Tortura para todos (II)

7472886_origZero Dark Thirty, dirigida por Kathryn Bigelow

El cine, como la TV, la radio y los periódicos, sirve para entretener o informar tanto como herramienta propagandística (quien suponga que ando pensando en términos de conspiraciones paranoicas puede revisar la historia. Desde El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith hasta John Wayne, pasando por la propaganda alemana de Leni Riefenstahl o por los cortos animados de Disney, el cine contiene una larga lista de hacedores propagandísticos bien cercanos a los círculos de poder del momento). Pero al menos había, en estos filmes, ciertos códigos morales que incluso eran parte de la propaganda misma. Por ejemplo: los buenos eran muy buenos y los malos eran muy malos. Esto parece una tontería, pero no lo es en absoluto. Esa delimitación tan tajante hacía que el héroe de turno (digamos, John Wayne), jamás golpeara a un hombre caído o jamás le disparara a un hombre desarmado o lo hiciera cuando éste le daba la espalda. El héroe no sólo era bueno, también debía mostrar esa bondad.
Pero ahora resulta que el cine y las series de televisión comenzaron a mostrar otra cara de la situación y, que esto no nos llame la atención en lo más mínimo, de donde proviene esta nueva faceta “heroica” es de los Estados Unidos. Me refiero a que desde hace un tiempo vengo observando un fuerte discurso a favor de la tortura. La propaganda, afín a los tiempos que corren, es de las más estúpidas que he visto; generalmente hay una bomba atómica (o algo igual de malo) a punto de matar a un montón de niños (o algo igual de tierno) y el héroe debe hacer lo necesario para detener al malo en cuestión (el cual hoy es uno solo: un terrorista. El ejemplo no es descabellado, está tomado de la serie 24, protagonizada por Kiefer Sutherland).
La nombrada 24, Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow (directora asociada directamente con el pentágono); The Blacklist, y Chicago PD (serie que no he visto pero que se promociona desde ese punto de vista: el héroe usará cualquier método para atrapar a los criminales. Punto.) entre otras que seguramente se me han escapado, hacen de la tortura una herramienta más, totalmente válida y lo que es peor: perfectamente moral.

tortura 2424, protagonizada por Kiefer Sutherland.

De allí que la entrada de ayer haya quedado casi sin terminar, con esas preguntas flotando en el aire para que cada cual las responda a su modo y buen entender. Por mi parte sigo pensando como siempre lo he hecho: considerando a la tortura como algo intrínsecamente inmoral. No admito su existencia por más propaganda que se haga a su favor y como miembro de una sociedad que se presume civilizada, no acepto que mi gobierno la use bajo ningún concepto. Sé que esto puede sonar naïv en los tiempos que corren, pero decir no es una prerrogativa de la democracia y cuando nosotros no decimos no, luego no podremos quejarnos cuando las cosas no funcionan.

Tortura para todos (I)

Aldo Moro
En 1978 las Brigadas Rojas italianas secuestran al ex Primer ministro Aldo Moro. Pedían en intercambio de su liberación la puesta en libertad de algunos presos de esa organización y el reconocimiento legal de la misma. Por ese entonces, la policía tenía en custodia a un integrante de ese grupo revolucionario que se suponía que sabía dónde se encontraba el político italiano, pero este detenido se negaba a cooperar con las autoridades. Días después, Aldo moro aparece muerto en el maletero de un automóvil, en pleno centro de Roma.
Muchos se preguntaron por aquel entonces porqué las autoridades no hicieron todo lo posible para obtener esa información que el detenido poseía. En otras palabras: muchos se preguntaron por qué las autoridades no torturaron al detenido para obtener la confesión que podría haber salvado a Aldo Moro. La respuesta del gobierno fue de una altura moral pocas veces igualada en cualquier tiempo: “El Estado Italiano no puede darse el lujo de torturar a una persona”.
El problema moral no es menor: ¿Es lícito cometer un delito para prevenir otro delito? ¿Y quién determina la magnitud de uno y de otro y establece que sí es válida tal actitud? ¿Quién de nosotros puede determinar quién puede ser torturado, cómo, y por cuánto tiempo? Y si decimos que una democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo ¿Podríamos aceptar —como sociedad— la responsabilidad de la tortura o de la muerte?

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Nota: la entrada de hoy puede contener algún dato levemente erróneo, ya que la escribí de memoria. De todos modos el punto central no es la historia de Aldo Moro, sino las preguntas que dejo al final. Todo parte de algo que noté en estos últimos tiempos, que llamó mi atención y que me hizo reflexionar sobre este tema, el cual terminará mañana.

Afilando la pluma

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A veces no entiendo cómo Don Quijote no se cansaba de arremeter contra los molinos de viento y se volvía a la tranquilidad de su finca y de sus tierras. No estoy hablando de que volviera a la cordura y se diera cuenta del desatino de sus aventuras, no; me refiero al puro y simple cansancio de pelear contra fantasmas o, peor aún, de pelear por aquella (por aquellos, digo yo trayendo agua para mi molino) que no tienen la más mínima intención o el menor deseo de ser salvados o, que si lo son a pesar de ellos, ni siquiera son agradecidos ni demuestran el mínimo respeto. Como dijo José Ingenieros en el noveno capítulo de Las fuerzas morales: “El ignorante vive tranquilo en un mundo supersticioso, poblándolo de absurdos temores y de vanas esperanzas; es crédulo como el salvaje o el niño. Si alguna vez duda, prefiere seguir mintiendo lo que ya no cree; si descubre que es cómplice de mentiras colectivas, calla sumiso y acomoda a ellas su entendimiento”.

Qué bello es leer a quien escribe sin temor ni repara en lo que la masa dirá, sabiendo que la verdad está de su lado y sabiendo que esto los hace estar más solos, pero no menos fortalecidos por ello. Pienso también en Almafuerte, en Montaigne, en Meslier, y en tantos otros que tuvieron que llegar a esconderse para poder decir lo que pensaban.

Para terminar, regreso al famoso monólogo que Edmund Rostand puso en boca de Cyrano de Bergerac. Toda la moral heroica se manifiesta aquí; toda esa moral que los hombres deberían poner en práctica si es que realmente quisieran llamarse, de verdad, hombres:

(Nota para comprender el contexto de la escena: Cyrano le habla a un amigo, quien le aconseja prudencia. La segunda parte Cyrano la pronuncia solo, en su habitación).

“¿Qué quieres que haga? ¿Buscar un protector, un amo tal vez y como hiedra oscura que sobre la pared medrando sibilina y con adulación cambiar de camisa para obtener posición?
No, gracias.
¿Dedicar si viene al caso versos a los banqueros, convertirme en payaso, adular con vileza los cuernos de un cabestro por temor a que me lance un gesto siniestro?
No, gracias.
¿Desayunar cada día un sapo? ¿Tener el vientre panzón? ¿Un papo que me llague las rodillas con dolencias pestilentes de tanto hacer reverencias?
No, gracias.
¿Adular el talento de los canelos, vivir atemorizado por infames libelos, y repetir sin tregua “Señores, soy un loro, quiero ver mi nombre en letras de oro”?
No, gracias.
¿Sentir temor a los anatemas? ¿Preferir las calumnias a los poemas, coleccionar medallas, urdir falacias?
No, gracias; no, gracias; no, gracias…interior_rostand_cyrano_frontis

Pero cantar… soñar…. reír, vivir, estar solo

ser libre
tener el ojo avizor
la voz que vibre
ponerme por sombrero el universo,
por un sí o un no batirme o hacer un verso
despreciar con valor la gloria y la fortuna,
viajar con la imaginación a la luna,
sólo al que vale reconocer los méritos,
no pagar jamás por favores pretéritos,
renunciar para siempre a cadenas y protocolo…
Posiblemente no volar muy alto,
pero solo.

 

El mejor título (historia aplicada)

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Hace un tiempo crucé un par de comentarios con Julie Sopetrán con respecto a un par de historias que teníamos en común. Ambos habíamos encontrado a sendos perros en la ruta o en la calle, maltratados, hambrientos, sucios, y los habíamos adoptados. Ambos animales (Wise, el de Julie; Donna, la mía) vivieron luego muchos años a nuestro lado y, más allá de que nosotros, las personas, pongamos en ellos actitudes que nos son propias, Julie y yo podemos asegurar que esos dos perros fueron compañeros sumamente agradecidos.

Ahora me voy para otro lado. En mi adolescencia me sentí fuertemente atraído por la ciencia ficción y creo que, salvo dos o tres autores de “los de siempre”, tuve un par de años en que lo único que leí fueron novelas y cuentos de ciencia ficción. Uno de ellos me llamó la atención por lo curioso de su título (y eso que la CF es una maestra en cuestiones de rareza): ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? El autor era Philip Dick y ha quedado como uno de los pocos que aún sigodick-2 leyendo de ese género.

Voy a sintetizar la novela lo más que pueda: En el futuro los hombres han destruido tanto al medio ambiente que casi extinguieron a todos los animales (aclaración, la novela es de 1969, bastante antes de que se pusieran de moda los temas ecológicos); entonces la moral se demuestra cuidando a los animales que sobrevivieron al holocausto humano; y hasta tal punto esto es importante que se ha creado una empresa que hace animales eléctricos (indistinguibles de los biológicos) así todos pueden pasearse con uno de ellos y demostrar que son seres morales y no unos perversos crueles e inhumanos. Si una persona demuestra poca empatía hacia los animales, es un psicópata o un replicante. ¿Y qué es un replicante? Pues son copias de los humanos que creamos para que trabajaran por nosotros en sitios tan inhóspitos como las lunas de Saturno o de Júpiter. Ahora bien, estos replicantes tienen una dick-1vida de cuatro años, no más; ya que al ser mucho más fuertes e inteligentes que los humanos que los crearon pueden ser un problema. Claro, cada tanto un replicante se escapa de donde esté y vuelve a la Tierra (cosa que tienen prohibida), como lo hacen cuatro en la novela. Y el objetivo de su regreso es que ellos no quieren morir. Eso es todo; no quieren morir y regresan para que les permitan alargar sus vidas. Ahora bien, Rick Deckard es un policía cuya tarea es eliminar a los replicantes que regresan a la Tierra y eso es lo que hace; los elimina uno a uno; pero… ¿es moral hacerlo? ¿Con qué derecho un humano puede matar a un clon humano? Y aquí es donde entra el maravilloso título de la novela: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Si la respuesta es sí, no se debería matarlos, ya que han demostrado tener una alta categoría moral.

Es un título extraño, lo sé; pero me parece maravilloso que el título no sólo sea un mero accesorio del texto, sino que dialogue con él y lo complete. Un androide como yo, que ando por este mundo un poco más de tiempo que un replicante (y me atrevería a incluir a Julie en esta categoría, pero no le pedí permiso y no quiero que se ofenda por llamarla androide, aunque lo haga cariñosamente), siente que también es maravilloso que ese título siga cuestionándome de manera constante, aun cuando los años pasen. Si los androides sueñan con ovejas eléctricas, tú, Borgeano ¿con qué sueñas?

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Equilibrio

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A raíz de la entrada de hace unos días titulada Fondos congelados, donde hablé de un mural de Diego Rivera, una amiga feminista me dijo que Rivera no era de su agrado por la forma en que trató a Frida Kahlo. Palabra por palabra, eso fue lo que dijo y sostuvo.

Por mi parte, siempre he tratado de separar al creador de su obra, aunque reconozco que a veces eso no es algo sencillo de conseguir. Borges dijo que al poeta hay que juzgarlo por sus mejores versos; Jesús, con no menos literatura ni moral, dijo quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Entonces la pregunta que hay que hacerse ahora es ¿Es la obra de Rivera (o la de quien fuere) menor debido a alguna falencia personal o, incluso, moral? Sigo creyendo que no. La obra habla por sí misma y aunque también lo hace, claro está, por el artista que la creó, la obra trasciende a la persona y la justifica y la ennoblece. Lo mismo, creo, deberíamos hacer nosotros: trascender a ciertos asuntos mundanos y ponerlos en su tiempo y en su contexto y no ser tan duros con los demás como flexibles somos con nosotros mismos.

Apología del mediocre

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Quienes me conocen saben bien que una de las cosas que más detesto es la televisión. Saben, también, que me niego siquiera a tener el maldito aparato conmigo; pero que de tanto en tanto accedo a ella muy a pesar mío. En esos casos intento disfrutar lo que haya en la pantalla, si eso es posible; de lo contrario, simplemente analizo lo que tengo delante y por lo general confirmo mi idea original de mantenerme alejado de ella.

Hace una semana pasé unos días con unos amigos en cuya casa, de manera inevitable, se veían dos o tres programas sin faltar nunca a la cita. Hoy hablaré de uno de ellos, dentro de unos días, de otro.

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Como habrán notado, hoy voy a hablar de La isla; un programa donde un grupo mixto de personas debe cumplir con ciertos retos físicos y donde son eliminados uno a uno hasta que queda el ganador, quien se lleva cierta suma de dinero. Hasta aquí nada novedoso, nada extraño, nada criticable. Esto último viene cuando un inconformista como yo tiene que mirar esto durante varios días. Lo primero que se me ocurre es, como es lógico, lo que se ve en la superficie: ninguno de los retos implica la inteligencia; no vaya a ser cosa que a la muchachada se le caigan las neuronas al tener que enfrentarse a un problema de regla de tres simple; lo segundo que noto es que la fauna reunida allí no es representativa de sociedad alguna. Como podrán ver por las fotografías que ilustran esta entrada, los cuerpos de los hombres y mujeres que allí se muestran son todos ideales para ser observados y deseados. Punto. No hay cabida en esa isla para los Gilligans de la historia. Y no se me vayan, que ahora viene lo peor.

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Lo más repugnante de este programa es el sistema de eliminación de los concursantes. Yo suponía que quien no podía llevar adelante un reto era eliminado. Como en toda competencia justa, el que sale último se va, el mejor gana y eso es todo. Pero no, aquí el asunto es diferente: se elimina por votación; lo que hace que se entramen las relaciones en un juego perverso de complicidades y de tratos bajo el costo-beneficio más vomitivo. Como se imaginarán, los mejores son los que se van primero, ya que los más débiles e inútiles en seguida se unen para deshacerse de ellos. ¡La moral cristiana expuesta en toda su amplitud! No es de extrañar que este programa tenga tanto éxito en un país tan cristiano (tan falsamente cristiano, como todos). Los débiles, la manada, los incompetentes, todos confabulados para deshacerse del fuerte, de quien por el simple hecho de ser mejor en una actividad se torna un peligro. 

Quedará para otro momento el análisis de la fauna telespectadora. Pero cuando presto atención a ellos veo que quienes suelen ser más fanáticos en temas de fútbol son aquellos que no podrían correr ni diez metros sin caer rendidos; pero que le gritan a los jugadores en la pantalla diciéndole lo que deberían hacer. Las telenovelas me parecen producidas para aquellas amas de casa insatisfechas que deben llenar su vacío emocional y sexual con fantasías inocuas (y que siempre terminan bien, en este sentido son iguales que las películas infantiles). Y los espectadores de La isla me parecen una síntesis de los dos anteriores: no tolerarían las condiciones de ese sitio ni siquiera seis horas y no tienen las hormonas suficientes como para ser los más valientes. Es decir, para salir, enamorarse, pelear, caer y volver a levantarse. Prefieren ser parte de la manada que se reúne para cruzar chismes y señalar a quien sí tiene el valor para hacerlo. Es decir, al demonio o a la puta.

Contra los amantes del orden. Denis Diderot

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A. —¿Hay que civilizar al hombre o hay que dejarlo abandonado a su instinto?
B. —¿Debo responder con precisión?
A. —Sin duda
B. —Si se propone ser su tirano, civilízelo; envenénelo como mejor pueda con una moral contraria a la naturaleza; póngale trabas de todas clases; intercepte sus movimientos con toda clase de obstáculos; átelo a fantasmas que lo atemoricen; eternice la guerra en el interior de la caverna y que el hombre natural esté siempre encadenado a los pies del hombre moral. ¿Quiere que sea libre y feliz? No se meta en sus asuntos: bastantes incidentes imprevistos se encargarán de conducirlo a la luz y a la depravación; y tenga para siempre la seguridad de que no fue para usted sino para ellos mismos por lo que aquellos sabios legisladores los amasaron y los manipularon como lo fueron. Apelo a todas las instituciones políticas, civiles y religiosas: examínelas profundamente; o me equivoco mucho o verá a la especie humana plegarse, siglo tras siglo, bajo el yugo que un puñado de tunantes se habían prometido imponerle. Desconfíe del que quiere restablecer el orden. Ordenar es siempre convertirse en dueño de los demás, molestándolos.

Denis Diderot. Suplemento al viaje de Bougainville (1773)