En defensa de la fantasía

fantasía (1)
Una de las tantas tonterías con que la modernidad mal entendida nos ataca, y todo en honor a una supuesta verdad, es que ahora debe decírsele a los niños todo “tal cual es”. Bajo el error de considerar a la fantasía como una mentira en lugar de darle el lugar que le corresponde (el de complemento de la realidad, nunca como su sucedáneo) me he encontrado con padres que se aferran a “decirle la verdad” a sus hijos a como dé lugar. Pongo el “decirle la verdad” entre comillas porque generalmente esa verdad sólo se refiere a Santa Claus o a El Señor de los Anillos; nunca he sabido que esos padres les expliquen a esos niños cómo han venido al mundo o que les digan que la iglesia a la que asisten los domingos es una más entre tantas.
Sea como fuere, mi defensa hoy va para los simples, directos, queridos y necesariosfantasía (2) libros para niños. Esos que desbordan fantasía por los cuatro costados; esos que nos hicieron soñar cuando nosotros mismos éramos niños (y que no nos convirtieron en ningún monstruo infame ni nada que se parezca) y que alimentaban nuestras fantasías más desbocadas. En las ajustadas palabras de Miriam Merchán en su introducción a los Cuentos de los hermanos Grimm publicados en la colección Antares:
“Tanto los mitos como los cuentos de hadas responden a las eternas preguntas: ¿Cómo es el mundo en realidad? ¿Cómo tengo que vivir mi vida en él? ¿Cómo puedo ser realmente yo? Las respuestas que dan los mitos son concretas, mientras que la de los cuentos de hadas son meras indicaciones; sus mensajes pueden contener soluciones, pero éstas nunca son explícitas. Los cuentos dejan que el niño imagine cómo puede aplicar a sí mismo lo que la historia le revela sobre la vida y la naturaleza humana.
En cuanto avanza de manera similar a como el niño ve y experimenta el mundo; es fantasía (3)precisamente por ese motivo que el cuento de hadas resulta tan convincente para él. El cuento lo conforta mucho más que los esfuerzos por consolarlo basados en razonamientos y opiniones adultos. El pequeño confía en lo que la historia le cuenta, porque el mundo que ésta le presenta coincide con el suyo”.
Entonces tenemos que los cuentos de hadas y otras historias fantásticas no son en absoluto perjudiciales, sino que, por el contrario, les brindan a los niños con herramientas útiles para comprender el mundo que los rodea. Tal vez si los dejaran leer más incluso llegarían a entender el mundo mejor de lo que lo hacen sus padres.

El hacha y el mar helado.

bcc2fcb33abcc2085fa10c2419589c56En 1904 Kafka escribió a su amigo Oscar Pollák: “En general, creo que sólo debemos leer libros que muerdan  y que arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un golpe en el cráneo, ¿para que molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo seríamos igual de felices si no tuviéramos ningún libro. Los libros que nos hacen felices también podríamos escribirlos nosotros mismos si no no quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más lejanos, lejos de toda presencia humana, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado debajo de nosotros. Eso es lo que creo”.

Muchas veces se ha citado (incluso aquí) a Borges cuando dio aquel consejo sobre no leer libros que no nos gusten; que no nos atrapen desde el mismo principio. Estoy seguro de que Borges coincidiría con Kafka en que no por eso hay que abandonarse a lecturas simples y fácilmente digeribles. Un libro debe dejar una señal, sea ésta cual fuere. Recuerdo aquella frase que oí por primera vez en boca de una maestra de la escuela primaria: Los libros no muerden. Grosero error, no cabe duda alguna. Los libros muerden, y cuando lo hacen dejan, siempre, una marca indeleble. 

Hilando palabras.

optimismo-pesimismo2Hace un tiempo “discutíamos” con Danioska sobre la relación (y las posibles diferencias) entre la poesía y la filosofía. El germen no era tanto su objetivo último, punto sobre el cual no habría mucho que debatir; sino que todo partió desde dónde nosotros encontrábamos el placer por las palabras mismas. Mientras Danioska encontraba su mayor fuente en la poesía, yo la encontraba en la filosofía. Eso me llevó a buscar visiones ajenas sobre el ese punto y, para no extenderme mucho casi voy directo a la conclusión: La poesía y la filosofía tienen más en común de lo que tienen de diferente. El tema da para más y tal vez en algún momento le dedique su propio espacio; por ahora me voy a asunto, relacionado, de alguna manera, pero otro asunto al fin y al cabo.

El pasado sábado asistí a una maratón de lectura en el Café Nómada, de Morelia; en donde aproveché para darme un pequeño gusto. Allí leí una selección de poetas latinoamericanos (Julia Santibáñez, Freny Herrera García, Fabio Morábito, Laura Mastracchio, Washington Cucurto, Susana Thénon y algún otro que ahora se me escapa. También leí algún texto mío, pero como siempre hago en estos casos, lo atribuyo a un autor inventado; sólo por si mis amigos tienen algo que decir al respecto. De ese modo espero que lo hagan sin la presión de tener que decir palabras bonitas por pura empatía). Antes de finalizar leí el fragmento de la novela de George Eastlake que compartí hace poco.

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Aquí hice una pausa y expliqué los motivos por los cuales había elegido esos textos en particular (textos que abracaban lo erótico, la violencia, el lenguaje, el amor, la muerte, etc.). Recordé a mis oyentes aquella tarde en que la propia Julia Santibáñez, café por medio, me preguntó “cómo es que podía vivir bajo el pesimismo constante de Schopenhauer” y aquí es cuando pude por fin responder a esa pregunta. El pesimismo ha sido siempre una constante en mi vida (no me volví pesimista por haber leído a Schopenahuer; encontré en Schopenahuer las palabras exactas que exponían mis puntos de vista); pero eso no ha sido motivo para acercarme a lo negativo, a lo negro en sí; por el contrario, eso me ha hecho valorar más el valor del ahora, del momento, de la vida en todo su magnífico esplendor. Ésa fue la razón por la que elegí esos textos (sintetizados en el fragmento de la novela que mencioné antes). Por último, terminé con un ejemplo que me parece fascinante por su riqueza lógica, poética y filosófica (sí, al fin todo cerró, de una u otra manera). El fragmento que les dejo a continuación fue lo último que leí y que me parece una síntesis última de lo que quiero decir cuando me preguntan sobre la supuesta contradicción entre mi visión negativa de la vida y el hecho de estar tan apegado a ella. Pertenece al biólogo Richard Dawkins, quien lo escribió para que sea leído en su funeral y que pertenece a su libro Destejiendo el Arco Iris:

“Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?”

Exactamente ahí.

Para nabokov

Nabokov decía que no se lee con la cabeza y tampoco se lee con el corazón: se lee con la espalda, más precisamente con ese lugar entre los omóplatos donde alguna vez tuvimos alas.

Uno lee lo anterior y de inmediato comienza a pulir la idea, a llevarla un paso más allá; a decir que hay libros que nos obligan a leerlo con la entrepierna, otros con las entrañas otros con… hasta que uno se da cuenta de que es un idiota y que está cometiendo un pecado bastante común: por leer a alguien inteligente tenemos la torpe certeza de que podemos ir un paso más allá que ellos y no, eso pocas veces ocurre (aunque a veces, si el destino nos toca con la punta de sus buenas intenciones sí podamos lograrlo). Entonces volvemos a la cita original y vemos que todo está incluido en esas palabras, lo que nosotros pensamos y podemos llegar a pensar. Como me sucedió con esta cita de Nabokov; al final él tiene razón: todo está allí, en ese punto preciso de nuestra espalda.

El Gran Gatsby viaja en metro.

Brasil

Hace poco vi una noticia en Facebook que me resultó interesante y que algunos amigos “compartieron”, como se dice en esa red. La noticia en cuestión decía que en Polonia quienes leyeran a lo largo del trayecto del viaje en transporte público no pagaban el pasaje. Las noticias compartidas estaban ilustradas con fotos varias de personas leyendo en algún transporte público indiferenciado. Como sé que a lo que se comparte en FB hay que tenerle una desconfianza mayúscula, busqué la información pero no hallé nada al respecto; así que es probable que todo haya sido una de esas noticias falsas y nada más (al margen: hay gente que tiene demasiado tiempo libre o que no sabe muy bien qué hacer de su vida; porque perder el tiempo en crear una noticia falsa es algo bastante idiota). Todo esto viene a colación porque encontré esta otra noticia parecida (aunque no la encontré en FB, sino en Tumblr) y ésta sí que es real.

El asunto es así: como una forma para promocionar la lectura, la editorial de libros de bolsillo L&PM POCKET creó una original campaña para fomentar la lectura en la ciudad brasileña de Sao Paulo (un dato: en Brasil tan sólo se lee una media de 2 libros al año). La iniciativa de Ticket Books consiste en una colección de libros de bolsillo que sirven como billetes de metro. La editorial creó unas cubiertas especiales que ocultaban en su interior una tarjeta de transporte con 10 trayectos gratuitos. Para acceder al metro, tan sólo hay que pasar el libro por el escáner, como si el propio libro fuese un billete de metro. Una vez terminado el libro, el lector puede recargar su Ticket Book para pasárselo a un amigo e incentivar la lectura.

Algunos de los títulos de esta colección son “Hamlet”, de William Shakespeare, “Cien sonetos de amor”, de Pablo Neruda, “Sherlock Holmes”, de Sir Arthur Conan Doyle, “El Gran Gatsby”, de F. Scott Fitzgerald, o “Garfield”, de Jim Davis. Cada uno de los libros tiene la portada de un color diferente y su diseño ilustra una imagen o protagonista de los libros pero trazado como si fuese un mapa del metro.

Los libros se repartieron en diferentes estaciones de Sao Paulo, en las que se instalaron expositores con los diferentes títulos a elegir y se invitó a los viajeros a participar en la iniciativa. Fueron repartidos alrededor de 10.000 libros (de diez títulos diferentes) de los cuales, según la editorial L&PM, más de 2.300 han sido recargados de nuevo a través de su página web (les recomiendo que pasen un segundo por allí; así podrán ver las interesantes portadas de esos libros en su página de inicio).

Éste tipo de incentivos no es algo sencillo; todos sabemos que el mejor momento para lograr el hábito de lectura es en la infancia pero, de todos modos, el intento es atractivo y es posible que algo se logre con él. Esperemos que así sea y que si rinde sus frutos podamos verlo en acción a lo largo y ancho del mundo todo.

Poesía activa

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Jorge Luis Borges dice, en el prólogo a uno de sus libros de poesía, que ésta no se encuentra en el conjunto de símbolos impreso en la página, sino en la comunicación que se establece entre esos símbolos y el lector. El acto poético existe en la medida en que un lector siente aquello que le es transmitido a través del lenguaje.

Más allá de apreciar lo correcto y fascinante de esta idea de Borges, nos encontramos con un pequeño problema: ¿Puede leerse sin experiencia?  Sé que lo primero que se piensa cuando se habla de lecturas poéticas es, precisamente, la imagen poética de que puede leerse sin más que el deseo por la belleza; pero el problema permanece: ¿Cuánto necesitamos comprender para disfrutar de un texto? El mismo Borges en el prólogo a otro de sus libros hace esta distinción entre la poesía lírica (aquella que tal vez no dice nada, pero que es bella por la cadencia y la eficacia rítmica de sus versos) y la poesía intelectual (aquella que requiere un análisis casi lógico de sus versos).

Dice Borges: “Admirable ejemplo de una poesía puramente verbal es la siguiente estrofa de Jaimes Freyre.

Peregrina paloma imaginaria

Que enardeces los últimos amores;

Alma de luz, de música y de flores,

Peregrina paloma imaginaria.

.

No quiere decir nada y a la manera de la música dice todo.

Ejemplo de poesía intelectual es aquella silva de Luis de León, que Poe sabía de memoria:

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al Cielo;

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanza, de recelo.

 .

No hay una sola imagen. No hay una sola hermosa palabra, con la excepción dudosa de testigo, que no sea una abstracción”.

Tenemos, entonces, que la poesía intelectual nos exige un acercamiento elaborado para poder disfrutarla, mientras que la poesía lírica pareciera que no necesitara de este acercamiento. El problema que estoy planteando, entonces, se reduce a este único caso: ¿Puede leerse, aunque sea la poesía lírica, sin experiencia?

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Nota: Sigo sin conexión a internet; de allí que no los visite o que tarde en responder a sus comentarios. Lo haré en cuanto pueda conectarme con tiempo desde algún otro sitio. Un abrazo masivo y general.