Mil cumbres (II)

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A principios de este año me invitaron a un lugar indeterminado que se llama Mil cumbres. Digo indeterminado porque no es un pueblo ni una locación, sino una zona amplia cuyos límites son algunas de las montañas que pueden verse a la distancia independientemente del punto cardinal que uno observe.

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Esta vez fuimos por unas pocas horas, pero fue suficiente como para encontrar nuevas formas de maravillarnos. Esta vez nos tocó, en lugar de poder ver a la distancia y a lo lejos, la belleza de la cercanía, de lo inmediato. Constantes nubes entraban y salían del bosque donde nos encontrábamos (estábamos en la cima de una de esas montañas y eso es inevitable en esta época del año) y eso hacía la delicia de todos los que estábamos allí, niños y adultos. Mientras los jóvenes se deslizaban por una pendiente alfombrada con hojas de pino secas, los demás observaban y avisaban cuando una nueva nube se adentraba hasta nosotros y nos abandonaba por la ladera opuesta.
Las fotos tal vez no sean tan espectaculares como las de febrero; pero al igual que aquel día, uno sabe que no hay cámara que pueda captar las sensaciones, así que lo que aquí dejo es sólo un pálido retrato de lo que fueron aquellas horas en aquella tarde.
Alfredo vive allí y me invitó a pasar una semana o un fin de semana, lo que yo quiera. Puedo acampar o puedo dormir en su casa (la que construyó con lo que recolectaba en la ciudad; pidiendo lo que a otros sobraba, lo que estaban por tirar o lo que ya no usaban) y la idea me está gustando muchísimo. Pasar una semana allí, lejos de todo ruido y de toda conexión electrónica o de cualquier otro tipo ya me está despertando las sensaciones más primitivas, esas que nos impulsan a lo mínimo o a lo básico. Pasar una semana allí sólo leyendo y escribiendo es todo lo que puede llegar a pedirse, me digo y asiento, aunque esté solo en este momento.

 

 

Algunas imágenes (las dos anteriores y un par más; es decir, nada demasiado original). Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Polaroids VIII

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XXIV.

Estoy en Puno, Perú, alojado en el tercer piso de un hotel al que debo acceder por una escalera, ya que no hay ascensor. A las siete de la mañana golpean con fuerza a la puerta de mi habitación. Despierto confundido y no respondo de inmediato; entonces los golpes se repiten. Como viajo solo la confusión deja paso a la sorpresa y sin levantarme de la cama pregunto quién es. Se trata de una de las empleadas del hotel quien me pregunta cómo quiero el desayuno; le respondo que no lo sé, que no importa, que luego veré y que no se haga problema, que yo mismo me lo haré si es necesario. Con voz firme me responde desde el otro lado de la puerta: «No. Yo se lo prepararé». Una respuesta tan tajante me hace reír. Como a todo esto ya estoy más que despierto no tengo otra opción que levantarme y comer ese desayuno que tan amablemente me prepararon. Antes de salir a caminar me dirijo a la recepción y les digo que sólo estoy de paseo, que no es necesario que se me despierte tan temprano. Me hacen caso. A la mañana siguiente los golpes a mi puerta fueron a las siete y media.

XXV.

En la peatonal de la Ciudad de México veo cómo la gente se comporta como átomos en una sustancia fluida. Todos caminan apresurados en todas direcciones e interactúan antes de tocarse; como si tuvieran cargas eléctricas opuestas parecen repelerse y se desvían unos a otros sin tocarse. Me detengo a observarlos por unos instantes y veo que esa forma de interactuar los lleva hacia su destino, sí; pero en lugar de hacerlo en línea recta lo hace haciendo que reboten contra los otros átomos que se dirigen en sentido contrario en un camino zigzagueante y graciosamente confuso.

XXVI.

L. me escribe y me pide que le enseñe a ser como Diógenes, ese filósofo del que siempre estoy hablando; me pide que le enseñe a vivir con poco o con nada. Es soñadora y cree que puedo guiarla en ese sentido. Le llama la atención que pueda acompañarla a un centro comercial y que nunca desee nada, que pueda recorrer cada pasillo y entrar en cada tienda sin que la ansiedad se apodere de mí ni que quiera salir corriendo a comprar esa camisa o ese reloj. Lo que ella no sabe es que cuando estoy solo en mi pequeña habitación y veo esos libros apilados o esa mochila con ropa siento que no puedo enseñarle nada todavía. Creo que tengo demasiadas cosas.

Ni puta idea

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Al recorrer México no puedo dejar de recordar aquellas palabras que Jo Hopper (esposa de Edward Hopper) escribiera  en uno de sus diarios: “México es una disciplina para el espíritu. Para cualquier cosa te hacen esperar hasta volverte loco. Llevan la mantequilla pero no el pan. El café se enfría esperando la leche…”, pero después añade: “De todos modos, pueden ser encantadores estos mexicanos…”. Eso es exactamente lo que uno siente o piensa al recorrer este país. Como bien lo saben quienes me rodean, la razón principal por la cual me fui quedando en este país fue, precisamente, su gente. Los mexicanos son encantadores, sí; pero a veces pueden sacarte de las casillas con una facilidad pasmosa.

0002Uno de esos puntos donde en general uno siente que le están tomando el pelo es cuando se pregunta algo. No importa si es un tema que les compete o no, ellos no tienen ni puta idea. Con esto quiero decir que no solo no saben la respuesta, sino que tampoco les interesa saberlo ni les importa un pito dar cualquier respuesta. He aprendido a reírme de esta actitud, pero debo reconocer que al principio solía molestarme bastante.

Claro, alguien podrá decirme que las personas no tienen la obligación de saber la respuesta a cada pregunta que uno le hace ¡pero es que aquí a veces ni siquiera saben del tema que les compete! Uno puede poner en aprietos a un camarero con sólo preguntar qué ingredientes lleva tal o cual plato. No pocas veces uno los ve salir corriendo a la cocina en busca de la respuesta (o peor, le preguntan a un compañero que tiene menos idea que ellos).

0001Una característica común. Ante la pregunta fatídica todos actúan de la misma manera: abren los ojos, se quedan en silencio y contienen la respiración. Algo así como si uno los estuviese apuntando con un arma de grueso calibre o algo por el estilo. Luego vuelven a aspirar y toman dos caminos: o le tiran la pregunta a otro o sólo dicen “Ay… no sé…”.

Dos casos puntuales de San Miguel de Allende: Caso 1) Encuentro un local donde venden aldabas y todo tipo de artículos que parecen sacados de viejas casas o haciendas. Pregunto si son restos de demoliciones o algo así y la muchacha que atiende abre los ojos y contiene la respiración. “Ajá” Dije para mis adentros “No tiene ni puta idea”; y algo así me respondió: “No, la verdad es que no sé…”. Hice algún otro comentario, más que nada 0002para romper el incómodo silencio, pero ella sólo decía “No… ni idea… yo sólo trabajo acá…”. Caso 2) Estamos en el mirador y sabemos que hay dos caminos para bajar al centro, uno a la izquierda, otro a la derecha. Como quiero saber cuál de los dos caminos es más atractivo, decido preguntarle al chofer de un autobús (si alguien sabe la respuesta es él, imagino). Ante el pedido de recomendación el chofer me dice que “baje caminando”. “Está bien, ¿Pero por cuál de las dos calles?” Mira para ambos lados y me responde: “Por esa o por esa…”. Le doy las gracias y bajamos por una cualquiera.

Insisto, esto es sólo un detalle, parte del color local, parte del encanto (cuando uno se acostumbra a ello) mexicano. Por lo demás, son tan graciosos y amables que uno siempre termina dejando estas cosas de lado y disfrutando de su compañía. Sí, como anotó alguna vez Jo Hopper Pueden ser encantadores estos mexicanos…

San Miguel de Allende

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Tres vistas de la Catedral 

Decir de un sitio que se encuentra “en el corazón” del país es un tópico común; pero en el caso de San Miguel de Allende uno no exagera. La ciudad se encuentra precisamente allí, en el centro exacto del territorio mexicano. Es una ciudad tan bella y particular que ha pasado a ser, desde el 2008, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

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A 1900 metros de altura, San Miguel de Allende se encuentra en el límite geográfico entre las cadenas montañosas del sur y las planicies áridas del norte. Desde el mirador que se encuentra al sudeste de la ciudad, puede verse esta característica física. Uno se encuentra sobre terreno elevado y desde allí puede observar cómo la ciudad se pierde en la lejanía sin que otra montaña o elevación se muestre ante el espectador.

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Vista desde el mirador

Recorrer las calles secundarias de San Miguel de Allende me hizo recordar —al menos hasta cierto punto, claro está— A Cartagena de Indias; y esto no es tan raro como puede pensarse en un primer momento. Busco algunos datos y veo que ambas ciudades fueron fundadas con muy pocos años de diferencia. De allí, entonces, las características arquitectónicas coloniales que comparten.

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Una de las características de esta ciudad mexicana es que está habitada por una gran cantidad de norteamericanos. Fue común al recorrer estas calles ver carteles de venta de inmuebles, pero todos ellos e inglés y al estilo norteamericano. Aquí no se habla de inmobiliarias; sino de Real Estate y tampoco se habla de vendedores, sino de Brokers. Así que además de los incontables turistas de todo el mundo que recorren estas calles, encontramos muchísimos norteamericanos hablando un español lleno de vericuetos e inflexiones graciosas, pero no por ello menos agradable y bienintencionado.

Una pequeña galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Después de Babel

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Acabo de regresar de una semana pasada en la Riviera Maya; sitio de ensueño si los hay. Por allí pasan, hoy, decenas de etnias y de idiomas, así que caminar por cualquiera de sus calles o descansar en una de sus playas puede ser un entretenido juego de descubrimiento y de curiosidad sobre el grupo de personas que tenemos alrededor nuestro. Aunque el idioma que predomina es el inglés, es obvio que pueden escucharse muchos otros, algunos que suenan muy bonitos y otros que parecen sólo comunicarse por medio de órdenes (es la sensación que tengo al escuchar a los idiomas orientales, por ejemplo). El último día, como solemos hacer, nos “despedimos” comiendo unas clásicas quesadillas. Las muchachas que nos atienden hablan ente ellas en una lengua que sonaba delicadamente musical. No había en ese diálogo sílabas fuertes ni inflexiones que cortaran el diálogo en fragmentos menores, lo cual siempre brinda una sensación seca, cortante. Les preguntamos qué idioma es el que hablan y muy amables nos dicen que se trata del Q’anjob’al; una lengua derivada del maya antiguo y que sólo es hablado por menos de ochenta mil personas, la mayor parte de ellas habitantes de Guatemala y el sur de México. Ellas son de Chiapas (el único lugar en México donde se habla esta lengua) y agradecen con modestia no fingida los halagos que le hacemos a ese lenguaje tan bonito y musical. Una de ellas, ante mi incapacidad para pronunciar el término, me lo escribe en un papel para que yo pueda escribirlo aquí: Q’anjob’al. El único idioma nativo hablado por dos muchachas en una ciudad que parece ser un suburbio de Babel.

Zona Arqueológica Zirahuato

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De regreso de nuestra visita al santuario de las mariposas Monarca, nos encontramos en el camino con las ruinas de Zirahuato, las cuales no conocíamos ninguna de las cinco personas que íbamos en ese viaje. Claro está, ya que andábamos por allí nos desviamos unos pocos kilómetros hasta ellas.

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Las ruinas de Zirahuato no son muy extensas; en realidad se reducen a dos pirámides de distinto tamaño y poco más; las cuales se localizan en la vertiente sur del Cerro Zirahuato, desde la que se domina el valle de del mismo nombre. Se supone que desempeñaba una función estratégica para la vigilancia del paso de grupos provenientes tanto del centro de México, vía Toluca, como de los que transitaban desde el centro de Michoacán vía Tuxpan.
La sensación que se tiene al adentrarse en las ruinas es por demás curiosa; por un lado esto es debido a que se ingresa por lo que parece ser la parte central de la mayor de las pirámides y que en realidad es la plaza; por debajo de ella, siguiendo la ladera de la montaña, hay una ancha y extensa escalera de piedra, lo que hace parecer a la pirámide como mucho más grande de lo que es en realidad. El efecto psicológico es efectivo, sin duda. Desde la parte inferior de esta escalera uno tiene la sensación de estar viendo una pirámide enorme, cuando en realidad lo que se está observando es la cima de la montaña coronada con una pirámide de mediano tamaño.
Por otro lado, la segunda sensación que se apodera del observador es la increíble profundidad y belleza del valle de Zirahuato, el cual se abre unos trescientos cuarenta grados por todo alrededor (tan solo una montaña oculta una pequeña parte del paisaje; de los contrario la vista abarcaría toda la zona central de lo que hoy es el estado de Michoacán).

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Como dije hace poco tiempo, al hablar de Mil Cumbres (estamos dentro de la misma zona, sólo que un poco más lejos; incluso la ruta que tomamos fue la misma), es una pena que las fotografías no logren transmitir lo que veíamos desde la cima de esa montaña y de esa pirámide. Por un momento quienes estábamos allí imaginamos todo lo que veíamos cubierto sólo por el bosque que debería haber en aquella época; lo cual sólo acrecentó la sensación de maravilla del paisaje y del entorno.

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Parte de “mi” colección de petroglifos

Dije que ninguno de los que allí estábamos conocía de estas ruinas. Al volver a Morelia buscamos más información y encontramos otros muchos sitios arqueológicos que todavía no hemos visitado. Michoacán y México no dejan de depararme sorpresas.

Rodeado de mariposas (II)

16832105_1890685504476363_3721053779055840556_nAyer dije que la visita que hice no fue todo lo espectacular que esperaba, pero eso fue en un todo culpa mía; me habían contado tantas maravillas sobre su vuelo y había visto unas imágenes tan hermosas en diferentes sitios de la red que sólo fui con esa idea en mente; y eso, como se sabe, es un grosero error. La naturaleza no está allí para satisfacer nuestras necesidades, sino para hacer lo que sabe y debe hacer. Pero también dije que de ninguna manera podía decir que lo que vi allí no fue algo maravilloso.
20170219_110253De los altos pinos que nos rodeaban por doquier pendían racimos de mariposas que esperaban a que apareciera el sol para iniciar su vuelo. Hasta donde la vista se perdía los pinos rebosaban de grupos cerrados que a la distancia parecían panales o extraños frutos gigantescos. Cuando el sol apareció vimos a la distancia a un grupo que comenzó a volar en lo que parecía una coreografía fantástica. Poco a poco algunas se acercaron a donde nos encontrábamos y pudimos verlas frente a nosotros deteniéndose unos instantes en una hoja o en una rama para iniciar de inmediato su vuelo. Cuando el sol desaparecía también lo hacían ellas de manera casi inmediata; sólo alguna que otra quedaba dando vueltas por sobre nuestras cabezas por unos instantes más.

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Desde mediados a fines del mes de marzo las mariposas monarca comienzan su regreso a Canadá. Tal vez tenga la oportunidad de volver a visitarlas y, si el dios sol se aviene a hacerme el favor de aparecer en todo su esplendor, tal vez tenga la posibilidad de guardar en mi interior una de esas imágenes que uno sabe que nunca va a poder olvidar.

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