Esta tierra que se agarra a mí

 

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Hace algunos años encontré en Argentina una edición de poemas de William Faulkner traducidos por Javier Marías que llevaba por título Si yo amaneciera otra vez. Recuerdo que mi amor por Faulkner no se vio mellado por no haberme gustado mucho su poesía (de la que luego el mismo Faulkner renegaría, si mal no recuerdo). Ahora me encuentro este poema —perteneciente a ese libro y que incluye el verso que le da nombre al volumen— que me pareció raro y maravilloso. ¿Será que los años o el camino recorrido han cambiado algo en mí (ya que no en el poema) y que ahora puedo atisbar algo más de lo que antes no veía? Sea como fuere, el poema y la imagen con la que ilustro la entrada (la cual tenía guardada para una ocasión especial, la cual resultó ser ésta) son lo que hoy soy yo; algo o alguien que pendula entre las rarezas y las maravillas y que no quiere dejar de hacerlo por nada del mundo.

 

SI HAY DOLOR, QUE SEA SÓLO LLUVIA

y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,

si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar

en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

 

Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte

mientras que en estas azules y soñolientas colinas de lo alto

tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,

esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.

El cartero salvaje.

faulkner_silverEn diciembre de 1924, un inspector postal de Corinto, Mississippi, elevó una serie de cargos contra el jefe de correos de la Universidad de Mississippi. “Maltrata el correo de todas las clases”, escribió, “incluyendo el correo certificado… Ha tirado correo con franqueo de vuelta garantizado y todas las demás clases en el cubo de la basura por la entrada lateral” y “algunos clientes han tenido que ir a esta basura para obtener sus revistas”.
El administrador de correo perezoso no era otro que William Faulkner. Había aceptado el cargo en 1921 al tratar de establecerse como un escritor, pero pasaba la mayor parte de su tiempo en la parte posterior de la oficina, lo más alejado posible de las ventanas de servicio, en lo que llamaba la “sala de lectura”. Cuando él no estaba allí leyendo o escribiendo, estaba jugando al bridge con sus amigos.

Fue una carrera breve. Poco después de la denuncia del inspector, Faulkner escribió al director general de correos: “Mientras yo viva bajo el sistema capitalista, espero tener mi vida influenciada por las demandas de las personas adineradas. Pero que me condenen si me propongo estar a la entera disposición de cada sinvergüenza itinerante que tiene dos centavos de dólar para invertir en un sello de correos. Esto, señor, es mi renuncia”.