Como Macedonio

Vincent van Gogh - La habitación de Arles

A veces me siento como Macedonio Fernández, ese tipo que escribía libros que nunca publicaba y que vivía en pensiones de mala muerte hasta que lo echaban por no poder pagar y entonces se iba a otro lugar hasta que volvían a echarlo y así hasta que un día se mudó al cementerio y de allí ya nadie lo echó más ni se molestó, siquiera, en visitarlo o ver cómo estaba.

Digo que así me siento porque desde que dejé todo en el pasado y me dediqué a caminar con lo puesto y poco más (siempre se hace necesario un cambio de ropa, al menos) no hago otra cosa que escribir libros que nadie lee y que posiblemente nadie leerá y me importa tanto eso como le importaba a Macedonio Fernández. Las tardes se suceden, los días pasan, las arrugas se multiplican, y eso es todo. Lo que pasó, pasó, y nadie puede revivirlo o darle otro sentido que el que tuvo en su momento. Intentar fijar las cosas es absurdo; intentar guardarlas en pedazos de cartulinas, en papel o en cualquier otro medio, también. No hay más que ver algunas fotografías viejas para darnos cuenta de que ninguna de las personas que fueron  retratadas en ellas están por aquí. Ni ellas ni lo que sintieron o pensaron, ni lo que quisieron o lo que atesoraron. Mucho menos sus sueños. Hasta es posible que estos hayan desaparecido mucho antes que ellos.

Por eso, como dice mi amigo Arturo, las únicas cosas que valen la pena en esta vida son los asuntos del amor y del conocimiento. No hay otra cosa que valga la pena; Macedonio lo sabía y yo lo aprendí no hace mucho. De allí que sólo sea suficiente con un libro para leer y una piel adecuada a la hora de dormir. Digo piel y no compañía porque aunque la diferencia entre ambas es sutil, no es menos precisa ni profunda esa diferencia.

¿Y la muerte? Pues la muerte… que se vaya al carajo.

Dos consideraciones personales sobre el lenguaje

Mi Be - “Communication v3.2”

Mi Be – “Communication v3.2”

Uno de los tópicos más delicados al viajar por el mundo y, sobre todo, al establecerse en una latitud diferente a la de origen, es el del lenguaje. Se llega con una carga semántica diferente, con un acento extraño, con sutilezas mínimas pero fundamentales. Esas diferencias bien pueden marcar un punto de inflexión entre el bienestar y el malestar, aunque esto parezca una exageración. Por un lado uno debe adaptarse a los localismos, los cuales pueden incluir términos mal empleados, como los que escucho aquí a diario, los diminutivos, por ejemplo. Es común oír panecito, trenecito, solecito, y así por el estilo. Claro está que esto no significa que sea yo el que hable bien. En mi caso, por mi raíz argentina, tengo la costumbre del vos, lo cual implica conjugar mal todos (todos) los verbos y usar el tiempo incorrecto (los argentinos usamos la segunda persona del plural como singular y le quitamos, generalmente, una letra a la conjugación correcta). En síntesis: en todos lados se cuecen habas (se “cocen”, dirían los mexicanos) y todos hacemos agua por algún lado. La cuestión es que uno se adapta y que la convivencia entonces pasa por otros asuntos.

I. Pero (llegó la tan temida palabrita) ¿Qué ocurre cuando las costumbres se van perdiendo de tal manera que lo que antes nos parecía correcto o bello ya no nos lo parece tanto? Lo digo porque acabo de ver un programa de TV argentino donde el uso del lenguaje y el acento me parecieron espantosos. Sé que los argentinos tenemos fama de soberbios, lo cual es una generalización torpe, todos sabemos eso; pero precisamente es lo que sentí al oír a esas personas; su acento y su tono me pareció absolutamente soberbio y pedante. Seguramente esas personas son más que correctas, pero hay algo en ese lenguaje que impulsa esas sensaciones. ¿Será ese el germen de ese mote inmerecido?

II. Por otro lado, ese mismo día vi una publicidad de Pepsi que decía algo así como “La persona que aparece en esta publicidad puede recordar la refrescancia de una Pepsi…” Tomé nota y esperé que el aviso apareciera otra vez, ya que me costaba creer que se hubiese dicho semejante atrocidad. El aviso apareció y sí, la palabra era y sigue siendo refrescancia. Aquí ya no tengo paciencia; que una persona, por costumbre local diga una palabra de manera incorrecta es una cosa; pero que en un aviso publicitario, el cual debería pasar por diferentes controles de calidad, se hable de esa manera es imperdonable. Después recordé un par de cosas más relacionadas con esto. Una es que la AT&T estadounidense, en su mensaje de voz, decía “Usted a accesado a…”. Por desgracia, el verbo “accesar” ya se ha vuelto bastante común incluso fuera de los estados unidos (hasta tal punto que incluso hay una consultora que se llama así, mal que les pese). Y también esta dirección web, la cual dice “entretención” en lugar de “entretenimiento”.

 

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El idioma es algo inquieto, eso es por todos conocido; y es por demás ridículo intentar fijarlo como si fuese una norma inmóvil; pero más allá de eso hay límites que, sobre todo, están fijados por el buen gusto y por la necesidad de cierta normativa (aunque esta sea flexible) que nos permita comunicarnos con mayor facilidad. Cuando necesitamos traducir de manera constante el propio idioma, es que estamos entrando en terreno peligroso.

Efímero

Lo bueno de la filosofía es que no es dogmática en absoluto. La filosofía dialoga, nos interpela, nos obliga a manejar conceptos e ideas y nos impulsa a formar con ellos nuestros propios conceptos e ideas. En otras palabras: la filosofía es a la vez hija y madre de sí misma; se autoreproduce, se expande, genera su propia continuidad.
Del texto que dejé ayer de Darío Sztajnszrajber pueden tomarse varios caminos y seguir por ellos a ver dónde nos llevan. Yo he tenido, con el que cierra su idea, varios encuentros previos: “Creer que la búsqueda de sentido, tiene sentido”.

William Blake - The Ancient of Days

 William Blake – The Ancient of Days

¿Lo tiene? ¿La búsqueda de sentido puede ser el sentido de la vida? Primera cuestión: ¿Y por qué debería tenerlo? ¿Desde cuándo todo debe tener un sentido? Soy de los que creen, por el contrario, de que en realidad nada tiene sentido, de que todo es banal, superfluo; de que nuestra vida es un soplo insignificante que no perdurará más allá que nuestro último aliento. ¿Entonces por qué luchar? Me han preguntado algunas veces. ¿Para qué vivir, superarse, amar, aprender, ser buenos? Y no hay otra respuesta que “porque sí”. Aquí caemos en una paradoja que no es banal y que, en lo particular, amo profundamente: El hecho de que la vida no tenga sentido no significa que cada instante no lo tenga. El problema, creo, es que consideramos a la vida como un todo cuando eso no existe. No existe mi vida; no existe algo que pueda considerarse la vida de Borgeano. Sólo existe éste mínimo, pequeño, diminuto instante en el que estoy escribiendo esto, no la suma de esos instantes; y el hecho de que todo esto carezca de un sentido metafísico, no quiere decir que no podamos darle un sentido terrenal y profundo. Estoy aquí y eso es más que suficiente. Cuando tomo un sorbo de agua, cuando abrazo a quien está a mi lado, cuando extraño a mi hermano, cuando reímos con los amigos, cuando caminamos por una calle cualquiera, cuando escuchamos ese acorde, es cuando todo tiene sentido porque, simplemente, estamos vivos.
Dije que había dialogado varias veces con esas palabras de Sztajnszrajber; y tan así es que lo hice mucho antes de haberlas escuchado o de haberlo, siquiera, conocido a él. De los poemas que he escrito, el más viejo que ha sobrevivido es El vuelo de Ícaro, el cual debe tener cerca de treinta años. En una parte de él, Ícaro se dirige a su padre y confronta la idea que éste tiene de la permanencia. Ícaro, entonces, le dice: “Vanas son tus precauciones / y la solidez de tu esperanza / yo me resigno a las auroras que mis días me permiten. / En este monstruo que has engendrado no hay extensión / que pueda vivir un día más que tú”.
La idea de lo fútil de la existencia ya estaba allí, en aquel muchacho que escribía poemas pretenciosos (quien quiera acercarse a ese aspecto de mi vida puede pasarse por aquí) y permanece en el hombre que está aquí, menos pretencioso, sí; pero no menos efímero.

Rozando lo sagrado (II)

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Ayer dije que al adentrarme en el Cenote Dos Ojos senti que estaba en presencia de algo que era más grande que lo que mis ojos podían ver, y no exagero con estas palabras. A veces, sobre todo cuando no estamos esperando nada de antemano y nos encontramos abiertos a las sensaciones más básicas y puras, es cuando la realidad nos sorprende y podemos decir que estamos en presencia de lo insondable o de lo religioso (del latín religare o re-legere; es decir, el acto de sentirse unido a algo). Las maravillosas sensaciones que se apoderan de uno en esos momentos es algo que, de manera inevitable, nos vemos imposibilitados de exteriorizar y definir con precisión. Apenas podemos acercarnos a ello cuando queremos transmitir nuestras sensaciones; tan solo con pensar en la dificultad de expresar lo que significa una sensación física nos hace darnos cuenta de la empresa imposible que es la de querer transmitir una sensación metafísica o mística.

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Tal vez todo se trate de la locación; tal vez todo sea sólo un cúmulo de sensaciones físicas que se suman y se superponen como las capas en un estrato geológico. Tal vez (y hasta por momentos estoy casi a punto de asegurarlo) sólo sea que el acto de nadar en una cueva que es la primera de otras muchas, entre peces que no temen al hombre que invade su territorio, en medio del silencio de una selva subtropical y sabiendo que las aguas en las que uno se hunde se alimentan constantes de un río subterráneo; sea el que nos invada con tantas sensaciones simultáneas que no nos dé tiempo a poder poner a todo ello en perspectiva. Sea como fuere, uno no puede pasar por allí sin llevarse algo de esa magnificencia dentro de sí. Éste es uno de esos sitios que, me atrevo a asegurar, acompañará a quien lo visite por el resto de sus días.

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Nunca olvido, en estos casos, que la apropiación de ciertos términos por ciertos sectores de la sociedad no hace que no podamos usar esos términos nosotros mismos cuando sea necesario. La lengua, como la felicidad o el asombro son moneda corriente que todos podemos y debemos usar con libertad. Lo sagrado, en este caso, no es privativo de un grupo particular, sino de todos y cada uno de nosotros, cuando el azar nos permite una experiencia inigualable.

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El Test de Rorschach bloguero

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Ayer, mientras dejaba un comentario en el blog de Ana Fernández; alguien requirió mi atención por unos minutos y, al regresar, me di cuenta de que lo que iba a decir había desaparecido de mi mente. Volví a leer su texto y, con otras palabras, completé mi comentario. Hace un par de días, Xabier Novella subió una entrada que sólo consistía en una imagen, sin embargo no pude menos que dejar un comentario tangencial medianamente extenso. Lo curioso del caso es que ambos comentarios fueron diametralmente opuestos porque, más allá de la entrada de estos amigos, mi estado anímico había cambiado de un día para el otro de manera tajante. Se lo dije a Ana ayer: “¿Ves? Hay que analizar cada poema. Por un lado podemos ver con mayor profundidad dentro de él, por otro lado, sacamos de nosotros algo que a veces ni siquiera sabemos que está allí”. Y ése es el punto: noto que, al menos en lo personal, leer los textos amigos hace que este deambular se convierta en una especie de Test de Rorschach literario, donde lo que termino diciendo señala más hacia mí mismo (o saca más de mí mismo) que lo que supuestamente quise decir. Claro, todo esto tiene sus límites. Como sabe quién pasa a menudo por aquí, me encuentro bien lejos de toda la tontería psicoanalítica; así que esto del Rorschach literario hay que tomarlo con pinzas. También es parte de un juego mayor que pocas veces comprendemos (¿quién puede decir con seguridad que lo que dice es lo que quiere decir o que las palabras son la herramienta adecuada para expresarnos con la debida propiedad?) pero que debemos seguir jugando con placer mientras estemos por aquí, rodando por las dos vidas que nos han tocado en suerte: la real y la virtual.

Collages Borgeanos VI

Cada tanto, algo así como dejando el tiempo suficiente como para que no se note la desvergüenza del acto, dejo aquí algunos collages que voy haciendo cuando tengo la necesidad de hacer algo con mis manos. Negado absoluto para el dibujo, el collage me permite acceder, aunque sea de manera tangencial y aproximada, a cierto aspecto plástico de los aspectos creativos. Jugar, también le dicen.

Quien quiera ver las imágenes en mayor tamaño sólo debe hacer clic sobre una de ellas.

De nuevo al ruedo.

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Después de un mes de ausencia he vuelto no digo que totalmente repuesto, sino al menos con las mismas ganas de siempre, lo cual ya es, creo, un comienzo esperanzador. Ayer revisaba mis ausencias de este sitio y he observado que esas ausencias se deben a dos razones: viajes o vacaciones (las más recientes, a Cancún, hace unos cuatro meses; o mi extenso viaje de hace dos años) o intervenciones quirúrgicas, como ésta por la que acabo de pasar o por aquella otra de hace tres años, la que también me mantuvo alejado de esta página por casi un mes. Así que tomando esto en consideración, espero que la próxima vez que deba ausentarme por unos días sea por una de las dos razones más entretenidas y placenteras. Por lo pronto, tal como me lo propuse o prometí a mí mismo hace un tiempo, intentaré estar aquí a diario, en la medida de lo posible. Será, entonces, hasta mañana.

Gracias a todos aquellos que se preocuparon por mi salud, a aquellos que me hicieron llegar sus palabras de aliento y de apoyo; como siempre, uno se queda corto al querer agradecerles ese afecto que llega tan cálido, tan directo y tan fuerte. Gracias infinitas.