Breve ensayo sobre el olvido

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Borges, en muchos de sus textos, habla maravillas del olvido y considera a esta costumbre como una de las más sanas. “Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón” dijo alguna vez y ése es un ejemplo de lo que quería decir: ante una afrenta, ante un mal recuerdo, el olvido es la única cura.

Me gusta esa idea, pero no comulgo del todo con ella; creo que puede aplicarse a ciertos casos, pero no a todos; es más, creo que en algunos casos no debería ser aplicada en lo más mínimo. En ese sentido me pliego más a la idea de Mario Benedetti, quien tiene un poema que me parece (nunca he encontrado pruebas de esto, pero no me lo saca nadie de la cabeza) que lo escribió para el mismo Borges:

“El olvido no es victoria sobre el mal ni sobre nada…

…y si es la forma velada

de burlarse de la historia

para eso está la memoria

que se abre de par en par

en busca de algún lugar

que devuelva lo perdido

no olvida el que finge olvido

sino el que puede olvidar”.

Notable knockout el de Benedetti. Es curioso, pero de ambos escritores me quedo con Borges, aunque en cuestiones políticas mis preferencias están con Benedetti; prueba de que no siempre los grandes escritores comulgan bien con nuestros conceptos morales o con nuestras ideas políticas.

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Volviendo al tema de la memoria, creo que aquí Borges deja ver un aspecto de su vida que siempre lo hizo sentir menoscabado: la cobardía. Él mismo dijo en muchas ocasiones que de haber tenido la oportunidad le hubiese gustado ser valiente. Ante la imposibilidad de poder actuar como él quería, encontró una salida elegante en la formulación intelectual de esa cobardía disfrazándola de olvido.

Hay cosas que no deben olvidarse no por afán de venganza, sino en honor de la justicia y de la verdad. Tal vez debamos recordar el sentido de aquella frase de J.M. Barrie, quien dijo “Tal vez Dios nos dio memoria para que tengamos rosas en diciembre”.

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Pensar, hablar, catalogar

En Otras Inquisiciones, Borges escribe sobre una extraña taxonomía encontrada en una antigua enciclopedia china titulada Emporio celestial de conocimientos benévolos. Borges dice: “En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (e) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.

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Esta enumeración es, sin duda, fantástica, pero tiene algo de verdad, ya que diferentes Dyirbalculturas pueden clasificar el mundo de formas sorprendentemente diferentes. En Dyirbal tradicional, una lengua aborigen de Australia, cada sustantivo debe ser precedido por una variante de una de cuatro palabras que clasifican todos los objetos en el universo (pueden acceder a un detallado estudio de este lenguaje en este PDF de la Universidad de Harvard):

Bayi: hombres, canguros, zarigüeyas, murciélagos, la mayoría de las serpientes, la mayoría de los peces, algunos pájaros, la mayoría de los insectos, la luna, tormentas, arco iris, boomerangs, algunas lanzas, etc.

Balan: mujeres, zarihueyas, perros, ornitorrincos, osos hormigueros, algunas serpientes, algunos peces, la mayoría de los pájaros, luciérnagas, escorpiones, grillos, todo lo relacionado con agua o fuego, sol y estrellas, escudos, algunas lanzas, algunos árboles, Etc.

Balam: todas las frutas comestibles y las plantas que las llevan, tubérculos, helechos, miel, cigarrillos, vino, pastel.

Bala: partes del cuerpo, carne, abejas, viento, barras de comida, algunas lanzas, la mayoría de los árboles, hierba, barro, piedras, ruidos y lenguaje, etc.

George Lakoff, lingüista de UC-Berkeley, en su Women, Fire y Dangerous Things, de 1987, dice al respecto: “El hecho es que las personas de todo el mundo categorizan las cosas de una manera que aturde tanto a la mente occidental como a los lingüistas y antropólogos occidentales. Más temprano que tarde el lingüista o antropólogo acaba por levantar las manos y recurre a dar una lista; una lista que no nos sorprendería encontrar en los escritos de Borges”.

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Si, como algunos lingüistas creen hoy en día, el pensamiento está estrechamente relacionado con el lenguaje ¿Cómo pensarán los integrantes de la tribu Dyirbal? ¿Afectará esa forma de pensamiento a otros ámbitos de la vida social? El enlace que dejé más arriba, a un archivo PDF, relaciona este asunto con el problema del lenguaje y la violencia de género; pero podríamos extender este asunto a otros aspectos de la vida también. Quién sabe, tal vez encontremos la solución a alguno de nuestros problemas pensando como lo hace una lejana tribu australiana.

Anarquistas eran los de antes

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Varias veces he nombrado aquí al estupendo ensayo de Borges Kafka y sus precursores. Para ir directo al grano, diré que en ese ensayo Borges postula que cada lectura modifica a las posteriores pero, más importante, también a las anteriores. Se me ocurre un ejemplo que tal vez sea banal, pero que servirá: Cuando asistimos a una representación de Hamlet y aparece el fantasma del padre de ese personaje ¿Vemos y sentimos lo mismo que un espectador del teatro isabelino? Sin saber con exactitud qué es lo que sentían aquellas personas, podemos asegurar que las sensaciones y pensamientos son muy, pero que muy diferentes. En el siglo XXI, luego de haber visto decenas de películas de terror, luego de haber leído muchos cuentos y relatos de fantasmas y aparecidos, no vemos en ese espectro más que un atajo dramático o, tal vez, una mera curiosidad psicológica (¿Es real el padre de Hamlet o sólo es producto de la imaginación de los personajes?).

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Con esto quiero señalar, ahora, un aspecto personal de lo antedicho. Es decir que quiero contarles cómo esto es una realidad palpable para mí, no sólo una bella idea en un ensayo de Borges. Me explico. Sigo leyendo, como dije hace pocos días, con no poca fascinación, a Esquilo. Esta vez le toca a Agamenón (primera parte de La Orestea); tomo el libro, lo abro donde lo dejé la noche anterior y leo:

“Alguien dijo que las deidades no se dignan siquiera cuidarse de los mortales que pisotean el honor de lo inviolable. Ése no era un nombre piadoso. La maldición se revela en los frutos de las ilícitas osadías de quienes se muestran más orgullosos de lo que es justo, cuando en exceso sus casas rebosan sobrepasando la medida óptima. Tenga sin daño la riqueza, de modo que pueda bastarle, quien por su suerte ha logrado la sabiduría, pues no es un baluarte la riqueza para el varón que por buscar la saciedad da un puntapié grandioso altar de la Justicia, para hacerla desaparecer”.

¡Maravilloso! Pero no puedo dejar de ver en ese pasaje a todo el conglomerado neoliberal que nos rodea y nos ahoga. Claro, Esquilo habla del poder y del exceso de poder; habla de la hybris que impulsa a todo aquel que se deja arrastrar por la desmesura del dinero. Es cierto, un imbécil con poder es igual ahora que hace dos mil quinientos años.

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Continúo con la lectura y dos páginas después me encuentro con esto:

“Cosa grave es la voz de unos ciudadanos que sienten rencor. El gobernante paga la deuda cuando la maldición del pueblo se cumple”.

Diablos; menuda representación de un estado de revuelta popular… Luego, tan solo unas pocas líneas adelante, encuentro lo siguiente:

“Prefiero un bienestar que no provoque envidia. ¡Nunca sea yo destructor de ciudades! ¡Ni, prisionero, vea mi vida sometida a otro!

¿Pero no es ésta la síntesis del pensamiento anarquista? “Ni mandar ni ser mandados”, dice esta corriente filosófico-política ¿De dónde me sale esto de un Esquilo anarquista?
Como dije al principio (en realidad lo dijo Borges, ya lo sé): No puedo ni podré leer a los clásicos tal como fueron escritos; sólo puedo acceder a ellos a través de los ojos de un lector del Siglo XX (que es donde me formé) o del Siglo XXI (el cual es el que habito). Sea como fuere, leer a Esquilo es un placer exquisito; encontrarme con un Esquilo anarquista o socialista es algo que excede la mayor de las alegrías.

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Todo confluye

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Releo algunas páginas sueltas de un viejo diario personal y veo que la lectura de ciertos hechos implica un dolor o un desagrado que no hoy no merecen la pena pero que, inevitables, se hacen presentes cada vez que vuelvo a ellas. Por esa razón, desde hace años escribo en mis diarios sólo notas tangenciales o fragmentos de estilo casi ficcional; tal vez como forma de engañarme a mí mismo en una lectura futura. Al mismo tiempo leo, también, y para un trabajo personal, Ficciones, de Borges. Ese volumen contiene, como alguno recordará, La biblioteca de Babel; relato donde se nos muestra una biblioteca infinita. Por último, y de manera totalmente azarosa, llega mis manos este fragmento de Prosas apátridas, de Julio Ramón Ribeyro: “Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodías, nociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer. Si nos fuera posible revivir el placer que nos procuró una mujer o el dolor que nos causó una enfermedad, nuestra vida se volvería imposible. En el primer caso se convertiría en una repetición, en el segundo en una tortura. Como somos imperfectos, nuestra memoria es imperfecta y solo nos restituye aquello que no puede destruirnos”.

Es por eso, me digo entonces, que la Biblioteca de Babel es un sitio terrorífico; es por eso que una memoria infinita sería una tortura insoportable (como en ese otro cuento de Borges, Funes, el memorioso). Es por eso que uno no debe dejar por escrito todo lo que ocurrió en el pasado; porque incurrir en ese error conlleva lo atroz de otorgarle a lo que debe ser olvidado el carácter o la posibilidad de la inmortalidad. Como bien lo sintetizó Robert Silverberg (y me disculpo por la cantidad de nombres y de citas; pero hoy mi mente anda por estos rumbos sin que pueda hacer nada por evitarlo): Todo confluye  en este instante del ahora. Y es nuestro deber hacer que este ahora no nos agobie con recuerdos que no merecen, siquiera, un sólo instante de atención.

El salvaje y yo

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Jorge Luis Borges.

ef6da6925b4afe1547e66184151c9229Leo esta frase de Winwood Reade: “El salvaje, el hombre primitivo, vive en un mundo extraño, un mundo de providencias especiales y de interposiciones divinas, que no tienen lugar espaciadamente, muy de vez en cuando y en aras de una gran finalidad, sino a diario, casi a cada hora… La muerte, en sí misma, no es un evento natural. Tarde o temprano, los hombres enfurecen a los dioses y son asesinados. Para quienes no han vivido entre los hombres primitivos, es difícil entender con total perfección el alcance de su fe. Cuando se le señala que sus dioses no existen, el hombre primitivo se limita a reír, maravillándose, sin más, de que se haga tan extraordinaria observación… Su credo está en armonía con su intelecto, y no puede ser modificado si antes no se modifica su intelecto.”

Bien, estoy de acuerdo con esta explicación de Reade. No creo que nadie pueda oponerse a ella. El punto es que no veo razón alguna por la que esta frase no pueda ser aplicada a cualquier tipo de creyente. ¿Será porque el “salvaje” siempre es el otro? ¿Será porque uno siempre encuentra tan fácil justificarse que no puede ver ni siquiera un poquito más allá el alcance de sus propias palabras?

Cuando leí esto recordé los versos de Borges con los que abrí éste post. Si el salvaje siempre es el otro, ¿Qué sucede cuando el otro soy YO?

Como granos de arena

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Borges dice que Edgar Allan Poe creó no sólo el género policial; sino también a un nuevo tipo de lector: el lector de novelas policiales. Un lector que sospecha, que es sumamente incrédulo, un lector que siempre está intentando anticiparse al propio autor.

Creo que el primero que dijo que hay que leer sólo aquello que nos agrada fue Montaigne, en sus Ensayos. Esa idea la retomaría luego Emerson en su estética y de allí pasaría al infatigable Borges. Leer sólo lo que nos causa placer es uno de los grandes consejos que pueden dársele a un lector cualquiera, pero tal vez es el consejo ideal para un lector novato, quienes a veces suelen creer que hay que leer “lo que hay que leer”, idea que es una receta perfecta para perder adeptos a esta costumbre.

Uniendo las dos ideas y considerando, entonces, que cada cual lee lo que le gusta leer y que cada lectura modifica al lector; pienso que así tenemos lectores hedonistas, lectores sospechosos, lectores poéticos, lectores informativos, lectores lógicos, lectores caóticos, y quién sabe cuántos otros tipos diferentes.  Y también estamos, lo digo modestamente, quien como Cervantes leemos hasta los papeles que encontramos tirados en el piso. Lectores omnívoros, voraces, infatigables.

¿Y tú, qué tipo de lector eres?

Resurrección

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Dijo Jorge Luis Borges: “¿Qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras —o, mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos— surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo”.

¿Y si expandimos los horizontes borgesianos? ¿Y si todo fuese símbolo, no sólo las palabras? ¿Qué despertaría a ese mundo tan nuestro, tan privado, tan necesario? Pienso en una piel y unos labios y en el nombre que llevan tras de sí; pienso en un abrazo que me espera en el sur; pienso en una voz que no volveré a escuchar pero que me acompañaba desde el pasado lejano; pienso en el contacto con la piel peluda de un ángel en particular (los únicos ángeles que conozco caminan en cuatro patas y los llamamos perros); pienso en un paseo solitario por cualquier lugar; pienso en un cuadro de Renoir que vi en el Museo Soumaya; pienso en los árboles reverdeciendo en la primavera de Mar del Plata.

Cuánta poesía nos rodea, incontenible…