De últimas voluntades y sus consecuencias

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La Eneida

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En mi última entrada hablé de Canción negra, libro de Wislawa Szymborska que fue publicado después de su muerte y que la poeta polaca nunca quiso publicar en vida. La pregunta que quedó flotando en el aire fue: ¿Hasta qué punto es válido que se vaya en contra de la voluntad de un autor con respecto a su propia obra? Si lo pensamos con respecto a cualquier otra persona, en general sostenemos que lo correcto es hacer lo que esa persona quiso en vida; es decir, hacer su voluntad ¿por qué no, entonces, con los escritores? ¿Es que hay algo en la obra que excede a lo meramente personal y que pertenece a toda la humanidad? Este último punto nos permite un «tal  vez» algo incierto; porque si bien la obra de un artista deja de pertenecerle una vez que ha visto la luz por cuenta propia, aquella obra no publicada no es más que propiedad de ese mismo artista, así que el debate sigue abierto con la misma intensidad de argumentos por ambas partes. Veamos algunos casos particulares, a ver si nos ayudan a despejar algunas dudas.

El caso de Szymborska (ya que fue el que nos trajo hasta aquí permitámosle abrir la secuencia) es un ejemplo claro de que ir en contra de la voluntad del artista resulta en un beneficio para todos los demás. Canción negra, sin ser el mejor libro de la poeta, no va en detrimendo de su obra; por el contrario, nos ayuda a poner en contexto el resto su poesía, de sus ideas y de su estética.

Se dice que, en su lecho de muerte, Ovidio ordenó quemar la Eneida, ya que después de once años de trabajar en ella, aún no estaba acabada. El Emperador Augusto, quien había encargado la obra y quien tenía en ella un papel central, hizo caso omiso del deseo del poeta y la salvó del fuego. Lo mismo sucedió con Franz Kafka y su amigo (y por extensión, de todos nosotros) Max Brod. Kafka le había ordenado quemar todos sus originales, a lo que Brod se negó en propia vida de Kafka y le dijo directamente que no iba a hacerlo (como curiosidad, quien quiera oír al propio Max Brod repetir los buenos argumentos que le expuso a su amigo, puede ir aquí). Otro caso de salvataje en propia vida fue el de Lolita, de Vladimir Nabokov. Se dice que, impulsado por las enormes dificultades que el texto le presentaba, el mismo Nabokov estuvo a punto de quemar los originales que tenía hasta el momento. El proverbial accionar de su esposa, Vera, salvó del fuego esos papeles e impulsó al autor ruso a terminar la obra. Por último, recuerdo un caso inverso, el de alguien que sí quería ser publicado pero que no lo consiguió en vida: John Kennedy Toole. Parece ser que, luego de ser rechazado una y otra vez por todas las editoriales a las que presentó su novela, y por esto mismo presa de una profunda depresión, Toole se suicidó. Fue su madre quien se dedicaría a mover cielo y tierra para ver publicada la obra de su hijo. Hoy, La conjura de los necios está considerada (modestamente, creo que con absoluta razón) como una de las grandes novelas norteamericanas del siglo XX.

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Max Brod y Franz Kafka

¿Y casos inversos? Pues realmente conozco sólo dos que corresponden a un solo autor: Jorge Luis Borges (podemos obviar lo que es la moneda más corriente: las peleas de los herederos por las pocas o muchas riquezas que haya dejado el difunto artista. Esos casos no pasan de ser vulgares muestras de egoísmo económico. Vaya como ejemplo el caso de Camilo José Cela y sus lamentables hijo y viuda). Hablando de viudas, vamos a la de Borges. Poco después de la muerte del escritor argentino su viuda se dedicó a publicar todo aquello que tuviese la firma JLB, incluso aquellos textos que eran de conocida existencia pero que el mismo Borges había dicho que no quería que se publicaran porque no tenían la menor importancia o calidad. Y tenía razón. Apasionado de Borges, compré y leí cada cosa que se publicó con su nombre y los textos que María Kodama (la viuda en cuestión) publicó después de la muerte don Jorge ―recuerdo con especial desagrado un volumen titulado, sintomáticamente Museo― carecen de todo valor estético e histórico (ni siquiera, como en el caso de Szymborska, tienen ese valor añadido).

El segundo caso que compete a Borges no es directamente un caso de ir en contra de los deseos de un autor, aunque sí un caso de publicar aquello que no debería haber sido publicado nunca. Me refiero a los diarios (varios) de Adolfo Bioy Casares, los cuales fueron publicados, también, después de la muerte del escritor argentino. En lo personal siempre consideré a Bioy Casares como un mediocre, y sus diarios no hicieron más que acentuar esta sensación. Los diarios de Bioy Casares están plagados de cosas que por pudor, buen gusto o simple decencia nunca deberían haber sido escritas y, mucho menos, publicadas. Poner por escrito todo lo que se dice en una reunión de amigos es algo por demás desagradable. Que el resto del mundo tenga, después, acceso a ello, es imperdonable. Las mil seiscientas páginas de su Borges son un ejemplo de ello. ¿Qué necesidad hay de publicar todo lo que una persona, por más famosa que sea, dice o piensa? Se rebaja así a la literatura a lo que hoy son esos Reality Shows que nos muestran a tal o cual en su trivial vida diaria, hasta cuando van al baño o se hurgan la nariz. No todo merece la imprenta.

Y llego al final y veo que estoy igual que al principio: hay buenos argumentos a favor de publicar todo y buenos argumentos a favor de no publicar todo. No haberle hecho caso a los propios autores nos permite hoy acceder, nada menos, que a la Eneida o a todo Kafka; lo cual no es algo menor.

La cuestión aquí es que en realidad no sabremos nunca qué es lo que perdimos porque alguien sí hizo caso de la última voluntad del autor ¿Qué obra habrá sido pasto del fuego y por ello nunca llegó hasta nosotros?

Canción negra, el último (primer) libro de Wislawa Szymborska

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Canción negra, el último libro publicado de Wislawa Szymborska, tiene una historia curiosa, aunque no demasiado extraña. Se trata, como dije, del último libro publicado de la poeta polaca, aunque ella nunca quiso publicarlo en vida (y que yo sepa, tampoco dejó dicho que se publicara después de su muerte, pero ya se sabe cómo son los herederos de los escritores y otros artistas). Allá por los años setenta, su ex esposo, con quien mantenía una relación amistosa muy fuerte, buscó en viejas revistas y periódicos locales y recopiló los primeros textos que Wislawa había publicado en sus primeros pasos en la poesía; de allí el nacimiento de este pequeño volumen que ella guardaría por siempre pero que nunca daría a la imprenta. Luego de su muerte el libro sería encontrado junto a otros papeles y, al final, publicado hace algunos años en Polonia y, ahora, en español.

Al leerlo uno comprende las razones por las cuales Szymborska prefirió no darlo a la imprenta. No es que haya mala calidad aquí, ni mucho menos (hay escritores que parece que nunca escribieron mal ni que pudieran haberlo hecho, aunque sea adrede); pero la mayoría de estos poemas están fechados en la época inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial y el peso de esa pesadilla está siempre presente, de manera inevitable (¿Y es que alguien que hubiese pasado por esa experiencia podría escribir sobre alguna otra cosa, al menos durante un buen tiempo de maduración y transformación?). Canción negra es el título perfecto para este conjunto de poemas que ahora son un libro y que se hacen imprescindibles para comprender el desarrollo artístico de la que tal vez sea la mejor poeta del siglo XX. Si el libro debió ser publicado o no es algo que hablaremos en otra ocasión; por ahora, les dejo un par de poemas de este último/primer libro de la mejor de todas (ahora sí, sin «tal vez» alguno).

BUSCO LA PALABRA

Quiero definirlos con una sola voz:
¿cómo eran?
Tomo palabras corrientes, robo en los diccionarios,
las mido, sopeso y examino:
Con ninguna
atino.

Las más valientes, siguen siendo miedosas,
las más despectivas, pecan aún de inocentes.
Las más despiadadas, en exceso indulgentes,
las más encarnizadas, poco irrespetuosas.

Esa palabra debe ser como un volcán,
¡golpear, arrasar, arrancar de sopetón,
como la terrible cólera de Dios,
como el odio en ebullición!

Quiero que esa sola palabra
esté empapada en sangre,
que como los muros de un penal
acoja en su interior cualquier fosa común imaginada.
Que describa de forma fiel y clara
quiénes fueron ellos, qué hizo aquella
gente.

Porque lo que oigo,
o lo que se escribe
resulta insuficiente.
Es insuficiente.

Impotente esta lengua,
repentinamente pobres sus sonidos.
Me devano los sesos
buscando esa palabra
pero no lo consigo.
No lo consigo.

          1945

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

En la más ardiente de nuestras ciudades,
hunden el rostro en sangre coagulada
cadáveres de niños,

Primera vez que juegan a la guerra:
ya sin bromas, la primera e intrépida refriega.
Alguien mostró cómo. Él probó. Es coser
y cantar.
Disparar. Da en el blanco. Qué fácil
disparar.
La primera aventura. Adulta, verdadera.
Agarra una botella de gasóleo -tenaz y
concentrado
Ayer serían tres los tanques y hoy llegará
el cuarto.
Se adelantan a la orden unas manos
inquietas.

… a través de una ciudad que cae a
pedazos,
pasto de unas llamas que ya nadie es
capaz de dominar,
armada de unos puños contenidos,
petrificada en un grito,
se abre paso bajo el denso y ardiente
granizo de las balas,
la cruzada callejera de los niños.

Nuestros ojos con los últimos recuerdos
ya cansados:
las manos, saben, creen, en cambio.
Manos con las que habremos de levantar el peso de esta tierra,
que saben que el mundo renacerá sin los fantasmas de la guerra,
que pagará, sin vueltas, por los años abatidos,
y creen en un nuevo orden y un nuevo
ritmo.

… y quizá también por eso
nos ahoga día y noche
ese tristísimo por qué,
ese callado para qué
los cadáveres de los niños caídos.

Hablar para decir algo

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Joaquin Phoenix

Ayer Joaquin Phoenix ganó su primer premio Oscar como mejor actor; pero no es de cine de lo que voy a hablar aquí, sino de algo tangencial: la entrega de premios más famosos y de sus discursos y, particularmente del discurso que nos regaló Joaquin Phoenix ayer.

Es bien sabido que Hollywood detesta los discursos políticos o toda muestra de pensamiento que se aleje aunque sea un poquito de lo meramente cinematográfico (y mucho más aún cuando el discurso es crítico. Tal vez el más famoso, el que sigue pasándose una y otra vez —más como burla que como otra cosa— es cuando Marlon Brando en lugar de ir a recibir su premio envió a la actriz Sacheen Littlefeather (Pequeña Pluma), ataviada con un traje típico Apache). Ayer Joaquin Phoenix nos brindó un discurso con tintes políticos, sociales y hasta emocionales (como cuando recordó a  su hermano muerto en 1993 River Phoenix). El discurso de Phoenix fue el siguiente:

«No me siento elevado sobre mis compañeros nominados o nadie de este cuarto. El mayor regalo que tengo es usar mi voz para los que no tienen una. Creo que cuando hablamos de desigualdad de género, de racismo, de los derechos LGTB o de los derechos de los animales, estamos hablando de la lucha contra las injusticias. Hablamos de la lucha contra la creencia de que un país, un grupo, una raza, un género o una especie tiene el derecho de dominar, controlar, usar, y explotar a otro con impunidad. Creo que nos hemos desconectado del mundo natural y muchos somos culpables de tener una visión egocéntrica del mundo; creernos que somos el centro del universo. Nos metemos en la naturaleza y la saqueamos por sus recursos. Nos creemos con el derecho a inseminar artificialmente a una vaca y robarle a su bebé, a pesar de que sus gritos de angustia son inconfundibles, y después tomarnos su leche —destinada a su ternero— y la ponemos en nuestro café o nuestros cereales. Creo que tenemos la idea de que el cambio personal significa sacrificar algo, renunciar a algo; pero los seres humanos, en nuestros mejores momentos, somos tan creativos e ingeniosos… y creo que cuando usamos el amor y la compasión como principios, podemos crear e implementar sistemas de cambio que sean beneficiosos para todos los seres vivos y para el medio ambiente. […] Creo que nuestro mejor momento es cuando nos apoyamos mutuamente. No cuando nos vetamos por errores pasados, sino cuando nos ayudamos a crecer, cuando nos educamos, cuando nos guiamos mutuamente hacia la redención. Eso es lo mejor de la humanidad».

Sé que los discursos de agradecimientos son lo usual y ello no está nada mal ¡pero qué bien se siente escuchar a alguien que dice algo más de lo meramente habitual! ¡Qué bien se siente que alguien use su voz para hablar desde su propia humanidad! (ni siquiera tenemos que estar de acuerdo con todo lo que una persona así dice; pero el simple hecho de que nos hable desde sí mismo ya nos obliga al respeto y elogio de su postura).

Tangencialmente, ese discurso me trajo a la memoria un poema de mi novia eterna: Wislawa Szymborska y si bien el lazo entre el discurso de Phoenix y el poema de Szymborska no es estrictamente directo, recordemos que el arte se maneja, más que nada, por aproximaciones.

 

Szymborska

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Hay quienes

Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y en su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.

Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por donde.

Ponen el sello en la verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.

Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.

Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto por la puerta señalada.

A veces los envidio;
afortunadamente se me pasa.

Correo literario, Wislawa Szymborska

 

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Acaba de llegar a mis manos un breve volumen que contiene las críticas literarias que Wislawa Szymborska escribió a lo largo de casi veintiún años en el semanario Życie literackie (Vida literaria), de su natal Polonia. Muchos saben que con respecto a Szymborska y su poesía siempre digo lo mismo: es la mejor de todas (y hasta ahora nada ha aparecido como para que cambie mi parecer al respecto). Algo de su fina ironía pude ver al leer algunos de sus reportajes y su discurso en la recepción del Premio Nobel; pero nada como este volumen. Por momentos me encontré riendo abierta y francamente ante las respuestas que Szymborska da a los escritores que enviaban sus trabajos para ser considerados para su publicación (nada sabemos de esos textos, sólo podemos acceder a la crítica que de ellos se hace. De todos modos, también puede ser parte del juego el pensar en qué podrían haberle mandado a esa revista a lo largo de todo ese tiempo). Les compartiré algunas de esas críticas, a modo de ejemplo.

 

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Portada de Correo Liteario y portada de el semanario Życie literackie (Vida literaria)

 

G.O. Es verdad que Nerón tenía un carácter nauseabundo, que se entregaba al libertinaje y a la grafomanía, pero que comiera patatas fritas es algo de lo que no se le puede acusar. A pesar de que patata rima muy bien con fogata.

Ludomir, Olsztyn. Por los poemas que nos envía, hemos llegado a la conclusión de que está usted enamorado. Alguien dijo que todos los enamorados son poetas. pero probablemente es una exageración. Le deseamos todo tipo de éxitos en su vida personal.

Welur, Chelm. «Díganme si mi prosa revela talento». Sí, revela. Pero por suerte para usted todavía sin consecuencias penales.

L.W., Cracovia. Nos dedicamos a valorar los poemas de amor, pero no damos consejos en cuestiones del corazón. En privado, por qué no, pero en esta columna tenemos que defender los intereses de la poesía, que resulta que florece mejor en un terreno de sentimientos mal depositados y en un ambiente de cierta incomodidad psíquica. En pocas palabras, si quueremos leer buenos poemas, insistimos en al menos un desengaño amoroso por cabeza. un verdadero talento sabrá qué hacer con él. Cordiales saludos.

Pegaz, Niepolomice. Pregunta usted si la vida tiene algún balor. El diccionario de ortograía contesta que no.

Meri, Cracovia. La descripción de la sesión espiritista ganaría seguramente se si hubiera compadecido usted mínimamente de los destinos de los espíritus célebres. Sócrates, invocado desde el más allá para que doña Zofia pueda enterarse de a qué números jugar en la lotería, despierta más bien compasión y suscita una trascendental reflexión sobre si realmente merece la pena ser Sócrates cuando los vivos son incapaces de rendirle el debido respeto. ¡menos mal que los espíritus no existen! De lo contrario, sería imprescindible publicar urgentemente un manual metafísico de buenos modales.

«Homo», Trzebinia. Pregunta usted qué opinión tenemos sobre Homero. hasta ahora, la mejor posible. ¿Por? ¿Ha pasado algo?

Roland, voivodia de Lublin. La cuestión del sinsentido de la vida es difícilmente desarrollable con la rima «lucha-babucha». Mejor explicarla por señas.

Baska. «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjnuto? Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa».

Tomasz K., Chelm, regióon de Lublin. «He escrito por casualidad veinte poemas. Me gustaría verlos publicados»… Desgraciadamente, tenía razón el gran Pasteur cuando dijo que el azar favorecía a los espíritus preparados. Las musas le pillaron a usted en paños menores, espiritualmente hablando.

Leo W., Gdansk. Apreciamos las novelas con digresiones, sobre todo si son digresiones filosóficas. Y más todavía si quien las hace es «un científico de endiablado talento», com define usted a su personaje principal. Desgraciadamente, el peso específfico de esas digresiones es más bien nulo. Lo peor es que ese científico tiene en su cabeza un patético galimatías. Corregimos sólo aquello que puede explicarse con frases cortas: 1) Carlos Linneo no era romano, era sueco; 2) la filosofía de Epicuro no tiene nada que ver con el epicureísmo en el sentido coloquial del término; otra persona quizá no, pero un intelectual ambicioso debería saberlo casi antes de nacer; 3) Ptolomeo no era un cretino, sino un sabio que se equivocó. Como es apenas el inicio de la novela, que abundará, seguramente, en más divagaciones, le indicamos amablemente que entre la filosofía de Descartes y la ideología de Cartesius no hay grandes divergencias. Se lo decimos sólo por si acaso.

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Como bien se señala como subtítulo de este ejemplar de Editorial Nórdica, estos breves comentarios bien pueden ser un Correo literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor. No pocas veces lo que dice Szymborska nos impulsa a tomar una hoja en blanco y ponernos a escribir; y varias otras nos hacen pensar que mejor sería dedicarnos a otra cosa. A pesar de los años, de la distancia temporal y del desconocimiento de la obra de la que se habla, los consejos literarios a veces pueden aplicarse con independencia de quién esté hablando o de quién esté leyendo.

Esperemos, al menos, no ser dignos de comentarios como los que dejé más arriba. Creo que con eso ya podríamos darnos por satisfechos.

Y a falta de músculos…

 

The Uncertainty of the Poet 1913 by Giorgio de Chirico 1888-1978

Giorgio de Chirico – La incertidumbre del poeta

Octavio Paz, en el primer ensayo de su El laberinto de la soledad, se pregunta sobre la inseguridad casi genética de los mexicanos. Allí se hace algunas preguntas muy atinadas: «¿Qué somos y cómo realizaremos lo que somos?» y la más importante: «¿No sería mejor crear, obrar sobre una realidad que no se entrega al que la contempla, sino al que es capaz de sumergirse en ella?». Ésa es la pregunta clave que toda persona debería plantearse y, sobre todo, responderse de manera tajante. Hoy en día, en cambio, está de moda la idea contraria: la de sentirse nada ante la realidad que nos rodea o que creamos.

Acabo de ver Jot Down una entrevista a la escritora española Sara Mesa, quien dice: «Por escribir libros mi opinión no está más cualificada ni es mejor que la de alguien que no escribe». Ante casos como este no puedo dejar de preguntarme ¿Para qué escribe, entonces? Si su opinión es tan válida o inválida como la de cualquiera ¿Por qué debería leer sus libros? Este tipo de postura supuestamente humilde parte del error de confundir seguridad con soberbia y de olvidar que si bien lo segundo es reprochable, lo primero no lo es en lo absoluto.

Cuando uno accede al trabajo de un profesional, sea éste cual fuere, no quiere medias tintas, quiere lo mejor. Así se trate de nuestro seleccionado de fútbol, de un médico, de un político o de un artista, uno no quiere a una persona que ya parte desde el mismo inicio sintiéndose mediocre; uno quiere que su equipo gane, que su médico sea excelente, que su político sea capaz y que su escritor le entregue una buena historia. ¿Se imaginan un boxeador que se suba al ring diciendo algo así como «Bueno, yo no soy mucho mejor que cualquiera de ustedes… sólo hago lo que puedo…» ¿Quién apostaría por él? Es por eso que los boxeadores son unos bravucones irredentos: porque tienen que serlo. Luego la realidad dirá si están a la altura de sus palabras o no; y eso mismo es lo que quiero en un escritor (o un artista cualquiera, si vamos al caso). Quiero que ese escritor me dé lo mejor de sí mismo; quiero que ataque a la hoja en blanco con el convencimiento de que escribirá la mejor novela, el mejor poema, el mejor ensayo. Quiero que al tomar su pluma esté convencido de que su trabajo marcará un antes y un después en la historia de la literatura. Después la realidad marcará si merece el bronce o el olvido; eso es algo que él nunca podrá determinar y tampoco debe importarle; sólo debe hacer su trabajo con el convencimiento de que es el mejor en ello. Eso es lo respetable, incluso más que el resultado de su obra.

Por cierto, hablando de poetas y boxeadores, dejo un fragmento de Lectura, de Wislawa Szymborska, quien por algo es la mejor de todas:

Lectura

No ser un púgil, Musa, es como no ser nada.

[…]

No ser un boxeador, ser un poeta,

con una condena a poemas forzados,

y a falta de músculos mostrarle al mundo

—en el mejor de los casos— una lectura escolar en el futuro.

Oh Musa. Oh Pegaso,

ángel equino.

Desde siempre

caracol

Hay un fragmento de un poema de Wislawa Szymborska que no puedo olvidar; lo leí hace veinte años, cuando le dieron el Nobel y comenzaron a traducirla al español. Esos versos son el inicio de un poema cuyo nombre nunca recuerdo, y dicen así:

En un sendero yace un escarabajo muerto.
Tres pares de patas cruzadas sobre el vientre con esmero.
En lugar del caos de la muerte, pulcritud y orden.

Recuerdo mi sorpresa ante esos versos, recuerdo que me llamó la atención, sobre todo, que partiendo de algo tan pequeño e insustancial como es ver a un escarabajo muerto a un costado del camino se pudiera derivar toda una metáfora de la muerte. Hay que saber ver, sin duda alguna; y es allí donde los poetas se destacan: ven los que otros no. Miran lo mismo que la persona que tienen al lado, pero ellos ven un poco más allá. Como dijo Oscar Wilde: “Algunos sienten la lluvia, otros simplemente se mojan”.
Otro que sabía mirar muy bien y que sabía exponerlo mejor que casi todos, fue Alejo Carpentier. Con respecto al tema de hoy, Carpentier nos deja una cita que aúna el tema y el estilo, sintetizando todo en una amalgama perfecta:

Un día los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema“.

El eslabón vulnerable.

Leo por enésima vez a Wislawa Szymborska; y lo hago como sé que lo seguiré haciendo por la sencilla razón de que es la mejor, la más grande, o cualquier otra expresión superlativa que quieran usar. Al pasar las páginas noto dos poemas relacionados por una palabra; una palabra-símbolo por demás clásica: cadenas. Palabra-símbolo que hemos oído y usado hasta el hartazgo en otras muchas ocasiones y que aquí, aunque no promete originalidad (en tanto significante), sí se destaca por su función estética. De allí, entre otras virtudes, el porqué leer y releer a una poeta inagotable.

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LOS DOS MONOS DE BRUEGHEL

Así es mi gran sueño del examen de reválida:
dos monos atados con cadenas, sentados en la ventana,
el cielo revolotea tras los cristales
y el mar se baña.
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Me examino de historia de la gente.
Tartamudeo y me atasco.
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Un mono clava en mí su mirada y aguza irónico el oído,
el otro finge dormitar,
y, en el silencio que sigue a la pregunta,
me sopla la respuesta
con un débil tintineo de cadenas.

—  ∞ —

CADENAS

Un día sofocante, la casa de un perro y el perro encadenado.
Unos pasos más allá un platito lleno de agua.
Pero la cadena es demasiado corta y el perro no alcanza.
Añadamos a la imagen un detalle más:
nuestras mucho más largas
y menos visibles cadenas
gracias a las cuales podemos pasar de largo tranquilamente.

Un tropiezo afortunado.

Wislawa Szymborska

La ventaja de la curiosidad es que uno, cuando menos se lo espera, tropieza con algo que desconocía en lo absoluto y que, si además de curioso es meramente agradecido, le puede llegar a alegrar el día o, si tiene suerte, hasta la semana entera. Más allá de las exageraciones del caso, esto fue lo que me sucedió hoy; tropecé con una canción y un disco editados en Polonia y del cual ignoraba todo (aún ignoro la mayor parte). El disco se llama Wesele Poety (“la boda del poeta” o “el matrimonio del poeta”, título del poema que el poeta Krzysztof Kamil Baczyński le dedicara a su esposa, quien lo sobreviviría sólo unas pocas semanas) y fue compuesto por Tomasz Aleksander bajo el clásico estilo europeo conocido como Sung Poetry (poesía cantada). La voz fue puesta por Marzanna Bachowska, quien me sabe fantástica pero de quien no encontré mucho más.

Bien, llego por fin a la canción con la que tropecé y que me llevó de la mano al resto de la obra. Es la que abre el disco y el poema es nada menos que la de inagotable Wislawa Szymborka. Allegro ma non troppo (anotación musical que significa “rápido, pero no demasiado”) fue compuesto, como es lógico suponer, en ese ritmo. Les dejo el poema en español y a continuación la canción. Espero que la disfruten tanto como yo y, si alguno siente que a tropezado con algo (lo que sea: música o poesía o artistas) me doy por bien pago.

Allegro ma non troppo.

Bella -le digo a la vida-,
más abundante, imposible,
ni más ranil, semillosa
ruiseñorial u hormiguera.

Hago todo por gustarle,
siempre la miro a los ojos.
La saludo antes que nadie
con gesto humilde en el rostro.

Me le cruzo por la izquierda
y también por la derecha,
y me elevo embelesada,
y me caigo sorprendida.

Qué montés el saltamontes,
qué silvestre zarzamora.
Nunca jamás lo creería
si nunca hubiera nacido.

No sé -le digo a la vida-
con qué puedo compararte.
Nadie ha hecho otra piña
ni menos piña ni más.

Me gustas por generosa,
por ingeniosa y exacta,
por impetuosa ¿y qué más?,
por hechicera y tan bruja.

Y para no disgustrala,
provocarla ni ofenderla,
desde hace muchos milenios
la cortejo muy sonriente.

La acorralo en una hoja:
¿se detiene?, ¿me hace caso?
¿Aunque sea por un momento
se le olvida a dónde va?

Wislawa Szymborska.

Si alguien quiere seguir la voz en su lengua original, pueden acceder al poema aquí (es un bonito ejercicio, créanme).

Todos nosotros.

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Hace unos días el poeta michoacano José Agustín Solórzano me invitó a participar, junto a él, de una lectura poética de la obra de Wislawa Szymborska, poeta por la cual ambos sentimos ya no una profunda admiración, como suele decirse; sino una sincera devoción. Ayer por la tarde se llevó a cabo esa lectura en la cafebrería (como se llaman aquí esos híbridos de café y librería) Nómada. Yo ya había elegido los poemas que iba a leer, pero en el camino retomé el libro y seguí marcando poemas con pedacitos del papel celeste con el que ya había marcado los primeros poemas. Es que leer a Szymborska es adentrarse en una adición instantánea e inevitable. Al llegar a casa, ya solo y mientras la noche se cerraba definitiva, encontré un par poemas, para mí, nuevos. Dejo uno de ellos, uno en el que Wislawa habla, casi con seguridad, de todos nosotros.

— ♦ —

Contribución a la estadísitica

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De cada cien personas,

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las que todo lo saben mejor:

cincuenta y dos,

.

las inseguras de cada paso:

casi todo el resto,

.

las prontas a ayudar,

siempre que no dure mucho:

hasta cuarenta y nueve,

.

las buenas siempre,

porque no pueden de otra forma:

cuatro, o quizá cinco,

.

las dispuestas a admirar sin envidia:

dieciocho,

.

las que viven continuamente angustiadas

por algo o por alguien:

setenta y siete,

.

las capaces de ser felices:

como mucho, veintitantas,

.

las inofensivas de una en una,

pero salvajes en grupo:

más de la mitad seguro,

.

las crueles

cuando las circunstancias obligan:

eso mejor no saberlo

ni siquiera aproximadamente,

.

las sabias a posteriori:

no muchas más

que las sabias a priori,

.

las que de la vida no quieren nada más que cosas:

cuarenta,

aunque quisiera equivocarme,

.

las encorvadas, doloridas

y sin linterna en lo oscuro:

ochenta y tres,

tarde o temprano,

.

las dignas de compasión:

noventa y nueve,

.

las mortales:

cien de cien.

Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.

Prórrogas para (más) borracheras

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VESTIMENTA

Te quitas, nos quitamos, os quitáis
abrigos, chaquetas, americanas, blusas
de lana, algodón, mezcla de poliéster,
pantalones, faldas, calcetines, lencería,
ponemos, colgamos, en los respaldos
de las sillas o en las alas de los biombos;
de momento, dice el médico, no es grave,
vístase, descanse, unos días de vacaciones,
tomar en caso de, antes de acostarse, después de las comidas,
volver dentro de tres meses, dentro de un año;
ya ves, y ni creías, y temíamos,
suponíais, él sospechaba;
anudar, abotonar, abrochar con manos trémulas
cordones, corchetes, cremalleras, hebillas,
cinturones, botones, cuellos y corbatas,
y sacar de las mangas, de bolsos y bolsillos
la larga bufanda ajada, a lunares, a rayas, floreada, a cuadros:
su utilidad acaba de ser prorrogada.

 

Wislawa Szymborska, Paisaje con grano de arena, p. 149

Borracho de libros, revistas y notas varias, este mes que acabo de pasar en posición horizontal también me regaló unas cuantas páginas de la inagotable Szymborska. Este poema que acabo de transcribir me pareció perfecto para recomenzar el diálogo suspendido con ustedes hace apenas cuatro semanas. No deja de ser una exageración, por supuesto, pero algo de encantador tuvo el hecho de encontrarme con esas palabras en este momento de mi vida. Además, siempre es una buena idea encontrar una excusa para compartir a la poeta polaca.