La cruz y la concha

 

Hace un tiempo encontré, al salir de un ascensor en un hotel y restaurante de esta ciudad de Morelia, una pequeña capilla preparada para el servicio de los huéspedes. No dejó de llamarme la atención que un hotel y restaurante tuviera un servicio así; pero como aquí la presencia cristiana es por demás fuerte y antigua, uno termina acostumbrándose a que por todos lados haya cruces o iglesias o capillas. Lo que sí llamó más mi atención, fue que la gran cruz de piedra caliza tenía tallados símbolos masones:

 

Masón (1)

 

No es la primera vez que me encuentro con símbolos masones en las ciudades que visito; pero el hecho de encontrarlos en una cruz y en un lugar público fue —al menos para mí—, por demás curioso. Ahora, hace un par de semanas, fui de visita a Tzintzuntzan; un pueblo mágico del estado de Michoacán, al que suelo ir cada tanto para visitar sus yácatas (construcciones de piedra de las que hablaré en otro momento) y para comer algunos de sus platos típicos en la plaza central del pueblo, la que se encuentra, por supuesto, al frente de la iglesia. Esta iglesia franciscana es muy bonita, luminosa (no como otras donde uno siente que acaba de entrar a una catacumba) y su techo está adornado con paneles ilustrados con coloridos dibujos religiosos. A la salida, caminando por los amplios jardines que nos llevan a la plaza antes citada, encontré esta cruz de piedra caliza, con los mismos símbolos masones:

 

Masón (2)

 

La única diferencia entre ambas cruces son las conchas de vieira en los brazos de la segunda cruz. La concha de vieira es un símbolo que nos llega desde España y que recibe el nombre de «Concha de Santiago», y nos lleva de la mano a ese camino o sendero que, desde todos los rincones de Europa, conducía a los peregrinos al santuario de Santiago de Compostela y que, aun hoy en día, incluye todavía la concha como señalamiento de ruta, pero que, a través de los tiempos, pasó a simbolizar toda peregrinación en sí, hasta el punto de llegar a denominarse también la «Concha del Peregrino» (aunque, para ser exactos, la «Concha de Santiago» se talla, tradicionalmente, a la inversa que en la cruz de la foto; es decir, con la parte convexa hacia el exterior. Entonces los canales de la concha son los que representan a los caminos que terminan en Santiago).

Por cierto, y totalmente al margen. Buscando información sobre estos símbolos, encontré que la concha de Santiago (o la del peregrino, vaya uno a saber la naturaleza de la distinción) fue uno de los símbolos del renunciante Papa Benedicto XVI. Se encuentra tanto en su escudo como es su vestimenta oficial.

 

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Más allá de la poca simpatía que me despiertan las personas que se esconden detrás de símbolos o signos, no puedo menos que reconocer que encontrar estas cosas a lo largo de mi camino es algo que me resulta fascinante. Por una parte le añaden encanto a cada uno de mis paseos; por otro, me recuerdan que no hay que dejar de mirar con atención a todo lo que nos rodea. Lo maravilloso siempre está allí, en lo natural o en lo artificial; y es parte integral del viaje el descubrirlo o el dejarlo pasar sin darle la debida importancia.

Calaveritas de azúcar y flores de cempazuchitl

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La relación que mantienen los mexicanos con la muerte es por demás particular, eso ya es por todos sabido. En lo personal me parece, por momentos, por demás sana, ya que en algunos casos veo que se le quita a la muerte ese velo de superstición que suele envolverla; en otros momentos me sabe a todo lo contrario, ya que he podido ver cómo en lugar de encontrar algún tipo de paz, estas celebraciones parecen ahondar en un dolor improducente. Todo depende, claro está, de a quién uno tenga delante. De todos modos, creo que la cultura mexicana es única en este aspecto y en líneas generales la festividad me parece maravillosa.

Por primera vez visito un cementerio de noche. A pesar de todo lo que significa la festividad del día de muertos fue una noche, si se me permite, entretenida. Como dije antes, salvo en casos particulares, la gente suele tomar esta fecha de una forma mucho más relajada de lo que solemos pensar quienes no somos mexicanos. Aun así me negué a tomarme una foto entre las tumbas; me pareció una falta de respeto. Lo que para mí es curiosidad para otros puede bien ser una noche de profundo pesar; así que preferí  tomar algunas fotos generales y siempre y cuando no molestara a nadie con ello. Sin duda, la ceremonia es por demás curiosa. Esta noche (la del 31 de octubre) es la noche en la que se velan a los niños difuntos y en el panteón, además de las personas que pasan la noche allí acompañando a los pequeños que ya han abandonado a este mundo, nos encontramos con una banda de música que tocaba junto a los familiares de un adolescente que parecía haber muerto hacía poco tiempo, vimos tumbas decoradas con las clásicas flores naranjas (flor de cempazuchitl) donde pendían dulces, galletas y juguetes; cientos o miles de veladoras iluminando parte de la noche; fogatas encendidas para paliar el frío; vimos grupos donde se convidaban con bebidas calientes entre vecinos o donde se oían los rezos entre los acordes de otra banda que tocaba en el otro extremo del cementerio. Para alguien que recién está aprendiendo a reconocer el valor cultural de lo que tiene delante, ver en mitad de la noche la tumba de un niño rodeada por la risa de otros niños que jugaban en la oscuridad que nos envolvía no dejó de ser un hecho por demás curioso, particular y, sobre todo, digno de ser considerado como algo decididamente especial.

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