El elitismo del «yo».

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Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a un concierto de música clásica en donde se ejecutaron fragmentos de varias obras por demás conocidas entre las que se incluían a Mozart (un aria de La flauta mágica), Donizetti, Rossini, Saint-Säens y hasta una sinfonía completa de Beethoven. No voy a hablar del concierto en sí, el cual fue correcto y poco más, sino de la actitud de dos de las personas que nos acompañaban. Llamémoslas A. y C.. Desconozco las razones, pero el teatro estaba lleno de personas de origen humilde, la mayoría de ellos campesinos y algunos otros habitantes de los pueblos aledaños a Morelia. Muchos de los hombres ni siquiera se sacaron el sombrero de paja y muchas de las mujeres acomodaban con prolijidad sus amplias faldas en el estrecho espacio que la butaca les permitía. Al salir del concierto A. y  C. coincidieron el algo: en que era una pena que el público estuviera compuesto «por gente así», refiriéndose, claro está, al origen humilde de los hombres y mujeres que allí estaban y a que «esa gente», seguramente no podía apreciar lo que se le estaba brindando. L. y yo nos miramos sin saber si intervenir o no y tácitamente los dejamos continuar con sus pseudo argumentos elitistas. En un momento, ante un comentario mío sobre el aria de La Reina de la noche, C. me interrumpe y comienza a darme datos sobre esa pieza y sobre Mozart en sí. Todos esos datos, sin excepción, eran falsos o erróneos. Todos. Así que preferí callarme hasta que se sintió satisfecho y luego me puse a bromear con L. sobre cualquier otra cosa hasta que al fin llegamos a casa y pudimos despedirnos de A. y C..

i-love-yoVoy a tomar un par de segundos para presentar a A. y a C.; quienes no son malas personas en absoluto, pero que comparten un mismo y pesado defecto: son personas que tienen conocimientos de todo, absolutamente de todo. Es así que pueden hablar de política, gastronomía, arte, ciencia, medios, turismo, geografía y, sobre todo, de negocios (no sé si han observado que estas personas, en general, quieren ser grandes, muy grandes empresarios. Casi sin excepción ése es su sueño mayor). A. tiene la pésima costumbre de hacer mucho ruido cuando come y agranda todo lo que le sucede como si la realidad no fuese suficiente; C. se siente en la necesidad de aclarar todo lo que dice su interlocutor aunque para ello deba recurrir a datos inventados o totalmente falsos. Eso no sería más que un accidente momentáneo en la vida de los que los rodean; pero cuando dos personas que no saben ni comer con corrección o que no saben siquiera lo que es un dato duro la jueguen de elitistas o moralistas con tufillo a oligarquía mal entendida la cosa se me torna insoportable.

Como decía un amigo sureño: Quieren cagar más alto de lo que les da el culo. Y no voy a pedir1296672352_0 disculpas por la grosería; a veces las cosas hay que decirlas como son, en directo y con todas las letras. ¿Cuál es el problema de que mil campesinos asistan a un concierto de Mozart o de Beethoven? Si estas personas que las juegan de ilustradas tuviesen un poco más de letras y de lecturas sabrían que La flauta mágica, precisamente, fue escrita para el público humilde; para esa clase que asistía al teatro más económico y popular. Si al menos prestaran atención al coro de Beethoven de su archifamosa novena sinfonía y su mensaje de hermandad y amor al prójimo no andarían sintiéndose mejores que los demás sólo por vivir en una ciudad y no tener que levantarse con el sol para salir al campo a ensuciarse las uñas con la tierra o para ordeñar a una vaca o a una cabra.

El ego, como todos sabemos, es un mal endémico; pero el ego del imbécil pretencioso es un cáncer, un cáncer social que cada día expande más y más su territorio. Ahora cualquier tonto con una conexión a internet y por el simple hecho de vivir en una democracia cree que puede discutirle a un doctor, a un profesor, a un artista o, peor aún, cree que tiene derecho a señalar a una persona humilde y expulsarlo de un concierto porque es una pena que en ese sitio haya «gente así».

Wanderlust.

Wanderlust: El deseo de viajar, para comprender la propia existencia.

Es un punto. A veces una línea. A veces es… No importa; la imagen puede ser cualquiera, lo mismo da. Lo que quiero decir es que hay un momento en que uno se pregunta, al fin (aunque hay personas que no se lo preguntan nunca): ¿Qué? ¿Cuánto? ¿Para qué? Sí, esa pregunta que vemos a veces en una película o leemos en una novela o en un tratado de filosofía: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Esto va a ser todo, desde aquí hasta el final?

Desde hace un tiempo -no muy largo, para ser sinceros- me estoy preguntando esto, una y otra vez. Claro, las circunstancias me lo permiten. Por primera vez a lo largo de mi mediana/larga vida (todo depende de quién sea el observador o de cual sea mi estado de ánimo) me encuentro en una posición en la que no debo rendirle cuentas a nadie. Por primera vez puedo decidir sin la carga de unas obligaciones que me empujaban a callar cuando no quería hacerlo, a seguir la órdenes impartidas aún cuando fueran inútiles o injustas. Entonces vuelvo a preguntarme ¿Qué es lo que quiero? Y me respondo: Lo que quiero es esto:

Lo que quiero es esto:

Lo que quiero es esto:

Bueno. ¿Entonces cuál es el problema? Supongo que demasiados años de «ponte derecho y no contestes», «Oye que hay que pagar la renta», «Necesito esto y aquello para la escuela» o «Necesitamos una nueva lavadora». Demasiados años de «Usted es un buen empleado y la empresa lo valora» o los consejos de los conservadores familiares «Mira, que como está la cosa, por lo menos tienes un sueldo asegurado». Y mejor no hablar de los compañeros de trabajo. Me miran como si estuviese maldiciendo al mismísimo gerente en la cara y a todos los clientes también, por si no les quedara claro. Creen que esas son cosas de adolescentes.

Por lo pronto les tengo preparada una sorpresa que aún no se lo dije a nadie: el viernes renuncié a mi puesto de trabajo. Y me sentí más liberado que nunca. Trabajaré hasta el 31 de este mes para que puedan conseguirme un reemplazo. No me darán de baja, sino  que firmamos un acuerdo por un año de licencia «por problemas familiares» porque, según sus palabras soy «…un buen empleado y queremos que sepa que siempre tendrá su puesto con nosotros. Dentro de un año, si lo necesita, renovamos la licencia por otro año más, usted no se haga ningún problema». Pero lo cual significa algo así como «Usted es un tipo que no nos trae problemas, no falta, no llega tarde y los clientes están conformes y eso es lo que realmente nos importa«.

Bien, el primer paso ya está dado.

Wanderlust, wanderlust… cada vez que la pronuncio me parece más bonita.

Y también, porque sí, porque es una de esas voces que no se olvidan y porque amo esta canción hoy más que nunca: