La pasión, según Colette

Es verano. Hundida en la blanda cama, entre almohadas de plumas y entre el rumor de los coches que pasan sobre los adoquines de la calle de l’Hospice, una niña de ocho años de edad lee en silencio Los miserables, de Víctor Hugo. Ella no ha leído muchos libros, vuelve a los mismos una y otra vez. Adora Los miserables, con lo que más tarde llamará «una pasión razonada»; siente que puede acurrucarse entre las páginas «como un perro en su perrera». Cada noche, anhela seguir a Jean Valjean en sus penosas peregrinaciones, encontrarse de nuevo a Cosette, Marius, incluso el temible Javert. (En realidad, el único personaje que no aguanta es el pequeño Gavroche, con su heroísmo tan insoportable.)

Sidonie Gabrielle Colette

Sidonie Gabrielle Colette

Fuera, en el patio, entre los árboles y las flores plantadas en macetas, tiene que competir por el material de lectura con su padre, un soldado que perdió su pierna izquierda en las campañas de África. De camino hacia la biblioteca (su recinto privado), el padre recoge su periódico –Le Temps– y su revista –La Nature– y con sus ojos de cosaco, brillantes bajo las cejas grises, retira de las mesas cualquier material impreso, que luego se lleva a la biblioteca y nunca vuelve a ver la luz del día. La experiencia le enseñó a la niña a mantener sus libros fuera del alcance del militar retirado.

Su madre no cree en la ficción: «Tantas complicaciones, tanto amor apasionado en esas novelas» le dice a su hija «En la vida real, la gente tiene otras cosas de qué preocuparse. Puedes probarlo tú misma: ¿Alguna vez me has oído quejarme y lloriquear por amor como las personas de esos libros? Y sin embargo tendría derecho a un capítulo entero, diría yo, ¡con dos maridos y cuatro hijos!» Si encuentra a su hija leyendo el catecismo para su inminente comunión se indigna al instante: «¡Oh, cómo odio esta mala costumbre de hacer preguntas!: ¿Qué es Dios? ¿Qué es esto? ¿Qué es que esto otro? ¡Todos esos signos de interrogación, esas obsesivas investigaciones, toda esa curiosidad, me parecen algo terriblemente indiscreto! ¡Y todo ese mandoneo!  ¿Quién convirtió los Diez Mandamientos en ese horrible galimatías?  ¡De verdad no me gustaría ver un libro como ése en manos de un niño!».

Leonor de Aquitania

Leonor de Aquitania

Enfrentada a su padre, cariñosamente controlada por la madre, la niña encuentra su refugio sólo en la habitación, en la cama, por la noche. Durante toda su vida adulta, Colette buscará siempre ese espacio solitario para la lectura. Tanto en ménage como sola, en reducidos alojamientos o en grandes casas de campo, en habitaciones alquiladas o en amplios apartamentos parisinos, intentará  reservarse (no siempre con éxito) una zona en la que sólo admitirá las intrusiones que ella invite. Ahora, acostada en la cama acolchada con el libro amado con ambas manos y apoyado en el estómago, ha creado no sólo su propio espacio, sino también una manera personal de medir el tiempo. (Colette niña no lo sabe, pero a menos de tres horas de camino, en la abadía de Fontevrault, la reina Leonor de Aquitania, muerta en 1204, yace esculpida en piedra en la losa que cubre su tumba, sosteniendo un libro exactamente de la misma manera).

Transcripción de Una historia de la lectura, de Alberto Manguel; Pgs 163 – 164.

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Todo lo que he leído

 

Todo lo que he leído

 

«Me pregunto si existe un ser que haya leído todo, o aproximadamente todo, lo que se supone que la persona de cultura promedio tiene que haber leído y que no haber leído podría ser considerado como un pecado social. Si tal ser existe, seguramente es un anciano, un hombre muy viejo, que ha leído constantemente lo que debería haber leído dieciséis horas al día, desde la temprana infancia. … Mi tiempo libre ha sido moderado, mi deseo fuerte y constante, mi gusto por la selección está por encima del promedio, y sin embargo, en diez años parece que apenas he impresionado a la multitud intolerable en volúmenes que se supone que todos han leído».

Esto dice Arnold Bennett en sus Diarios; más precisamente el 15 de octubre de 1896. ¡1896! Creo que si Bennett pudiese ver todo lo que se publica hoy (y todo lo que se ha almacenado desde ese año) se sumiría en la más profunda de las depresiones. Supongo que todo lector empedernido ha sentido esa sensación de vacío alguna vez; esa sensación que bien se sintetiza en esa frase tragicómica que dice ¡Tantos libros y tan poco tiempo!

Sea como fuere, y ante la imposibilidad práctica de leer todo lo que queremos leer, no deberíamos olvidarnos de que leer no es suficiente; sino que de debemos internalizar lo que leemos; es decir, aprenderlo, tamizarlo, pulirlo, adecuarlo a nosotros y a nuestra realidad. En ese sentido podemos decirnos (aunque más no sea como una especie de  placebo o de paliativo para nuestro pesar) que sí hemos leído lo suficiente si es que, antes que nada, lo hemos hecho bien. Algo es algo y eso es mejor que nada, supongo.

Leer, leer, leer, leer y, recién después, leer

Una serie de citas sobre el arte de la lectura. Sin más palabras ni explicaciones. Porque sí.

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Leer buenos libros es como mantener una conversación con las mentes más eminentes de los siglos pasados ​​y, además, una conversación estudiada en la que estos autores nos revelan solo lo mejor de sus pensamientos.

– René Descartes, Discurso sobre el método, 1637.

 

 

 

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Para él, los libros eran como amigos, y leer una extensión de compañerismo, una forma de expandirse más allá de la circunferencia del tiempo y colocar el círculo de conocidos entre los familiares.

– Michael Holroyd, hablando de Lytton Strachey, 1971.

 

 

leer 04«No hay nada como los libros». De todas las cosas que se venden, no hay nada que se les compare. Son las más baratos de todos los placeres, los que menos se cansan, ocupan poco espacio, guardan silencio cuando no los quieren y, cuando los recogen, nos enfrentan cara a cara con los hombres más selectos que hayan vivido, en sus momentos más selectos.

Como compañero de caminatas por el país, prefiero llevar en mi bolsillo a Milton (al que he llevado durante veinte años), en lugar del para nada adorable bull terrier Trimmer, que me acompañó durante cinco años. Milton nunca se inquietó, ni asustó a los caballos, ni corrió tras las ovejas o fue atropellado por una furgoneta de mercancías.

 Samuel Palmer, carta a Charles West Cape, 31 de enero de 1880.

Y mi cita favorita (al menos de las de hoy):

leer 03En un sentido muy real, entonces, las personas que han leído buena literatura han vivido más que las personas que no pueden o no quieren leer. … No es cierto que solo tengamos una vida por vivir; si podemos leer, podemos vivir tantas vidas más y tantos tipos de vidas como deseemos.

– S.I. Hayakawa, El lenguaje en el pensamiento y la acción, 1952.

Como Ambrosio

 

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Es el año 380. En una sala fría, apenas iluminada por algunas velas dispersas, un hombre de larga barbas y cabellos blancos, lee en silencio. Esa imagen dejó pasmado a un tal Agustín, ya que mientras leía, «sus ojos corrían por encima de las páginas, cuyo sentido era percibido por su espíritu; pero su voz y su lengua descansaban». Eso fue lo que escribió Agustín de Hipona acerca de la primera vez que vio a Ambrosio de Milán leer en silencio. Antes era común leer oralmente, casi siempre para ser escuchado por quienes lo rodeaban pero también para escucharse a sí mismo, ya que, aunque hoy nos parezca extraño, no había en aquella época, separación alguna entre las palabras escritas; entonces leer en voz alta permitía la mejor comprensión del texto. ¿Qué llevó a Ambrosio, entonces, a cambiar esa costumbre? Agustín supone un problema en la voz del Obispo de Milán, la cual solía ponerse ronca al poco de tiempo de iniciada la lectura. Sea como fuere, el hecho es que no sabremos nunca la verdadera razón por la cual Ambrosio comenzó a leer en silencio, pero lo que sí sabemos es que ese acto cambió radicalmente el curso de la historia.

 

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Hoy leemos en silencio y damos por descontado que es así como debe hacerse; pero a veces es necesario volver a esas costumbres ya olvidadas hace tiempo porque algo de valor aún reside en ellas. Desde hace mucho tiempo he notado que la poesía, en general, se aprecia mejor cuando se la lee en voz alta (esto que parece una perogrullada no lo es tanto; no todo el mundo coincide en esta apreciación, supongo que porque no todo el mundo sabe leer poesía. He visto que muchos lo hacen corriendo, como si la separación en versos se tratara de prosa cortada por capricho del escritor). Pero esto no es sólo válido para la poesía. Me he encontrado que la leerle a mi pareja un pasaje determinado, éste cobra otro sentido que el que tuvo unos minutos antes, cuando lo leí en silencio. Eso sucede, incluso, con textos propios, los cuales uno supone que los conoce al derecho y al revés y que nada nuevo pueden decirnos, sin embargo, al leerlos en voz alta nos señalan con el dedo, a veces acusador, a veces con un guiño cómplice.

 

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José Saramago solía aconsejar lo mismo a aquellos que le decían que su prosa era difícil de leer o que sus diálogos incluidos dentro del mismo cuerpo del texto eran confusos: «La solución es sencilla: ¡Léanlos en voz alta!». Eso siempre dio resultado. Antes y ahora. Leer es un placer, no cabe duda de ello; pero a veces hay que acrecentar ese placer paladeando las palabras como si fuesen seres corpóreos; que es lo que son cuando les brindamos la solidez de la voz.

A cualquier lugar

Jorge Wasenberg

Jorge Wasenberg el estupendo científico y escritor barcelonés cuenta en su Ideas para la imaginación impura que, con el fin de ilustrar lo que significa la ciencia en pocas palabras, termina un artículo publicado en El País con un pequeño cuento. Wasenberg añade el siguiente comentario: “Nunca he recibido tantas cartas de lectores preguntando por lo mismo (uno me urgió, vía correo electrónico, a una respuesta en honor a su salud mental, otro incluso me interceptó por la calle): ¿habían comprendido realmente lo que significaba el final de la columna?”

Leí el cuento —el que dejaré a continuación— y noto un par de cosas. Primero: creo que di con la lectura correcta; pero de inmediato me doy cuenta de que eso es lo que sentirán todos los que lo lean; es decir que la lectura será situada; y yo no soy ajeno a ello. Segundo: lo que entiendo al leer el relato es hijo de mi experiencia y de mis capacidades, así como de mis límites; entonces es cierto eso de que toda lectura es válida (esto me deja pensando mucho, ya que soy de los que no aceptan una interpretación total por parte del lector). Tercero: la ambigüedad del texto permite múltiples interpretaciones ¿Será posible, entonces, de alguna manera crear un lenguaje que no permita interpretación alguna?

He aquí el cuento. Las interpretaciones, claro, quedan por su cuenta.

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La carretera cruza el paisaje de horizonte a horizonte. En el centro del infinito un hombre mira cómo se acerca un automóvil. El conductor, deslumbrado por el sol de poniente, se pregunta por la estampa que se acerca sin moverse. Cuando por fin coinciden, la figura hace un leve gesto hacia el oeste. El viajero se conmueve, pero continúa su camino y susurra dos o tres veces «yo nunca me detengo para recoger desconocidos». La figura, ahora nítida en el espejo retrovisor, se encoge rápidamente hasta esfumarse entre las piedras del desierto. Y entonces el conductor gira en redondo y se lanza a toda velocidad en sentido contrario. La silueta resurge entonces de la nada y se dilata con su larga sombra. Ya se distingue la capucha puntiaguda bajo la que alguien intenta mirar a contraluz. De repente, la figura cruza la carretera con cuatro pasos muy decididos y, justo cuando el automóvil llega a su altura, lo vuelve a hacer. Vuelve a hacer el mismo gesto breve ¡pero ahora hacia el este! El viajero detiene el coche, tarda una centésima de segundo en comprender y tiene que reprimirse para no abrazarla.

Aprender a leer

Escalera al cielo

Todos los que estamos aquí coincidimos en la importancia de la lectura y del valor de los libros; pero pocas veces nos hemos detenido a pensar qué significa, realmente, leer. Recuerdo que en los noventa leí un manual de escritura que aconsejaba paradójicamente, no leer tanto; cosa que en aquel momento me sorprendió un poco, ya que yo leía todo lo que estaba a mi alcance casi de manera indiscriminada (fue tanto lo que me llamó la atención que aún tengo grabadas esas palabras: “Leer mucho, paraliza”).

A este respecto comparto una reflexión de Arthur Schopenhauer sobre la lectura, su utilidad y, más específicamente, una forma muy singular de incorporarla a nuestra vida. El fragmento proviene del tomo Pensamiento, palabras y música publicado por la editorial Edaf:

“Cuando leemos, otro piensa por nosotros; repetimos simplemente su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos libera, sentimos un gran alivio cuando dejamos la ocupación con nuestros propios pensamientos para entregarnos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un Shopenahuer - Pensamiento, palabras y músicacampo de juego de pensamientos ajenos. Y cuando éstos se retiran, ¿qué es lo que queda? Por esta razón, sucede que quien lee mucho y durante casi todo el día, y en los intervalos se ocupa de actividades que no requieren reflexión, gradualmente pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Tal es el caso de muchas personas muy cultas. Acaban siendo incultas de tanto leer. […] Así no se llega a rumiar, y tan sólo rumiando se asimila lo que se ha leído; del mismo modo que los alimentos nos nutren, no porque los comemos, sino porque los digerimos. Si se lee de continuo, sin pensar después en ello, las cosas leídas no echan raíces y se pierden en gran medida. El proceso de alimentación mental no es distinto del corporal: apenas se asimila la quincuagésima parte de lo que se absorbe. El resto se elimina por evaporación, respiración, etcétera”.

Para finalizar con:

“A esto hay que añadir que los pensamientos depositados en el papel no son más que las huellas de un caminante sobre la arena: podemos ver la ruta que siguió, pero, para saber lo que vio en su camino, tenemos que usar nuestros propios ojos”.

La lectura es indispensable, estamos todos de acuerdo; pero antes que eso debemos aprender a leer, lo cual no siempre hacemos del todo bien y, muy importante, en general también olvidamos de enseñarle a los que vienen detrás.

Magia

Hay un poema dando vueltas por la red que me parece estupendo para los niños que comienzan a leer. No sé quién es el autor, pero no importa demasiado; sólo importa el hecho de que es así como debe hacerse para que los niños se acerquen a la lectura. Hace unos pocos días estuve ayudándole a un muchacho de catorce años —lo necesitaba para un trabajo escolar— a leer El poema del Mío Cid; y no pude menos que preguntarme cómo es posible que aún se les obligue a leer textos como ese en la escuela. A esos libros se llega luego de haber leído durante mucho tiempo, nunca son los adecuados para comenzar a leer. ¿Qué clase de formación les brindamos a nuestra juventud si como primera lectura le arrojamos por la cabeza El Quijote o Hamlet? La literatura debe ser la única materia que se enseña de atrás para adelante. ¿Se imaginan si en matemática comenzaran con ecuaciones de segundo grado para terminar enseñándoles a restar y a sumar?
Vuelvo al punto de partida: creo que el poema que dejo a continuación es un ejemplo de cómo se debe acercar la literatura a los más pequeños. No voy a hacer ningún comentario después; sólo deseo que despierte en ustedes al niño que todos llevamos dentro y que lo disfruten con simpleza, como si hubiesen vuelto a tener nueve o diez años.

Magia

Magia

Lee esto para ti. Léelo en silencio.
No muevas tus labios. No produzcas ni un sonido.
Léelo para ti. Escucha sin oír nada.
¿Qué cosa maravillosamente extraña, no?

¡AHORA HAZ ESTA PARTE FUERTE!
¡GRÍTALA EN TU MENTE!
DEJA TODO FUERA DE ELLA
Ahora, oye un suspiro. Un delicado suspiro.

Ahora, lee la siguiente línea con tu mejor voz rasposa de viejo:
“Hola, pequeño. ¿Tiene tu ciudad una oficina de correos?”
¡Sorprendente! ¿Quién era esa persona? ¿De quién era esa voz?
¡Seguro que no fue la tuya!

¿Cómo hiciste eso?
¡¿Cómo?!
Debe ser magia…