Algunos aforismos de Fernando Pessoa

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En estos tiempos donde todo se guarda y, si se tiene el nombre adecuado y más allá de la calidad de lo que se haya guardado, además, se publica, ha llegado a mis manos (no recuerdo cómo, la verdad) un pequeño libro con aforismos de Fernando Pessoa. El escritor portugués es siempre interesante, no cabe duda; y es posible que sea más interesante cuando no se está de acuerdo con él. Como sea, comparto aquí algunos de estos breves aforismos, enfocado, mayormente, en el arte y la poesía. La numeración de los aforismos es algo caótica gracias a esta espantoso nuevo formato que nos provee WordPress. Así que tuve que dejar la numeración a la que este formato me obligó y, entre paréntesis, dejé el número que corresponde al aforismo en el libro (nótese que, después de la segunda imagen, la numeración vuelve a comenzar desde el 1; cosa que no pude cambiar, aunque lo intenté).

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  1. Dicen que finjo o miento todo lo que escribo, no. Yo simplemente siento con la imaginación.
  2. Todo libro que leo, sea de prosa o verso, de pensamiento o emoción, sea un estudio sobre la cuarta dimensión o una novela policíaca es, en el momento que lo leo, la única cosa que he leído.
  3. (4) No existe nada, ninguna realidad, excepto las sensaciones, pero de cosas no situadas en el espacio, y a veces ni siquiera en el tiempo.
  4. (8) La literatura, como cualquier forma de arte, es la confesión de que la vida no basta.
  5. (9) Todo arte es una forma de literatura, porque consiste en expresar algo. Hay dos formas de expresarlo: hablar y callarse. Las artes que no pertenecen a la literatura son la proyección de un silencio expresivo.
  6. (10) En la vida, la única realidad es la sensación. En el arte, la única realidad es la conciencia de la sensación.
  7. (14) No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es mi ambición. Es mi manera de estar solo.
  8. (15) El poeta es aquel que va siempre más allá de lo que puede hacer.
  9. (16) El poeta superior dice lo que siente de verdad; el poeta mediano, lo que decide sentir; y el poeta inferior, lo que cree que debe sentir.
  10. (19) A veces hay un gran placer estético en dejar pasar, sin expresarla, una emoción que exige palabras. Ningún poeta tiene el derecho de escribir versos sólo porque tiene la necesidad de ello.

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  1. (20) no me preocupo de las rimas. Es raro que dos árboles, uno al lado del otro, sean iguales.
  2. (22) Afirmo que un poema es una persona, un ser vivo que pertenece, con presencia corporal y una existencia carnal, a otro mundo al que nuestra imaginación lo proyecta.
  3. (30) Esta tendencia de crear a mi alrededor otro mundo, semejante a éste pero poblado con otros habitantes, nunca dejó de perseguirme.
  4. (37) Mi alma es una orquesta secreta; ignoro cuáles instrumentos pulso y cuáles rechinan dentro de mí. Yo sólo me reconozco como una sinfonía.
  5. (39) Ayer sufrí la influencia refrescante de algunas páginas de estadística. Si se reflexiona con cuidado, el misterio del Universo se encuentra también ahí. Aunque no lo parezca.
  6. (66) Un, si es verdaderamente sabio, puede goza desde una silla de todo el espectáculo del mundo, sin saber leer, sin hablar con nadie, utilizando sólo sus sentidos con la condición de que su alma no esté jamás triste.
  7. (72) Lo que se necesita es ser natural y sereno en la felicidad y la desdicha. Sentir como quien mira, pensar como quien anda , al borde de la muerte, acordarse de que el día muere…
  8. (78) No las cosas, sino nuestra sensación de las cosas.
  9. (86) A cada quien su alcohol. Existir me procura bastante alcohol.
  10. (90) Me duele la cabeza y el universo.

Reflexiones varias a partir de una lectura de Rayuela

 

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Hará cosa de un mes compré una edición de Rayuela, de Julio Cortázar; la cual terminé hace unos días y la cual disfruté muchísimo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la leí? No lo recuerdo; pero fueron más de diez años, eso es seguro. Esta lectura me hizo tomar nota de algunas cosas tangenciales, las cuales no tienen que ver, casi, con la novela en sí, sino con otras cuestiones que parten a raíz de ella.

Uno. Me pregunté qué habría entendido yo en aquella primera lectura de Rayuela. Hago memoria y por algunas referencias secundarias calculo que tendría unos catorce años. Me digo que probablemente no entendí nada y que, al igual que con el Zaratustra de Nietzsche debí haberme quedado con alguna imagen más fuerte que las demás; porque del libro en sí seguro que no capté nada. También me pregunté cuanto podrá entender de ciertas cosas los lectores no argentinos. Cortázar, sin previo aviso, deja caer giros, guiños y referencias que sencillamente no pueden ser captadas por un extranjero (idea secundaria: es obvio que a mí me pasa lo mismo con los autores que  son extranjeros para mí). Y mejor no pensar en las traducciones de idiomas radicalmente diferentes al nuestro… A veces creo que ni siquiera estamos leyendo el mismo libro (hay un juego de palabras italiano que ilustra a la perfección esta idea: traduttore, tradittore; es decir: traductor, traidor…).

Dos. Años después (recuerdo que había tenido a mi primer hijo; es decir que estamos hablando de hace poco más de treinta años), volví a leerlo, pero tampoco tengo muchos recuerdos de aquella lectura. Un poco más acá, me encontraba en un pueblo rural de mi país cuando, en una tienda que vendía de todo, vi una pila de libros de Cortázar, en una edición muy barata. Pregunto por el precio de esos libros y me dicen «Diez pesos cada uno. Y el gordo, veinte». El gordo, claro está, era Rayuela. La edición era tan barata y el papel tan ordinario que ese ejemplar de Rayuela tendría unos siete centímetros de espesor. Lo compré igual. Recordar eso me llevó a pensar en…

Tres. ¿Cuántos libros he (hemos) comprado más de una vez y por qué? Haciendo un rápido racconto veo que, en mi caso, he comprado Rayuela al menos cuatro veces. Así habló Zaratustra, también cuatro. Cien años de Soledad; El perfume; Facundo… al menos tres de cada uno. ¿El Martín Fierro? Ya perdí la cuenta. ¿El Quijote? Otro que no me acuerdo, pero acabo de comprar la Edición Aniversario y debe ser, al menos, la quinta vez. ¿Hay otros? ¿Borges? Ni hablar…

También pienso en las razones por las cuales he comprado esos libros una y otra vez y, por supuesto, las razones son muchas. Préstamos que no se devuelven; roturas; mudanzas (tengo la costumbre de mudarme, de una sola vez, a miles de kilómetros de distancia, lo cual me obliga a dejar todo atrás. Y entonces uno ve esa edición que tanto le gusta y ahí va, otra vez).

Cuatro. ¿Cuál será el próximo libro que tengo o tuve y que compraré otra vez? No lo sé; pero ideas son las que me sobran…

De palabras compartidas y presencias tutelares

 

Biblioteca

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Dijo Samuel Butler, en su Ramblings en Cheapside, de 1890: «No me gustan los libros. Creo que tengo la biblioteca más pequeña de cualquier literato en Londres, y no deseo aumentarla. Mantengo mis libros en el Museo Británico y en el de Mudie, y me enoja mucho si alguien me da uno para mi biblioteca privada. Una vez escuché a dos damas disputando en un vagón de ferrocarril si una de ellas había malgastado o no dinero. «Lo gasté en libros —dijo el acusado— y no es un desperdicio de dinero comprar libros». «De hecho, querida, creo que sí lo es», fue la réplica, y en la práctica estoy de acuerdo con eso».

No está mal eso de considerar a la biblioteca pública como parte de nuestra biblioteca personal; después de todo, lo es, aunque compartida con el resto de la sociedad, esa biblioteca es nuestra. Pero quienes amamos a los libros tenemos que tenerlos cerca. Nos atrae la posibilidad de poder tomarlos y dejarlos cuando queremos o simplemente de verlos ahí, más o menos prolijamente ordenados en los estantes. Como dijo Borges, quien siendo ciego tenía, por supuesto, varios libros en su casa: «Al irme a dormir tengo que estar rodeado de libros. Aunque sé que no puedo leerlos, necesito la presencia tutelar del libro». Otra gran idea: la presencia tutelar. El libro como un padre (y no hace falta adentrarse mucho en la metáfora para ver sus perfectas referencias).

Tal vez no sólo sea la idea tutelar la que necesitamos. Tal vez sea algo más, la presencia  viva del libro. Como dijo Gilbert Highet sobre Juvenal, idea que puede aplicarse a cualquier libro: «La vida de un buen libro es mucho más larga que la vida de un hombre. Su autor muere, y su generación muere, y sus sucesores nacen y mueren; el mundo que conocía desaparece, y nuevas órdenes que no podía prever se establecen en sus ruinas; la ley, la religión, la ciencia, el comercio, la sociedad, todos se transforman en formas que lo sorprenderían; pero su libro sigue vivo. Mucho después de que él y su época hayan muerto, el libro habla con su voz».

 

El Philobiblon: el tratado más antiguo sobre el amor a los libros

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El Philobiblon es una colección de ensayos sobre la adquisición, preservación y organización de libros escritos por el bibliófilo medieval Richard de Bury poco antes de su muerte, en 1345. Escrito en latín, como era la costumbre de la época, se divide en veinte capítulos, cada uno cubriendo un tema diferente relacionado con los libros, temas que abarcan desde el uso al préstamo de volúmenes, por ejemplo. Richard de Bury utiliza el lenguaje del fuego del infierno y la condenación para expresar su devoción por los libros, especialmente los de ciencia e historia. El resultado es maravillosamente entretenido, hilarantemente divertido y en muchos aspectos completamente moderno.

Richard de Bury ama los libros, tanto como vehículo de cultura como objetos materiales en sí mismos. Se queja de todas las cosas que molestan a los escritores, propietarios y libreros modernos: gente que se niega a gastar dinero en libros; libreros que sobrevaloran los sobrevaloran; «intérpretes bárbaros»; plagiarios; y cualquiera que maltrate, de cualquier manera, a un libro. De hecho, se vuelve bastante intolerante con los estudiantes que comen mientras están encorvados sobre sus libros; dejan que sus narices goteen sobre las páginas; usan trozos de plantas como marcadores; y se duermen sobre los libros arrugando sus páginas.

… manejan los libros con los dedos aún sucios de la cena, comen en ellos, escriben en los márgenes o rasgan las páginas, sobre todo las que no tienen texto, para utilizarlas con otros fines.

Hay capítulos en los que podríamos creer que los libros son seres vivos torturados por aquellos que los maltratan (una nota importante: en el texto de de Bury los libros son los que hablan en primera persona. En el fragmento siguiente sería la primera persona del plural. «nosotros», aquí, son los libros):

No hay ninguna droga curativa alrededor de nuestras crueles heridas, que son tan atrozmente infligidas a los inocentes, y no hay ninguna para poner un yeso sobre nuestras úlceras; pero harapientos y temblorosos somos arrojados a oscuras esquinas, o en lágrimas tomamos nuestro lugar con el santo Job en su estercolero, – o demasiado horrible para relatarlo – son enterrados en las profundidades de las alcantarillas comunes.

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Por otro lado, transmite exactamente por qué tantos de nosotros somos amantes de los libros.

Finalmente debemos considerar qué agradable es la enseñanza que hay en los libros, ¡qué fácil se accede a sus secretos! ¡Con qué seguridad ponemos al descubierto la pobreza de la ignorancia humana en los libros sin sentir ninguna vergüenza! . . . Son maestros que nos instruyen sin vara ni férula, sin palabras de enojo… No regañan si te equivocas, no se ríen de ti si eres ignorante

Para Richard Bury los libros enlazan pasado y futuro, permiten hablar con los muertos y vislumbrar el futuro, y son una cura contra la guerra. En ese sentido su visión del libro es en extremo moderna:

“En los libros encuentro a los muertos como si estuvieran vivos; en los libros preveo las cosas que vendrán; en los libros se exponen los asuntos bélicos; de los libros surgen las leyes de la paz”

Como hombre de religión (de Bury era obispo) considera a los libros como fuente de riqueza, justicia y felicidad, considerando al libro, la lectura y la escritura como un bien divino, otorgado a los hombres:

Quien por lo tanto afirma ser celoso de la verdad, de la felicidad, de la sabiduría o el conocimiento, incluso de la fe, debe convertirse en un amante de los libros. […] toda la gloria del mundo se desvanecería en el olvido si, como remedio, no hubiese dado Dios a los mortales el libro […].

Cita a Ovidio quejándose de que mucha gente de hoy en día se dedica a ganar dinero en lugar de estudiar y hacer nuevas ciencias y filosofías:

Aunque es cierto que todos los hombres desean naturalmente el conocimiento, sin embargo no todos tienen el mismo placer en aprender. Al contrario, cuando han experimentado el trabajo del estudio y encuentran su sentido cansado, la mayoría de los hombres arrojan desconsideradamente la nuez, antes de haber roto la cáscara y alcanzado el núcleo.

En el tratado también alude al valor del libro y a las bibliotecas como una riqueza incomparable entre todas las riquezas del mundo:

Las riquezas, de cualquier especie que sean, están por debajo de los libros, incluso la clase de riqueza más estimable: la constituida por los amigos, como lo confirma Boecio en su II libro de De Consolatione[…] “Una biblioteca repleta de sabiduría es más preciada que todas las riquezas, y nada, por muy apetecible que sea, puede comparársele” […]. . En los libros escalamos montañas y exploramos los abismos más profundos del abismo.

En el capítulo XVII, presenta un maravilloso y alegre conjunto de reglas para el manejo de los libros.

que [los libros] se alegren de su pureza mientras los tengamos en nuestras manos, y que descansen seguros cuando sean devueltos a sus depósitos.

No deja de ser sorprendente que siete siglos después sus pensamientos sobre el valor del libro sigan siendo tan atinados. De todas las maravillas que contiene el Philobiblion, me quedo con la síntesis de lo que significan como maestros:

Son maestros que nos instruyen sin vara ni férula, sin palabras de enojo… No regañan si te equivocas, no se ríen de ti si eres ignorante.

He buscado una versión original de este libro, pero no la he podido encontrar (como digo siempre: si alguien la encuentra, le pido que me avise. Ante la imposibilidad de adquirir estos volúmenes, a veces la red nos depara el placer de poder conseguirlos digitalizados). Pero sí he encontrado versiones en inglés y en francés. Para acceder a una lectura en línea (en inglés), pueden ir aquí (Wikisource); o aquí (The Gutemberg Project).

El error nuestro de cada día

Los manuscritos medievales a menudo contienen huellas dejadas involuntariamente por el escriba. Hijos de la producción en masa, los errores en los libros, como los errores tipográficos, generalmente se detectan antes de llegar a los estantes; pero ello no siempre sucedía en tiempos antiguos.

Uno que escapó a la vista de la impresora: una página de la llamada 'Biblia malvada', impresa en 1631, con un giro interesante en los Diez Mandamientos

En el primer caso, el escriba medieval no fue necesariamente tan afortunado, el error pasó sin ser notado y, como una ironía perfecta del destino, el error no era menor. Se trata, nada menos, que de uno de los diez mandamientos, más precisamente del séptimo: «No cometerás adulterio», donde el escriba omitió el «no», quedando el mandamiento en un interesante «Cometerás adulterio» (En la fotografía, en el punto 14 se lee «Thou thalt commit adultery», cuando debería decir «Thou thalt NOT commit adultery».

Copiar a mano era un proceso arduo y los errores podrían cometerse con demasiada facilidad. Hoy me gustaría explorar dos versiones del error accidental más común cometido por los escribas medievales, que es el eyeskip, el cual ocurre cuando el ojo del escriba literalmente salta de una palabra a la siguiente mientras copia, de lo que resulta en la omisión o repetición de palabras o frases.

Leiden UB, VLF 30, Lucretius 'De Rerum Natura, f.  21v
Leiden UB, VLF 30, Lucretius ‘ De Rerum Natura , f. 22r

1] ossa uidelicet e pauxillis atque minutis
2] ossibus hic et de pauxillis atque minutis
3] uiceribus uiscus gigni sanguenque creari
4] sanguinis inter se multis coeuentibus guttis
[Lucretius, De rerum natura I, líneas 835-8]

En este caso tenemos un libro del siglo IX, producido en la escuela del palacio del famoso emperador Carlomagno. Es uno de los tesoros de la colección de Leiden: una copia del poeta romano Lucrecio De rerum natura (VLF 30). No sólo es una de las primeras copias medievales del texto, sino que ha sido corregida por un escriba cuya identidad conocemos: el monje irlandés Dungal. El trabajo de Dungal puede verse en esta página (f. 22r). El cambio en la mano es claramente visible y, además, la corrección tiene una especie de aspecto aplastado. Esto se debe a que Dungal ha reemplazado una línea de poesía por dos, agregando algo que el escriba original había pasado por alto. Si miramos el texto de las cuatro líneas resaltadas arriba, podemos ver que las líneas 1 y 2 son bastante similares, ambas terminan en pauxillis atque minutis. El error reside en que el escriba omitiera la línea 2, pasando directamente a la línea 3. El nombre técnico para la omisión del texto debido a que el escriba omite una frase para pasar directamente a la siguiente es el de haplografía. Como podemos ver, Dungal rectificó el error raspando la línea fuera de lugar y luego reemplazándola con las dos líneas necesarias de texto correcto.

Leiden UB, VLQ 130, el Scholiasta Gronovianus, f.  21v
Leiden UB, VLQ 130, el Scholiasta Gronovianus, f. 21v. Foto: Irene O’Daly

El eyeskip podría resultar en omisión, como señalamos en el primer caso, o también podría resultar en la repetición de parte del texto. Este manuscrito, el Scholiasta Gronovianus (VLQ 130), una copia del siglo X de una colección de comentarios sobre los discursos de Cicerón, contiene un ejemplo de este tipo, un error denominado dittografía. Como podemos ver, fue notado por un lector posterior, que subrayó la línea duplicada a la mitad de la página. Aquí el problema parece haber sido provocado por la recurrencia de la palabra quomodo (como se indica). En lugar de pasar a quomodo dixit, el ojo del escriba volvió a la oración anterior y repitió la línea que comienza quomodo facit. Es interesante notar que la separación de palabras no está estandarizada en este manuscrito; es probable que el ejemplar del que estaba copiando el escriba tampoco estuviera estandarizado, lo que puede haber hecho que los errores de este tipo sean aún más fáciles de hacer.

Los errores resultantes del eyeskip nos dicen algo sobre el proceso y las dificultades de copiar a mano, y el papel del corrector / lector posterior. En algunos casos, incluso podemos encontrar un grupo de manuscritos donde se copia el mismo error accidental de uno a otro, lo que nos permite establecer relaciones textuales entre manuscritos, útiles para comprender la historia de la transmisión de un texto. ¡Entonces los errores medievales, incluso cuando se corrigen, brindan una oportunidad genuina de aprender de los errores!

Manuscritos medievales gigantes (y otras curiosidades por el estilo)

Si bien la mayoría de los manuscritos medievales son de un tamaño que podría ser fácilmente recogido y transportado, hay algunos libros que son tan grandes y pesados ​​que se necesitarían dos o más personas para levantarlos y trasladarlos. Entre estos se encuentran los volúmenes conocidos como «Biblias gigantes» (es por todos sabido que la Biblia fue el libro más copiado en la edad media) . Estos libros contienen una colección completa del Antiguo y Nuevo Testamento y presentan enormes dimensiones. Una Biblia de gran formato particularmente famosa es un pandect (término inglés utilizado para señalar a un tratado que cubre todos los aspectos de una materia en particular) de principios del siglo XIII conocido como Codex Gigas, que mide 890 x 490 mm y pesa más de 75 kilogramos (alguna vez escribí una entrada sobre este libro; si alguien quiere acercarse a ella puede ir aquí). Además del Antiguo y el Nuevo Testamento, el Codex Gigas también contiene dos textos de Flavio Josefo, Etymologiae de Isidoro de Sevilla, y una colección de tratados médicos.

 

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El manuscrito también se conoce comúnmente como la «Biblia del Diablo» debido a una gran miniatura a toda página del Diablo en fol. 290r, así como un mito que rodea la creación del libro. Se dice que un monje llamado «Herman el Recluso», rompió sus votos y fue sentenciado a ser enterrado vivo en las paredes del monasterio. Sin embargo, su sentencia sería conmutada si pudiera copiar un libro que contuviese todo el conocimiento humano y divino en una sola noche. A pesar de los mejores esfuerzos de Herman, alrededor de la medianoche se dio cuenta de que no podía completar la tarea, y se vio obligado a pedir un favor del Diablo, quien terminó el manuscrito a cambio del alma del monje. La miniatura fue pintada en homenaje al diablo.

 

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Sin embargo, no fueron solo las Biblias cristianas las que se hicieron en gran formato en la Edad Media. También hay algunas copias medievales tardías del Corán que presentan dimensiones igualmente impresionantes, como este manuscrito de 500 años de antigüedad, actualmente en la Biblioteca John Rylands de la Universidad de Manchester:

 

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Debido a que el manuscrito se ha considerado demasiado frágil para ser exhibido, la Biblioteca John Rylands ha optado por fotografiar el libro y ponerlo a disposición para su estudio a través de sus colecciones digitales. (Puede encontrar más información sobre este proyecto de digitalización aquí).

Pero, ¿por qué, exactamente, estos libros se hicieron tan grandes?

Hay una serie de posibles explicaciones. En primer lugar, el tamaño tiende a reflejar importancia. Debido a que los manuscritos de gran formato a menudo contienen la Palabra de Dios, es muy posible que algunas personas poderosas hubiesen deseado reflejar la importancia del texto con un formato que demostrara su estatus desde el primer acercamiento. Adicionalmente, algunos han sugerido que estos libros estaban destinados a reflejar el poder y el prestigio de los donantes que pagaron por su comisión, un obispo o noble acaudalado que quiso conmemorar su nombre en la producción de  un llamativo volumen. Otros han proporcionado un razonamiento más pragmático, sugiriendo que estos libros fueron diseñados en grande para descansar en un atril para la lectura pública, su gran tamaño hace que sea más fácil para los lectores de una iglesia ver la página. De hecho, la lectura colectiva de libros de gran formato estacionados en atriles se ha registrado en una serie de iluminaciones y pinturas medievales, como la imagen a continuación (aunque parece que estos cantantes podrían estar participando en un bar, en lo que tal vez fue el inicio del karaoke, más bien que entonar los salmos …):

 

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En la mayoría de los casos, es probable que sea una combinación de estos factores lo que motivó a algunos a crear enormes volúmenes manuscritos. La tradición de hacer libros de gran formato no se detuvo en la Edad Media, sino que continuó hasta el Renacimiento, ya que los escribas e impresores optaron por hacer copias aún más grandes e impresionantes que antes. En la siguiente imagen vemos a Glenn Holtzman en la Biblioteca Henry Charles Lea de la Universidad de Pennsylvania con un manuscrito absolutamente gigantesco de la era renacentista:

 

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La fascinación por los libros gigantes continúa en la actualidad, y algunos artesanos particularmente ambiciosos han asumido el desafío de llevar los límites de la producción de libros a proporciones épicas. Les dejo con este proyecto familiar en Hungría, que ha tenido éxito en crear, posiblemente, el libro más grande jamás realizado (¿Alguien se animaría, en estas épocas de cuarentena, donde parece que todos están más que aburridos, a hacer algo así?):

 

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Librerías Ghandi o de cómo una empresa toma de rehén a tu dinero

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Ghandi es la cadena de librerías más grande de México, si no me equivoco. Es famosa, entre otras cosas, por sus creativas campañas publicitarias y por tener sucursales en todo el país. Aquí en Morelia, no había una y recién se abrió la primera de ellas hace unos pocos meses. Esta sucursal se encuentra en un centro comercial y es pequeña, por lo cual el surtido de material es bastante limitado. De todos modos, hace poco compré un ejemplar de Sobre el buen vivir. Consejos para ser feliz; de Arthur Schopenahuer, volumen editado, precisamente, por Ediciones Ghandi. Con edición de Julián Romero y traducción de Víctor Carrera.

Por suerte comencé a leer el libro de inmediato y no lo dejé «para después», como sucede en otras ocasiones, porque uno está leyendo otra cosa o por alguna otra razón. Y digo que por suerte comencé a leerlo de inmediato porque —para ser la historia corta—, la traducción es espantosa; pero tanto, tanto, que me fue imposible proseguir con la lectura. Llegó un punto en particular en que lo que se dice en el libro es diametralmente opuesto a lo que escribió Schopenhauer. Por suerte conozco bastante a este autor y pude darme cuenta del error ¿pero de cuántos otros no pude percatarme? ¿Y qué sucede si alguien toma a este volumen queriendo adentrarse en le pensamiento de Schopenhauer por primera vez? Como dije, no pude continuar con la lectura y sólo leí por aquí y por allá a ver qué encontraba. Un desastre absoluto. Vergonzoso. (No exagero y quiero repetir lo que dije antes: la traducción le hace decir a Schopenhauer lo contrario de lo que él dijo en su obra. Eso es algo inadmisible).

Bien. ¿Qué hacer en esos casos? Presento una queja. Pero, para que se me entienda bien lo que quiero decir, me tomo el trabajo de señalar los errores que encontré, con número de página y cita textual. Me sirvo para ello de la edición alemana original de Parerga und Paralipomena. Kleine philosophische Schriften (libro de donde fueron tomados estos textos) y también de la traducción de Editorial Trotta. Envío una carta con el archivo de texto en el que he detallado todo lo anterior. La respuesta que me llegó fue muy formal y concisa. En sus puntos más importantes, dice así:

Agradecemos tus comentarios y sugerencias.

Hicimos llegar a nuestos (sic) compañeros del Área de Compras tus observaciones.

Te hacemos llegar nuestras políticas y procesos de devolución en caso de que no desees conservar el libro que adquiriste.

Condiciones Generales.

– Las devoluciones serán válidas dentro de los 60 días a partir de la fecha de compra.
– Los productos deberán estar en buen estado, completos y en su empaque original.
– Presentar factura o nota de compra.

Devoluciones en librerías físicas.

– Forma de devolución.

– El monto de la devolución se hará en monedero electrónico.

En síntesis: mi dinero es rehén de Librerías Gandhi porque ellos así lo han determinado. No sólo venden un producto defectuoso (no es que el libro simplemente «no me gustó» ¡Está mal! Por dios… es como comprar un libro de matemática donde los signos + y – están invertidos…) sino que además imponen sus condiciones de devolución y ésta no es tal, sino que la devolución se hace en «monedero electrónico»; es decir: te jodes, el dinero de aquí no sale. Si quieres te llevas otro libro, pero el dinero no. ¿Y si no quiero otro libro? Lo dicho: te jodes; pero el dinero de aquí no sale.

Sobre el buen vivir

Fui a la sucursal en cuestión y encuentro que tienen otra edición del mismo libro, con tapas duras y una bonita portada. Cuesta el doble. Es, también, una edición de Ghandi. La reviso y encuentro la misma espantosa traducción (el error grosero sigue allí, como burlándose de mí). Encuentro otra edición, esta vez de Alianza Editorial (toda una seguridad en cuanto a calidad); pero cuesta el triple… la reviso y, como esperaba, la traducción es correctísima. En la pág. 59, de hecho (le tomé una fotografía) encuentro la traducción como debe ser. Entonces tenemos este otro escenario: Librería Ghandi te vende un producto defectuoso y cuando dices que quieres un producto en correctas condiciones… tienes que pagar el triple… ¿Lindo negocio, no?

El ejemplar de aquí arriba es, como puede verse, el vergonzoso libro de Ghandi. Como no puedo devolverlo (no quiero otro libro y tampoco puedo pagar el triple por uno bueno) no tengo ninguna otra opción más que quedármelo (por cierto, reconozco que no tengo el ticket de la compra —¿Quién guarda un ticket por la compra de un libro por dos meses?— pero tampoco sé, por ejemplo, qué entiende esta gente por empaque original… ¡Es un libro! ¿Se referirán al envoltorio plástico? Porque ése sí que no lo tengo… (y una duda marginal: si todas las devoluciones deben realizarse en tiendas físicas ¿cómo hacen las personas que han comprado un producto como éste por internet y en su ciudad no hay una sucursal de Ghandi? Supongo que aquí te jodes al cuadrado o al cubo).

Lo único que me queda, al menos como mínimo consuelo, es el de poder avisarles a mis amigos mexicanos que tengan mucho cuidado con los libros de Ediciones Ghandi, de su calidad, de sus traducciones y, sobre todo, de su política de devoluciones; porque de todas estas cuestiones, la verdad, no sé cuál es la peor.

Laberintos de agua, de Xabier Novella Tortajada

Laberintos de aguaHace un par de meses tuve el enorme gusto de recibir el último libro de Xabier Novella Tortajada, Laberintos de agua, el cual, por razones particulares, recién pude terminar hace un par de días. Jorge Luis Borges dice que todos los poemas (los escritos y los que aún se escribirán) forman parte de un solo y único poema. Ese extenso e inacabado poema no sería más que la summa del sentir humano y su visión sobre el mundo. Laberintos de agua, de Xabier Novella Tortajada se suma a ese poema total, al mismo tiempo que es un poema dentro de un poema dentro de un poema (en una carta que crucé con el autor él me dijo que no lo veía así; como un poema compuesto a su vez de varios poemas; así que espero que me disculpe ante esta exposición particular mía).

Partamos de uno de ellos para luego entrar en tema:

¿Destino?

Somos la herencia del mar que reposa en la sangre.
Un manuscrito imperfecto codificado en los genes
como un atardecer impregna todo el espacio con su luz.
Somos la sombra que habita el olvido de los sueños.

Somos el misterio del fuego impenetrable,
un incandescente segundo en la inmensidad del cosmos
donde los latidos de la tierra se transforman en ondas
gravitacionales para fecundar los átomos del silencio.

Somos una voz líquida navegando a la deriva.

 

Los poemas que componen esta parte forman un todo, es decir, un solo poema, al mismo tiempo que cada poema tiene valor por sí mismo. El entrelazamiento tiene varios niveles; por ejemplo, el último verso de cada poema es, también, el primer verso del poema siguiente. Luego hay varias palabras que funcionan como claves de lectura y que son las que entrelazan (de otra manera, es decir, creando otra trama, otro dibujo en el tapiz). En los primeros poemas es somos; hasta que en el quinto poema hay un soy solitario que deja paso a una serie de te añoro… y luego ausentes, y la conjunción comparativa como… (La lectura requiere atención, lo cual se agradece, ya que de lecturas fáciles están demasiado plagadas las estanterías de hoy).

                El primer poema (o el poema completo compuesto por once poemas) comienzan con estos versos:

Es la memoria de los caminos que habita el agua
Un laberinto de recuerdos, un espejismo de sal y óxido

Y la última línea del último poema cierra con:

Entonces, beber para morir en laberintos de agua.

 

(Perdón, Xabi; ¿pero cómo no ver una deliciosa trama allí? ¿Cómo no verse uno reflejado en esa película de agua que conforman todos los poemas de tu libro?). Continúo: El libro está dividido en cinco partes y en ellas vamos a encontrar (y a encontrarnos) en lo íntimo y personal; en lo político y social; con la muerte y su sentido; el amor y el desamor… para cerrar (la última parte sólo consta de un poema) con una magnífica letanía titulada Ecos. En medio de estos versos tenemos una red polícroma de sentidos, palabras, versos, enlaces, autorreferencias, que hacen de este poema una obra múltiple, una obra de esas que cada vez que se leen nos brinda un sentido nuevo, no diferente, sino más profundo y, por eso mismo, imperecedero.

Un último ejemplo para cerrar esta entrada que quisiera seguir a pesar de su extensión:

Resiliencia marina

Donde se ahogan las esperanzas ya desahuciadas
tus versos tejen olas de flores en el mar.
Habitas mi mirada como un huésped de salitre.
Amarras tus pupilas en mis pupilas.

No hay naufragio más inhumano que la indiferencia.
Tierra adentro la muchedumbre se esconde
detrás de la asepsia de las pantallas.
Y tú, flor de agua, resistes entre mareas y silencios…

Mientras la sal cauteriza tu herida.

 

Pueden conseguir el Laberintos de agua aquí.

Pueden (deberían) visitar el blog de Xabier Novella, aquí.

Laberintos de agua

 

Leer entre las ruinas

“¿Qué poder tienen las grandes obras de arte en mi vida que me hacen sentir tan feliz?” No lo sé: Leemos en la ignorancia. Leemos en largos y lentos movimientos, como flotando en el espacio, ingrávidos. Leemos llenos de prejuicios, con malicia. Leemos con generosidad, llenando vacíos, corrigiendo errores. Y a veces, cuando las estrellas son favorables, leemos conteniendo el aliento, con un estremecimiento, como si alguien o algo hubiera “caminado sobre nuestra tumba”, como si, de repente, hubiéramos rescatado una memoria de un lugar profundo dentro de nosotros mismos; el reconocimiento de algo que no sabíamos que estaba allí, o de algo que se siente vagamente como un parpadeo o una sombra, cuya forma fantasmal sale y se instala en nosotros que no podemos ver lo que es, lo que nos deja más viejos y más sabios.

 

Holland House Library, London, after a German air raid in October 1940.

Holland House library, Londres, luego de un bombardeo alemán en octubre de 1940

 

Esta lectura tiene una imagen. Una fotografía tomada en 1940, durante los bombardeos de Londres en la Segunda Guerra Mundial, muestra los restos de una biblioteca medio derruida. A través del techo destrozado se ven edificios fantasmales, y en el centro del local hay un montón de vigas y piezas de mobiliario. Pero las estanterías en la pared se mantuvieron firmes y los libros parecen enteros. Tres hombres se encuentran entre los escombros: uno, como si dudara acerca de qué libro escoger, parece leer los títulos de los lomos; otro, con lentes, se dispone a sacar un volumen; el tercero está leyendo sosteniendo un libro abierto entre las manos. Ellos no le están dando la espalda a la guerra, ni haciendo caso omiso a la destrucción. No prefieren los libros a la vida exterior. Ellos están tratando de persistir ante la adversidad común; están afirmando el derecho de todos a preguntar; están tratando de encontrar otra vez —entre las ruinas, en medio de esa asombrosa percepción que la lectura a veces concede— una manera lúcida de comprender.

Una historia de la lectura. Alberto Manguel.

De ciegos y cegueras

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Scafati

Ilustraciones de Luis Scafati para Informe sobre ciegos, de Ernesto Sábato 

 

Leo un poema de Charles Baudelaire por demás particular. El poeta francés, como bien se sabe, no deja indiferente con sus textos, y éste me produce una ligera sensación de incomodidad. Hijo del siglo XX y del XXI, no puedo menos que pensar que esa mirada sobre los ciegos no es del todo correcta, que algo de lo que se dice allí no debería ser dicho, no, al menos, de esa forma:

Los ciegos

¡Contémplalos, alma mía; son realmente horrendos!
Parecidos a maniquíes; vagamente ridículos;
Terribles, singulares como los sonámbulos;
Asestando, no se sabe dónde, sus globos tenebrosos.
Sus ojos, de donde la divina chispa ha partido.
Como si miraran a lo lejos, permanecen elevados
Hacia el cielo; no se les ve jamás hacia los suelos
Inclinar soñadores su cabeza abrumada.
Atraviesan así el negror ilimitado,
Este hermano del silencio eterno. ¡Oh, ciudad!
Mientras que alrededor nuestro, tú cantas, ríes y bramas,
Prendada del placer hasta la atrocidad,
¡Mira! ¡Yo me arrastro también! Pero, más que ellos, ofuscado,
Pregunto: ¿Qué buscan en el Cielo, todos estos ciegos?

 

La poesía de Baudelaire, como dije, no es una lectura pasajera, de esa que conforma al lector. No, ella nos obliga a seguir avanzando, a seguir buscando en otros o en nosotros la respuesta a las incógnitas que plantea. Leo por segunda vez el poema y recuerdo aquel fragmento del final de ensayo sobre la ceguera, de José Saramago: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven». Es entonces cuando me pregunto de a cuáles ciegos se refiere Baudelaire ¿De aquellos que no ven o de los que no quieren ver?