Polaroids.

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I.

Cuando desperté, a las dos de la mañana, ella ya no estaba allí. Dormía en la habitación de al lado molesta (seguro) por mis ronquidos (Cabe aclarar: sólo ronco cuando estoy agotado. Cabe aclarar: ella fue la causante de mi agotamiento. Cabe aclarar: de mi delicioso agotamiento). Estiré mi mano hacia el vacío a mi izquierda recordando la isla de su vientre y la deslicé hacia donde hubiese debido estar la seda de su pubis (¡Despacio, bruto!). No pude volver a dormir. Tomé uno de sus libros (donde se hablaba de una espalda de mujer y sólo de una espalda de mujer) y lo leí completo en el silencio de la noche. Desayunamos juntos.

II.

El tren se mueve lejos de mí, a muchos, demasiados kilómetros de distancia. Aun así veo una falda negra, unas rodillas perfectas y, para compensar tanta sutil delicadeza, completan el cuadro las ruedas delanteras de tres o cuatro bicicletas. Las palabras cruzan el espacio y se depositan en mi mano, aunque éstas estén en el otro lado del mundo. El cariño no necesita de artefactos para cruzar todo ese espacio. El amor es un imperio donde nunca se pone el sol.

III.

El perro estaba atado con una cadena y un candado la cerraba alrededor de su cuello. Había sangre en sus costados y en el suelo de cemento donde dormía y vivía, a la intemperie. No había agua ni comida y estaba solo y demasiado lejos de la casa. Llegué a amenazar al dueño y pensé que no lograría nada. Me llevó cinco días poder liberarlo (lo hice apenas dos horas antes de que tuviese que irme de allí para siempre). Quien salva una vida, salva al mundo; diría un mal poeta. Yo no. Sólo salvé a un perro. El mundo, como siempre, sigue degradándose inconteniblemente.

 

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