Una labor solitaria

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En una entrevista con Esteban Peicovich, Borges dijo, casi como al pasar: «Cuando converso con alguien siempre trato que el interlocutor tenga razón. La idea de una discusión es errónea. Los chinos dicen que no hay que discutir para ganar, sino para dar con la verdad». Hace unos pocos días mantuve un debate (virtual, lamentablemente) con un amigo a raíz de la crítica de un tercero al término «cientificista». El debate no importa aquí; sino algo que dijo mi amigo en un momento ya adelantado de la charla: «Y pensar que hay gente que va a pensar que estamos peleando…». Era algo cierto; a pesar de que el debate se llevaba adelante en un sitio abierto, nadie se metió «en el medio», por así decirlo. Miraban sin aportar, como desde una tribuna o desde un palco. Creo que el punto fue ese: nadie se atrevió a añadir nada porque el debate, aunque acalorado, se mantenía dentro de ciertos límites que hoy no son comunes y que son, precisamente, los que deberían ser la base de todo debate: cada cual exponía sus argumentos, criticaba los de otro pero, en ningún momento se imponía una idea o una posición en detrimendo de otra y, mucho menos, se hacía uso de falacia alguna. Creo que eso fue lo que les resultó más raro a los que nos leían sin participar.

Desde mediados del siglo pasado, en lo temporal; y desde Francia, en lo geográfico; se ha venido destruyendo el concepto del otro hasta el punto en que hoy en día el debate ha perdido todas sus cualidades formativas. Hoy lo que se busca en la imposición del pensamiento propio, de la idea personal, del punto de vista particular; sin tener en cuenta en absoluto los del interlocutor y, no pocas veces, sin tener siquiera en cuenta el derecho que le asiste al otro a expresar sus puntos de vista o argumentos. El todo es cuestión de opinión es la síntesis del antipensamiento; de la estupidez elevada a la categoría de herramienta discursiva. Es así que cualquiera se cree con derecho a decir lo que quiera, sin verse en la obligación de tener que justificar nada; sólo con expresar cualquier cosa y escudarse en la posibilidad de la ofensa si se le lleva la contraria, es suficiente.

Ya lo dijo Carlos Castaneda, hace más de cuatro décadas: «La tragedia del hombre actual noo es su condición social, sino la falta de voluntad para cambiarse a sí mismo. Es muy fácil diseñar revoluciones colectivas, pero cambiar genuinamente, acabar con la autocompasión, borrar el ego, abandonar nuestros hábitos y caprichos… ¡ah, eso sí que es otra cosa! La verdadera rebeldía y la única salida del ser humano como especie, es hacer una revolución contra su propia estupidez. Como comprenderán, se trata de una labor solitaria».

2 comentarios el “Una labor solitaria

  1. anamariapalos dice:

    Reblogueó esto en Blog de Ana María Palos.

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  2. Hacer una revolución contra su propia estupidez, elocuente, en verdad me ha gustado su texto, muchas gracias las referencias son fascinantes, saludos

    Le gusta a 1 persona

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