Sin rebelión en la granja

 

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Encendemos nuestra computadora o nuestro teléfono inteligente y allí está ese comentario que nos enoja o que nos encanta. Lo subió un amigo al que nunca hemos visto, el cual lo compartió de otro amigo, el cual… ¿Quién creó ese texto? no lo sabemos y la verdad es que no nos importa. Nos enoja o nos encanta y con eso tenemos suficiente. lo copiamos o lo reenviamos y nos transformamos en un nexo más entre el texto y el siguiente lector. El nivel de masificación al que hemos llegado en nuestros días es tal que un simple tweet de un usuario puede llegar literalmente a cientos de miles de personas en segundos. Pero parte del anonimato de Internet propicia que los movimientos en redes sociales no sean siempre perpretados por humanos. Países como Rusia o Estados Unidos han usado diversos engaños de esta clase para cambiar la opinión de la gente e influir especialmente en comicios electorales. Sólo hay que pasarse por un tweet para darse cuenta de cómo: granjas de clicks repletas de smartphones para generar o impulsar a estos movimientos.

 

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El escritor Jamie Bartlett, especialista en tecnología, subió un tweet el pasado día 11 de marzo con un vídeo extraordinario: estantes con al menos varias docenas de smartphones generando clicks en Internet. El vídeo proveniente de la cuenta English Russia mostraba que en una simple oficina se pueden generar cientos e incluso miles de interacciones en redes sociales. Diversos operadores desde unos ordenadores mandan comandos a los smartphones para que hagan automáticamente lo que se les ordena. No hace falta más que eso, varios cientos de smartphones funcionando al unísono para hacer lo que ellos quieran. Los usos de estas interacciones se cuentan en cientos; desde provocar viralidad en redes sociales hasta crear una opinión en Internet que se extienda con ciertos adeptos pasando por incluso fomentar fake news que favorecen a una ideología o movimiento político concreto.

 

La pregunta ¿Quién está detrás de todo esto? Carece de interés (debido, sobre todo, a la imposibilidad de respuesta). La pregunta que sí podemos hacernos es: ¿Qué haremos nosotros con esta información? Cada cual la responderá a su modo y según su buen parecer. Lejos de toda paranoia (ya no creo que nadie pueda negar que este tipo de cosas se hace a diario a lo largo y ancho de todo el mundo), tal vez lo mejor sea, como en antaño, volver a las viejas fuentes de información: los libros y el pensamiento que ellos alimentan. A veces el mejor avance es volver un poco sobre nuestros propios pasos.

Nota: sé que el enlace que puse más arriba a una cuenta de Twitter está “caído”; pero lo puse igual para demostrar cómo funcionan, también, las grandes redes sociales. De todos modos, si quieren verlo por ustedes mismos, pueden buscar “granja de smartphones” en su buscador o click farms en Youtube.

 

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Hitler, el multiuso

Es bien sabido que don Adolf Hitler fue, es y será el ser más malvado que haya pisado la faz de la Tierra. Nadie como él para ejemplificar el mal por el mal en sí, para señalar los extremos del autoritarismo y, sobre todo, para ganar discusiones. Sobre todo esto último, claro, porque lo que todo el mundo quiere es tener la razón y el mejor modo de hacerlo ante la falta de argumentos es acusar al otro de ser un nazi o de compartir ideas con el monstruo alemán.

Quien mejor notó esto fue Mike Godwin allá por la última década del siglo pasado, cuando estableció la llamada «ley de Godwin» o «Regla de analogías nazis de Godwin» (la cual es un enunciado y no una ley; pero sigamos llamándola como se la conoce hoy en día), la cual establece que: «A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno». Es decir, en toda discusión en internet, en algún momento uno de los contendientes acusará al otro de nazi o de émulo de Hitler.

 

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Godwin formuló la ley (o enunciado) basándose en los protocolos de Usenet; pero bien podemos extender esta conducta a toda la red. No hay más que leer cualquier discusión virtual para notar que esto es así. Lo que podemos aprender de esto es la puesta en práctica de la Ley de Godwin: Cuando alguien llega a este punto del que hablamos antes, la discusión se termina. Eso es lo más inteligente que podemos hacer: cuando en algún debate alguien saca a relucir la palabra «nazi» o «Hitler» hay que dejar la cuestión allí, porque el contrincante ha demostrado su incapacidad para debatir con la altura necesaria (salvo, claro, que estemos discutiendo, precisamente, asuntos como la WWII, la política europea del siglo XX o cuestiones similares, por supuesto).

 

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Todos los que no me agradan son Hitler – La guía infantil para la discusión política en línea

 

La red tiene, también, mucho de estupendo sarcasmo, y es así como encontré la imagen anterior, la cual remeda un libro infantil basado en la misma idea de la que venimos hablando. También encontramos una formulación muy anterior a la existencia de internet, la creada por el filósofo político judío alemán Leo Strauss, la llamada reductio ad Hitlerum (reducción a Hitler), argumentum ad Hitlerum o argumentum ad nazium, es decir, una falacia del tipo ad hominem, un ataque a la persona y no a sus argumentos.

De allí, entonces, que debamos salir corriendo ante la presencia de una persona que se comporta de esta manera al debatir cualquier tema; lo más probable es que nos encontremos frente a alguien que sólo conoce a dos tipos de personajes: Hitler y él mismo.

 

Tal vez…

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Imagínate que hubiera una máquina capaz de proporcionarte cualquier experiencia que quisieras.

¿Qué pasaría si todo cuanto desearas pudiera replicarse con una máquina tan exacta que fuera imposible notar la diferencia entre la copia y el original?

Una innovación tecnológica como esa, igual que el descubrimiento de la fuente de la juventud o el secreto de la vida eterna, te conectaría a una realidad más placentera que la propia vida real.

La «máquina de experiencias» se conectaría directamente al lóbulo prefrontal con nodos y cables unidos a un disco duro donde se programaría todo lo imaginable. Podría interactuar también con la memoria muscular para que los sistemas físicos del cuerpo, los brazos, las piernas, el tórax tuvieran contacto directo con la experiencia y replicaran las endorfinas propias de la actividad física.

Relaciones, aventuras, corazones rotos, riesgos, epifanías, alegrías y tristezas: todo podría articularse con tanta autenticidad que la experiencia real de esas actividades sería menos real, menos auténtica, que las que proporcionaría la «máquina de experiencias».

Hasta las sensaciones más complejas como la expectación, la derrota o la victoria, o lo que se siente al dirigir una película de éxito o al actuar ante una multitud de admiradores, todo podría emularse. Si fuera posible, si pudieras disfrutar de experiencias más humanas que las propias experiencias humanas, ¿lo harías?

¿O acaso ya lo has hecho… en internet?

El refugio de los cobardes

Todos conocemos a los famosos memes; esas fotografías graciosas que circulan por la red y que sirven para bromear como para criticar. El término meme fue creado por el biólogo Richard Dawkins para referirse a esa tendencia humana de copiar al otro (el término original de Dawkins fue memes del pensamiento; los cuales serían los equivalentes a los genes; mientras éstos pasan información de un individuo a otro, los primeros hacen lo mismo con las ideas). Mejor lo ilustrará un ejemplo:

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El tonto de la fotografía no sabe que la gorra puesta hacia atrás fue una necesidad de los jugadores de béisbol, los cuales comenzaron a darla vuelta cuando entraban a terreno de juego para batear y poder tener una mejor visión. De allí lo tomó la cultura del hip-hop y de allí se extendió por todos lados. El meme del pensamiento hace que la gente pierda de vista hasta el sentido mismo de las cosas, como este muchacho que parece no saber para qué sirve la visera de su propia gorra.

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Bien; los memes, luego han pasado a ser tan útiles en su función graciosa que andan por todos lados haciendo lo que saben hacer mejor: burlarse de todo. Es por eso que muchos políticos pensaron que lo mejor sería, lisa y llanamente, prohibirlos (los políticos parecen no cansarse de su estupidez, por lo visto). Así, en 2014 el legislador chileno Jorge Sabag propuso una ley que imponía cárcel y sanciones para quienes insultaran a las autoridades a través de las redes sociales. Su principal objetivo era acabar con los memes usados para agraviar a la autoridad; el Partido Popular de España (PP) propuso algo similar en el 2016; en indonesia, la ley de Información y Transacciones Electrónicas castiga cualquier comunicación electrónica que incite al miedo o a la vergüenza por delito de difamación; y por último, en México; la diputada suplente del Partido Verde, Selma Gómez Cabrera presentó la propuesta de Ley de Responsabilidad Civil para la Prohibición del Derecho a la Vida Privada, el Honor y la Propia Imagen del Estado (ay, señor, cómo le gustan las mayúsculas a esta gente). Gómez quería regular los memes para “proteger a la familia y a la sociedad”.

memes (4)Bien; más allá de los rimbombantes títulos y objetivos de estos fallidos intentos de censura, hay que reconocer que esta gente algo de razón tiene. Hoy, cualquier tonto con acceso a internet puede difamar a quien quiera y como quiera. Además, ni siquiera dejan rastro para poder ubicarlos y castigarlos como corresponde; ya que abren una cuenta falsa en un ciber y listo, a desperdigar mentiras y falsedades a los cuatro vientos. Después, tal como bien lo sentenciara José Saramago, “La voz pública que, como sabemos, es capaz de jurar lo que no vio y afirmar lo que no sabe” se ocupará de esparcir esas calumnias con absoluta presteza, sabiendo que ninguna consecuencia caerá sobre sus cabezas.
¿Qué hacer entonces? No tengo respuesta a esta pregunta. Lo único que sé que es los llamados troll son una especie que aúna malicia con cobardía y que prohibir no siempre es el camino más seguro ni el más adecuado; pero tampoco puede dejarse sin castigo a quienes se escudan en el anonimato para dar rienda suelta a su odio o a su estupidez.

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Compartiendo incunables.

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Días primero y segundo.

La bendita internet tiene, entre sus muchos, muchísimos puntos a favor, uno que para un pobre como yo es una fuente constante de placer y satisfacción: el poder “coleccionar” libros antiguos. Acabo de encontrar una versión maravillosamente digitalizada de Crónicas de Nuremberg, libro considerado como uno de los incunables más preciados.

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Días tercero y cuarto.

Las crónicas de Núremberg (1493) fue escrito por Hartmann Schedel e ilustrado con xilografías de Michael Wolgemut. Representa un lugar monumental en la historia del libro impreso como uno de los textos más hermosamente ilustrados de todos los tiempos. De aproximadamente  600 páginas in-folio (763 en la versión digitalizada que encontré), contiene 1.804 xilografías que comunican al público el cronograma de eventos predeterminado por Dios, comenzando con la Creación y concluyendo con el fin de los tiempos. Schedel comienza su narración de la cosmogonía con el recuento del Antiguo Testamento de la creación misma y dedica el prefacio a describir el proceso del día a día de cómo el mundo llegó a ser. Sin embargo, Schedel también hace aparente cómo algunas fuentes antiguas, paganas, influenciaron el texto, y menciona a autores como Platón, Aristóteles y Plinio para “humanizar” su discurso.

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Días quinto y sexto.

Comparto aquí los siete grabados que corresponden a los siete días de la construcción del universo en el Libro del Génesis, que gradualmente crecen en complejidad para albergar las ordenanzas de las escrituras sagradas; cada ilustración remite a uno de los días de la creación, los cuales no voy a detallar por ser demás conocidos.

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Día séptimo.

El libro completo (tan hermoso que hasta me dan ganas de ponerme guantes blancos para manejar el mousse) puede ser visto en línea o descargarse de aquí:  (Dato al margen: lo más bonito comienza a partir de la página setenta).

Achicando el círculo.

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Hablé ayer de cierto hastío o cansancio provocado por políticos o religiosos. Pensaba hoy hablar de uno de esos temas, pero lo dejaré para más adelante. Hoy quiero aclarar un poco lo que debí haber dicho ayer. Para empezar, el cansancio por esos temas está potenciado por la mediocridad que se encuentra en la población en general. Los políticos y religiosos son harina de otro costal, no es nuevo que estas personas viven de la miseria ajena; pero que sean los mismos miserables quienes los aplaudan, potencien apoyen y defiendan me parece la quintaesencia del patetismo. Intentar discutir con alguien de cualquiera de estos temas es adentrarse en un terreno plagado de lugares comunes, conceptos mal entendidos o, lisa y llanamente, maledicencia o estupidez.

Es un lugar muy común oír la expresión “Yo no discuto de política o religión” (suele completarse la tríada con el fútbol). ¿Y por qué no discutir, precisamente, de temas tan importantes? El problema no está en los temas en sí; sino en los oponentes. Todo el mundo está convencido o más que convencido de que es él quien tiene razón y con eso es suficiente. No cabe la más mínima posibilidad de que el otro pueda tener algún argumento válido o alguna idea que enriquezca los puntos de vista, no. El otro es siempre un ignorante que no entiende nada. Eso de ignorante no es gratuito; es el insulto preferido de quienes suelen participar de estas discusiones que deberían ser un ámbito de enriquecimiento y de debate (¿tal vez habría que cambiar de términos y dejar de llamarlo “discusión”?

La clase media suele ser la peor de todas. La clase media es, hoy, aquella que ha logrado cierto nivel de vida que le permite acceder a comodidades varias, las cuales se traducen en la posesión de objetos: el primero de ellos, la TV; el segundo la computadora y el acceso a internet y luego vienen, de ser posible, el auto y los demás aparatos domésticos. Estoy seguro de que uno puede medir el nivel intelectual de los habitantes de una casa midiendo el tamaño de la TV. Generalmente la proporción es directamente inversa: a mayor tamaño de la TV menor la capacidad intelectual de sus propietarios. Lo mismo ocurre con internet: a mayor tiempo frente a la pantalla, menor capacidad crítica. Y así nos va. Impedidos de comunicarnos si no es por medio de mensajitos inocuos o de salas de chat que nunca pueden transmitir las cadencias y las inflexiones de nuestra maravillosa voz, vamos alejándonos los unos de los otros, vamos separándonos físicamente y vamos dejando de discutir, dialogar o debatir, términos todos que entre personas adultas y bien entendidas son casi sinónimos, porque lo que prima es el compartir con el otro, no el meter un gol de media cancha con un pseudo argumento; quienes así se comportan ni siquiera tienen en cuenta que, en una discusión, gana más el que pierde, porque al menos aprende algo.

El otro valor de las palabras.

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Leer lo que se dice por las redes sociales puede ser un buen ejercicio; no digo leer sólo lo que se sube, sino leer el por qué se publican esas cosas. Si nos fijamos bien, la mayor parte de los mensajes tiene que ver con cuestiones sentimentales. En general a favor de esos sentimientos que siempre han sido parte integral de nuestro ser; pero también algunos en sentido inverso denostando, sobre todo, al sentimiento más fuerte en toda la historia de la humanidad: el amor. No está mal que éste sea puesto en una situación de análisis; después de todo, los tiempos cambian y es lógico que cambien nuestras percepciones, incluidas, claro está, aquellas sobre lo que sentimos por los otros y, en especial, por ése otro al que pretendemos con más fuerza que a los demás. En general me parece haber notado algo casi ubicuo en estos asuntos. Creo que el mensaje que subyace a todos estos otros de tono menor y que oscilan entre el lugar común y la broma torpe es que nuestra necesidad humana más profunda no es en absoluto material; sino que esta necesidad es la de ser vistos; ser observados y valorados por los otros. A pesar de toda esa palabrería que dice “somos seres completos, no necesitamos de nadie” todos estamos en el mismo barco: el de los que piden a gritos que no nos dejen solos. Nuestro constante deambular por una sociedad capitalista, mediocre y cada vez más estúpida nos dice que también necesitamos aventura, necesitamos significado, necesitamos identidad. En síntesis: necesitamos amor. Alguien que no nos ve a través de ojos amorosos no ha despertado de las filas de los entes muertos. La mayoría de las personas no soportan el estrés terminal de caminar por el mundo sin ser vistas, no se tolera por mucho tiempo el ser un simple número o uno de los dientes del engranaje en una máquina sin vida. El amor, cuando es una búsqueda madura y superadora (y no meramente una cuestión compensadora), es un espacio de creación y de reparación. Hace más que ayudarnos a sobrevivir en un mundo sin alma; nos ayuda a transformarnos.”