¿Me interpreta, maestro?

Esta entrada viene a colación de la entrada anterior; puede leerse sin haber leído aquella, pero se entenderá mejor si se sigue el orden correspondiente. Intentaré ir al grano y de ser lo más breve posible, sobre todo en el primer párrafo:

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Heidegger distinguía entre dos tipos de existencia: la que él llamaba existencia auténtica y la existencia inauténtica. La existencia auténtica es aquella que es llevada a cabo por quienes piensan, por quienes aprenden, por quienes toman las riendas de su ser. En suma: por quienes se enfrentan a la vida, con todo lo que ella implica (incluso la muerte); los que hacen algo con ella. Por otra parte, tenemos a quienes viven una vida inauténtica; es decir, para ser directos, aquellos que tratan por todos los medios de escapar de todo lo anterior. Una de las formas predilectas de estas personas es, por supuesto, negarse a pensar, ya que pensar implica, sobre todo, tener que pensar en la muerte y tener que enfrentarse a ella. ¿Qué tiene que ver esto con lo dicho hace dos días? Ahí voy.

En la entrada anterior dije que hay muchas personas que repiten las mismas frases independientemente de la latitud en la que se encuentran. Es así que frases como «Si quiero salir y contagiarme nadie puede prohibírmelo. Es mi derecho»; «Los pobres son pobres porque quieren»; «Hay que votar por un rico, porque los ricos no roban» y otras por el estilo se oyen igual en el último extremo del cono sur como en el medio de Europa o en el último confín de Asia. ¿Cómo puede ser esto posible? La respuesta es sencilla: se copian unos a los otros y, como no piensan, como no tamizan lo que consumen, repiten todos las mismas frases, palabra por palabra. Claro, ahora con las redes sociales se refuerzan, también, los unos a los otros, porque ninguno de ellos acepta en sus cuentas a nadie que piense diferente; sólo se aceptan aquellos que refuerzan lo que ellos ya quieren saber (si es que el término saber puede ser utilizado aquí). Incluso esta conducta tiene nombre propio: se llama sesgo de confirmación. Es entonces que se produce esta endogamia pseudointelectual que termina, siempre, en la más profunda de las ignorancias o, como diría Heidegger, en la vida inauténtica. Esa misma de la que hay que huir como si de la peste se tratara porque no es otra cosa que eso: una peste que infecta todo lo que toca.

Verdades absolutas y lecciones de humildad

 

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«Nada hay mejor distribuido que el sentido común. Todo el mundo cree tener el suficiente». dijo René Descartes y esa puede ser considerada como una de las pocas verdades absolutas (hay otra verdad absoluta que plantearé yo mismo; pero esa una verdad absoluta paradójica, así que la dejaré para el final del texto, porque primero quiero hablar de algunas otras cosas).

Primero: Todos sabemos que lo que nosotros pensamos es lo correcto. Nadie duda de sus propias creencias o pensamientos ¿No? ¡Pero si es obvio! ¡Cualquier persona con sentido común debería reconocerlo! (y aquí volvemos a Descartes, quien nos mira con paciencia y luego se hace el desentendido). Hay muchos estudios interesantes sobre el porqué a la gente le cuesta tanto cambiar de opinión, incluso aunque se le muestren pruebas irrefutables (¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados? es un artículo que sintetiza la idea).

Segundo: Iglesias, sinagogas y mezquitas están cerradas a cal y canto, lo cual demuestra que no hay intervención divina que valga: o te cuidas de manera racional o eres historia. Esto nos enseña (o nos recuerda, porque esto siempre se supo) que la religión y la ciencia se abocan a ámbitos separados e irreconciliables (de hecho, hasta hablan lenguajes diferentes). «La oración no tiene la función de forzar a Dios, sino de cambiar la naturaleza del que ora», dijo con tino Søren Kierkegaard, señalando, de paso, una cuestión que occidente parece haber olvidado (y por eso, también, que me caen mejor los budistas que los cristianos): es absurdo y por demás egocéntrico el creer que un dios va a cambiar su plan divino por la simple oración de una sola persona; sin embargo, el cambio interior es el que importa y prevalece.

 

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Tercero: ¿Y qué sucede con el discurso feminista? ¿Dónde quedó la idea de que la biología es una construcción patriarcal? ¿Por qué el colectivo feminista dejó de marchar y acató las órdenes del estado machista opresor? ¿Por qué aceptaron la ayuda de ese estado o, en muchos casos, la exigieron? ¿Por qué las abanderadas del aborto —bajo el slogan «mi cuerpo, mi decisión»— no aceptaron que otro (en este caso un virus) decidiera sobre la vida de ellas?

Cuarto: ¿Qué sucede con los veganos que están esperando la aparición de una vacuna que será probada en ratones o conejos? ¿Aceptarán vacunarse bajo estas condiciones?

Un simple virus; algo que ni siquiera puede llamarse un ser vivo, vino a trastocar todo lo que pensamos o, mejor dicho, vino a poner en evidencia lo que todos tuvimos presente desde siempre (y he aquí la verdad paradójica que quiero exponer): «no existe tal cosa como una verdad absoluta» (lo paradójico es que esa es una verdad absoluta).      Sigamos, que no falta mucho.

¿Se entiende el punto al que quiero llegar? Todos tenemos derechos a pensar o a creer en lo que nos plazca o en aquello que consideremos como más acertado o válido; pero tenemos que aprender a dejar un resquicio (al menos uno) por donde pueda colarse la duda. Tenemos que aprender que, sea lo que fuere lo que creamos o pensemos, eso será hijo de nuestra época y de nuestras circunstancias y que sostener que nosotros y sólo nosotros tenemos razón no es más que una posición fanática improducente. «Un fanático es alguien que no quiere cambiar de tema y no puede cambiar de opinión», Dijo alguien; no ser uno de ellos es, al menos, el primer paso para comenzar a entendernos y tratar de salvar algo en medio de todo este caos.

 

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Palabras como átomos

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El idioma español tiene cerca de 300.000 palabras. En el Quijote, Cervantes usó 22.939 palabras diferentes. En una conversación entre dos profesionales se usan más de 3.200 palabras. Una canción de reggeatón tiene un promedio de 30 palabras. La mayoría de los jóvenes de la actual generación se comunica con 300 palabras (y de estas 78 son groserías) y con 37 emoticones. Ahora ya se pueden uno imaginar el nivel de comprensión de lectura y pensamiento crítico que poseen.

El párrafo anterior lo tomé de un periódico y me permite relacionarlo con las siguientes palabras que Edmund Husserl escribió en su Lógica formal y Lógica trascendental: «El pensamiento siempre se hace en el lenguaje y está totalmente ligado a la palabra. Pensar, de forma distinta a otras modalidades de la conciencia, es siempre lingüístico, siempre un uso del lenguaje».

Entonces tenemos que sin palabras no tenemos pensamiento, muy bien ¿y de dónde sacamos las palabras para pensar? Pues no hay otra fuente que la lectura. El lenguaje de uso cotidiano, el que aprendemos de niños, sólo sirve para comunicar lo más básico, pero no mucho más allá que eso. Ahora, si lo que pretendemos es pensar tenemos que abocarnos al arduo (y maravilloso, una vez que estamos inmersos en él) camino de la lectura. Si no tenemos buenas, amplias y profundas lecturas no tendremos las palabras adecuadas para generar pensamiento; y no hay salida a ello, mal que les pese a todos aquellos que se niegan a tomar un libro. Las personas toleran no ser buenos lectores, pero si se les dice que no saben pensar, se sienten lastimados en lo más profundo de su orgullo y, sin embargo, una cosa condiciona de manera determinante a la otra. Así, la lectura es una herramienta de desarrollo fundamental. Y donde mejor se desenvuelve esta herramienta es en los libros, no en los pequeños artículos que dominan la circulación de la Web; el encuentro con el lenguaje merece un espacio de concentración —el medio es también el mensaje, como bien sintetizara McLuhan, un encuentro a fondo con la mente de un autor que puede haber muerto hace cientos de años pero que vive, al menos meméticamente, en el texto que se trasvasa a nuestra mente. 

 

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En estos días de antipensamiento sistemático (y no me refiero a una mera queja circunstancial, sino al verdadero estado de antipensamiento social que nos llega desde la política, el feminismo, las artes y gran parte de la filosofía), volver a las fuentes se hace más que necesario. Es impensable, en síntesis, el pensamiento sin lectura (como base fundamental) y sin diálogo (con otros o con uno uno mismo, en eso que se llama meditar en lo leído); pero eso es lo que se ve en todas partes: discursos sin fundamento alguno defendiendo cualquier causa de parte de personas que no tienen la menor de las bases intelectuales para formarlos. Es entonces que todo se reduce a la repetición constante de slogans vacíos y de una constante referencia a la posverdad como camino para tener razón.

Hay una frase que anda dando vueltas por ahí que sintetiza a la perfección la idea: «Si no sabes leer, no sabes escribir; si no sabes escribir, no sabes pensar» (algunos dicen que  es de Juan José Arreola, pero no es seguro y tampoco importa demasiado).

Saber distinguir, saber apreciar

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opuestos

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Hace un tiempo hablé aquí del enorme placer que me causó la lectura de un libro de Jorge Wagensberg. Ahora he tenido la oportunidad de agenciarme un nuevo libro de este autor catalán (cosa que aquí no es nada fácil) y el placer es igual o tal vez superior al anterior. En este caso se trata de El gozo intelectual y vaya si le hace honor al nombre, me digo. Éste es uno de esos libros que deben ser leídos con una libreta a un lado, para ir tomando notas de lo que se lee y no perder el hilo de los razonamientos.

En la página 51 me encuentro con un breve y sencillo fragmento que me hizo recordar algo que vi hace pocos días en un vídeo de YouTube. El fragmento de Wagensberg dice así: «La inteligibilidad se distingue de un déjà vu por la ocurrencia del gozo intelectual. Es también la diferencia entre un refrán y un buen aforismo. El refrán está para ser recitado y repetido hasta conseguir algo muy cercano al estado de hipnosis. Un buen refrán sirve para repetir, para liquidar una buena reflexión. El buen aforismo no es para repetir si no para evocar, y no es para liquidar una reflexión o una conversación sino para abrirlas. La conversación debe acompañar a la mente hasta dejarla a solas frente a una comprensión o una intuición inminente. La comprensión cae cuando está madura».

Una sutil distinción entre el refrán y el aforismo nos abre las puertas a una comprensión mayor de lo que tenemos frente a nosotros, ya sea una lectura, una conversación o un pensamiento (el cual, tal como bien lo señala Wagensberg en este libro, no es más que una conversación íntima). Hace pocos días, en el programa español Todos para la 2 (supongo que así se llama, no estoy seguro, copio de lo que veo en el video), el artista plástico Jorge de los Santos señala la distinción entre el slogan y la máxima: «[…] una cosa es el «Llega a ser quien eres», de Píndaro, es decir, todas estas máximas… que son máximas, no slogans, que ésas no se compran. Uno parte del razonamiento para llegar a una máxima, mientas que el slogan es lo inverso» (tal vez este fragmento suene un poco más disperso que el anterior; pero tratándose de una charla en un programa televisivo, es lógico que el estilo sea más despojado e, incluso, un poco desprolijo. De todos modos la idea está ahí y eso es lo que vale).

El refrán es el pensamiento codificado, el aforismo es el pensamiento en acción; el que camina o nos ayuda a caminar. La máxima es la idea que nos ayuda o nos guía en nuestra vida, el slogan es el pensamiento cosificado, condensado en la sola idea de fijar el pensamiento para, sobre todo, vendernos algo. Mientras que la máxima es el punto de llegada del pensamiento, el slogan es el punto de partida, armado y prefabricado (por otro). Saber reconocer estas pequeñas diferencias no es algo menor en cuanto al trabajo del pensamiento; de hecho, como lo señala Jorge Wagensberg desde el mismo título de su obra, es lo que nos ayudará a llegar a ese puerto único que es el gozo intelectual.

Amenazas innecesarias

 

El alcance del pensamiento posmoderno ha tenido y tiene consecuencias que van más allá de lo meramente anecdótico. Que un trasnochado juegue con la idea de que la Tierra es plana y que hay una conspiración de todos los científicos del mundo para decir lo contrario mueve a risa y no va más allá de eso. Cuando el trasnochado en cuestión se sube a un avión o a un barco éstos navegarán como corresponde, considerando a la Tierra como una esfera y listo, se acabó el problema (al igual que sucede cuando el trasnochado usa el GPS de su teléfono móvil, sin ir más lejos).

Pero el pensamiento posmoderno (sé que esto es una contradicción en los términos, pero permítanmelo y sigamos avanzando) no siempre es tan inocuo. Encontré esto hace unos días y, si bien no pude confirmar la fuente, nada me hace suponer una noticia falsa (aun así, hay muchos otros casos que corroboran la misma conducta en otras muchas personas):

 

Vacunas

 

El diario Perfil de Argentina, tituló así un importante artículo sobre el tema: «Los “antivacunas”, una de las más grandes amenazas para la Humanidad en 2019» a lo que se agrega el subtitulo: «La OMS ubicó a las personas que se niegan a vacunarse o vacunar a sus hijos como uno de los máximos desafíos, junto a la lucha contra enfermedades como el ébola o el sida». El diario El País, de España, hasta tiene una etiqueta donde pueden seguirse este tipo de noticias. pueden acceder aquí y ver los títulos por ustedes mismos.

El pensamiento posmoderno, entonces, ya deja de ser gracioso para pasar a ser un problema. Esta forma de antipensamiento (ahora sí, llamémoslo como corresponde) no merece el más mínimo respeto y debe ser atacado con firmeza en cualquier ámbito que se presente. Éste de los antivacunas es sólo uno de ellos; tal vez parezca el más nocivo por sus efectos inmediatos; pero a largo plazo es probable que toda expresión de este antipensamiento sea igual de peligrosa. La ignorancia siempre lo es.

 

El delito de la lectura

Los fascismos temen, como todos bien sabemos. No hay nada más asustadizo que un fascista y, como bien nos lo señaló Bertold Brecht, no hay nada más peligroso («No hay nada más peligroso que un burgés asustado», dijo; y si cambiamos «burgués» por «fascista» la frase es igualmente válida). Encontré una prueba de esto en la siguiente imagen, la cual me llegó hace unos pocos días. En ella podemos ver un folio legal que dice:

«En registro efectuado por las fuerzas del Orden Público, en el domicilio de Paulino Martinez Taboada, le han sido encontradas dos tomos de “ASÍ HABLABA ZARATUSTRA” y manifestándome dicho Delegado que el expresado individuo se halla detenido en la Carcel de este partido á su disposición, le adjunto los expresados libros á los efectos procedentes.

                                                Acuseme recibo.
!!Viva España!!
Vigo 24 de Agosto de 1936
El comandante Militar.»

 

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Debo reconocer que sentí no poco placer al ver que los libros que tanto peligro entrañaban para las autoridades no eran otros que dos ejemplares de Así hablaba Zaratustra. También entiendo el carácter de su miedo, el cual no es otro que el miedo eterno de todo fascista: el miedo al pensamiento libre.

Esta fotografía me pareció toda una declaración de principios. Aún el resto de la página, la parte que se encuentra en blando, nos está diciendo algo.

 

La mediocridad como opción

 

Wagensberg

 

Hace poco conseguí y leí Yo, lo superfluo y el error, de Jorge Wagensberg, uno de los libros intelectualmente más estimulantes que he leído en los últimos años. Es difícil encontrar aquí libros del autor español (ya vi que la biblioteca pública local tiene un par de volúmenes, los cuales ya me apresuraré a leer in situ). Más allá de lo que me haya provocado el libro, lo importante son las líneas de pensamiento que maneja el autor barcelonés, por lo que dejaré aquí como presentación para aquellos que no conocen, un enlace a un reportaje que me pareció no menos fascinante que el libro en sí (es una regla casi invariable: quien sabe pensar lo hace igual de bien en un libro de 250 páginas que en un breve reportaje o en una charla casual).

Destaco algunas perlas:

«La mediocridad es creer que se puede sobrevivir sin ideas o con las mismas ideas. La mediocridad es una elección. Uno no nace mediocre, sino que decide serlo. Eres un mediocre cuando las ideas no tienen un valor prioritario para ti.».

«Un país puede soportar un determinado kilo de mediocres por metro cuadrado. Por encima de eso, el país se va a pique».

«Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

«Uno está faltando al valor de la idea cuando uno se expresa en contradicciones. Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

Los libros de Jorge Wagensberg están plagados de ideas como estas y, lo que es mejor aún, están sólidamente justificadas y explicadas tanto en sus razonamientos como en sus alcances. Para mí leer un libro de Wagensberg es como acceder a una biblioteca entera, así de rica es cada una de sus páginas.

El reportaje completo, aquí.

La utilidad nuestra de cada día

la-utilidad-de-lo-inc3batilAcabo de terminar el estupendo La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine; libro que, mediante breves y concisos capítulos, sin necesidad de párrafos extensos y complejos, apuntala y sostiene el edificio del pensamiento por el pensamiento en sí. Ideal para armarse de argumentos contra la avanzada de opinólogos de toda laya con la que nos encontramos hoy, Ordine nos dice:

«Las materias humanísticas en general y el arte en particular están siendo atacados en todas las latitudes del planeta; como nunca, el capitalismo se ha enseñoreado en todos los ámbitos y todo aquello que no le sea útil es descartado por “improductivo”. Se hace necesario un cambio de paradigmas de manera urgente; no sólo en términos ecológicos, sino culturales (una ecología de la cultura, si se me permite el neologismo). El oxímoron evocado por el título «La utilidad de lo inútil» merece una aclaración. La paradójica “utilidad” a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad “utilitarista” […] Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante “homo sapiens” pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad».

A lo que se suma el excelente acápite de Pierre Hadot, tomado de su Ejercicios espirituales y filosofía antigua:

Y es precisamente tarea de la filosofía
el revelar a los hombres la utilidad de lo inútil
o, si se quiere, enseñarles a diferenciar
entre dos sentidos diferentes de la palabra utilidad.

 

Filosofos

 

Por último, y como si hiciera falta algo más, desde la misma portada del libro Fernando Savater nos dice: «Algunos impertinentes agradecemos a Nuccio Ordine su manifiesto La utilidad de lo inútil en el que repasa las opiniones de filósofos y escritores sobre la importancia de seguir tutelando en escuelas y universidades ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis». Y ya no es necesario decir más.

 

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Apuntar alto, siempre

En este espacio suelo, o al menos intento la mayor parte del tiempo, tratar temas relativos a la cultura pero, últimamente me he visto empujado a hablar de algunas cosas  que no son de mi agrado pero que me parece que deben ser tratadas por su importancia general, tal como el avance de la derecha en diversas elecciones (política, un tema que me interesa en la medida en que nos afecta, pero no porque en sí guarde algo que considere digno de interés) o como la maledicencia o lo políticamente correcto. Esta última costumbre señala que no puedo decir «ignorante» o «estúpido» porque resulta ofensivo (precisamente, a ese mismo «ignorante» o «estúpido»; los cuales se ponen así, a resguardo de toda crítica sin tener que hacer nada para que ésta carezca de validez).

 

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Es entonces que voy a adentrarme en un tema que también me parece fundamental y necesario; la justificación de una postura: la mía (la cual no es original ni tampoco es privativa de quien esto escribe, por fortuna).

Virgilio, en el 29 a.e.c., da a conocer su Geórgicas; poema en cuatro partes cuya intención es glosar e informar acerca de las labores agrícolas, además de representar una loa de la vida rural. Mil quinientos años después, Juan Luis Vives (1482-1540) proclamó que la formación humana tiene su horizonte en el «cultivo del alma» y poco más tarde, Francis Bacon emplearía la expresión georgica animi (agricultura espiritual) para indicar el procedimiento mediante el cual puede el hombre alcanzar el sometimiento de la voluntad a las prescripciones morales y así conseguir la felicidad (esto es, de algún modo, también la idea de Spinoza: Cuando el hombre comprende que no es libre y acepta su esencia, es cuando puede realmente acercarse a la libertad. La razón es, por tanto, la herramienta que nos permite conseguirlo, que lo hace posible. Es mediante la razón que podemos alcanzar el conocimiento, y con él la libertad. El Ser del hombre es saber que no es libre y que tiene que vivir de acuerdo con su naturaleza). En el 2016, es Michel Onfray quien toma esta idea y la resume en su Cosmos:

«Uno hace en su alma trabajos de jardinería como los que practica el jardín y lo que se remarca tanto en una como en el otro se hallará en ellos voluntariamente o por defecto. Si uno no les brinda cuidados y no los trabaja, las malas hierbas crecen y luego invaden la parcela, de tierra o de alma. Dejarse estar, en este caso como en cualquier otro, es lo peor, pues lo que siempre triunfa en lo más bajo, lo más vil que hay en nuestro interior. La fuerza del cerebro reptiliano aplasta todo y contraría el trabajo del neocórtex. Cuando este no se activa, queda libre el camino para dejar hablar en voz alta a la bestia que hay en el hombre».

Más claro, imposible: es la razón, el conocimiento, el pensamiento, lo que nos diferencia de las bestias y, si bien la razón también es dable de crítica, lo es desde la misma razón, no desde fuera de ella. Entonces, como corolario de todas estas citas, me animo a decir que sí es válido llamar a las cosas por su nombre, más allá de que alguno que otro se sienta ofendido o molesto por ello. Si no quiere que esto sea así, que apele a la razón, no a la violencia o a una normativa inventada ad hoc para defender a los imbéciles.

 

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Todos en capilla II

Mis queridos hermanos, estamos aquí reunidos para dar lugar a la palabra y sólo a la palabra que, en definitiva, es lo único que tenemos. Hoy abrimos nuestros libros y leemos a la hermana Pearl S. Buck, quien nos dice:

«No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes; pero sí puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes».

Los sentimientos no son algo que podamos manejar a nuestro antojo; es cierto. No podemos enamorarnos de manera conscientes del mismo modo en que no podemos odiar eligiendo de antemano al objeto de ese sentimiento. Tenemos una relación sentimental con las cosas o con los seres que es independiente de nosotros; pero sí podemos hacer algo con respecto al modo en que nos conducimos con todos aquellos que nos rodean. Allí la apóstol nos recuerda las palabras de otro de nuestros imprescindibles hermanos: Jean Paul Sarte, cuando éste dice «El hombre está condenado a ser libre», con lo cual nos señala la necesidad de ser conscientes de que las elecciones que tomamos a lo largo de nuestra vida son nuestra responsabilidad y que, por ello mismo, debemos llevarla a cabo con plena conciencia (permítaseme la redundancia) de los alcances de cada uno de nuestros actos.

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¿Qué podemos hacer ante los avatares de la historia? ¿Cómo podemos cambiar el rumbo de aquello que sabemos que está mal? ¿Cuándo debemos comenzar a responsabilizarnos de nuestras palabras, de nuestras acciones, de nuestro pensamiento? La hermana Pearl S. Buck ya nos lo dijo:

«No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes; pero sí puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes».

Es decir: Pensar, actuar, ahora.

Id en paz, mis hermanos, y que la paz esté con vosotros.