Rumbo norte

Travel Trip New Zealand Stewart Island

Pasó la semana y veo que cometí un pequeño error de cálculo. La semana que pensé que iba a ser compleja no fue la que pasó (sólo fue una semana ocupada). La semana compleja será ésta que comienza hoy.
Me explico, porque veo que en las últimas entradas he estado dando vueltas en círculos sin dejar nada en claro: hace poco más de dos años, subí una entrada titulada Wanderlust. Allí hablaba de mi deseos de viajar, de perderme en la nada de una ruta y de un destino incierto. Bien; el punto es que luego de dos años de planificación, de ahorros, de idas y vueltas, creo que por fin ha llegado el momento. Para ser más exacto, todo comenzará el próximo lunes. ¿Por cuánto tiempo me iré? No lo sé. Tal vez algunos meses; tal vez esos meses se transformen en años. ¿Adónde iré? Tampoco lo sé. Tengo planeados dos destinos, pero luego dejaré que me guíe el azar. Alguien a quien quiero mucho me dijo que no haga eso, que no era algo seguro (es agradable ver que a uno lo quieren bien y que a veces las palabras con que eso se dice no son las clásicas de novela rosa. Gracias por ello); pero la verdad es que mi deseo es, precisamente ése: que me guíe el azar. Así que una vez que llegue al segundo punto de mi ruta averiguaré de qué modo puedo salir de allí. La única regla será: a cualquier sitio, siempre que sea hacia el norte.
En algún sitio, supoongo, me detendré. Después veré qué es lo que hago.
Wanderlust… sí, eso. Me tomó un tiempo poner todo en marcha; pero al final el día está por llegar. Ya era hora.

Sincronía.

Hace un par de días terminé de leer El juguete rabioso, de Roberto Arlt (hoy pensaba escribir sobre él), ayer comencé con su segunda novela, los siete locos; y hoy me encuentro con esto:

[…]

-¿Qué es lo que lo contiene?

-En verdad, no sé… o… sí, tengo la seguridad de que es por esto. Creo que en el corazón de cada uno de nosotros hay una longitud de destino. Es como una adivinación de las cosas por intermedio de un misterioso instinto. Lo que ahora me sucede, lo siento comprendido en esa longitud de destino… algo así como si lo hubiera visto ya… no sé en qué parte.

-¿Cómo? No lo entiendo.

-Yo sí me entiendo. Vea, es así. De pronto a uno se le ocurre que tienen que sucederle determinadas cosas en la vida… para que la vida se transforme y se haga nueva.

-¿Usted cree que su vida?

Erdosain, desentendiéndose de la pregunta, continuó:

-Y lo de ahora no me extraña. Si usted me dijera que fuese a comprarle un paquete de cigarrillos, a propósito, ¿tiene un cigarrillo usted?

-Sírvase… ¿y luego?

-No sé. En estos últimos tiempos he vivido incoherentemente… aturdido por la angustia. Ya ve con qué tranquilidad converso con usted.

[…]

-De esta forma no podemos seguir hablando.

-Bueno, y cuando nos separábamos teníamos esta idea semejante: ¿y el placer de la vida y del amor consiste en esto?… Y sin decir nada comprendíamos que pensábamos en lo mismo…

Súbitamente Erdosain tuvo la fría sensación del viaje.


 

Dejo de leer de inmediato y me quedo en silencio. Recorro la contratapa del libro revisando datos que sé de memoria. Arlt escribió Los siete locos en 1929. Y siento que me está hablando sólo a mí; que ése diálogo escrito hace 85 años tiene un sólo destinatario. Sé, también, que eso ocurre a menudo; ya me ha pasado en otras ocasiones y circunstancias. Pero hoy es éste el fragmento indicado. Y dejo el libro a un lado mientras me quedo mirando la nada.

—♦—

Ahora, hace pocos minutos, una amiga que bien me conoce, con un guiño cómplice me envía la siguiente tira:

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Como si todo esto no fuese suficiente, otro amigo, minutos después (y sin saber de lo anterior), me hace otro regalo:

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—♦—

No me gusta mucho la expresión casualidad; prefiero, desde siempre, el concepto de sincronía. Me brinda la sensación de que no hay azar detrás de estas cosas. De que algo corpóreo, si se me permite el término, está enviándome determinadas señales. En este caso amigos que me tienen presente en sus pensamientos, a pesar de la distancia; o de otros amigos que me hablan desde el pasado remoto y que lo hicieron sin saberlo.

Wanderlust, wanderlust… cada vez que la nombro me parece más bonita…

 

Wanderlust.

Wanderlust: El deseo de viajar, para comprender la propia existencia.

Es un punto. A veces una línea. A veces es… No importa; la imagen puede ser cualquiera, lo mismo da. Lo que quiero decir es que hay un momento en que uno se pregunta, al fin (aunque hay personas que no se lo preguntan nunca): ¿Qué? ¿Cuánto? ¿Para qué? Sí, esa pregunta que vemos a veces en una película o leemos en una novela o en un tratado de filosofía: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Esto va a ser todo, desde aquí hasta el final?

Desde hace un tiempo -no muy largo, para ser sinceros- me estoy preguntando esto, una y otra vez. Claro, las circunstancias me lo permiten. Por primera vez a lo largo de mi mediana/larga vida (todo depende de quién sea el observador o de cual sea mi estado de ánimo) me encuentro en una posición en la que no debo rendirle cuentas a nadie. Por primera vez puedo decidir sin la carga de unas obligaciones que me empujaban a callar cuando no quería hacerlo, a seguir la órdenes impartidas aún cuando fueran inútiles o injustas. Entonces vuelvo a preguntarme ¿Qué es lo que quiero? Y me respondo: Lo que quiero es esto:

Lo que quiero es esto:

Lo que quiero es esto:

Bueno. ¿Entonces cuál es el problema? Supongo que demasiados años de “ponte derecho y no contestes”, “Oye que hay que pagar la renta”, “Necesito esto y aquello para la escuela” o “Necesitamos una nueva lavadora”. Demasiados años de “Usted es un buen empleado y la empresa lo valora” o los consejos de los conservadores familiares “Mira, que como está la cosa, por lo menos tienes un sueldo asegurado”. Y mejor no hablar de los compañeros de trabajo. Me miran como si estuviese maldiciendo al mismísimo gerente en la cara y a todos los clientes también, por si no les quedara claro. Creen que esas son cosas de adolescentes.

Por lo pronto les tengo preparada una sorpresa que aún no se lo dije a nadie: el viernes renuncié a mi puesto de trabajo. Y me sentí más liberado que nunca. Trabajaré hasta el 31 de este mes para que puedan conseguirme un reemplazo. No me darán de baja, sino  que firmamos un acuerdo por un año de licencia “por problemas familiares” porque, según sus palabras soy “…un buen empleado y queremos que sepa que siempre tendrá su puesto con nosotros. Dentro de un año, si lo necesita, renovamos la licencia por otro año más, usted no se haga ningún problema”. Pero lo cual significa algo así como “Usted es un tipo que no nos trae problemas, no falta, no llega tarde y los clientes están conformes y eso es lo que realmente nos importa“.

Bien, el primer paso ya está dado.

Wanderlust, wanderlust… cada vez que la pronuncio me parece más bonita.

Y también, porque sí, porque es una de esas voces que no se olvidan y porque amo esta canción hoy más que nunca: