La (verdadera) visión poética de las cosas

 

Pensamiento mágico

 

El pensamiento mágico tiene dos grandes virtudes: es bonito y no se necesita un cerebro para aceptarlo. El pensamiento racional, por otra parte, requiere cierto esfuerzo y, no pocas veces, requiere un gran esfuerzo, lo cual no lo hace muy apto para las conversaciones casuales. Lo que sí puedo asegurar es que el pensamiento racional es mucho más bonito que el pensamiento mágico, sólo que éste se presenta ya vestido de fiesta, mientras que al otro hay que ayudarlo a vestirse.

Todos conocemos las diferentes versiones del pensamiento mágico: astrología, tarot, energías positivas y negativas, psicoanálisis, física cuántica mal entendida, buenas ondas, etc. Tal vez la frase que mejor sintetiza esta tontería es la por demás conocida de Paulo Coelho: «Cuando realmente se desea algo, el universo conspira para que lo consigas». No pocas burlas ha generado esa tontería, pero Coelho no está solo en estos asuntos y tampoco fue que inventara nada. Por ejemplo, me topo con esta frase del inefable Ernesto Sabato: ««Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades, sino que nos están misteriosamente reservados. Cuántas veces en la vida me ha sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiésemos pertenecido a una misma organización secreta, o a los capítulos de un mismo libro. Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los busca porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino». El mismo perro con diferente collar: ¿tiene algún asidero esta idea de que todo está predeterminado y que nada ocurre porque sí? Pues no, claro; pero suena bien y tal vez alguno ande enamorando incautas con citas como estas.

 

pensamiento

 

La contraparte, como dije, es más complicada, menos accesible, pero más hermosa (aunque a largo plazo). Probemos con uno del bando opuesto, a ver qué pasa: «La racionalidad ha construido el mundo moderno. Es una cosa preciosa pero también frágil, que puede ser corroída por una irracionalidad aparentemente inofensiva. Debemos favorecer las pruebas verificables sobre el sentir personal. De lo contrario, nos hacemos vulnerables ante aquellos que oscurecen la verdad»; dijo Richard Dawkins y Coelho y Sabato miran para otro lado y patean piedritas en el suelo, haciéndose los distraídos.

Sé que esta postura es criticada, a veces, tildándola de excesivamente realista y, por ende, de pesimista; pero como ya varias veces también he aclarado aquí, eso es un error que no por común pueda ser considerado como infantil. Es cierto que una postura absolutamente racional puede ser pesada y no siempre deseable; pero existe un ámbito donde lo irracional está bien entendido y aceptado en alto grado: el arte. ¿Adónde nos lleva una sinfonía o una poesía? ¿Qué hay de racional en lo que uno siente frente a un cuadro o ante una actuación excelente? No hay modo de racionalizar eso, y está bien que así sea. Es lo inexplicable del arte y de nuestra relación con él. Es entonces que aquí tampoco tiene cabida el pensamiento mágico en tanto visión poética de las cosas (como muchos quieren hacerlo pasar). No. Para la poesía ya está la poesía; es decir, para lo irracional ya está el arte. Y para el pensamiento mágico, el cesto de la basura. Cada cosa en su lugar.

El teatro de la palabra

 

Hace unos días, una amiga de la casa, Isabel Fernández de Quirós, quien presentó su nuevo libro de poemas Aire que rompe la niebla ―lo hizo, acorde a los tiempos que vivimos, de manera virtual; así que tenemos un excelente registro de ello. Quien quiera verlo puede acceder aquí y oír su poesía en su propia voz―, me dijo algo que me pareció perfecto como síntesis de lo que es la poesía: «Cada poema es una obra de teatro en miniatura, cuanto mejor se interprete más tocará el corazón del escuchante».

 

Poetikon

 

Yo siempre he abogado por la lectura poética en voz alta, cosa que sé que no es algo original, pero que de todos modos no siempre es compartido o aceptado (desde aquella tarde en que Tomás de Aquino vio a Anselmo leyendo sin mover los labios, día en que cambió la historia de la lectura para siempre, leer fue considerado un acto íntimo, personal y, sobre todo, silencioso. Después uno ve que sólo se cambió un hábito por otro y que el hábito terminó transformándose poco menos que en una superstición). Como sea, Isabel había dado en el clavo: la lectura poética en voz alta nos permite acceder a ciertas capas de sentido que a veces la lectura silenciosa nos veda. La puesta en escena, si se me permite la expresión, hace que pasemos a formar parte del poema y que éste pase a formar parte de nosotros mismos.

Claro está, esto nos permite, también, diferenciar un buen poema de uno malo (si los versos no están bien armados, medidos o musicalizados se hacen evidentes los ripios y los tropiezos) pero, sobre todo, nos permite, y esto es lo más importante, acceder mucho más profundamente a aquellos poemas buenos. Borges, creo que en el prólogo a su volumen de poesía completa, dice que el poema no está en el conjunto de signos impresos en una hoja, sino en el diálogo que se crea entre esos signos y el lector. La idea es hermosa y, por supuesto, altamente poética: el poema en sí no está ni en el libro ni en el lector, está en el puente que se teje entre ambos; y para ello se hace necesario este teatro en miniatura del que habla Isabel. Saber (aprender a) convertirnos en el ser capaz de transformar esos símbolos en poesía ya es motivo suficiente como para justificar, aunque sea por unos momentos, nuestra existencia.

Nunca es (ni será) tarde

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Cada tanto las noticias nos acercan casos puntuales de ancianos que terminan su carrera universitaria o de abuelos que a avanzada edad han comenzado, por ejemplo, a aprender a leer y escribir. Esos casos son presentados como ejemplos a seguir, cosa que son y muy dignos de aplauso. Pero también hay algunos ejemplos que son más puntuales y directos para aquellos quienes ya estamos corriendo contra reloj y que aún no hemos publicado o que apenas hemos publicado un solo volumen. Por ejemplo, la infografía con la que abro esta entrada nos muestra algunos ejemplos de escritores que empezaron a escribir o a publicar a una edad que muchos ya consideran como tarde o, tal vez, algo peor. Allí tenemos, entre otros, a Amy Tan, Raymond Chandler, Stieg Larsson, y al más grande de todos: José Saramago. Faltan algunos otros que también comenzaron a escribir pasados los cincuenta, como Laura Ingalls Wilder, quien publicó La casa de la pradera a los 64 años; el Marqués de Sade quien comenzó a escribir a los 40 años pero publicó su primer libro, Justine, a los 51 años; Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien empezó a escribir a los 58 años, luego de asistir a un premio literario y que tardaría dos años en terminar y publicar El gatopardo; o Isak Dinesen, quien publica un volumen de relatos a los 50 años, poco antes de publicar su famoso Memorias de África.

En síntesis: que aún estamos a tiempo o, como dice Benjamín Prado en su poema, que Nunca es tarde, hombre; así que ¿Qué diablos estás esperando?

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Nunca es tarde

Nunca es tarde para empezar de cero,
para quemar los barcos,
para que alguien te diga:
-Yo sólo puedo estar contigo o contra mí.

Nunca es tarde para cortar la cuerda,
para volver a echar las campanas al vuelo,
para beber de ese agua que no ibas a beber.

Nunca es tarde para romper con todo,
para dejar de ser un hombre que no pueda
permitirse un pasado.

Y además
es tan fácil:
llega María, acaba el invierno, sale el sol,
la nieve llora lágrimas de gigante vencido
y de pronto la puerta no es un error del muro
y la calma no es cal viva en el alma
y mis llaves no cierran y abren una prisión.

Es así, tan sencillo de explicar: -Ya no es tarde,
y si antes escribía para poder vivir,
ahora
quiero vivir
para contarlo.

Invierno

 

invierno

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Invierno
Trazo una línea en el piso
y el invierno queda de mi lado.

La sombra y la línea de sombra
no llegan a opacar a la esperanza
ni abonan la maleza del insomnio
(es curioso que no penda de mi cuello
y se balancee como un amuleto oscuro).

Alguna vez, con tenacidad exasperante
intentó hacerlo (y tal vez lo consiguió,
con no poco esfuerzo, por breves períodos
de tiempo). Pero por fortuna el ocaso, con sus lluvias persistentes,
nunca fue más extenso que la primavera.

De todos modos, la obstinada, la persistente,
la recurrente ansia de vivir, de saltar a los días
de sumar bocanadas de aire, de comer pastelillos,
de pasar a buscarte y salir a caminar, o de oír música,
vuelve a trazar una línea en el piso.
Pero ahora, si el invierno insiste en quedar de mi lado
no me quedará otra opción que arroparme bien
con bufandas, orejeras, guantes y botas gruesas
y cruzarla
todas las veces que sea necesario.

Erik Satie (poema)

A raíz de la entrada anterior (la musa perenne) recordé la breve historia de amor que unió a Erk Satiey Suzanne Valadon y que, como dije, pueden leer aquí. También recordé que había escrito un poema a Erik Satie, con el cual cierro un librito que tengo por allí, aún inédito. Como siempre, considero que todo lo que escribo es un Trabajo en progreso, si me permiten la traducción literal de esa ajustada expresión inglesa. Aquí, entonces, les dejo mi pequeño homenaje a ese hombre inclasificable.

erik-satie

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Erik Satie
Helo aquí
al amo de las cosas pequeñitas
creando sus melodías con notas blancas
o negras
en escalas también breves
diminutas
coleccionando paraguas
y dibujos en pedacitos de papel
sus notas delicadas
sus animales fabulosos
sus instrumentos imposibles
sus paisajes imaginarios
y la más lúcida de las certezas:
«Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».

Una vez
(y sólo una, como corresponde
al amo
de las cosas pequeñitas)
encontró el amor
o el amor lo encontró a él
en la piel y en las manos
de Suzanne Valadon.
Ella, con mano experta
abrió el saco inexperto de Satie
y desabotonó su alma inexperta
le pintó un retrato
y después
se fue para siempre.

Entonces él
escribió decenas de cartas de amor
que nunca se atrevió a enviar
y después la esperó por años
en aquel café en el que la conoció
se sentaba siempre a la misma mesa y siempre
dejaba
una silla vacía
Estoy esperando a alguien
solía decir
el amo de las cosas
pequeñitas.

Escribía melodías
(lento y doloroso)
con pocas notas y silencios
ensordecedores
escribía notas y dibujos
en pedacitos de papel
y también
la más lúcida
de todas las certezas:
«Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».

 

Nadie sabe

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Caspar D. Friedrich

Caspar David Friedrich

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Aquí el verano se ha convertido en piedra
las aguas del desierto esperan, aún, por el regreso
……………………………………………………… del viejo mundo
(un renacer que tal vez nunca vaya a llegar)
las estrellas navegan por el mar de puntillas
y de puntillas andan por los patios y los techos.

En esta cámara que no es más que insomnio de piedra
el viento corre y seca el rocío
y las flores en el jarrón olvidado
(la noche le habla al oído a quien yace en esa nada
y le trae el recuerdo de aquel hombre que murió
mientras se preguntaba porqué el ángel que detuvo
la mano de Abraham
……………………… no detuvo
……………………………. la mano de Caín).

¡Si alcanzara, al menos, para definirnos
con lo que nuestra piel contiene y delimita!
Pero eso nunca es alta verdad o suficiente
nos hace falta, además, la memoria,
ese arte o ejercicio de la imaginación.

Nadie sabe quiénes somos en la oscuridad cúbica
y el cielo que ha visto toda nuestra desnudez
…………… se derrite
 …………………. sobre las almas
……………………………. de los que aún esperan llegar.

Herman Melville, un poema de W.H. Auden

 

Moby Dick

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Herman Meville

Al final casi, navegando, entró a una calma singular
y ancló en su casa y alcanzó a su esposa
y bogó en la ensenada de sus manos
y cada mañana cruzaba a la oficina
como si fuera otra isla su trabajo.

Existía el Bien: esto era su nueva ciencia
su terror tuvo que alejarse totalmente
para que se diera cuenta; mas fue lanzado por el viento
allende el Cabo de Hornos del éxito razonable
que aúlla: “Esta roca es el edén. Aquí naufraga”.

Pero que lo ensordeció con truenos y lo aturdió con relámpagos:
—el héroe lunático cazando, como a una joya,
al raro monstruo ambiguo que mutiló su sexo,
odio por odio hasta vaciarse en grito,
sobreviviente imposible arrebatado al delirio—
todo eso era falso y complicado; la verdad era simple.

Nada espectacular el Mal, y siempre humano,
comparte nuestra cama y come en nuestra mesa,
y nos presenta al Bien todos los días,
hasta en las estancias rodeadas de yerros;
tiene un nombre (como “Billy”) y es casi perfecto
aunque porta como un adorno su tartamudez:
y cada vez que se topan tiene que pasar lo mismo;
es el Mal el que es desvalido como un amante
y busca pleito hasta encontrarlo
y ambos son destruidos abiertamente ante nosotros.

Pues ahora se había despertado y ya sabía
que nadie se salva mientras no sea en sueños;
pero había algo más que había sido trastocado por
la pesadilla— incluso el castigo era humano y era una forma de amor:
la quejosa tormenta había sido la presencia de su padre
y había sido llevado siempre en el pecho de su padre.

Que con delicadeza lo había descendido ahora para
abandonarlo.
Se puso de pie sobre el balcón angosto y escuchó
y todas las estrellas arriba cantaron como en su infancia
“Todo, todo es vanidad”, pero ya no era lo mismo;
porque ahora las palabras cayeron como el sosiego
de las montañas
—Natanaél fue tímido por ser su amor egoísta—
pero ahora gritó, transportado y vencido,
“La divinidad se ha roto como un pan. Nosotros
somos los pedazos.”

Y se sentó en su escritorio y escribió una historia.

 

W. H. Auden

Sobre el mar de nubes

 

Solitude 01

El caminante sobre el mar de nubes – Caspar David Friedrich

 

Alguna vez titulé una entrada en este blog con una frase que no es mía pero que me apropié de una vez y para siempre: «Para modernos, los clásicos». Fiel a ella por convicción y costumbre, encuentro en la lectura de aquellos textos que tienen más de algunos siglos encima una fuente inagotable tanto de placer estético como intelectual. Vuelvo una y otra vez a Epicuro, a Lucrecio, a Montaigne, a Schopenhauer, a Esquilo, a cualquiera de ellos para encontrar, incluso, respuestas a los problemas de hoy. Esa es la maravilla de esos textos: podemos leerlos para pasar el rato o para pensar más profundamente en nosotros mismos; lo mismo vale el entretenimiento que el pensamiento. También, si tenemos suerte, conseguiremos ambas cosas al mismo tiempo.

Por ejemplo, eso es lo que me ocurrió al reencontrarme con la famosa Oda I – Vida retirada, de Fray Luis de León (1527-1591) ¿No es lo mismo que dice Epicuro en Carta a Meneceo? Lo más curioso (lo que no dejó de despertar una sonrisa en mí cuando noté esto) es que Fray Luis de León era un sacerdote agustino que en nada nos haría pensar que podría llegar a compartir una idea tan fuerte con el detestado (para la iglesia católica) Epicuro. Veamos algunos versos:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

 

Pues sí, ahí parece estar don Luis charlando de igual a igual con algunos de los presentes (incluida alguna hetaira —aunque el término no es del todo correcto— ¡horror de horrores! en aquel jardín que se encontraba en las afueras de Atenas). Luego, al llegar a estos versos, no pude menos que relacionarlos con otro autor, éste más moderno: Edmond Rostand (1868-1928):

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

 

¡Pero si esto no es más que Cyrano de Bergerac! me dije. Véanlo:

Pero cantar… soñar…. reír, vivir, estar solo, ser libre
tener el ojo avizor, la voz que vibre
ponerme por sombrero el universo,
por un si o un no batirme o hacer un verso.
Despreciar con valor la gloria y la fortuna,
viajar con la imaginación a la luna,
sólo al que vale reconocer los méritos,
no pagar jamás por favores pretéritos,
renunciar para siempre a cadenas y protocolo,
Posiblemente no volar muy alto, pero solo.

 

El círculo se cierra a través del tiempo (aunque podríamos añadirle muchos eslabones más a la cadena. Por ejemplo, podemos sumar a Henry Purcell (1659-1695) y su O solitude, cuyos versos primeros son «Oh soledad, mi más dulce elección / Lugares dedicados a la noche / Lejos del tumulto y del ruido / ¡Cómo se deleitan mis inquietos pensamientos!»): Epicuro hace dos mil doscientos años, Fray Luis de León hace cuatrocientos, Rostand hace poco más de cien. Y el mismo mensaje, simple, directo, sencillo, actual: cantar… soñar…. reír, vivir, estar solo, ser libre…

Pueden leer la Oda I – Vida retirada, de Fray luis de León, aquí.

Pueden leer la Carta a Meneceo, de Epicuro, aquí.

Pueden leer el soliloquio de Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, aquí.

Y ya que estamos pueden escuchar a Henry Purcell, en la voz de Anne Sofie von Otter (con letra incluida debajo), aquí.

¿Quién no llora pensando en el mar?

Pizarnik

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…¿Quién no cree en esto o en aquello? ¿Quién no se desangra en la lucha? ¿Quién no llora pensando en el mar? ¿Quién no duerme en un lecho de amapolas? ¿Quién no tiene un sueño de colores posible de tocar? ¿Quién no posee un silencio, un tiempo, una música? ¿Quien no baila su propio ritmo? ¿Quién no tiene un sexo para alegrarse, una palabra en que sentarse, una manía para tener vergüenza? ¿Quién no tiene vergüenza de ser? ¿Quién no está enojado con la muerte?
Yo.
Pero cuando vea al mar. Cuando contemple sus extrañas olas que danzan y arrojan espuma. Yo veré el mar. Un verde infinito perfumará mis ojos. El mar. El mar y su tiempo preñado de pequeños tiempos, y su canto caído del infierno, su humilde reconciliación de tierra y cielo. Mon dieu…Y cómo me desnudarán las aguas,y cómo me acariciarán. El mar. El mar o la salvación. El mar y su retorno a sí mismo, a un sí mismo que no es mar, que no es nada.

Una vez viene la mano del mar.

Otra vez huye la mano del mar…

Fragmento de Diarios (nueva edición de Ana Becciu), de Alejandra Pizarnik.

 

Pensé, en un primer momento, en separar los dos párrafos de texto, porque aunque me gustan muchísimo los dos, el primero me parece dueño de una fuerza extraordinaria. Ese «Yo» que cierra al primero, luego de tantas incógnitas, es de los que me gustan. No es un «Yo» egocéntrico o soberbio; sino que es un «Yo» de autoafirmación, de poder, de seguridad. El segundo párrafo, más literario, tal vez se pierda un poco en imágenes poéticas por demás ricas, pero menos poderosas. Sea como fuere, este fragmento del diario de Alejandra Pizarnik me parece una maravillosa manera de comenzar la semana, compartiendo fuerza y poesía con todos ustedes.

Hablar para decir algo

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Joaquin Phoenix

Ayer Joaquin Phoenix ganó su primer premio Oscar como mejor actor; pero no es de cine de lo que voy a hablar aquí, sino de algo tangencial: la entrega de premios más famosos y de sus discursos y, particularmente del discurso que nos regaló Joaquin Phoenix ayer.

Es bien sabido que Hollywood detesta los discursos políticos o toda muestra de pensamiento que se aleje aunque sea un poquito de lo meramente cinematográfico (y mucho más aún cuando el discurso es crítico. Tal vez el más famoso, el que sigue pasándose una y otra vez —más como burla que como otra cosa— es cuando Marlon Brando en lugar de ir a recibir su premio envió a la actriz Sacheen Littlefeather (Pequeña Pluma), ataviada con un traje típico Apache). Ayer Joaquin Phoenix nos brindó un discurso con tintes políticos, sociales y hasta emocionales (como cuando recordó a  su hermano muerto en 1993 River Phoenix). El discurso de Phoenix fue el siguiente:

«No me siento elevado sobre mis compañeros nominados o nadie de este cuarto. El mayor regalo que tengo es usar mi voz para los que no tienen una. Creo que cuando hablamos de desigualdad de género, de racismo, de los derechos LGTB o de los derechos de los animales, estamos hablando de la lucha contra las injusticias. Hablamos de la lucha contra la creencia de que un país, un grupo, una raza, un género o una especie tiene el derecho de dominar, controlar, usar, y explotar a otro con impunidad. Creo que nos hemos desconectado del mundo natural y muchos somos culpables de tener una visión egocéntrica del mundo; creernos que somos el centro del universo. Nos metemos en la naturaleza y la saqueamos por sus recursos. Nos creemos con el derecho a inseminar artificialmente a una vaca y robarle a su bebé, a pesar de que sus gritos de angustia son inconfundibles, y después tomarnos su leche —destinada a su ternero— y la ponemos en nuestro café o nuestros cereales. Creo que tenemos la idea de que el cambio personal significa sacrificar algo, renunciar a algo; pero los seres humanos, en nuestros mejores momentos, somos tan creativos e ingeniosos… y creo que cuando usamos el amor y la compasión como principios, podemos crear e implementar sistemas de cambio que sean beneficiosos para todos los seres vivos y para el medio ambiente. […] Creo que nuestro mejor momento es cuando nos apoyamos mutuamente. No cuando nos vetamos por errores pasados, sino cuando nos ayudamos a crecer, cuando nos educamos, cuando nos guiamos mutuamente hacia la redención. Eso es lo mejor de la humanidad».

Sé que los discursos de agradecimientos son lo usual y ello no está nada mal ¡pero qué bien se siente escuchar a alguien que dice algo más de lo meramente habitual! ¡Qué bien se siente que alguien use su voz para hablar desde su propia humanidad! (ni siquiera tenemos que estar de acuerdo con todo lo que una persona así dice; pero el simple hecho de que nos hable desde sí mismo ya nos obliga al respeto y elogio de su postura).

Tangencialmente, ese discurso me trajo a la memoria un poema de mi novia eterna: Wislawa Szymborska y si bien el lazo entre el discurso de Phoenix y el poema de Szymborska no es estrictamente directo, recordemos que el arte se maneja, más que nada, por aproximaciones.

 

Szymborska

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Hay quienes

Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y en su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.

Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por donde.

Ponen el sello en la verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.

Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.

Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto por la puerta señalada.

A veces los envidio;
afortunadamente se me pasa.