La utilidad nuestra de cada día

la-utilidad-de-lo-inc3batilAcabo de terminar el estupendo La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine; libro que, mediante breves y concisos capítulos, sin necesidad de párrafos extensos y complejos, apuntala y sostiene el edificio del pensamiento por el pensamiento en sí. Ideal para armarse de argumentos contra la avanzada de opinólogos de toda laya con la que nos encontramos hoy, Ordine nos dice:

«Las materias humanísticas en general y el arte en particular están siendo atacados en todas las latitudes del planeta; como nunca, el capitalismo se ha enseñoreado en todos los ámbitos y todo aquello que no le sea útil es descartado por “improductivo”. Se hace necesario un cambio de paradigmas de manera urgente; no sólo en términos ecológicos, sino culturales (una ecología de la cultura, si se me permite el neologismo). El oxímoron evocado por el título «La utilidad de lo inútil» merece una aclaración. La paradójica “utilidad” a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad “utilitarista” […] Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante “homo sapiens” pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad».

A lo que se suma el excelente acápite de Pierre Hadot, tomado de su Ejercicios espirituales y filosofía antigua:

Y es precisamente tarea de la filosofía
el revelar a los hombres la utilidad de lo inútil
o, si se quiere, enseñarles a diferenciar
entre dos sentidos diferentes de la palabra utilidad.

 

Filosofos

 

Por último, y como si hiciera falta algo más, desde la misma portada del libro Fernando Savater nos dice: «Algunos impertinentes agradecemos a Nuccio Ordine su manifiesto La utilidad de lo inútil en el que repasa las opiniones de filósofos y escritores sobre la importancia de seguir tutelando en escuelas y universidades ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis». Y ya no es necesario decir más.

 

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

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Apuntar alto, siempre

En este espacio suelo, o al menos intento la mayor parte del tiempo, tratar temas relativos a la cultura pero, últimamente me he visto empujado a hablar de algunas cosas  que no son de mi agrado pero que me parece que deben ser tratadas por su importancia general, tal como el avance de la derecha en diversas elecciones (política, un tema que me interesa en la medida en que nos afecta, pero no porque en sí guarde algo que considere digno de interés) o como la maledicencia o lo políticamente correcto. Esta última costumbre señala que no puedo decir «ignorante» o «estúpido» porque resulta ofensivo (precisamente, a ese mismo «ignorante» o «estúpido»; los cuales se ponen así, a resguardo de toda crítica sin tener que hacer nada para que ésta carezca de validez).

 

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Es entonces que voy a adentrarme en un tema que también me parece fundamental y necesario; la justificación de una postura: la mía (la cual no es original ni tampoco es privativa de quien esto escribe, por fortuna).

Virgilio, en el 29 a.e.c., da a conocer su Geórgicas; poema en cuatro partes cuya intención es glosar e informar acerca de las labores agrícolas, además de representar una loa de la vida rural. Mil quinientos años después, Juan Luis Vives (1482-1540) proclamó que la formación humana tiene su horizonte en el «cultivo del alma» y poco más tarde, Francis Bacon emplearía la expresión georgica animi (agricultura espiritual) para indicar el procedimiento mediante el cual puede el hombre alcanzar el sometimiento de la voluntad a las prescripciones morales y así conseguir la felicidad (esto es, de algún modo, también la idea de Spinoza: Cuando el hombre comprende que no es libre y acepta su esencia, es cuando puede realmente acercarse a la libertad. La razón es, por tanto, la herramienta que nos permite conseguirlo, que lo hace posible. Es mediante la razón que podemos alcanzar el conocimiento, y con él la libertad. El Ser del hombre es saber que no es libre y que tiene que vivir de acuerdo con su naturaleza). En el 2016, es Michel Onfray quien toma esta idea y la resume en su Cosmos:

«Uno hace en su alma trabajos de jardinería como los que practica el jardín y lo que se remarca tanto en una como en el otro se hallará en ellos voluntariamente o por defecto. Si uno no les brinda cuidados y no los trabaja, las malas hierbas crecen y luego invaden la parcela, de tierra o de alma. Dejarse estar, en este caso como en cualquier otro, es lo peor, pues lo que siempre triunfa en lo más bajo, lo más vil que hay en nuestro interior. La fuerza del cerebro reptiliano aplasta todo y contraría el trabajo del neocórtex. Cuando este no se activa, queda libre el camino para dejar hablar en voz alta a la bestia que hay en el hombre».

Más claro, imposible: es la razón, el conocimiento, el pensamiento, lo que nos diferencia de las bestias y, si bien la razón también es dable de crítica, lo es desde la misma razón, no desde fuera de ella. Entonces, como corolario de todas estas citas, me animo a decir que sí es válido llamar a las cosas por su nombre, más allá de que alguno que otro se sienta ofendido o molesto por ello. Si no quiere que esto sea así, que apele a la razón, no a la violencia o a una normativa inventada ad hoc para defender a los imbéciles.

 

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Todos en capilla II

Mis queridos hermanos, estamos aquí reunidos para dar lugar a la palabra y sólo a la palabra que, en definitiva, es lo único que tenemos. Hoy abrimos nuestros libros y leemos a la hermana Pearl S. Buck, quien nos dice:

«No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes; pero sí puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes».

Los sentimientos no son algo que podamos manejar a nuestro antojo; es cierto. No podemos enamorarnos de manera conscientes del mismo modo en que no podemos odiar eligiendo de antemano al objeto de ese sentimiento. Tenemos una relación sentimental con las cosas o con los seres que es independiente de nosotros; pero sí podemos hacer algo con respecto al modo en que nos conducimos con todos aquellos que nos rodean. Allí la apóstol nos recuerda las palabras de otro de nuestros imprescindibles hermanos: Jean Paul Sarte, cuando éste dice «El hombre está condenado a ser libre», con lo cual nos señala la necesidad de ser conscientes de que las elecciones que tomamos a lo largo de nuestra vida son nuestra responsabilidad y que, por ello mismo, debemos llevarla a cabo con plena conciencia (permítaseme la redundancia) de los alcances de cada uno de nuestros actos.

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¿Qué podemos hacer ante los avatares de la historia? ¿Cómo podemos cambiar el rumbo de aquello que sabemos que está mal? ¿Cuándo debemos comenzar a responsabilizarnos de nuestras palabras, de nuestras acciones, de nuestro pensamiento? La hermana Pearl S. Buck ya nos lo dijo:

«No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes; pero sí puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes».

Es decir: Pensar, actuar, ahora.

Id en paz, mis hermanos, y que la paz esté con vosotros.

Donde acontece

 

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De Fenómenos fundamentales de la existencia humana, de Eugen Fink, un fragmento imprescindible para comprender de manera sencilla y directa lo que significa la necesidad de auto examinarse a la que cada hombre debería abocarse alguna vez a lo largo de su vida:

«Filosofía, en el sentido vago y corriente de la palabra, acontece donde quiera el hombre cavila sobre sí, donde quiera que se quede consternado ante la incomprensibilidad de su estar-aquí, donde quiera las preguntas por el sentido de la vida emerjan desde su corazón acongojado y trémulo. De este modo se le ha cruzado la filosofía casi a cada hombre alguna vez: como un sobresalto que nos estremece de súbito, como una aflicción y melancolía al parecer sin fundamento, como pregunta inquieta, como una sombra oscura sobre nuestro paisaje vital. Alguna vez toca a cada quien, tiene muchos rostros y máscaras, conocidas e inquietantes, y tiene para cada uno una propia voz, con la cual lo llama».

Un suspiro de leve fastidio

En el capítulo 11 de su Ideas para la imaginación impura, Jorge Wasenberg cuenta la siguiente, deliciosa, anécdota:

Copito de nieve

Copito de nieve

“Zoo de Barcelona, diez y media de la mañana de un domingo de finales de los setenta. Estoy solo en un corredor que separa dos espacios. Frente a mí, Copito de nieve, el célebre gorila blanco, inmóvil en una postura yo diría que idéntica a la del Pensador de Rodin. Lo miro intensamente intentando un encuentro de nuestras miradas, pero él no separa la suya del suelo. Tras de mí, un recinto con una familia de chimpancés. En ese instante se acerca un empleado del parque empujando un carrito lleno de manzanas, zanahorias, plátanos… Silba El tercer hombre. Copito no se mueve ni un milímetro, pero los chimpancés estallan en un jolgorio de palmas y gritos en clara y urgente demanda de frutas y hortalizas. Yo sigo mirando al gorila. Entonces ocurrió. Sin deshacer la composición rodiniana, el gorila levanta lentamente su mirada azul hasta encontrarse con la mía y, acto seguido, hace como que pone los ojos en blanco, mueve compasivamente la cabeza de izquierda a derecha y termina con un suspiro de leve fastidio. Sólo le faltó decir algo así como… «si es que no tienen remedio, como si no supieran que la comida llegará más tarde y desde el interior… ¡pero qué pesados!». El empleado sigue silbando. No ha visto nada. Y no hay más testigos”.

Luego nos cuenta cómo, al contársela a otros científicos, en general obtiene comentarios referentes a que es él quien pone ese nivel de sentimiento o pensamiento en el gorila y que éste, posiblemente, no tuviese tal nivel de conciencia. Pero cierto día, al contar esa misma anécdota (lo cual a veces le era requerido por sus propios colegas) observa que uno no se ríe. Se trata de Jean-Didier Vincent, un conocido neurobiólogo del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique); quien cuenta, a su vez, una anécdota similar:

Bonobo

Bonobo

“Ocurrió hace un año en el Zoo de San Diego, uno de los pocos que puede presumir de una familia de bonobos a la vista del público. Los bonobos son muy parecidos a los chimpancés, pero con dos particularidades fuertemente humanoides: exhiben un notable bipedismo y sus hembras están casi siempre receptivas sexualmente. Por lo demás, hacen tantas «monadas» que la mujer de nuestro colega, en un arrebato de excelente humor, se puso a parodiarlas in situ con toda la frescura de una mímica captada y exagerada en directo y en el acto. Tan absorta estaba en su representación y tal era el regocijo general de los asistentes, que nadie, excepto su marido, reparó en el detalle. Un viejo macho bonobo miraba con curiosidad a la improvisada actriz, luego a los miembros de su propia familia y después al grupo visitante… Entonces ocurrió. El jefe clavó su mirada en el único humano que no participaba en la fiesta, hizo como que ponía los ojos en blanco, movió compasivamente la cabeza de izquierda a derecha y terminó con un suspiro de leve fastidio. Sólo le faltó decir algo Jorge Wasenbergasí como… «ya estamos otra vez con el viejo truco de imitar nuestros gestos… ¡pero qué divertido!»”.

La conclusión de Wasenberg no se deja esperar: “No sé si la convergencia entre ambas historias es a favor de la estrecha proximidad entre un gorila y un bonobo, entre un físico y un neurobiólogo o entre un simio y un humano. Los caminos del azar son inescrutables. O quizá no tanto. Las experiencias convergentes son dos y a dos de nosotros se nos antoja, mientras el comité científico camina hacia el restaurante, que dos es mucho más que la suma de uno más uno.”

Empezar a pensar

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Venimos de una semana de crueldad exacerbada y expuesta en sus formas más básicas. Desde los ataques varios y variados en Siria hasta el atentado religioso en Egipto. Podríamos intentar un análisis que nos ayudara a comprender la situación; podríamos banalizar lo que sentimos diciendo solamente “qué terrible…” antes de pasar a otro asunto; o podríamos al menos intentar pensar un instante en las razones íntimas de este actuar de ciertos grupos de personas. Ya que es bien poco lo que podemos hacer desde nosotros mismos, pensar no es algo que sea trivial. Para quien esto escribe, la razón la tiene, como casi siempre, Schopenhauer, de quien comparto un texto que es la síntesis perfecta de ese diagnóstico:
Arthur_Schopenhauer_by_J_Schäfer,_1859b“Cuando la punta del velo de Maya —la ilusión de la vida individual— se ha levantado ante los ojos de un hombre, de tal suerte que ya no hace diferencia egoísta entre su persona y los demás hombres, toma tanto interés por los sufrimientos extraños como por los propios, llegando a ser caritativo hasta la abnegación, pronto a sacrificarse por la salud de los demás.
Ese hombre, que ha llegado hasta el punto de reconocerse a sí mismo en todos los seres, considera como suyos los infinitos sufrimientos de todo lo que vive, y debe apropiarse el dolor del mundo. Ninguna angustia le es extraña. Todos los tormentos que ve y raras veces puede dulcificar, todos los dolores que oye referir, hasta los mismos que él concibe, hieren su alma como si fuese él la propia víctima de ello”.

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Eso es todo: la violencia se ejerce cuando no reconocemos en el otro a un ser equivalente a nosotros mismos (Schopenhauer incluye a todos los seres vivos en esa comparación. De allí su famosa frase: “Puede reconocerse el grado de civilización de un pueblo por cómo trata a los animales”). Ahora podemos seguir pensando en este problema. Ya sabemos por dónde podemos empezar: reconociendo a quienes se consideran por encima de los demás. En síntesis: todo fascismo, toda xenofobia, todo racismo, toda religión.

La razón en el tobogán.

3021463-slide-s-1-tech-devices-in-paintings“Encontrar momentos para dedicarse al pensamiento contemplativo siempre ha sido un reto, ya que siempre hemos estamos sujetos a la distracción”, afirma Nicholas Carr, autor de The Shallows, de acuerdo a la nota de Teddy Wayne para el New York Times. “Pero ahora que llevamos con nosotros estos dispositivos multimedia todo el día, esas oportunidades se vuelven aún menos frecuentes por la sencilla razón de que tenemos esta capacidad de distraernos constantemente”. La neuroplasticidad (esto es, la capacidad que tiene el cerebro de cambiar y adaptarse a nuevas situaciones constantemente), estimulada por la tecnología, es un arma de doble filo. Escribe Wayne: “en un mundo donde un teléfono o un ordenador casi nunca están fuera de nuestro alcance, ¿estamos eliminando la introspección en momentos que podrían haber estado dedicados a eso? ¿Acaso la profundidad de esa reflexión está en peligro porque nos hemos acostumbrado a buscar la gratificación inmediata de los estímulos externos?”.

El artículo sigue y es más que interesante; pero con esas preguntas ya tenemos más que suficiente como para perder el sueño. En un primer momento uno no puede menos que pensar que esto es lamentablemente así; que se esta perdiendo la capacidad de pensar a velocidades asombrosas (no hay más que ver el nivel de las discusiones en las redes sociales, por ejemplo); pero luego uno también recuerda que la lectura —madre de todo pensamiento— nunca fue una costumbre de la mayoría y que el pensamiento tampoco lo fue. De allí que muchos autores hayan criticado a la democracia como forma de establecer los parámetros culturales y políticos. ¿Entonces el problema es realmente tan grave? Tal vez —y esto lo digo a título personal— el problema en realidad sea otro: que los medios conocidos como redes sociales permitan a cualquiera decir cualquier cosa sin necesidad alguna de justificar esos dichos, igualando así al especialista con el aficionado o directamente con el ignorante bajo la idea moderna del “todo es opinión”. Claro está, lo que dicen Carr y Wayne en el artículo no hará más que agravar la situación y eso sí que es por demás preocupante.