El vuelto de un billete de diez pesos

 

Witold Gonbrowicz

 

Los diarios de Witold Gombrowics son por demás famosos; por un lado por la propia biografía del autor (un polaco que se exilia en Argentina una semana antes del inicio de la segunda guerra mundial) como por las maravillosas entradas y las fugas que lo conforman. Gombrowics puede estar hablando de un hecho trivial y enlazar de manera inmediata un profundo tema psicológico, filosófico o artístico para cerrar la entrada con un retorno casi casual a lo que comió ese día o a las meras cuestiones climáticas.

He aquí un pequeño fragmento, a modo de ejemplo:

“Hoy, en este severo tiempo actual, no hay pensamiento ni arte que no nos grite con vozimg_art_10853_3138 destemplada: ¡no te evadas, no juegues, asume la partida, responsabilízate, no sucumbas, no huyas! Intenté entonces conocer esta vida auténtica, ser absolutamente leal ante la existencia. Pero no me fue posible. No me fue posible por la razón de que tal autenticidad resultó más ficticia que todos mis jueguitos, vueltas y saltos juntos. Debido a mi temperamento artístico no entiendo demasiado de teorías, pero tengo bastante olfato en lo que a estilo se refiere. Cuando apliqué a la vida la máxima conciencia, tratando de fundar en ello mi existencia, advertí que algo raro pasaba. ¡Qué se iba a hacer! No era posible. Es imposible asumir todas las exigencias del Dasein y al mismo tiempo tomar café con masas durante la merienda. Sentirse angustiado ante la nada, pero aún más ante el dentista. Ser una conciencia en pantalones que conversa por teléfono. Ser una responsabilidad que anda de compras por la calle. Cargar con el peso de la existencia significativa, darle sentido al mundo y dar vuelto de un billete de diez pesos”.

La referencia al Dasein relacionado con el café con masas me hizo reír mucho, pero no menos que la sentencia « Sentirse angustiado ante la nada, pero aún más ante el dentista». Esto me hizo recordar a aquella otra sentencia de igual tono y forma de Milan Kundera: “«Pienso, luego, existo» es la declaración de un intelectual que menosprecia los dolores de dientes”.

Hay que reconocer que Gombrowicz tiene algo de razón: ante las necesidades propias de la existencia, el filosofar no deja de ser una cuestión de segunda categoría. Mal que me pese, debo reconocer la certeza de este punto y aceptar que la filosofía es un maravilloso instrumento intelectual, pero nada más que eso: un instrumento que puede (y debe) ser dejado de lado cuando corresponda.