Destinos secretos

 

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Los seres humanos somos animales de costumbres, y una de ellas es la de manejarnos con ciclos, los cuales nos permiten ordenar un poco mejor las cosas. En el caso del ciclo anual, tal vez la más importante de estas cosas, sea esto dicho así, como algo general, sean los recuerdos, la memoria. Es entonces que nos volcamos a los abrazos y a los buenos deseos, sabedores que cada día es un principio y cada día un final. Esto último se parece mucho a un viaje. La estación de partida, la estación de llegada, un sello en el pasaporte, una espera en una estación de autobuses a la noche, un sándwich que se come parado en una esquina, una tarde de sol en un parque, como si fuésemos un jubilado antes de tiempo.

Quienes me conocen saben que el viaje, para mí significa varias cosas al mismo tiempo. Metáfora y substancia; idea, sueño, materialización de una necesidad. También dualidad: el viaje exterior, el viaje interior… Sea del modo que fuere, el viaje es, aunque muchos se nieguen a verlo o a vivirlo. Es por eso que dejaré aquí algunas citas sobre viajes, como síntesis de lo que quiero decir. O sea, como síntesis compartida con otros viajeros anteriores, más lúcidos que yo y que me enseñaron a seguir un camino determinado.

 

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«El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración. El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje». José Saramago.

«El mundo es un libro, y los que no viajan leen sólo una página». San Agustín.

«Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas». Hipólito Taine.

«El verdadero viaje de descubrimiento no es buscar nuevas tierras, sino mirarlas con nuevos ojos». Voltaire.

«Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe». Martin Buber.

Y por último, de autor desconocido:

«Viajar es la única cosa que pagas y te hace más rico»”.

Que el tiempo les depare interminables singladuras, mis amigos.

Tonterías respetables

Ironía: dibujar un árbol de una hoja de papel

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El libro Guinness de los Records es uno de los libros más dañinos que se han escrito. Gracias a esa idea de acumular resultados descabellados se ha impulsado como nunca la costumbre de destinar tiempo, esfuerzo y dinero en tareas absolutamente ridículas. Ahora leo que una tal Cassie de Pecol ha roto el récord de viajes por el mundo. “Visitó todos los países del mundo en 18 meses y 26 días y batió el récord Guinness anterior por menos de la mitad del tiempo” (tomo nota de dos cosas: la expresión “todos los países del mundo” y la referencia al Guinness; dos datos puestos allí para provocar el asombro del lector medio).
Leo un poco más del artículo y veo que de Pecol “Emprendió el viaje con la intención de promocionar la paz, la sostenibilidad ecológica y los derechos de la mujer”. ¡Qué modesta! Me pregunto cómo habrá realizado todas esas tareas considerando que el promedio de permanencia es de tres días por país; tiempo que es suficiente como para recorrer El Vaticano; ¿Pero Rusia, China, Australia, Brasil?
Que esta mujer haya gastado más de 200.000 dólares y haya abordado más de 255 vuelos comerciales para “promocionar la sostenibilidad ecológica” me suena a ridículo absoluto; ella y su gente lo saben bien, por eso no dejan de aclarar que “ha plantado árboles en más de 50 países para compensar el daño ambiental que provocó”. Tonterías, claro; pero si hubiese usado esos doscientos mil dólares para hacer una buena obra en África no hubiese salido en el Libro Guinness de los Récords. Todo sea por una buena causa.

El viaje cotidiano.

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En definitiva, no hay más que libros de viajes o historias policiales. Se narra un viaje o se narra un crimen. ¿Qué otra cosa se puede narrar?” Dice Ricardo Piglia en un libro del cual olvidé anotar el nombre. No importa; veo que la idea de Piglia es más que acertada. Rememoro los libros narrativos que he leído y veo que de un modo u otro todos caben en estas dos categorías. ¿La divina comedia, El Evangelio según Jesucristo, El Quijote, El proceso, Pedro Páramo, Cien años de soledad? Todos libros de viaje. Y mejor no entro en la otra categoría por demasiado obvia. El viaje interior; claro está, es el leit motiv más común del libro de viaje, pero de un modo u otro; ya sea de manera metafórica o directa allí está, presente en la mitad de la literatura —ese viaje cotidiano— que se ha escrito o se escribirá. Sigo pensando en ello y veo que me inclino fuertemente hacia esta categoría, hacia los libros que narran un viaje, sea éste cual fuere. ¿Será por eso que no me siento atraído por la novela negra? Quizá así sea, me digo mientras miro mi ejemplar de Ulises, tal vez el viaje más memorable que pueda encontrarse entre dos rectángulos de cartón.

Sincronía.

Hace un par de días terminé de leer El juguete rabioso, de Roberto Arlt (hoy pensaba escribir sobre él), ayer comencé con su segunda novela, los siete locos; y hoy me encuentro con esto:

[…]

-¿Qué es lo que lo contiene?

-En verdad, no sé… o… sí, tengo la seguridad de que es por esto. Creo que en el corazón de cada uno de nosotros hay una longitud de destino. Es como una adivinación de las cosas por intermedio de un misterioso instinto. Lo que ahora me sucede, lo siento comprendido en esa longitud de destino… algo así como si lo hubiera visto ya… no sé en qué parte.

-¿Cómo? No lo entiendo.

-Yo sí me entiendo. Vea, es así. De pronto a uno se le ocurre que tienen que sucederle determinadas cosas en la vida… para que la vida se transforme y se haga nueva.

-¿Usted cree que su vida?

Erdosain, desentendiéndose de la pregunta, continuó:

-Y lo de ahora no me extraña. Si usted me dijera que fuese a comprarle un paquete de cigarrillos, a propósito, ¿tiene un cigarrillo usted?

-Sírvase… ¿y luego?

-No sé. En estos últimos tiempos he vivido incoherentemente… aturdido por la angustia. Ya ve con qué tranquilidad converso con usted.

[…]

-De esta forma no podemos seguir hablando.

-Bueno, y cuando nos separábamos teníamos esta idea semejante: ¿y el placer de la vida y del amor consiste en esto?… Y sin decir nada comprendíamos que pensábamos en lo mismo…

Súbitamente Erdosain tuvo la fría sensación del viaje.


 

Dejo de leer de inmediato y me quedo en silencio. Recorro la contratapa del libro revisando datos que sé de memoria. Arlt escribió Los siete locos en 1929. Y siento que me está hablando sólo a mí; que ése diálogo escrito hace 85 años tiene un sólo destinatario. Sé, también, que eso ocurre a menudo; ya me ha pasado en otras ocasiones y circunstancias. Pero hoy es éste el fragmento indicado. Y dejo el libro a un lado mientras me quedo mirando la nada.

—♦—

Ahora, hace pocos minutos, una amiga que bien me conoce, con un guiño cómplice me envía la siguiente tira:

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Como si todo esto no fuese suficiente, otro amigo, minutos después (y sin saber de lo anterior), me hace otro regalo:

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—♦—

No me gusta mucho la expresión casualidad; prefiero, desde siempre, el concepto de sincronía. Me brinda la sensación de que no hay azar detrás de estas cosas. De que algo corpóreo, si se me permite el término, está enviándome determinadas señales. En este caso amigos que me tienen presente en sus pensamientos, a pesar de la distancia; o de otros amigos que me hablan desde el pasado remoto y que lo hicieron sin saberlo.

Wanderlust, wanderlust… cada vez que la nombro me parece más bonita…

 

Wanderlust.

Wanderlust: El deseo de viajar, para comprender la propia existencia.

Es un punto. A veces una línea. A veces es… No importa; la imagen puede ser cualquiera, lo mismo da. Lo que quiero decir es que hay un momento en que uno se pregunta, al fin (aunque hay personas que no se lo preguntan nunca): ¿Qué? ¿Cuánto? ¿Para qué? Sí, esa pregunta que vemos a veces en una película o leemos en una novela o en un tratado de filosofía: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Esto va a ser todo, desde aquí hasta el final?

Desde hace un tiempo -no muy largo, para ser sinceros- me estoy preguntando esto, una y otra vez. Claro, las circunstancias me lo permiten. Por primera vez a lo largo de mi mediana/larga vida (todo depende de quién sea el observador o de cual sea mi estado de ánimo) me encuentro en una posición en la que no debo rendirle cuentas a nadie. Por primera vez puedo decidir sin la carga de unas obligaciones que me empujaban a callar cuando no quería hacerlo, a seguir la órdenes impartidas aún cuando fueran inútiles o injustas. Entonces vuelvo a preguntarme ¿Qué es lo que quiero? Y me respondo: Lo que quiero es esto:

Lo que quiero es esto:

Lo que quiero es esto:

Bueno. ¿Entonces cuál es el problema? Supongo que demasiados años de “ponte derecho y no contestes”, “Oye que hay que pagar la renta”, “Necesito esto y aquello para la escuela” o “Necesitamos una nueva lavadora”. Demasiados años de “Usted es un buen empleado y la empresa lo valora” o los consejos de los conservadores familiares “Mira, que como está la cosa, por lo menos tienes un sueldo asegurado”. Y mejor no hablar de los compañeros de trabajo. Me miran como si estuviese maldiciendo al mismísimo gerente en la cara y a todos los clientes también, por si no les quedara claro. Creen que esas son cosas de adolescentes.

Por lo pronto les tengo preparada una sorpresa que aún no se lo dije a nadie: el viernes renuncié a mi puesto de trabajo. Y me sentí más liberado que nunca. Trabajaré hasta el 31 de este mes para que puedan conseguirme un reemplazo. No me darán de baja, sino  que firmamos un acuerdo por un año de licencia “por problemas familiares” porque, según sus palabras soy “…un buen empleado y queremos que sepa que siempre tendrá su puesto con nosotros. Dentro de un año, si lo necesita, renovamos la licencia por otro año más, usted no se haga ningún problema”. Pero lo cual significa algo así como “Usted es un tipo que no nos trae problemas, no falta, no llega tarde y los clientes están conformes y eso es lo que realmente nos importa“.

Bien, el primer paso ya está dado.

Wanderlust, wanderlust… cada vez que la pronuncio me parece más bonita.

Y también, porque sí, porque es una de esas voces que no se olvidan y porque amo esta canción hoy más que nunca: