El evangelio de la templanza en un mapa de ferrocarril

 

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Ustedes ya saben de mi afición por los mapas y, sobre todo, por los mapas extraños, inventados o alegóricos. Cada tanto tengo la suerte de encontrar uno nuevo, como en este caso, en que por azar me topé con este Mapa de la Templanza. G. E. Bula ideó este mapa en 1908 como una forma educativa indirecta. (Para verlo en mayor tamaño, pueden ir aquí). En el recuadro inferior izquierdo, puede leerse:

«Este mapa único creará una impresión duradera para el bien de todos los que lo estudien. Los nombres de estados, ciudades, ferrocarriles, lagos, ríos y montañas son significativos. Una copia de este mapa debería estar en cada hogar, hotel, estación de ferrocarril y lugar público. Sería un estudio interesante para los escolares, tanto en el  [sistema] público como en las escuelas dominicales. Hará que muchos abandonen la Ruta de la Gran Destrucción y terminen su viaje en la Gran Ruta Celestial. Precio 35 centavos».

Por supuesto, me puse a recorrer ese territorio con el placer de siempre; y encontré que todo parece partir de Villa Decisión (arriba, a la izquierda); y los puntos de llegada son sólo dos: La ciudad celestial (arriba, a la derecha) o Ciudad Destrucción (abajo), con dos caminos directos con los mismos aburridos nombres (la Gran Ruta Celestial los llevara directo a Ciudad Celestial, pasando por los estados de Corrección y Bonda y Sacrificio. Lo dicho: pretencioso y aburrido). Lo mejor está, por supuesto, en ir viajando por aquí y por allá. Deteniéndose donde a uno le parezca mejor. ¿Por qué no tomar el Camino que luce correcto? Los riesgos son mayores, sin duda; pero no vamos a negar que algunas alegrías se conseguirán por el camino,  pasando, por ejemplo, por el Estado de la Vanidad (donde tenemos el Pantano Mormón), Villa Presunción, Falsa Esperanza y luego, tomando un desvío, podemos llegar al Lago Cerveza (para quienes gusten de emociones más fuertes podrían tomar por el primer desvío y luego de pasar por Divorcio y Descontento, pueden llegar al Lago de la jarra de Ron, luego de pasar por el Parque Cocaína.

Como ven, hay para todos los gustos. Por cierto, el mal camino parece mucho más popular que el bueno; aquí, en el mapa, y en la vida real también. Mal que nos pese, las alegorías sólo sirven para entretenernos un rato y poco más. Por eso me despido y me voy a jugar con el mapa otro ratito.

Cazadores de brujas de ayer, de hoy y de siempre

 

Wich Finder

 

Matthew Hopkins, el«general buscador de brujas»,  ahorcó a 300 mujeres durante la Guerra Civil Inglesa (1642 – 1651), representando tal vez el 60 por ciento de todas las ejecuciones por brujería en ese momento. Después de días de inanición, falta de sueño y caminatas forzadas, las mujeres acusadas produjeron algunas confesiones extraordinarias:

Elizabeth Clark, una vieja mendiga a la que le faltaba una pierna, dio los nombres de sus «diablillos» como «Holt», un «gatito blanco», «Jarmara», un «perro gordo» sin piernas; «Sacke and Sugar», un «conejo negro»; «Newes», «polcat» y «Vinegar Tom», un galgo con cabeza de buey y cuernos. Otra llamó a sus «diablillos» Ilemauzar (o «Elemauzer»), «Pyewackett», «Pecke in the Crowne» y «Griezzell Greedigutt».

Para Matthew Hopkins esto demostró su culpabilidad, ya que, según dijo, estos eran nombres «que ningún mortal podría inventar».

Claro, esto sucedía en Inglaterra allá por la época del renacimiento (digo “por la época del renacimiento” porque los límites aquí son vagos e imprecisos), cuando la barbarie era el pan de cada día. Pero luego uno recuerda que el ser humano es una cosa bastante volátil, bastante poco coherente y recuerda que los nazis, cuando se encontraban con un judío algo tonto, decían que esto demostraba que se trataba de una raza inferior; pero cuando se encontraban con un judío inteligente y capaz, decían que esto demostraba «lo que esta raza es capaz de hacer para engañarnos».

Pero esto ocurrió hace ochenta años o algo así ¿no? Además esos nazis… sí, es cierto. Eso es tiempo pasado. Al menos hasta que vemos que en cualquier medio hoy se puede decir lo que se quiera de cualquier persona sin la necesidad alguna de tener que probar lo que se dice… es entonces que ahora, ante la posibilidad del anonimato, la quema de brujas se hace, como corresponde, de manera virtual y se acusa a Pedro o a María de cualquier delito o atrocidad y que ellos se hagan cargo de la condena social («Los mediocres al poder» debería ser su slogan; pero para eso se necesita algo de honestidad, al menos).

¿Qué hubiese hecho Matthew Hopinks con una cuenta de Facebook hoy?

De la incongruencia y sus límites

 

De los muchos defectos que tenemos los seres humanos, uno de los más graves —considerando que es uno de los evitables, es decir, uno que puede ser subsanado mediante cierto trabajo consciente—, es el de la incoherencia (por otra parte, si bien es cierto que todos los seres humanos somos entes ambiguos y que cierto nivel de comportamiento paradójico puede sernos tolerado, hay grados en este punto, así que aferrarnos a él para justificarnos no siempre es algo válido). Veamos un ejemplo de esto a partir de una foto que acabo de ver:

 

toros

 

La imagen nos muestra la plaza de toros de la Ciudad de México y, en primer plano, a dos felices y elegantes damas. De manera indirecta conozco a estas señoras pero nada diré de ellas, ya que el motivo de esta entrada no es la burla ni el escarnio personal, sino la crítica general a una postura ideológica, la cual es la de declararse amante de los animales y, al mismo tiempo, ser un ferviente admirador de las corridas de toros.

lo dije antes: podemos tolerar cierto nivel de ambigüedad, pero para todo hay límites. También dije que mediante cierto trabajo consciente —es decir, de la voluntad— podemos subsanar nuestros niveles de incoherencia; y esto se logra simplemente pensando y considerando si nuestras ideas so compatibles las unas con las otras y, si esto no es así, debemos desechar a una de ellas (o a veces a ambas). Claro, he aquí la dificultad: debemos cambiar nuestra forma de pensar ¡Vaya horror, con lo apegados que nos encontramos a nuestros prejuicios! (Ya lo dijo Descartes: No hay nada mejor distribuido que el sentido común: todo el mundo cree tener el suficiente).

Por si alguien no notó el detalle, aclaro que, básicamente, no estoy hablando de las corridas de toros en sí (su crítica es tan banal y recurrente que ya nada puede decirse acerca de ellas sin caer en lugares comunes); sino de lo que se ve en el fondo de la imagen; en esa silueta de la virgen María trazada en la arena donde serán torturados y sacrificados algunos animales a manos de otros animales de otra especie. Allí es donde tenemos la mayor cantidad de tela para cortar. Es allí donde veo los mayores niveles de incoherencia. La suma es lo que me interesa: una sonrisa bonita, una virgen amorosa, una matanza en ciernes, el amor divino, una foto orgullosa…

Dorian Gray, en privado

 

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Como bien se sabe, Oscar Wilde, en su El retrato de Dorian Gray,  narra las peripecias de ese personaje, quien no sufre en sí mismo, ni en lo físico ni en lo moral, daño alguno ante las iniquidades que comete. Todo este daño se traslada a un cuadro, el cual muestra en toda su crudeza lo que es la viva imagen de Dorian Gray, en sí misma.

Creo que todos, en menor o mayor medida, somos o podríamos ser émulos de Dorian Gray; salvo que en lugar de una pintura a la que nos vemos obligados a esconder en el altillo bajo una tela, podríamos usar el espejo que nos devuelve nuestra imagen cada mañana. Si así fuera; si realmente tuviesen la valentía de ver en ese espejo no lo que la imagen invertida les muestra, sino su interior y lo que éste proyecta al mundo todo (porque en general los demás sí lo ven muy claro) un alto número de personas retrocedería avergonzada de lo que tienen delante. Y digo avergonzada en lugar de aterrorizada porque, a fuer de ser sincero, hoy en día los mediocres ni siquiera tienen la valentía de la ignominia; apenas si se conforman con la estupidez del chisme o del llanto autoconmiserativo.

Ejercicio fundamental, mirarse al espejo y ver más allá de lo que muestra en primera instancia es algo que se debería practicar regularmente, solos y en privado, por supuesto, ya que con eso alcanza y sobra: no hay nada más vergonzoso que ver a la propia mediocridad expuesta en todo su esplendor.

Confucio y la escuela de hoy

 

Confucio estatua bronce manos juntas

 

Tuvo pocos discípulos en su vida. El prestigio llegó después de su muerte, al difundirse su pensamiento. En los Cuatro Libros Shu se atribuye a Confucio el siguiente discurso, que resume sus teorías morales:

“Nuestros antiguos sabios practicaron la observancia de las tres leyes fundamentales de relación: entre los soberanos y los súbditos, entre los padres y los hijos y entre el esposo y la esposa, así como el cultivo de las cinco virtudes capitales. Basta nombrarlas para que comprendan su excelencia o necesidad. Son estas virtudes:
1) La humanidad, o sea el amor universal entre todos los de nuestra especie sin distinción.
2) La justicia, que da a cada individuo lo que es debido, sin favorecer a uno sobre otro.
3) La conformidad con los ritos prescritos y usos establecidos de la sociedad, a fin de que sus miembros tengan un mismo modo de vida de igual participación en las ventajas e inconvenientes de la misma.
4) La honradez, o sea la rectitud de espíritu y corazón que nos induce a buscar en todo la verdad, y a desearla sin engañarse uno mismo ni a los otros.
5) La sinceridad o buena fe, es decir, la franqueza de corazón que excluye todo fingimiento y disfraz, en conducta en palabras.
Todo lo anterior hizo a nuestros maestros respetables durante sus vidas e inmortalizó su nombres después de la muerte. Tomémoslos por modelos, empleemos nuestros esfuerzos por imitarlos”.

Dos mil doscientos años y aún la sencillez es la que gobierna. No hacen falta tratados de mil páginas explicando el ser y sus alcances. Por lo menos como base moral, Confucio (junto con algunos otros), sigue siendo una cima.

Ante la ley

 

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William Blake – Newton

 

«Cuando un león come a un hombre, y un hombre come un buey, ¿por qué el buey está más hecho para el hombre que el hombre para el león?» Es una pregunta que se hizo ya en 1656 Thomas Hobbes en Questions Concerning Liberty, Necessity, and Chance. Esa pregunta que coloca en el centro del debate cuál es el lugar que los hombres tenemos dentro de nicho ecológico conocido como Tierra, recién está comenzando a plantearse seriamente ahora, trescientos cincuenta años después de que fuera formulada por el filósofo inglés.

La frase de Hobbes me recordó de manera inmediata a otra de William Blake que ya he citado aquí un par de veces; pero sólo lo hizo de manera tangencial, ya que sólo poseen en común las referencias zoológicas. Dijo Blake en su Proverbios del infierno: «La misma ley para el buey y el león es opresión».

En sentido estricto, son diametralmente opuestas. De todos modos, la unión de ambas frases sirve para pensar el tema de la ecología y de nuestro lugar dentro de la comunidad animal. Por un lado tenemos a Hobbes, quien nos recuerda que no somos más que un tipo específico de animal; en muchos casos no mejor ni peor que muchos otros. Blake, en cambio, nos recuerda que si bien estaría de acuerdo con su coterráneo, tampoco debemos exagerar en los asuntos de la igualdad animal. La moral es un imperativo que, cuando se exagera en sus límites, pasa a ser bastante dañina, así que hay que tener mucho cuidado con dónde trazamos el límite.

Lo que saben los poetas

 

José Emilio Pacheco

 

La moral es algo móvil y que se adapta a los tiempos. Pero hay algunos códigos morales que no pueden ser modificados sin que cambie lo que tenemos de intrínsecamente humanos. En ese sentido, la moral es siempre la misma: imperecedera y eterna. Uno de esos códigos (uno de esos imperativos, estoy tentado a decir) es el de no ser, jamás, un cobarde acomodaticio. La razón de nuestro propio sentido de humanidad no puede estar sujeta a conveniencias particulares. Los poetas lo saben bien (¿Quién como ellos para defender el valor de la palabra y de todo lo que ella implica?) y José Emilio Pacheco en Moralidades legendarias, poema incluido en su Irás y no volverás, de 1973; lo dice como siempre: alto y claro.

Moralidades legendarias

Odian a César y al poder romano.
Se privan de comer la última uvita
pensando en los esclavos que revientan
en las minas de sal o en las galeras.
Hablan de las crueldades del ejército
en Iliria y en las Galias.
Atragantados
de jabalí, perdices y terneras
dan un sorbo
de vino siciliano
para empinar los labios pronunciando
las más bellas palabras:
la uuumaaaniiidaad, el ooombreee todas ésas
—tan rotundas, tan grandes, tan sonoras—
que apagan la humildad de otras más breves
—como, digamos por ejemplo, gente.

Termina la función. Entran los siervos
a llevarse los restos del convite.
Entonces los patricios se arrebujan
en sus mantos de Chipre.
Con el fuego del goce en sus ojillos
como un gladiador que hunde el tridente,
enumeran felices los abortos
de Clodia la toscana,
la impotencia de Livio, los avances
del cáncer en Vitelio.
Afirman que es cornudo el viejo Claudio
y sentencian a Flavio por corriente,
un esclavo liberto, un arribista.

Luego al salir despiertan a patadas
al cochero insolado
y marchan con fervor al Palatino
a ofrecer mansamente el triste culo
al magnánimo César.