muy poco: “¿Y qué mirás?” “¿Y qué hacés?” “¿Y no te aburrís?” “¿En serio?” “Naaa…. ¿en serio?” Peor es cuando les digo que no tengo TV, ni radio, ni equipo de audio. Ná de ná. Uno sólo se animó, o tal vez se le escapó, y me dijo lo que estoy seguro de que todos piensan: “Vos estás loco…”
Y tal vez así sea, pienso cada tanto. Pero si la cordura es lo que veo y escucho a mi alrededor (“¿Viste? encontraron el cuerpo de…” “¡Pero a quién le ganaron ustedes… si el partido se lo regalaron…” “No se puede creer, adónde vamos a ir a parar…” “Ay, sí, tan mona ella… la modelo C anda con el empresario F. ¿Vos te pensás que es amor eso? Está por la plata, nena…”) prefiero la soledad de mi pequeño y vacío departamento. Me quedo con la ventana (es un departamento muy luminoso, gran punto a favor), mi café, mis libros, mi bajo y yo mismo. Un tipo que posiblemente no esté muy bien de la cabeza; pero con el que me llevo bárbaro.