De la misma materia

Joan Miró

Joan Miró

Es por demás conocida aquella humorada de Coleridge que dice: «El mejor matrimonio es el que está compuesto por un ciego y una sorda», pero yo prefiero el acercamiento de Nietzsche acerca de ese asunto: «No es la falta de amor, sino la falta de amistad la que hace los matrimonios infelices».
El término «matrimonio» proviene de “Mater” con significado de “Madre” (de allí se agarraron muchos críticos del matrimonio homosexual, aunque no tuvieron mucha suerte con ello) pero sucede que el latín tomó el término del Indoeuropeo donde el lexema “mater-“ no significa sólo “madre”; de hecho, en esa misma lengua dio lugar a “materia” de donde procede también nuestra “madera”. Entonces el término «matrimonio» bien podría traducirse con mayor coherencia como «de una sola materia».

Es por eso que prefiero el dictum nietzscheano; ya que Nietzsche también acierta con el acento en la amistad en lugar del amor. El matrimonio no es sólo la unión formal bendecida por la iglesia o por una oficina particular de un estado laico; sino que el matrimonio es la relación íntima y personal que dos seres mantienen dentro de un estado de madurez física y espiritual. Aunque sea una palabra que cause cierto escozor en estos tiempos, no puede dejar de considerarse que eso es lo que sucede cuando nos encontramos en las cercanías de esa persona con la que tenemos ese lazo especial; más allá de si concertamos una cita debajo de una cruz o frente a un juez de paz.

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Agradecimientos

Hay veces en que la naturaleza o la vida (¿no son la misma cosa al fin y al cabo?) nos despierta con una sonora bofetada a la que no podremos ya olvidar jamás.

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En la madrugada del domingo pasado, un fuerte dolor abdominal me sorprendió a las dos de la mañana. Suponiendo una común indisposición estomacal esperé a que se pasara con un té y esas cosas que uno suele hacer en esos casos. A las dos horas el dolor era tan fuerte que apenas podía moverme. Me llevaron de urgencia al Hospital Civil y allí, luego de los análisis y pruebas de rigor, me metieron al quirófano más rápido que ligero. Salí de allí dos horas y media después con un par de cicatrices (una de ellas de diez centímetros de largo que me cruza medio abdomen) y una parte de mi cuerpo menos. No hace falta entrar en detalles; por un lado no son agradables y por otro no soy la persona idónea para explicarlos. Lo que sí quiero es ser agradecido, porque ayer, al darme de alta, los médicos me explicaron la gravedad de lo que padecí y lo ajustado del tiempo en el que me llevaron a la sala de urgencias. Me dijeron que era cuestión de horas, nada más. Así que si hoy estoy aquí —y esto no es una exageración ni una búsqueda de lástima (lejos de mí ello, siempre)— es gracias a una persona: Lourdes. Ella supo qué hacer y cómo. Ella se atrevió a vencer a sus propios miedos y corrió de un lado a otro haciendo todo tipo de diligencias, autorizando análisis y estudios, comprando medicinas y sueros, comunicándose con Argentina para mantener informada a mi familia, calmándome en los intervalos que estas tareas le permitían, durmiendo a mi lado cada noche (a la tercera de ellas, porque las dos primeras no durmió nada), haciendo el papel de enfermera y hasta elevando una nota de queja cuando una interna desubicada quiso pasarse de lista. Además de todo eso no desatendió su trabajo ni a sus hijos (aunque ambos cedieron, claro está parte de su tiempo). Cómo lo hizo no tengo ni idea, pero sé que esas son las cosas que las mujeres pueden hacer con esa fuerza descomunal que las posee cuando les hace falta.

También hubo un grupo de amigos —el grupo de siempre; ese grupo pequeño pero duro como el granito— a quien debo estarle más que agradecido. José Agustín, quien se quedó conmigo buena parte de la tarde y luego por la noche con Lourdes mientras me operaban; Berenice, quien leía una novela en silencio mientras soportaba mis ronquidos de dormido semianestesiado, Gerardo (gracias Gerald por ese ventiladorcito que me compraste; yo que sufro tanto del calor lo disfruté como no tienes ni idea. También ese número de Letras Libres me supo a gloria); Alex y Freny, con quienes me disculpo por lo poco despierto de mi persona en ese momento de visita y a Andrés, a quien Lourdes despertó para que me llevara en su auto al hospital. A todos ellos debo estarles agradecido porque un hombre solo en tierra extraña y en esa situación se siente más solo todavía. A todos, a todos, muchas gracias; pero sobre todo a vos, querida, a vos Lourdes, compañera mía, porque si hoy estoy escribiendo nuevamente aquí es gracias a todo lo que hiciste.

Me siento muy cansado. No puedo estar mucho tiempo sentado y la vista me arde si paso mucho tiempo frente a la pantalla. Debo recuperar mis fuerzas y volver a ser el de siempre, así que me tomaré un descanso de este sitio y de redes sociales y de otras cosas similares. No creo que tarde mucho en regresar; todos saben que amo a este sitio y que escribir en él (aunque no siempre sea todo lo inteligente que quiero) es una necesidad tanto como un placer y también una especie de terapia; pero por un tiempo necesito descansar y recuperarme. Nos vemos pronto.

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Del blog como terapia.

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Es por todos sabido que el simple (¿simple?) acto de escribir es terapéutico; pero el hacerlo en un blog tiene el añadido de los comentarios inteligentes de los buenos amigos o de personas que a veces pasan casualmente por nuestras páginas y que dejan las palabras o frases justas, esas que aclaran un punto que quienes escriben han pasado por alto. Ayer mismo me sucedió algo de eso. Las tres primeras respuestas a mi entrada fueron estupendas, pero fue Xavier Novella quien dijo tres palabras claves: ignorancia, inconsciencia e inmadurez. Términos que describen a la perfección a una persona en particular; y eso me hizo ver lo tonto de mi actitud al dejar que esa persona haya tenido tanto poder en mi vida. Todo el comentario de Xabier es excelente y me lo llevo conmigo a mis cuadernos de notas, para tenerlo presente cuando la ocasión lo amerite (tal como dije en la entrada misma, eso sucede bastante a menudo). Los buenos comentaristas son como buenos psicólogos; al ver la situación desde fuera; es decir, con desapego emocional, nos dicen las cosas como son y nos ayudan a tomar conciencia de ese hecho que nosotros ―al estar inmersos en el problema― no podemos ver con claridad. A todos aquellos, entonces, que se toman el trabajo de leer y comentar algo inteligente y amistoso, gracias.

Alfonsina y el mar.

Para Freny y Luis

Ayer por la tarde asistí a una lectura de poesía en el café Nómada, de Morelia. Allí, la bloguera amiga Shira Shaman leyó poemas de Rosario Castellanos, Cristina Peri Rossi y de Alfonsina Storni. Hoy me reuní con Freny y Luis, una pareja de amigos para compartir unos textos y una charla casual y, entre un tema y otro, Luis me cuenta de su fascinación por la vida de Alfonsina Storni y sobre todo, de la incógnita sobre la razón que la llevó al suicidio. El mito habla tanto de una desilusión amorosa como de un doloroso cáncer. Luis, con todo derecho y con delicado sentido estético, prefiere la primera opción. Ante la duda histórica, la mejor versión es la que más coincide con nuestra visión de la vida.

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Monumento a Alfonsina Storni, Mar del Plata, Argentina.

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No voy a entrar en demasiados detalles biográficos sobre Alfonsina (así, sólo Alfonsina, como se la llama en Argentina); estamos en la red y cualquiera puede encontrar abundantes datos con una rápida búsqueda virtual. Sólo basta saber que Alfonsina Storni fue una poeta argentina que vivió a principios del siglo XX, que tuvo una vida sumamente difícil (le tocó, como a todos los hombres, vivir tiempos difíciles; diría Borges refiriéndose a su padre; frase que bien podría ser parafraseada aquí), que sus penas de amor fueron profundas, que su maternidad fue compleja, que se suicidó arrojándose al frío mar de mi ciudad, Mar del Plata, un 25 de octubre de 1938.

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Playa La Perla; Mar del Plata, Argentina.

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Antes de salir de viaje recorrí aquellas playas —siempre solitarias en aquella época del año— y tomé varias fotos, algunas de las cuales son las que aquí les dejo. El azar, como siempre, hizo que esas fotos que me pidió una amiga (lo siento, nunca te las envié y me disculpo por ello) volvieran a mi memoria debido a esa coincidencia de dos amigos fascinados por una misma poeta y a un caminante que se encuentra con ellos con sólo un día de diferencia y a miles de kilómetros de casa.

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Playa La Perla (vista desde el monumento a Alfonsina Storni), Mar del Plata, Argentina.

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Un día antes de su suicidio, Alfonsina envió su último poema al diario La Nación, de Buenos Aires. La decisión ya había sido meditada y tomada con anterioridad (hay escritos de Alfonsina donde habla de la posibilidad del suicidio como salida última y definitiva a sus pesares) y, a pesar de ellos, la noticia tomó por sorpresa a la sociedad argentina de aquel entonces. El poema último de Alfonsina:

VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

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Por último, dos notas marginales: 1) El título de esta entrada no es, como muchos ya habrán notado, algo original; de hecho, hace referencia a la canción compuesta por el pianista argentino Ariel Ramírez y el escritor Félix Luna. De las muchas versiones que se han grabado tal vez la mejor sea la que canta la gran Mercedes Sosa. Pueden escucharla aquí. 2) La melancolía tiene muchas formas de hacerse presente en nuestras vidas; recordar un sitio, un punto en particular es uno de ellos. Pero siempre hay alguien que nos brinda el apoyo necesario para no caer demasiado profundo en ella. Cuando tres personas deciden encontrarse frente a mesa de un café “para charlar un rato” y descubren que pasaron casi seis horas y que todavía hay temas y ganas de seguir, es porque allí hay algo que funciona bien. Gracias, entonces, Freny y Luis por una tarde magnífica.

El cielo de Swedenborg

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Emanuel Swedenborg fue uno de esos hombres que suelen llamarse exponente de su época. Científico e inventor, vivió entre los siglos XVII y XVIII. Cierto día, Swedenborg tuvo una visita extraña: Dios le había enviado un ángel para que lo guiara en un paseo por el paraíso. El bueno de Emanuel fue, vio y al regresar comenzó a escribir sobre su experiencia. He tratado de ser breve y conciso porque quiero detenerme en un punto específico: Swedenborg descubrió que el cielo y el infierno no son sitios donde se nos premia o castiga. Según él, al morir vamos a una especie de limbo, un estado intermedio donde las almas vagan hasta que ellas eligen, libremente, dónde van a ir. El Reino de los Cielos es, para éste místico sueco, un estado del alma. La conclusión es brillante y no deja de maravillarnos: al cielo no entran los idiotas, los tontos, los que anulan su vida; y no entran porque no tienen el entendimiento ni la sabiduría para reconocer las virtudes de este lugar.

Quienes no creemos en un más allá físico podemos considerar a esta idea como una metáfora para el aquí y ahora: quien no está preparándose de manera constante para recibir las bondades del cielo, nunca podrá acceder a él. El Cielo está aquí; en una sinfonía, en un poema, en los ojos de nuestros hijos, en el abrazo de un amigo, en la piel de quien nos ama. Sí, en todo eso que los adustos caballeros de traje y corbata y en las elegantes señoras de la buena sociedad es motivo de burla y muecas de lado está el Cielo; pero, por sobre todas las cosas, es en nuestra mirada y en nuestra comprensión de esos hechos donde vamos a encontrarlo. Quien no tiene la capacidad para disfrutar el aquí y el ahora; para aceptar el abrazo que la fortuna nos pone delante a cada momento, no accede al cielo y, lo que es peor, nunca lo hará.

Gracias, entonces, por el cielo de hoy.

Seamos amigos, buenos amigos.

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Leyendo la correspondencia que cruzaron durante tres años Paul Auster y J. M. Coetzze, me encuentro con esta perla: ” […] un comentario que hace Christopher Tietjens en El final del desfile de Ford Madox Ford: uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hace de una mujer tu amante no es más que un primer paso; el segundo, hacer de ella tu amiga, es el que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir.”

Soy de lo que creen que hoy la sexualidad, la sensualidad y la amistad son partes integrales de un todo mayor que tiene como base la inteligencia y sobre todo, el diálogo. Romper con los paradigmas arcaicos no sólo es deseable sino también —y por fortuna— posible. Vivimos en un tiempo en que podemos decidir y en el que si alguien no lo hace es por su propia y exclusiva responsabilidad. Cada cual a lo suyo, entonces; a sus decisiones y, sobre todo, a sus consecuencias.

Primavera interior.

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Tolouse-Lautrec como artista y modelo. 

Maurice Guibert (1856-1913) era, de profesión, comerciante de champán para Moët & Chandon, pero su pasión era la fotografía. Artista aficionado y carente de una formación académica tradicional Gibert tuvo, además de un talento natural y un desparpajo más que necesario para dedicarse a esa pasión que no era económica en su tiempo, la fortuna de ser amigo personal de Henri de Tolouse-Lautrec, con quien alrededor de 1890 hizo una serie de fotografías que tenían como protagonista al pintor francés. El resultado fue una serie de fotos que muestran toda la realidad irónica e irreverente vista por Guibert; de hecho, le gustaba el sabor de la broma, del disfraz, y las fotos no sólo eran el retrato de la realidad (hay muchas fotos de Tolouse-Lautrec en su estudio), sino también un juego, una interpretación particular. Cada escena se convierte en una puesta cuidadosamente construida y orquestada por Guibert y personificada por un Tolouse-Lautrec que muestra su lado más divertido y despojado de todo formalismo. Me hubiese gustado haber podido ser, al menos, un observador de esa amistad.

Para ver las fotos en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.