Buscar en el universo

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Umberto Eco dijo a fines del siglo pasado: el verdadero conocimiento radica en saber qué es lo que vale dentro del enorme cúmulo de información del que se dispone hoy. Otros pulieron la idea y de allí el concepto de analfabetismo funcional. Ya no importa si se sabe escribir o no, sino que ahora una persona culta es aquella que puede diferenciar y separar lo útil de lo inútil; es decir, y hablando en buen castellano, la paja del trigo.

Antes, Diderot se había anticipado a todos los demás: “A medida que pasan los siglos, la masa de obras crece sin cesar, y se puede prever un tiempo en el que será casi tan difícil educarse en una biblioteca como en el universo y casi tan rápido buscar una verdad subsistente en la naturaleza, como perdido entre un inmenso número de libros”.

Notable la anticipación del filósofo francés en pleno Siglo XVIII. Entre tantos miles y miles de volúmenes que se escribieron y se escriben ¿Cómo podremos ver lo que realmente vale la pena? Creo que aquí es cuando se abre la puerta a lo paradójico: la red, la misma que guarda todo y que lo multiplica hasta el hartazgo, es la que puede permitirnos, mediante sus buscadores y sus algoritmos, encontrar lo que necesitamos; pero eso sigue implicando que somos nosotros, en última instancia, quienes debemos saber qué es lo que estamos buscando. ¿Cómo salir de este atolladero?

Nadie acabará con los libros

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“El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado, no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo…Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”. Umberto Eco

 “El libro electrónico, en definitiva, no matará al libro. Más o menos como Gutenberg y su genial invención no eliminaron de un día para otro el uso del codex o de los volumina. Las prácticas y las costumbres coexisten y no hay nada que nos guste más que ampliar el abanico de nuestras posibilidades”. Del Prólogo, por Jean-Philippe de Tonnac.

UMBERTO ECO JEAN-CLAUDE CARRIERE

Ya he leído dos veces este libro en los últimos cuatro meses, y creo que pasará a formar parte de esos que suelen quedar allí, siempre al alcance de la mano. Nadie acabará con los libros es una brillante exposición sobre el ese objeto maravilloso que nos acompaña cada día y que lo seguirá haciendo por mucho tiempo. Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, a través de un diálogo magnífico, que aúna sencillez con detalles que llegan a lo exquisito (el diálogo, el libro, la literatura, el arte, vistos con los ojos de un gourmet apasionado) nos pasean por la historia, no sólo del libro, sino de la historia por la pasión a los libros.  El asunto de si el libro impreso desaparecerá o no es despachado en el primer capítulo; después, aunque el tema se toque aquí y allá, lo que se nos brinda es una clase magistral de parte de dos bibliófilos impecables. El texto está separado en capítulos, pero sin duda, uno tiene la sensación de que el diálogo ha sido registrado en un solo encuentro. La fluidez y el encadenamiento de los temas así nos lo permite suponer. Incunables, postincunables, traducción, bibliotecas antiguas, incendios provocados o accidentales, preferencias y bibliotecas personales (la de Umberto Eco cuenta con cuarenta mil ejemplares, un poco más grande que la de Carrière, aunque no por mucho), curiosidades, manuscritos, soportes. De todo ello tendremos aquí una exposición detallada pero expuesta, como dije, con sencillez y buen gusto. Un diálogo para volver una y otra vez, como se vuelve a un buen restaurant.

Las palabras y las cosas

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Sin pensamiento crítico es muy fácil detonar la barbarie larvada en el ser humano. Hace unos días se desato en Argentina una serie de hechos lamentables que recibieron el aplauso y el apoyo de cierto sector de la sociedad animalizada por el odio generado y generalizado por y desde los medios. También se sumaron, como siempre, algunos políticos de esos que, al no tener altura propia, no dudan en pararse encima de los muertos para que los vean mejor los que están más lejos. La profunda tristeza que provocan estos hechos no implica que no debamos seguir atentos y combativos. Por el contrario, es en estos momentos cuando más firmes nos deben encontrar.

Gracias a Claudia Snitcofsky por acercarme la cita. Por cierto, la oración que abre esta entrada también le pertenece: Sin pensamiento crítico es muy fácil detonar la barbarie larvada en el ser humano.

“E iban matando a todos los judíos que encontraban a su paso, y se apoderaban de sus bienes. . . -¿Por qué a los judíos? –pregunté. Y Salvatore me respondió: -¿Por qué no? Entonces me explicó que toda la vida habían oído decir a los predicadores que los judíos eran los enemigos de la cristiandad y que acumulaban los bienes que a ellos les eran negados. Yo le pregunté si no eran los señores y los obispos quienes acumulaban esos bienes a través del diezmo, y si, por tanto, los pastorcillos no se equivocaban de enemigos. Me respondió que, cuando los verdaderos enemigos son demasiado fuertes, hay que buscarse otros enemigos más débiles. Pensé que por eso los simples reciben tal denominación. Sólo los poderosos saben siempre con toda claridad cuáles son sus verdaderos enemigos.”

(Umberto Eco, El nombre de la rosa)

Lecturas. Umberto Eco

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“La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fidelidad y de respeto en el marco de la libertad de interpretación. Hay una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, según la cual podemos hacer lo que queramos de una obra literaria, leyendo en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos sugieren. No es verdad. Las obras literarias nos invitan a la libertad de interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de al vida. Pero, para poder jugar a ese juego, por el cual cada generación lee las obras literarias de manera distinta, hay que estar movidos por un profundo respeto hacia lo que, en otras obras, he denominado la intención del texto.”

Umberto Eco. Sobre literatura (Pgs. 12 y 13)