¿Te digo la verdad o prefieres algo hermoso?

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Los lugares comunes de los medios de comunicación hacen tanto o más daño que la tan cacareada falta de lectura, por poner un ejemplo entre tantos. Es común  escuchar en todos los medios habidos cosas como “El Presidente ha perdido credibilidad…” o también “El periodista XX ha perdido credibilidad…” Etc. Me llama mucho la atención el enorme valor que ha cobrado la “credibilidad” en estos últimos tiempos. Los medios, como dije antes, son en exceso dañinos: con esa capacidad de repetición que tienen han determinado que ser alguien creíble es bueno; pero en realidad eso no significa demasiado (los medios hacen esto porque ellos inventan la realidad y, para imponerla, necesitan de vendedores creíbles; vendedores que convenzan a las masas de que lo que están diciendo debe ser así porque, sencillamente, ellos lo dicen).

Todos parecen olvidar algo que en realidad es mucho más importante: la veracidad. Alguien podrá decir que ser veraz implica ser creíble; pero esto no siempre es así, al menos no en un primer momento. Cuando Galileo afirmó haber visto satélites alrededor de Júpiter estaba siendo veraz, pero poco creíble; lo mismo cuando Einstein aseguró que el tiempo no es el mismo en todas partes o cuando… bueno, ya entienden de qué va el asunto: credibilidad y veracidad no son sinónimos y aunque así se usen debemos tener siempre presentes sus diferencias.

Yo, por mi parte, les cambio ciento cincuenta personas creíbles por una veraz. Suelo llevarme mucho mejor con éstas, ya que hay muchas menos posibilidades de confusión y engaño y eso, últimamente, me está gustando tanto que no quiero volver a correr riesgos innecesarios.