Posiciones encontradas

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Dijo Elena Garro: «El amor no existe. Existe sólo un mundo que trabaja, que va, que viene, que gana dinero, que usa reloj, que cuenta los minutos y los centavos y acaba podrido en un agujero, con un piedra encima que lleva el nombre del desdichado». Pero de inmediato por la ventana entra William Burroughs y sentencia: «No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Sólo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor Puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor».

 

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¿Qué hacemos ante la dicotomía? Podemos tomar un camino o el otro o, mejor aún, podemos crear el nuestro. Por mi parte, pesimista irredento, no creo en la bondad del mundo, pero creo que al final de la jornada, cuando la noche cae y el silencio se adueña del mundo, no hay nada como la compañía de una piel amada para expulsar a todos los fantasmas. No es verdad que el amor no existe, como dice Garro; el amor es un acto, una acción, una práctica. El amor no existe si eres imbécil o incapaz, pero si te pierdes en él y aprendes un par de cosas, pues sí, ahí está, frente a ti, resplandeciente como ninguna otra cosa. Burroughs lo entendió (el viejo beatnik sorprendió a más de uno aquí): a pesar de todo lo malo que nos rodea —¡O tal vez por eso mismo!— el amor es algo que tenemos que crear (si no existe) o aprender a alimentar (si existe independientemente de nosotros).

 

 

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Y hablo del amor como sentimiento a un ser y del amor como sentimiento abarcador, amplio, general. El amor a nuestra pareja y el amor a todos y a todo lo demás. He dicho aquí incontables veces que las dos únicas cosas que valen la pena en esta vida es el (amor al) conocimiento y el amor en sí. Para mí Borges, Mozart, viajar, pasear por cualquier calle de cualquier ciudad, un bosque, Schopenhauer, la llanura pampeana, el mar, Gustav Klimt, la matemática (que no entiendo del todo), la lluvia, el jazz, son algunos de los que forman parte del primer grupo. El segundo lo ocupa Lourdes, por completo. Es por eso que, al apagar la luz al llegar la noche, si siento su respiración a mi lado, sé que todo estará bien y que el día ha valido la pena. A pesar de todo. 

El lenguaje es un virus.

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Leer a William Burroughs excede el mero acto de acceder a la obra de un escritor; leer a Burroughs es aventurarse, arriesgarse, someterse a nuevas reglas que, además, van modificándose de manera constante. En la obra de William Burroughs el sujeto se encuentra manipulado y transformado por los procesos de contagio. El lenguaje es un virus que se reproduce con gran facilidad y condiciona cualquier actividad humana, dando cuenta de su intoxicada naturaleza. Los textos de Burroughs proliferan sin principio ni fin como una plaga, se reproducen y alargan en sentidos imprevisibles, son el producto de una hibridación de muy diversos registros que no tienen nada que ver con una evolución literaria tradicional, sus diferentes elementos ignoran la progresión de la narración y aparecen a la deriva desestructurando las novelas de su marco temporal, de su coexistencia espacial, de su significado, y posibilitando que sea el lector quien acabe por estructurarlas según sus propios deseos.

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Los libros de Burroughs, claro está, no son aptos para ser llevados a la pantalla; aun así David Cronenberg lo hizo en 1991 con la fragmentaria novela Naked Lunch (El almuerzo desnudo). Para ejemplificar esos procesos de contagio de los que hablé antes, para mostrarnos que el lenguaje es un virus, Cronenberg recurre a una imagen por demás poderosa: la máquina de escribir de Bill Lee (alter ego del mismo Burroughs) se convierte en un insecto que, además, se dirige a él en un cruce paranoico-psicótico por demás particular.

El lenguaje es un virus del espacio exterior es, tal vez, la idea más conocida de Burroughs y sin duda, la mejor de todas. La idea no es tan delirante como parece en un primer momento. Si la pensamos un momento podemos ver que un virus sólo tiene por objetivo el reproducirse y utiliza a otros seres animales como huéspedes y vehículos para ello. El lenguaje, para Burroughs, es independiente del hombre y no es hablado por éste, sino que es el hombre el que es hablado por el lenguaje. En esto Burroughs se adelantó en ocho años al trabajo filosófico de Jaques Derrida, quien en su también famoso dictum dijo: No hay nada por fuera del lenguaje.

Y mal que no pese, eso es cierto. Cada vez que necesitamos transmitir algo nos valemos del lenguaje; si intentamos explicar o explicarnos algo necesitamos del lenguaje; si sólo pensamos en algo usamos lenguaje. No podemos evitarlo; no podemos evadirnos de él. Somos, lo queramos o no, los portadores de ese virus llamado lenguaje; y también sus transmisores.

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Tres miradas sobre el mismo (viejo) asunto.

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Los viejos y eternos temas de la vida y de la muerte vistos desde tres ángulos diferentes pero que no se encuentran totalmente separados, sino que se solapan, se cubren, dialogan entre ellos en algunos puntos, mientras que en otros se mantienen distantes. Esos diálogos y esas distancias, si los dejamos, se ramifican en todos los sentidos y nos permiten, incluso, descansar bajo su sombra.

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Yo creo que en el instante que sucede inmediatamente a la muerte, la Realidad aparecerá por fin frente a nosotros. Las cartas quedarán descubiertas, la partida estará terminada, y veremos claramente lo que solo habíamos sospechado o entrevisto borrosamente en un espejo. Lo dice san Pablo. Lo dice el Bardo Thodol. Lo dice Winnie the Pooh: volveremos a encontrarnos todos, en otro rincón del bosque, siempre habrá un niño jugando con su oso. Yo creo en eso. En realidad, no creo en nada más. Y aunque me equivoque y Lucrecio tenga razón (“No sentiremos nada porque ya no estaremos”), no importa, ya no estaré aquí para sufrir esa desilusión y habré ganado pese a todo. Sin embargo, no se trata de una apuesta: no tengo otra opción y ustedes tampoco.
— Philip K. Dick. Yo estoy vivo y ustedes estáis muertos. Pág. 152
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No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor.
William S. Burroughs. en sus diarios, pocos días antes de morir.
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La vida es un ciclo absurdo y tragicómico de aflicción y aislamiento salpicado de momentos desesperados en los que ridículamente creemos en un salvador que nunca llega.
— Shalom Auslander. Lamentaciones de un prepucio.