Desde siempre

caracol

Hay un fragmento de un poema de Wislawa Szymborska que no puedo olvidar; lo leí hace veinte años, cuando le dieron el Nobel y comenzaron a traducirla al español. Esos versos son el inicio de un poema cuyo nombre nunca recuerdo, y dicen así:

En un sendero yace un escarabajo muerto.
Tres pares de patas cruzadas sobre el vientre con esmero.
En lugar del caos de la muerte, pulcritud y orden.

Recuerdo mi sorpresa ante esos versos, recuerdo que me llamó la atención, sobre todo, que partiendo de algo tan pequeño e insustancial como es ver a un escarabajo muerto a un costado del camino se pudiera derivar toda una metáfora de la muerte. Hay que saber ver, sin duda alguna; y es allí donde los poetas se destacan: ven los que otros no. Miran lo mismo que la persona que tienen al lado, pero ellos ven un poco más allá. Como dijo Oscar Wilde: “Algunos sienten la lluvia, otros simplemente se mojan”.
Otro que sabía mirar muy bien y que sabía exponerlo mejor que casi todos, fue Alejo Carpentier. Con respecto al tema de hoy, Carpentier nos deja una cita que aúna el tema y el estilo, sintetizando todo en una amalgama perfecta:

Un día los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema“.

El gran coro de agua

 

crystal-cascade1Al este del Walhalla, se halla el castillo de Sokwabek construido dentro de una gran cueva con paredes de cristal. Era la residencia de Bragi, el señor de los cantos y los encantos y creador de la poesía. En la entrada de la gruta se despeñaba una gran cascada, cuyo estruendo estaba formado por misteriosas voces que aleccionaban acerca de los sucesos del pasado y vaticinaban los acontecimientos del futuro; esas voces eran, entonces, el cúmulo de todo lo dicho. El lugar era tan portentoso que hasta el mismo Odín en persona acudía allí para meditar.
La historia es mucho más extensa, pero quisiera detenerme en un detalle: en la cascada. Si esa fantástica caída de agua está formada por todo lo dicho y por todo lo que se dirá, entonces allí estarán las voces de aquellos seres queridos que ya no están con nosotros y también estarán las voces de todos aquellos que seguirán nuestros pasos pero a los que no podremos oír porque seremos nosotros, en ese caso, quienes ya no estaremos presentes para oírlos. Pero tal vez lo más importante de todo es que allí también estará nuestra voz con todo lo que hemos dicho y lo que diremos aún. ¿Qué sentiremos al oírnos? ¿Nos avergonzaremos de nuestras palabras o tendremos la fortuna de sentir aunque sea un mínimo y justificado orgullo?

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Bragi e Idunn

No puedo menos que enlazar esta idea con la que dejé aquí hace unos días, cuando hablé de la ninfa Eco: Creo (quiero hacer esta lectura) que estas historias mitológicas nos dicen que lo mejor que podemos hacer es cuidar lo que decimos y cómo lo decimos. En el caso de la ninfa Eco para no obligarla a rebajarse a repetir palabras banales; en el caso de la gran cascada del Palacio Sokwabek, para no avergonzarnos nosotros mismos al oír nuestra voz, ni avergonzar a nuestros mayores, ni a aquellos que seguirán nuestros pasos, aunque nunca vayan a conocernos.

La mujer de las muchas metáforas

Acercarse a la biografía de Sylvia Plath es adentrarse en una historia dolorosa y triste que parece remitirnos, indefectiblemente, al terreno del destino. Todo en la vida de esta mujer parece estar señalado, desde el mismo principio de su vida, hacia la tragedia. Víctima desde joven de fuertes depresiones y severos trastornos mentales, la obra poética de Sylvia Plath está llena de imágenes que delinean ese dolor en metáforas sutiles y podría decirse, si no se fuera consciente del dolor que encierran, encantadoras.

En vida publicó sólo un libro El coloso; el resto de su obra fue publicada años después de su suicidio, ocurrido en 1963, cuando Plath tenía tan solo treinta años. Entre sus papeles se encontraron, también, muchos dibujos; algunos paisajes, algunos retratos, aunque la mayor parte de ellos simples objetos cotidianos: zapatos, paraguas, flores o frutas.

Dejo un poema que me sabe casi a surrealismo, pero que me atrae por las imágenes (precisamente) y, después, algunos dibujos. Para verlos en mayor tamaño deben hacer clic sobre uno de ellos.

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Metáforas

Adivíname: nueve sílabas
tengo, elefante, casa grande,
melón con sólo dos tentáculos.
¡Oh fruta, marfil, leño fino!
Dinero nuevo en este bolso.
Soy medio, escena, vaca grávida.
Comí muchas manzanas verdes.
Del tren en que voy nadie baja.

 

Diez líneas o una mancha amarilla

Antoni Tapies

Antoni Tàpies

Me gusta el expresionismo abstracto y no sé por qué. No lo sé y no pienso perder el tiempo en averiguarlo, para ser sinceros. También me gusta el surrealismo (Max Ernst por sobre todos; Max Ernst es la cima de la pintura para quien esto escribe); cosa curiosa, también me gusta mucho el arte iconográfico religioso medieval. La verdad es que no tengo ni idea de por qué ciertas obras me atraen mientras otras me dejan totalmente frío pero, al contrario de lo que ocurre con la literatura, donde sí puedo detallar con menor o mayor fortuna las razones por las cuales una obra me atrae, la plástica me golpea en medio del pecho o pasa a través de él como si se tratara de un neutrino: sin siquiera haber notado que pasó por allí.

Tal vez encuentre alguna buena razón en este poema que Octavio Paz le dedicó al artista catalán. Quién sabe, tal vez pueda entrar a esa enigmática habitación por una puerta accesoria.

Diez líneas para Antoni Tàpies

Sobre las superficies ciudadanas,
las deshojadas hojas de los días,
sobre los muros desollados, trazas
signos carbones, números en llamas.
Escritura indeleble del indendio,
sus testamentos y sus profecías
vueltos ya taciturnos resplandores.
Encarnaciones, desencarnaciones:
tu pintura es el lienzo de Verónica
de ese Cristo sin rostro que es el tiempo.

Con la manguera no

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No hace mucho tiempo que toqué el tema de la tortura en la TV y en el cine; ahora, mientras leo a Billy Collins en The Trouble With Poetry and Other Poems me encuentro con este poema que al principio me atrapa pero que al final tira con todo lo bueno por la borda. Échenle un vistazo ustedes mismos:

Introducción a la poesía

Les pido que tomen un poema
y lo sostengan a contraluz
como a una diapositiva a color

o acerquen una oreja a su colmena.

Digo que suelten un ratón en el poema
y que lo observen buscar la salida,

o que entren en la habitación del poema
y palpen las paredes en busca del interruptor.

Quiero que hagan esquí acuático
sobre la superficie del poema
saludando al nombre del autor en la orilla.

Pero todo lo que quieren hacer
es atar al poema a una silla
y torturarlo hasta que confiese.

Empiezan dándole con una manguera,
para descubrir lo que significa realmente.

 

¡Lo único que nos falta, tortura en la poesía! No es que yo sea demasiado quisquilloso ni nada por el estilo, pero la verdad que eso de darle con una manguera al poema mientras éste se encuentra atado a una silla… Bueno, que me parece demasiado.
Por otra parte, y jugando levemente a ser serio, me pregunto: ¿Cuál es el problema con no entender algo? Si leo un poema y no lo entiendo, lo releo, busco información o, más que seguro, lo dejo a un lado y sigo con otra cosa ¿Qué es eso de andar torturando a todo aquello que me exponga como ignorante? Típico del fascista; lo que a este tipo de persona se le escapa es algo muy simple: si alguien no entiende algo, el problema es suyo, no de eso que le resulta incomprensible. Pero vaya uno a intentar explicárselo; si no comprenden lo primero, mucho menos comprenderán lo segundo. Lo que sí me atrevería a pedir es que al menos dejen a la poesía en paz; la tortura ya está demasiado saludable en manos de los guardianes de la libertad.

Tulum, de Pacheco y preguntas que se repiten

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

En octubre de 2015 me hice la siguiente pregunta: “¿Puede leerse sin experiencia?” Y continué: “Sé que lo primero que se piensa cuando se habla de lecturas poéticas es, precisamente, la imagen poética de que puede leerse sin más que el deseo por la belleza; pero el problema permanece: ¿Cuánto necesitamos comprender para disfrutar de un texto?”

Lo anterior viene a cuento porque hace unos meses tuve la oportunidad de visitar Tulum, el hermoso pueblo de la Riviera Maya que incluye entre sus atractivos a las ruinas mayas del mismo nombre. Por esas cosas del azar, hace un par de días volví a leer algunas páginas de la Antología Poética de José Emilio Pacheco y allí encontré el siguiente poema, titulado, vaya maravilloso destino de las letras y de los caminos, Tulum.

TULUM

Si este silencio hablara
sus palabras se harían de piedra.
Si esta piedra tuviera movimiento
sería mar.
Si estas olas no fuesen prisioneras
serían piedras
en el observatorio,
serían hojas
convertidas en llamas circulares.

De algún sol en tinieblas
baja la luz que enciende
a este fragmento de un planeta muerto.
Aquí todo lo vivo es extranjero
y toda reverencia profanación
y sacrilegio todo comentario.

Porque el aire es sagrado como la muerte,
como el dios
que veneran los muertos en esta ausencia.

Y la hierba se arraiga y permanece
en la piedra comida por el sol
—centro del tiempo, abismo de los tiempos,
fuego en el que ofrendamos nuestro tiempo.

Tulum se yergue frente al sol
en otro ordenamiento planetario. Es núcleo
del universo que fundó la piedra.

Y circula su sombra por el mar.
La sombra que va y vuelve
hasta mudarse en piedra.

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

El libro me lo regaló hace un par de años (para mi primer cumpleaños en México) mi amigo, escritor y profesor (en ese orden) Gerardo Farías y lo leí en aquel momento, claro está, aunque este poema en particular no había quedado registrado en mi memoria. Sin embargo, ahora que lo reencuentro, veo que el poema es el mismo y es otro. Se lo leo en voz alta a L., mi compañera de ruta y de lecturas y veo que se le ilumina el rostro ante las referencias que el poema enlaza con aquellas ruinas que visitamos no hace mucho. Versos como “Aquí todo lo vivo es extranjero / y toda reverencia profanación / y sacrilegio todo comentario” ya son señales directas a lo que nos rodea; no son una mera referencia poética, sino que se han convertido en una crítica social. Nuestra visita a las ruinas de Tulum hace que el poema de Pacheco ya no sea ni pueda ser el mismo.

Es entonces que retomo la pregunta que dejé aquí hace casi dos años y la reformulo: ¿Hasta dónde puede leerse sin experiencia?

La duda eterna

De María Zambrano leo y releo, voy y vuelvo, de su Poesía y Filosofía ya que, como suele suceder con esos libros que fueron creados a partir de una necesidad propia del autor, esa duda luego suele trasladarse al lector de manera casi indefectible. Poesía y filosofía siempre tiene algo nuevo para decirme o para señalarme. El poema que dejo a continuación es una síntesis de la obra de Zambrano. Con voz poética se pregunta y no se responde, deja la pregunta como lo que es: algo que vale en sí mismo y que no siempre ha nacido para ser respondida.

María Zambrano

“El agua ensimismada…”

para Edison Simons

El agua ensimismada
¿piensa o sueña? El árbol que se inclina
buscando sus raíces
el horizonte, ese fuego intocado
¿se piensan o se sueñan?
El mármol fue ave alguna vez,
El oro llama;
El cristal aire o
Lágrima
¿Lloran su perdido aliento?
¿Acaso son memoria de sí mismos
y detenidos se contemplan ya para siempre?
Si tú me miras, ¿qué queda?