¿Qué puede un hombre hacer?

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“Con una falta tal de gente con la que coexistir, como hay hoy; ¿qué puede un hombre de sensibilidad hacer, sino inventar sus amigos, o cuando menos, sus compañeros de espíritu?” Dijo, alguna vez, ese solitario recurrente que fue Fernando Pessoa y con quien no puedo menos que estar en un cien por ciento de acuerdo. No voy a caer en la demagogia de decir que es aquí, en este sitio, donde he encontrado lo que no siempre encuentro a mi alrededor de manera palpable. No voy a caer en la demagogia de decirlo de manera en extremo rosa, pero no quiero obviar esa verdad grande como un mundo. Es verdad que es aquí donde me siento más cómodo y acompañado. Claro, también hay algunos casos personales donde esto ocurre; pero si lo coloco en perspectiva con el resto de la gente con la que me encuentro día a día, éstos son un grano de arena en el desierto.
De allí, entonces, que uno le dé la razón a Pessoa y, ante la falta total de sensibilidad que se encuentra en el mundo diario que nos toca vivir, terminemos refugiándonos en esa charla interminable que es la lectura. Allí, tal como lo señala aquella cuarteta de Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos, / Con pocos, pero doctos libros juntos, / Vivo en conversación con los difuntos, / Y escucho con mis ojos a los muertos”; volvemos siempre a estar con nuestros amigos.

No hay chip como el papel

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Es un tema bastante común y presente el cantar loas a las nuevas tecnologías. Recuerdo cuando no hace mucho se hablaba de la maravilla que significaba el poder tener toda la Enciclopedia Británica en un CD; por ejemplo. Ahora se habla de nubes donde podemos guardar no sólo una enciclopedia, sino toda nuestra historia: nuestros escritos, fotos, música, recuerdos, y lo que les venga en gana. Pero también recuerdo que los CD´s tuvieron una vida más bien breve y todos aquellos que tenemos una computadora hemos pasado por esa terrible experiencia que como es la de perder todas esas cosas simplemente porque el aparato se mojó o se cayó al piso el “le entró un virus”. Vamos, que las nuevas tecnologías son prácticas para comunicarse y todo eso, pero no mucho más. Para guardar información no hay ni habrá como el viejo y querido libro. No voy a volver a hacer las loas de sus virtudes; ya todos las conocemos; mejor apunto para el otro lado y mejor aún si pongo un ejemplo. Vean esta foto:

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La imagen de la derecha es la misma que la de la izquierda; la única diferencia es que la segunda fue subida y descargada de Instagram noventa veces. La pérdida de información que cada upload y cada download producen hace que la imagen se deteriore hasta lo irreconocible.
Ahora, la misma idea obtenida en Youtube. Este usuario se tomó el trabajo de subir un video y descargarlo repetidamente mil veces. El resultado es notable (abajo, a la izquierda podrán ver el número de repeticiones. No se preocupen; no están las mil; sino un resumen de ellas); es notable cómo en apenas cincuenta repeticiones ya no nos es posible entender nada:

Creo que ésta es un de las mejores pruebas de que si queremos, como sociedad, guardar información para el futuro, debemos volcarnos a hacerlo en formato de libro. Él ya nos dio sobradas pruebas de que puede atravesar el tiempo y seguir brindando la información con la misma certeza que el primer día.

La cuna de la incivilización

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William Thornton, 1804

Durante la quema de Washington en la guerra de 1812, cuando un cuerpo expedicionario británico emplazó un cañón frente la Oficina de Patentes, el superintendente William Thornton se puso ante el imponente arma y exclamó: “¿Ustedes son ingleses o sólo godos y vándalos? Esta es la Oficina de Patentes, depositaria del ingenio de la nación americana, en la que todo el mundo civilizado está interesado. ¿Se atreverían a destruirla? Si es así, disparen y dejen que la carga pase a través de mi cuerpo”.
Se dice que el efecto de las palabras de Thornton fue mágico para los soldados y que eso salvó a la Oficina de Patentes de la destrucción. Cuando el humo desapareció del atroz ataque, la Oficina de Patentes fue el único edificio del Gobierno que quedó en pie.

Bonita historia (si es que puede aplicarse el adjetivo al resto de esa muestra de barbarie) 9c2cb313fbf9d5b4f42a349c4f56b6f0146635ccla del muy loable William Thornton. Pero no puedo dejar de pensar que es una pena que los norteamericanos actuales no hayan tomado el ejemplo de ese hombre tan particular. Pienso en la destrucción que ese país lleva donde quiera que ponga sus sucias manos y en el descarado atropello con que trata a toda muestra de civilización. Pienso en la Biblioteca de Bagdad, destruida casi hasta los cimientos por bombardeos cobardes (tal como lo narra Fernando Báez en su Historia universal de la destrucción de libros) y por los robos de los mismos invasores para que ese material terminara donde suelen terminar todas las maravillas culturales de la humanidad: en los Estados Unidos, en Alemania, en Inglaterra, en Francia, en España, en Italia (no piensen que exagero con esto; sólo piensen dónde se encuentran los grandes tesoros de Grecia, Egipto, del Imperio Maya o Inca).
Es una pena, insisto, en que la modernidad les haya enseñado tan bien a algunos como para robar la historia, pero nunca para ponerla en práctica.

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Biblioteca de Bagdad, abril del 2003

De tal palo, tal astilla

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La silvicultura (del latín silva, selva, bosque, y cultura, cultivo) es la ciencia que trata del cuidado de los bosques, cerros o montes. Fue en Alemania donde comenzó la silvicultura moderna, alrededor del siglo XVIII. Allí se gestó una curiosa forma de nueva literatura: Algunos entusiastas pensaron que mejor que los volúmenes botánicos que simplemente ilustraban la taxonomía de los árboles, los libros mismos debían fabricarse a partir de su objeto, de modo que el volumen de Fagus, por ejemplo, el haya europea común, estuviera construido por un volumen de la corteza del árbol y en su interior contendría muestras de nueces y semillas de haya; sus páginas serían literalmente sus hojas.
En Landscape and Memory, de Simon Schama, estas xilotecas, o depósitos de madera, crecieron en todo el mundo desarrollado; la más grande, actualmente custodiada por el Servicio Forestal de Estados Unidos, alberga 60.000 muestras. “Los libros de madera no eran un puro capricho, un buen juego de palabras sobre el significado del cultivo“, escribe Schama. “Al rendir homenaje a la materia vegetal de la que se constituyó, y toda la literatura, la biblioteca de madera hizo una declaración deslumbrante sobre la necesaria unión de la cultura y la naturaleza“.
Hoy, que la mayor parte de la humanidad parece estar cada vez más alejada de la naturaleza mientras que un pequeño fragmento de ella parece encontrar en un retorno a las fuentes la única salvación, pensar en el significado profundo de uno de estos objetos puede ser una buena forma de ubicarnos en el espacio, en el tiempo y, por sobre todas las cosas, en nosotros mismos.

Pequeña y breve galería:

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Arcoiris medieval

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En 1692 un artista conocido sólo como “A. Boogert “se sentó a escribir un libro en holandés acerca de cómo mezclar acuarelas. Comenzaría el libro hablando en específico sobre este tema, es decir sobre el uso del color en la pintura; pero poco a poco pasaría a explicar cómo crear ciertos matices y cambiar el tono añadiendo una, dos o tres partes de agua. La premisa suena bastante simple, pero el producto final es casi insondable en su detalle y alcance.

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Entre las casi 800 páginas manuscritas y pintadas, el Traité des couleurs à la peinture à l’eau, fue probablemente la guía más completa de pintura y color de su tiempo. Según el historiador medieval Erik Kwakkel (quien tradujo parte de la introducción), el colorido libro fue pensado como guía educativa. La ironía es que existía un solo ejemplar, el que probablemente fue visto por muy pocos ojos.

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Hoy en día, en que se puede ir a un pinturería y elegir entre una amplia gama de colores, donde las mujeres pueden elegir un color determinado entre varias tinturas o donde hasta la comida o sus envases parecen cubrir toda la gama cromática pensable, no puedo dejar de ver a este libro como al equivalente a la Guía Pantone de Color (la cual no se publicaría hasta 1963; es decir 271 después).

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Si alguien quiere despacharse el libro completo, puede ir aquí. No es muy práctico a la hora de elegir colores, pero es una muestra de lo originales y detallistas que podían ser en el siglo XVII.

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Y una más, porque sí:

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El Códex Gigas

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Por un momento tuve ganas de titular esta entrada como “El Códex Gigas y la estupidez del vulgo”; pero luego me dije que el vulgo no es culpable en este caso (al menos no del todo) y dejé las cosas un poco más amables. Y es que a veces uno se cansa de tener que andar separando la paja del trigo, sobre todo cuando se supone que no debería haber tales mezclas.

Me explico: el Códex Gigas es un notable manuscrito medieval que ha sobrevivido en excelentes condiciones hasta el día de hoy. Es notable en muchos aspectos, casi todos ellos técnicos: su tamaño (mide  92 × 50,5 × 22 cm), su peso (75 kilos) y parte de su contenido (además del Antiguo y del Nuevo Testamento contiene algunos conjuros y parte de las Antigüedades judías, del Flavio Josefo.

Alguno se estará preguntando, entonces, a qué viene ese título que al fin no fue. Pues bien, es que al Códex Gigas se lo conoce, también, como La Biblia del diablo porque contiene una imagen de dicho ser fantástico. Al lado de esta página hay otro dibujo de la Santa Ciudad Celestial, pero nadie parece notar eso; todos se quedan en la mera exposición de la palabra diablo.

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La molestia también surge porque a veces encontrar información fidedigna en la red es bastante complicado. Si hacen la prueba podrán verlo ustedes mismos. Incluso busqué algo de información en inglés, en la inocente presunción de que allí encontraría algo más serio, pero lo primero que leo es: “llena de imágenes satánicas y hechizos demoníacos, el texto maldito, de acuerdo con la leyenda…”. Bueno, al diablo (precisamente) con toda esa estupidez. La verdad es que El Códex Gigas es un texto bastante aburrido. Tengo un ejemplar digital (si alguien quiere una copia puedo enviársela), el cual contiene las dos famosas páginas que se ven más arriba (no en la mitad como dicen, sino en las páginas 563 y 564) y; de las imágenes que verán a continuación, unas cinco páginas del primer tipo y unas 590 del segundo. Es decir que nada del otro mundo.

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Claro, por ahí anda dando vueltas una leyenda sobre un monje que hizo un pacto con el diablo y otras tonterías. No pienso perder el tiempo con eso. El Códex es un libro con algunas características sorprendentes y con eso debe ser suficiente para maravillarnos. Quien necesite historias vulgares puede buscar «Códex Gigas» en Google y recibirá una enorme cantidad de ellas.

Nota: las dos primeras fotos no corresponden al Códex original. Como podrán observar, en la primera de ellas las imágenes están en mitad del libro, cuando en el original se encuentran casi al final. También, en ambos casos las páginas se ven muy blancas y cortadas con exactitud. Es decir que ambos ejemplares son meras copias para el consumo de la masa, por más que usen guantes blancos y hagan toda la pantomima del caso.

Caligramas en el cielo

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Todos conocemos los maravillosos caligramas de Guillaume Apollinaire, quien desde 1918 comenzó a dibujar artísticamente a sus poemas. Pero el arreglo artístico de palabras en la página se remonta a muchos siglos atrás. Algunos de los primeros ejemplos de estos “caligramas” se encuentran en un maravilloso manuscrito del siglo IX conocido como Aratea.
Cada página del Aratea tiene un poema en la mitad inferior —escrito por el poeta griego Aratus en el siglo III a.e.c. y traducido al latín por un joven Cicerón— que describe una constelación astronómica. Esta constelación está bellamente ilustrada encima de la poesía. Los dibujos se componen de palabras tomadas de la Astronomica de Hyginus. Los pasajes utilizados para formar las imágenes describen la constelación que crean en la página y, de esta manera, se unen entre sí. Ni las palabras ni las imágenes tendrían sentido completo sin que el otro estuviera allí para completar la escena. También, pueden observarse puntos rojos en cada cuadro: éstos muestran donde las estrellas aparecen en el cielo.

Este notable objeto reúne casi 2000 años de historia cultural. Usando dos textos romanos sobre astronomía escritos en el siglo I a.e.c., el manuscrito fue creado en el norte de Francia alrededor del 820. Luego encontró su camino a la biblioteca de la familia Harley en Inglaterra, antes de ser vendido al estado inglés en 1752 bajo la misma ley del parlamento que creó el museo británico.

Dejo una galería de estupendas imágenes. Como siempre, para ver en mayor tamaño, hagan clic sobre una imagen cualquiera.