Confucio y la escuela de hoy

 

Confucio estatua bronce manos juntas

 

Tuvo pocos discípulos en su vida. El prestigio llegó después de su muerte, al difundirse su pensamiento. En los Cuatro Libros Shu se atribuye a Confucio el siguiente discurso, que resume sus teorías morales:

“Nuestros antiguos sabios practicaron la observancia de las tres leyes fundamentales de relación: entre los soberanos y los súbditos, entre los padres y los hijos y entre el esposo y la esposa, así como el cultivo de las cinco virtudes capitales. Basta nombrarlas para que comprendan su excelencia o necesidad. Son estas virtudes:
1) La humanidad, o sea el amor universal entre todos los de nuestra especie sin distinción.
2) La justicia, que da a cada individuo lo que es debido, sin favorecer a uno sobre otro.
3) La conformidad con los ritos prescritos y usos establecidos de la sociedad, a fin de que sus miembros tengan un mismo modo de vida de igual participación en las ventajas e inconvenientes de la misma.
4) La honradez, o sea la rectitud de espíritu y corazón que nos induce a buscar en todo la verdad, y a desearla sin engañarse uno mismo ni a los otros.
5) La sinceridad o buena fe, es decir, la franqueza de corazón que excluye todo fingimiento y disfraz, en conducta en palabras.
Todo lo anterior hizo a nuestros maestros respetables durante sus vidas e inmortalizó su nombres después de la muerte. Tomémoslos por modelos, empleemos nuestros esfuerzos por imitarlos”.

Dos mil doscientos años y aún la sencillez es la que gobierna. No hacen falta tratados de mil páginas explicando el ser y sus alcances. Por lo menos como base moral, Confucio (junto con algunos otros), sigue siendo una cima.

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Ante la ley

 

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William Blake – Newton

 

«Cuando un león come a un hombre, y un hombre come un buey, ¿por qué el buey está más hecho para el hombre que el hombre para el león?» Es una pregunta que se hizo ya en 1656 Thomas Hobbes en Questions Concerning Liberty, Necessity, and Chance. Esa pregunta que coloca en el centro del debate cuál es el lugar que los hombres tenemos dentro de nicho ecológico conocido como Tierra, recién está comenzando a plantearse seriamente ahora, trescientos cincuenta años después de que fuera formulada por el filósofo inglés.

La frase de Hobbes me recordó de manera inmediata a otra de William Blake que ya he citado aquí un par de veces; pero sólo lo hizo de manera tangencial, ya que sólo poseen en común las referencias zoológicas. Dijo Blake en su Proverbios del infierno: «La misma ley para el buey y el león es opresión».

En sentido estricto, son diametralmente opuestas. De todos modos, la unión de ambas frases sirve para pensar el tema de la ecología y de nuestro lugar dentro de la comunidad animal. Por un lado tenemos a Hobbes, quien nos recuerda que no somos más que un tipo específico de animal; en muchos casos no mejor ni peor que muchos otros. Blake, en cambio, nos recuerda que si bien estaría de acuerdo con su coterráneo, tampoco debemos exagerar en los asuntos de la igualdad animal. La moral es un imperativo que, cuando se exagera en sus límites, pasa a ser bastante dañina, así que hay que tener mucho cuidado con dónde trazamos el límite.

Lo que saben los poetas

 

José Emilio Pacheco

 

La moral es algo móvil y que se adapta a los tiempos. Pero hay algunos códigos morales que no pueden ser modificados sin que cambie lo que tenemos de intrínsecamente humanos. En ese sentido, la moral es siempre la misma: imperecedera y eterna. Uno de esos códigos (uno de esos imperativos, estoy tentado a decir) es el de no ser, jamás, un cobarde acomodaticio. La razón de nuestro propio sentido de humanidad no puede estar sujeta a conveniencias particulares. Los poetas lo saben bien (¿Quién como ellos para defender el valor de la palabra y de todo lo que ella implica?) y José Emilio Pacheco en Moralidades legendarias, poema incluido en su Irás y no volverás, de 1973; lo dice como siempre: alto y claro.

Moralidades legendarias

Odian a César y al poder romano.
Se privan de comer la última uvita
pensando en los esclavos que revientan
en las minas de sal o en las galeras.
Hablan de las crueldades del ejército
en Iliria y en las Galias.
Atragantados
de jabalí, perdices y terneras
dan un sorbo
de vino siciliano
para empinar los labios pronunciando
las más bellas palabras:
la uuumaaaniiidaad, el ooombreee todas ésas
—tan rotundas, tan grandes, tan sonoras—
que apagan la humildad de otras más breves
—como, digamos por ejemplo, gente.

Termina la función. Entran los siervos
a llevarse los restos del convite.
Entonces los patricios se arrebujan
en sus mantos de Chipre.
Con el fuego del goce en sus ojillos
como un gladiador que hunde el tridente,
enumeran felices los abortos
de Clodia la toscana,
la impotencia de Livio, los avances
del cáncer en Vitelio.
Afirman que es cornudo el viejo Claudio
y sentencian a Flavio por corriente,
un esclavo liberto, un arribista.

Luego al salir despiertan a patadas
al cochero insolado
y marchan con fervor al Palatino
a ofrecer mansamente el triste culo
al magnánimo César.

 

La conciencia conservadora

 

Execution by Guillotine in Paris during the French Revolution, 1790s (1793-1807).

Pierre Antoine De Machy

 

Me encontraba en la playa, disfrutando del agua y pensando en lo que había escuchado el día anterior, aquellas palabras de Derrida que decían «No hay nada fuera del texto» cuando, al intentar profundizar un poco en esa idea, escuché con claridad a la famosa «voz de la conciencia» (y siempre se la nota con claridad cuando dice cosas como esta, lo cual no siempre sucede en otras ocasiones en las que sería muy necesario su consejo o punto de vista) diciendo: «No tienes la capacidad para ello». Me detuve de inmediato. Me di cuenta de que la voz de mi conciencia, al menos en ese momento, tenía la voz de mi madre. «Por supuesto que tengo la capacidad suficiente» me dije; entonces ¿De dónde provenía esa idea castradora y totalmente negativa? Bueno, evidentemente la voz era real en la medida en que ese tipo de frases, con las modificaciones del caso, eran las que solía escuchar en boca de mi madre. Seguí adelante: el paso siguiente fue establecer qué es la conciencia, y la respuesta clásica vino a mi mente de manera inmediata: la conciencia es la voz de la reserva moral. Bien, pero ¿Qué es la moral? ¿El conjunto de reglas que determina la conducta adecuada y socialmente aceptable? En parte, sí; pero también sería la continuación de la voz moral de nuestros padres; es decir, del conservadurismo, de la tradición, de los límites, del control. Y como ya lo estableció Nietzsche en La genealogía de la moral, en este caso esa conducta sería la voz moral del poder; el cual, como bien sabemos, tiende, naturalmente, a ser conservador.

Como la moral no es algo fijo e inamovible, sino que se modifica con el paso del tiempo, establecer reglas morales rígidas es el peor error que se comete en relación a la educación de nuestros hijos. Lo que debe enseñárseles es la importancia del comportamiento moral y la búsqueda de sus propias reglas; no la obligada perpetuación de reglas que para ellos bien pueden estar perimidas.

Aquietar la conciencia negativa es, entonces, un trabajo circular. Decapitar a nuestros padres es aquietar la conciencia negativa y aquietar la conciencia negativa es decapitar a nuestros padres. Hacerlo de manera definitiva es nuestra tarea; hacerlo y enseñárselo a los que vienen detrás. Antes que nada, la coherencia.

La lámpara

 

Diógenes

 Jean-Léon Gérôme – Diogenes in Barrel Surrounded by Dogs

Una de las imágenes clásicas de la filosofía antigua es la de Diógenes recorriendo el mercado en pleno día con su lámpara al grito de «¡Busco un hombre, busco un hombre!»

Ateniéndome a lo obvio, pienso que una lámpara es útil sólo mientras alumbra nuestro camino o como Diógenes, mientras se busca algo; pero luego, saliendo un poco de esa obviedad que es inevitable en un primer momento, también veo que muchas personas han dejado la lámpara en algún punto del camino y que ésta, desde allí, los alumbra, arrojando sombras cada vez más largas a medida que el caminante se aleja. Para algunos ese punto está anclado en el día en que se recibieron, para otros el día en que se casaron, para otros el día en que consiguieron una medalla o un premio, para otros el día en que perdieron algo o a alguien, para otros… Sea como fuere, veo, no sin cierta pena, que todas esas personas determinan sus pasos según esa fuente de luz cada vez más lejana. Así, encuentro personas que siguen pensando lo mismo que hace treinta años, otros que no han vuelto a enamorarse nunca, otros que viven aferrados a una diminuta gloria de antaño, otros que ya no sienten empatía alguna porque ellos alguna vez sufrieron y ese sufrimiento no los abandona.

Andar con la lámpara siempre encendida y sostenerla siempre con el brazo en alto frente a nosotros se me hace indispensable. Pero ese soy yo y eso no me da derecho a decir que eso es lo correcto o que así deben ser las cosas. Yo soy yo y vivo según mis reglas y mis necesidades y los demás tienen derecho a hacer lo que consideren mejor para sí mismos. De todos modos, no puedo dejar de sentir cierta pena por quien ha dejado su luz atrás, del mismo modo que no puedo dejar de sentir cierto rechazo por esas personas que andan siempre precedidas por sombras largas. Pero ese, repito, sólo soy yo.

Tortura para todos (II)

7472886_origZero Dark Thirty, dirigida por Kathryn Bigelow

El cine, como la TV, la radio y los periódicos, sirve para entretener o informar tanto como herramienta propagandística (quien suponga que ando pensando en términos de conspiraciones paranoicas puede revisar la historia. Desde El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith hasta John Wayne, pasando por la propaganda alemana de Leni Riefenstahl o por los cortos animados de Disney, el cine contiene una larga lista de hacedores propagandísticos bien cercanos a los círculos de poder del momento). Pero al menos había, en estos filmes, ciertos códigos morales que incluso eran parte de la propaganda misma. Por ejemplo: los buenos eran muy buenos y los malos eran muy malos. Esto parece una tontería, pero no lo es en absoluto. Esa delimitación tan tajante hacía que el héroe de turno (digamos, John Wayne), jamás golpeara a un hombre caído o jamás le disparara a un hombre desarmado o lo hiciera cuando éste le daba la espalda. El héroe no sólo era bueno, también debía mostrar esa bondad.
Pero ahora resulta que el cine y las series de televisión comenzaron a mostrar otra cara de la situación y, que esto no nos llame la atención en lo más mínimo, de donde proviene esta nueva faceta “heroica” es de los Estados Unidos. Me refiero a que desde hace un tiempo vengo observando un fuerte discurso a favor de la tortura. La propaganda, afín a los tiempos que corren, es de las más estúpidas que he visto; generalmente hay una bomba atómica (o algo igual de malo) a punto de matar a un montón de niños (o algo igual de tierno) y el héroe debe hacer lo necesario para detener al malo en cuestión (el cual hoy es uno solo: un terrorista. El ejemplo no es descabellado, está tomado de la serie 24, protagonizada por Kiefer Sutherland).
La nombrada 24, Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow (directora asociada directamente con el pentágono); The Blacklist, y Chicago PD (serie que no he visto pero que se promociona desde ese punto de vista: el héroe usará cualquier método para atrapar a los criminales. Punto.) entre otras que seguramente se me han escapado, hacen de la tortura una herramienta más, totalmente válida y lo que es peor: perfectamente moral.

tortura 2424, protagonizada por Kiefer Sutherland.

De allí que la entrada de ayer haya quedado casi sin terminar, con esas preguntas flotando en el aire para que cada cual las responda a su modo y buen entender. Por mi parte sigo pensando como siempre lo he hecho: considerando a la tortura como algo intrínsecamente inmoral. No admito su existencia por más propaganda que se haga a su favor y como miembro de una sociedad que se presume civilizada, no acepto que mi gobierno la use bajo ningún concepto. Sé que esto puede sonar naïv en los tiempos que corren, pero decir no es una prerrogativa de la democracia y cuando nosotros no decimos no, luego no podremos quejarnos cuando las cosas no funcionan.

Tortura para todos (I)

Aldo Moro
En 1978 las Brigadas Rojas italianas secuestran al ex Primer ministro Aldo Moro. Pedían en intercambio de su liberación la puesta en libertad de algunos presos de esa organización y el reconocimiento legal de la misma. Por ese entonces, la policía tenía en custodia a un integrante de ese grupo revolucionario que se suponía que sabía dónde se encontraba el político italiano, pero este detenido se negaba a cooperar con las autoridades. Días después, Aldo moro aparece muerto en el maletero de un automóvil, en pleno centro de Roma.
Muchos se preguntaron por aquel entonces porqué las autoridades no hicieron todo lo posible para obtener esa información que el detenido poseía. En otras palabras: muchos se preguntaron por qué las autoridades no torturaron al detenido para obtener la confesión que podría haber salvado a Aldo Moro. La respuesta del gobierno fue de una altura moral pocas veces igualada en cualquier tiempo: “El Estado Italiano no puede darse el lujo de torturar a una persona”.
El problema moral no es menor: ¿Es lícito cometer un delito para prevenir otro delito? ¿Y quién determina la magnitud de uno y de otro y establece que sí es válida tal actitud? ¿Quién de nosotros puede determinar quién puede ser torturado, cómo, y por cuánto tiempo? Y si decimos que una democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo ¿Podríamos aceptar —como sociedad— la responsabilidad de la tortura o de la muerte?

tortura

Nota: la entrada de hoy puede contener algún dato levemente erróneo, ya que la escribí de memoria. De todos modos el punto central no es la historia de Aldo Moro, sino las preguntas que dejo al final. Todo parte de algo que noté en estos últimos tiempos, que llamó mi atención y que me hizo reflexionar sobre este tema, el cual terminará mañana.