Criando a la nueva generación de idiotas

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Seguramente ustedes habrán visto en algún lado la imagen con la que se abre esta entrada, la cual nos permite ver tanto un pato (el cual está mirando hacia la izquierda) como un conejo (el cual está mirando hacia la derecha). Según cada uno, se verá primero una de las dos imágenes y la otra costará un poco más, lo cual no significa otra cosa que el cerebro funciona de determinada manera y nada más. Sería ridículo, por lo tanto, declarar que una de las imágenes tiene prioridad por sobre la otra o, lo que es lo mismo, descartar a una de ellas porque nos costó más poder verla o por cualquier otra razón.

Tomando esta última idea, el dibujante Paul Noth nos regala esta magnífica viñeta:

 

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No podrá haber paz hasta que renuncien a su Dios Conejo y acepten a nuestro Dios Pato.

 

Otro dibujante (del que desconozco su nombre) nos regala otra viñeta, de carácter diametralmente opuesto:

 

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En este caso el mensaje es claro: el diálogo es lo que nos hermana, lo que nos hace superiores a las bestias. Ahora bien ¿cómo se consigue que la gente se vuelque a lo que nos enseña la segunda viñeta en lugar de la primera? La respuesta parece fácil y, hasta cierto punto, lo es: educación. Claro, esto que se dice fácil contiene en sí mismo el germen de su propia destrucción, porque ¿Qué es educar? ¿Lo que sucede en la escuela o lo que sucede en nuestra casa? Pues también aquí tenemos el mismo problema; ya que la respuesta es sencilla pero también contiene en sí misma la semilla del mal: la educación comienza en casa y la escuela, a lo sumo, la pule, la perfecciona; pero no es esta institución la encargada de suplir el rol de los padres. Y la «semilla de destrucción» de la que hablo no es otra que el problema de cómo vamos a conseguir que los padres eduquen a sus hijos cuando ellos mismos son unos brutos irredentos. Y para que no se me entienda mal (no estoy siendo clasista, aquí; lejos de mí tal conducta) digo que me refiero a casos como el siguiente:

 

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Pues sí, una mujer quiere demandar a un profesor de educación física por poner a los alumnos a hacer… educación física ¡y hasta se llega al horror de considerar que  ese ejercicio podía considerarse como un examen! Supongo que bajo esa óptica bien podemos demandar a los profesores de matemáticas por poner ejercicios complicados como una multiplicación o (horror de horrores) hacer expulsar al profesor de lengua por hacerles leer el Quijote (qué asco, un libro… y encima un libro tan gordo…). Hoy en día la sola idea del esfuerzo parece ser nociva cuando es, precisamente, lo contrario: es el esfuerzo personal lo que nos hará mejores, más fuertes, más capaces y, sobre todo, más dignos. De allí que este tipo de noticias, que cada día son más y más comunes a pesar de lo absurdo y ridículo de su propuesta, nos muestren (y lo que es peor: les haga creer a los muchachos de hoy en día que son víctimas de un sistema perverso, sea éste cual fuere) que la estupidez es ama y señora de nuestra realidad toda.

Es evidente que estamos en presencia de unas generaciones futuras que serán poco más que inútiles funcionales y, lo que es peor, avalados por otros inútiles funcionales que serán sus padres. No soy muy adepto a las ideas apocalípticas; pero debo reconocer que noticias como estas me erizan los pelos de la nuca y me dejan un más que amargo sabor de boca. ¿Cuál será la próxima estupidez con que nos despertarán los imbéciles del mañana?

 

Harto ya de estar harto (y lo peor es que esto no va a acabar aquí)

Hace un par de meses les conté de una versión vomitiva, pero políticamente correcta, de El Principito. Hace apenas un par de semanas les conté de un libro espantoso que encontré en una librería local. Ahora me entero de otra espantosa muestra de estupidez (otra vez) políticamente correcta. La víctima, esta vez, es la música, más precisamente la ópera Carmen, de Georges Bizet. Carmen, como ustedes sabrán, es una ópera dramática en cuatro actos con música de Georges Bizet y libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac, el cual está basado en la novela Carmen de Prosper Mérimée, publicada por vez primera en 1845 (la cual a su vez, probablemente, estuviera influida por el poema narrativo Los gitanos, de 1824, de Aleksandr Pushkin).

 

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La historia de Carmen está ambientada en Sevilla, España, alrededor de 1820, y la protagoniza una bella gitana de  fuerte temperamento. Carmen, libre con su amor, seduce al cabo don José, un soldado inexperto. La relación de Carmen con el cabo motiva que éste rechace su anterior amor, se amotine contra su superior y como desertor se una a un grupo de contrabandistas. Finalmente, cuando ella vuelca su amor en el torero Escamillo, los celos impulsan a don José a asesinarla.

Hasta aquí, la historia clásica. Ahora — y nada menos que en Italia—, se ha estrenado una nueva versión de la ópera donde el final se ha cambiado: para evitar que el público vez un acto de violencia misógino, es Carmen la que mata a don José ¡Y listo, ya está! Otra vez los imbéciles dóciles y mediocres vomitando sobre la cultura clásica. Y no voy a entrar a discutir aquí si esto o aquello (he leído varios artículos sobre el tema, incluso en periódicos italianos, ya que fueron los responsables del atropello) y lo que he encontrado es tan estúpido que ni siquiera vale la pena discutirlo (casi todos los artículos están llenos de términos como femininicidio (o femicidio, según la latitud), polémica, victoria feminista, misoginia, violencia de género, etc.

Digo que no voy a discutir el tema de la violencia de género ni nada por el estilo porque sería sumarme a la estúpida idea de que mezclar política y cultura sirve para solucionar estos problemas. Tampoco voy a declarar mi apoyo aquí al fin de la violencia (del color, tipo o tazón que sea) porque las cosas obvias terminan ensuciando todo y diluyendo la discusión a un nivel infantil. Lo que sí quiero decir con toda firmeza es que este tipo de actitudes, de acciones, de formas de conducta lo único que logran es convertir a lo mejor que tenemos los seres humanos (como humanidad, es lo único de lo que podemos estar orgullosos), es decir la cultura (¡nada menos, demonios, que la cultura!) es un juego apto para imbéciles mediocres; para ineptos incapaces; para estúpidos que no sirven ni para escribir la lista del supermercado; para cualquier idiota que no entiende ni entenderá jamás lo que significa esa palabra pero que, por eso mismo, parece que sólo será feliz el día que la destruya por completo.

Por cierto, esta gentuza repugnante no quiere mostrar violencia de género en sus escenarios; pero no parecen notar la incongruencia de decir que para acabar con la violencia no hay nada mejor que un revólver ¿No?

 

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Escena final de la nueva Carmen

Más que nunca

 

Albert Camus

 

Albert Camus dijo, en una conferencia dictada en 1957: «Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga». Esta frase podríamos retomarla hoy con la certeza total de que deberíamos aplicarla con plena justicia. Sé que cuando Camus dijo lo anterior venía de la mayor guerra en la que el hombre se había visto envuelto y eso podría hacernos pensar que querer aplicar hoy sus palabras podría parecer exagerado; así que me adelanto a tales críticas y digo que acepto el punto, pero que de todos modos, hay algo en esa frase que sigue siendo válido, ya que una nueva costumbre ha hecho que, en la práctica, ciertos aspectos de nuestro mundo parezcan estar desmoronándose rápidamente. Esa costumbre nos viene de fines del siglo pasado, pero nunca como ahora se está haciendo carne en la sociedad toda, y no es otra que la de considerar a cualquier idiota como figura central en cualquier tema (también podríamos decir: la costumbre de considerar que cualquier tontería es válida porque alguien la dijo y criticar a ese alguien es incorrecto sólo porque sí).

Hace un par de días encontré este cartón que lo ilustra a la perfección:

 

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Estos pilotos presumidos han perdido contacto con pasajeros regulares como nosotros. ¿Quién piensa que yo debería volar el avión?

 

Lo peor de la ilustración anterior es que expone el verdadero problema, el cual no es que un idiota delire y que lo haga público; sino que los demás lo siguen en ese delirio bajo la premisa del nosotros como entidad conjunta de incomprendidos y, por lo tanto, discriminados (ésa es la palabra clave: discriminidados. Se usa para cualquier cosa y en cualquier circunstancia).

Creo que hoy nuestra batalla corre por ese camino y que, sin exagerar, el mundo se está desmoronando porque dejamos las cosas en manos de quien no tiene la capacidad para enfrentar los problemas como corresponde. ¿Cómo vamos a solucionar los problemas sociales si seguimos votando a gente como Trump o Macri? ¿Cómo vamos a encontrar la paz interior si seguimos dejando nuestra espiritualidad en manos de curas, ancianos, rabinos o imanes? ¿Cómo vamos a avanzar en salud si seguimos creyendo en horóscopos o sanadores milagrosos? ¿Cómo vamos a avanzar en educación si seguimos pensando que los maestros ganan demasiado y que no tienen derecho a quejarse?

Sí, soy consciente de que los problemas son muchos y variados; pero creo que todos ellos comenzarán a solucionarse cuando comencemos a darle a cada uno el lugar y el papel que le corresponde. Termino con Camus, otra vez: «Sabemos que acaso sea imposible nuestra salvación, pero esa no es razón para dejar de intentarlo. No está permitido calificarla de imposible antes de haber hecho lo posible para demostrar que no lo era. Más que nunca, hay razones para luchar». Lo bueno de nuestros problemas es que no son tan terribles como para calificarlos de imposibles. En ese sentido, vivimos en unos tiempos mejores que los del buen Albert; pero, de todos modos, no por eso tenemos permiso para bajar la guardia.

Peligro constante (y multiplicándose)

 

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En la década de 1970, el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla hace circular un ensayo entre sus amigos titulado “Las leyes fundamentales de la estupidez humana.” Hizo una lista de cinco leyes fundamentales:

  1. Siempre e inevitablemente uno subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona.
  3. Una persona estúpida es una persona que causa pérdidas a otra persona o a un grupo de personas, mientras que él mismo no se deriva ningún beneficio e incluso posiblemente incurra en pérdidas.
  4. Las personas no estúpidas subestiman siempre el poder dañino de individuos estúpidos. En particular, las personas no estúpidas olvidan constantemente que en todo tiempo y lugar y en cualquier circunstancia, tratar o asociarse con gente estúpida siempre resulta ser un error costoso.
  5. Una persona estúpida es el tipo más peligroso de persona.

 

Diagrama de la estupidez

 

El diagrama anterior elabora la tercera ley. Como puede verse con una simple mirada, podemos ver que las personas inteligentes contribuyen a la sociedad y ellos mismos se benefician de esto. Las personas bondadosas actúan en beneficio general pero son víctimas, a veces, del accionar de los otros y por eso, pueden tener pérdidas a cambio. Las personas malas sólo piensan en sí mismas, incluso si esto significa perjudicar a los que les rodean. Y la gente estúpida se daña a sí misma y a los demás. Esto hace que la gente estúpida sea aún más perniciosa que los bandidos: mientras que el comportamiento de un bandido es al menos comprensible, no hay manera racional de saber cuándo, cómo y por qué actuará un estúpido. Cuando nos enfrentamos a una persona estúpida estamos completamente a su merced.

El ensayo completo está aquí. «Nuestra vida cotidiana está compuesta principalmente de casos en los que se pierde dinero y/o tiempo y/o energía y/o el apetito, la alegría y el buen estado de salud debido a la acción improbable de alguna criatura absurda que no tiene nada que ganar y que de hecho no gana nada pero que no duda en causar vergüenza, dificultades o daño», escribe Cipolla. «Nadie sabe, entiende o, posiblemente, puede explicar por qué esa criatura absurda hace lo que hace. De hecho no hay una explicación; o mejor, sólo hay una explicación posible: la persona en cuestión es estúpida».

¡Idiotas del mundo, uníos!

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Es posible que muchos de ustedes hayan visto alguna noticia relacionada al próximo eclipse de sol, el cual tendrá lugar el 21 de este mes. Por desgracia, cada vez que algo así va a ocurrir, no faltan los imbéciles que aprovechan la ocasión para divulgar noticias falas, erróneas o para decir cualquier barbaridad amparados en la ubicuidad de los medios, en la rápida y acrítica distribución que las redes sociales permiten y, sobre todo, en la ignorancia amplia y abarcadora de la población general.

Sé que hoy en día hablar de la “ignorancia general” no está bien visto; sé que lo que prima es lo políticamente correcto y que no hay que herir las susceptibilidades de nadie; pero la verdad es que eso me importa bien poco y creo que hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre; al menos si queremos dar un par de pasos fuera de los círculos de estupidez global.

Un eclipse es un fenómeno común no demasiado difícil de entender ¿Cómo puede ser que cada vez que ocurre uno la gente se aferre a idioteces tales como profecías apocalípticas o tonterías como que se va a cambiar el clima del planeta o que se va a ver afectada la gravedad? (Todo ello con graves consecuencias, claro está). Lo peor es que medios supuestamente importantes se hacen eco de estas tonterías, lo cual hace que la gente crea todavía más en estas cosas; todo en un infinito círculo vicioso del que no podremos salir jamás si esto no cambia.

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No hay más que ver el lenguaje que se usa en estos “artículos” para ver que quienes están detrás de ellos no son más que farsantes y mentirosos ¿pero cómo podemos hacer que la gente se dé cuenta cuando no tiene acceso al conocimiento? (Algo de esto se habló ayer aquí mismo). «Analistas proféticos», «investigador independiente», «teoría», «gravedad» y la infaltable referencia que a todos los ignorantes les llena la boca, aunque no sepan de qué se trata: «la biblia». Con esos términos uno puede decir cualquier cosa y listo; la masa traga.

Por último; un par de puntos con respecto a la ignorancia general: Es obvio que no hablo aquí de las personas que realmente ignoran tal cual o hecho; la ignorancia es una carga que para muchos resulta demasiado pesada y para ellos va mi comprensión y respeto. Pero a quienes no tolero ni toleraré nunca son a los ignorantes ilustrados. Esa gente que porque fue a una escuela cree que sabe y además piensa que puede dar clases sobre ello. Por ejemplo, acabo de ver, relacionado con este tema, noticias sobre varias personas que quieren que el eclipse se posponga para el fin de semana o para otro horario porque, por algún motivo, ellos no pueden verlo. Algunos piden que se cambie el sitio donde se verá a Europa o hay uno por ahí que dice que a esa hora su vuelo no habrá llegado, así que pide que lo cambien para un par de horas después. Esta gente, además de aire en la cabeza, tiene arena en el espíritu, porque no siquiera se dan cuenta de la falta moral en la que caen (su ignorancia está por demás probada). No sólo piden que se cambie la rotación de la luna y de la Tierra; sino que quieren que se lo haga en su propio beneficio. ¿Y los demás, qué? Pues los demás que se jodan; ellos quieren ver el eclipse ¿Qué importan los otros? Como bien se dice, más peligroso que un ignorante es un idiota.

Achicando el círculo.

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Hablé ayer de cierto hastío o cansancio provocado por políticos o religiosos. Pensaba hoy hablar de uno de esos temas, pero lo dejaré para más adelante. Hoy quiero aclarar un poco lo que debí haber dicho ayer. Para empezar, el cansancio por esos temas está potenciado por la mediocridad que se encuentra en la población en general. Los políticos y religiosos son harina de otro costal, no es nuevo que estas personas viven de la miseria ajena; pero que sean los mismos miserables quienes los aplaudan, potencien apoyen y defiendan me parece la quintaesencia del patetismo. Intentar discutir con alguien de cualquiera de estos temas es adentrarse en un terreno plagado de lugares comunes, conceptos mal entendidos o, lisa y llanamente, maledicencia o estupidez.

Es un lugar muy común oír la expresión “Yo no discuto de política o religión” (suele completarse la tríada con el fútbol). ¿Y por qué no discutir, precisamente, de temas tan importantes? El problema no está en los temas en sí; sino en los oponentes. Todo el mundo está convencido o más que convencido de que es él quien tiene razón y con eso es suficiente. No cabe la más mínima posibilidad de que el otro pueda tener algún argumento válido o alguna idea que enriquezca los puntos de vista, no. El otro es siempre un ignorante que no entiende nada. Eso de ignorante no es gratuito; es el insulto preferido de quienes suelen participar de estas discusiones que deberían ser un ámbito de enriquecimiento y de debate (¿tal vez habría que cambiar de términos y dejar de llamarlo “discusión”?

La clase media suele ser la peor de todas. La clase media es, hoy, aquella que ha logrado cierto nivel de vida que le permite acceder a comodidades varias, las cuales se traducen en la posesión de objetos: el primero de ellos, la TV; el segundo la computadora y el acceso a internet y luego vienen, de ser posible, el auto y los demás aparatos domésticos. Estoy seguro de que uno puede medir el nivel intelectual de los habitantes de una casa midiendo el tamaño de la TV. Generalmente la proporción es directamente inversa: a mayor tamaño de la TV menor la capacidad intelectual de sus propietarios. Lo mismo ocurre con internet: a mayor tiempo frente a la pantalla, menor capacidad crítica. Y así nos va. Impedidos de comunicarnos si no es por medio de mensajitos inocuos o de salas de chat que nunca pueden transmitir las cadencias y las inflexiones de nuestra maravillosa voz, vamos alejándonos los unos de los otros, vamos separándonos físicamente y vamos dejando de discutir, dialogar o debatir, términos todos que entre personas adultas y bien entendidas son casi sinónimos, porque lo que prima es el compartir con el otro, no el meter un gol de media cancha con un pseudo argumento; quienes así se comportan ni siquiera tienen en cuenta que, en una discusión, gana más el que pierde, porque al menos aprende algo.

Conceptos erróneos

En la película Ghandi, de 1982, hay una escena que me quedó grabada: el enviado inglés le dice al Mahatma «Ghandi, usted no sabe nada de historia, nunca un país se independizó de manera pacífica», a lo que Ghandi responde «El que no sabe nada de historia es usted. En historia, el que algo no haya sucedido no significa que no pueda suceder».

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¿Cuántos conceptos erróneos nos han inculcado a lo largo de nuestra vida? Desde la primera infancia —«con la mejor buena voluntad» suele decirse como si eso fuera una excusa para la ignorancia— nos han ido sembrando el inconsciente con ideas erróneas, conceptos falsos, creencias ridículas. Algunas de las que recuerdo.

• Si no eres bueno Dios se enojará contigo.

• Si te tocas te quedarás ciego (o te volverás estúpido o te crecerán pelos en las manos o Dios se enojará contigo)

• Sé bueno.

• El amor todo lo puede.

• Trabaja y nunca te quejes.

• El que es rico será porque ha trabajado lo suficiente.

• El trabajo dignifica.

• El superior (o el cliente) siempre tienen razón.

• El hombre nunca debe llorar.

• Fuimos, somos y siempre seremos un país de mierda.

• Eres un bueno para nada.

• En boca cerrada no entran moscas.

• Ten fe y lo demás te será dado por añadidura (ésta es la idea original, las de entrecasa eran iguales pero más sencillas).

• El sexo es sucio.

• Nunca le respondas a un adulto.

Hay que revertir todos los valores, como decía Nietzsche. Después de todo, peor no nos va a ir.