Confundidos

Confundidos

Ayer fui a ver la Procesión del Silencio, la cual se lleva a cabo en cada viernes santo. No duré mucho viendo dicha marcha porque ver tanto desfile de crucificado me saturó en poco tiempo. Pensé que un país que celebra con tanto afán este tipo de cosas no puede avanzar demasiado rápido, pero eso fue todo, no fui más allá de eso. No tenía más que un interés cultural al asistir a esa marcha y, considerando que es una conmemoración que pertenece a un colectivo del cual no formo parte, pensé que la cosa no iba a pasar de allí; pero la realidad siempre nos brinda ocasiones para el asombro o para la reflexión.
No voy a entrar en consideraciones religiosas (cosa que podría hacer en abundancia, por cierto); sino en cuestiones prácticas. Para empezar, este fin de semana, y sólo en accidentes de tránsito en las rutas de Michoacán, se cuentan 26 muertos. Pero lo que me impulsó a escribir esto fue la muerte de un muchacho de 23 años llamado José Ignacio (desconozco su apellido), ocurrida en la localidad de Barranquillas, en este mismo estado. José Ignacio personificaba a Judas y a mitad del acto religioso, el joven de 23 años, colocó una soga alrededor de su cuello mientras permanecía parado en un bote, pero perdió el equilibrio y resbaló. Así, durante minutos el cuerpo quedó pendido del árbol, pero los asistentes creían que era parte de la representación.
Es entonces que me decido a decir lo que pienso, ya que estos mismos actos hacen que la ceremonia privada se convierta en un tema de interés general.
Para empezar, considero que los católicos confunden el símbolo con la cosa (esto no es novedad, por cierto). Se podrían esgrimir decenas de razones por las cuales este tipo de ceremonias son poco menos que retrógradas; pero no voy a entrar en temas de carácter personal (el que quiera flagelarse hasta sangrar que lo haga, es su problema; lo mismo si alguno quiere crucificarse o hacerse dar latigazos o cualquier otra tontería similar. Ahora, si debe hacerlo mientras camina por la avenida principal es un tema aparte y que nos compete a todos) pero los excesos como los que acabo de destacar son otro asunto. Que cada cual adore al dios que considere adecuado; que cada cual rece, ore o cante a quien se le antoje; pero, si en honor a una resurrección cada año termina con medio centenar de muertos, me parece que están confundiendo los términos de la ecuación. Como suele suceder en estos casos, ciertas personas parecen no darse cuenta que la vida queda para el otro lado.

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