La ganadora perpetua

The Seventh Seal - Ingmar Bergman

Muchos conocerán la famosa escena de la película de Ingmar Bergman El séptimo sello; la cual es más conocida por las escenas en las que el caballero Antonius Block juega al ajedrez con la Muerte, personificada como un hombre pálido y misterioso que a menudo sostiene una guadaña y lleva el típico traje negro y capucha. La muerte como personaje ha aparecido en el arte durante siglos, pero una de las primeras apariciones del símbolo de la muerte jugando al ajedrez se remonta a la pintura medieval del siglo XV de Albertus Piktor. Esta obra se encuentra en la Iglesia católica del condado de Täby, justo al norte de Estocolmo. Parece probable que Ingmar Bergman se refirió específicamente a la pintura de Pictor como un homenaje a esa pintura.

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Pintura de la iglesia en Täby, Suecia, por Albertus Pinktor hacia 1480.

Buscando más información he encontrado varias representaciones antiguas de esta imagen simbólica. Las dejo a continuación. Para ver las imágenes en mayor tamaño y una descripción breve, hacer clic sobre una de ellas.

Azul

Pablo Picasso - Habitación azul

Pablo Picasso – Habitación azul

En estos tiempos de especialización desbocada, podemos encontrar datos por demás curiosos, aunque no sepamos muy bien qué hacer con ellos. De todos modos, la curiosidad, al menos en casos como éste, siempre será una consejera muy bienvenida. A lo largo de la historia de la pintura, y en particular en los últimos doscientos años, los colores cálidos han dominado por mucho a su contraparte fría. De hecho es notable la predominancia del naranja, que se coloca como el color más popular entre los pintores. Prueba de ello es una gráfica creada por Martin Bellander, publicada en un blog especializado en datos informáticos, que revela cuáles son los colores más empleados en 120,000 pinturas de distintas épocas, que incluye el acervo digital de la BBC.

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Además de la sorpresiva hegemonía naranja, la gráfica muestra otro fenómeno que llama la atención: la reciente popularización del azul. Durante los últimos cincuenta años este color ha mantenido un crecimiento sostenido en sus apariciones dentro del arte pictórico, hasta llegar al punto en que podemos afirmar que el arte plástico jamás fue tan azul como ahora. Recordemos que el azul podría considerarse como uno de los colores más evocadores a nuestro alcance. Hay algo de misterio en él, una elegancia que insinúa y que le sitúa alto en la predilección de los poetas; y quizá sea precisamente la dificultad para describirlo lo que lo hace tan propenso a la metáfora evocadora.

Ahora, la pregunta sería: ¿cuáles son las causas, y cuáles las consecuencias, de esta “azulización” del arte?

De sellos e incógnitas

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La costumbre de llevar un diario es algo por demás común; muchas personas suelen adoptar esta práctica, la cual, en lo personal me parece algo muy saludable. Pero cada cual lleva el diario de la manera que se le antoja, claro está; y es así que podemos encontrar a personas que llevan diarios ilustrados, fotográficos, escritos o, incluso, filmados. Como el artista Donald Evans, que pasó su vida pintando los sellos de países inexistentes. “Los sellos son una especie de diario o bitácora”, dijo. “Es, para mí, como viajar a un mundo inventado que me gusta más que en el que estoy”.

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Más tarde, Willy Eisenhart en The World of Donald Evans (1980), señaló: “Sobre pequeños rectángulos de papel pintó transcripciones precisas de su vida. Conmemoraba todo lo que era especial para él, disfrazando esas ideas en sellos de países imaginarios —cada uno detallado con su propia historia, geografía, clima, moneda y costumbres—. Todo ello representativo de esos mundos ficticios pero, como los sellos reales, reflejado con absoluta tranquilidad”.
Los pintó con acuarelas, manipulando el papel con pinzas y trabajando siempre con el mismo pincel. Cuando terminaba, a veces los cancelaba con un matasellos de fantasía tallado con un borrador de goma. Los conservó en un libro de 330 páginas, modelado como un verdadero catálogo de sellos, donde registraba en cada caso el nombre del país de ficción, la fecha, el motivo y la ocasión de la emisión del sello y la fecha en que había terminado la pintura. Llamó a este libro su Catálogo del Mundo.

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Donald Evans murió en un incendio en Ámsterdam en 1977; para ese entonces había pintado casi 4.000 sellos de 42 naciones imaginarias, con fechas que iban desde 1852 a 1973. Dijo, alguna vez, al  París Review: “Cuanto más hago, más loco y más minúsculo se vuelve el detalle y más similares a un sello postal se convierte. Y eso me intriga…”.

Donald Evans
Cuando veo este tipo de trabajos no puedo dejar de pensar en lo intrincado de la mente humana. Sé que esto ocurre porque me encuentro en las antípodas de este tipo de artistas; es bien sabido que las personas que se dedican a hacer varias cosas son las menos productivas, ya que saltan constantemente de una cosa a la otra sin terminar nada. Por ello, conocer a estas personas que dedican toda una vida a una actividad me sorprende por partida doble; por un lado esa capacidad para mí desconocida de hacer una y sólo una tarea; por otro (lo cual no es extraño teniendo en cuenta lo anterior) lo amplio y detallado de su obra.

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La historia de Nastagio degli Onesti

Durante el gótico italiano era frecuente, para plasmar una narrativa en un cuadro, repetir a los mismos personajes en la misma pintura. Así, podíamos ver en un primer plano a un personaje despidiéndose de su amada mientras a la izquierda un galeón entraba en escena; en la misma pintura podía verse a la derecha al galeón alejándose con una silueta pequeña pero similar a la que habíamos visto en primer plano, sobre cubierta. Entonces se entendía que todo eran partes de la misma historia: el galeón que llegaba y el que se iba eran el mismo, al igual que hombre sobre cubierta.

Quien utilizó de manera magistral esta técnica fue Sandro Botticelli, aunque para su época, Quattrocento, esta técnica ya había caído en desuso. De todos modos, Botticelli dejó un clásico en su representación de la historia de Nastagio degli Onesti, historia tomada del Decamerón, de Bocaccio.
El tema es el que sigue: Nastagio, joven noble, ha sido rechazado en sus pretensiones matrimoniales por Paola Traversari, de quien está enamorado. Triste, pasea sus penas a solas por el bosque cuando, de repente, presencia la aparición fantasmal de una mujer desnuda que huye desesperadamente de un jinete y su jauría. Estas acciones se recogen en el primer cuadro y se encuentran separadas por momentos gracias a los enmarques de los troncos de los árboles del bosque. El joven Nastagio aparece de tal modo dos veces.
01 - La historia de Nastagio - Botticelli

En el siguiente cuadro, Nastagio contempla horrorizado cómo los perros dan alcance a la mujer, a la cual el caballero mata y destripa, ofreciendo sus entrañas a los animales. Finalizado el suplicio, la mujer se levanta y la persecución se reanuda, como se observa en las figuritas del último plano del bosque. El caballero cuenta a Nastagio que la crueldad de ella ante sus peticiones amorosas provocó su suicidio y el tormento eterno de ambos.

02 - La historia de nastagio
En el tercer cuadro, Nastagio, notablemente impresionado, convoca a sus familiares y a su amada para un banquete en el mismo bosque donde apareció la terrible caza. Para ello, los árboles son talados y se crea un espacio, adornado con ricos doseles, que dan cobijo al ágape. En pleno banquete, la persecución se materializa de nuevo, espantando a los presentes. Cuando Nastagio explica la historia a Paola, ésta se conmueve y acepta ser su esposa.

03 - La historia de Nastagio
Los desposorios y el final feliz se relatan en un cuarto cuadro, que no está en el Museo del Prado sino en una colección particular suiza. Este cuadro, sin embargo, no se atribuye a Botticelli, sino a alguno de sus alumnos. Las diferencias son notables hasta para un lego como quien esto escribe. De todos modos, la historia se completa con él y es indispensable considerarlo dentro de la serie.
04 - la historia de nastagio

Pueden ver las obras con mayor detalle en el sitio oficial del Museo del Prado (pueden incluso agrandar las imágenes y moverse por ellas con facilidad).

El paisaje y la memoria

Hace más de un mes que terminé de leer Un hombre enamorado, de Karl Over Knåusgard y todavía encuentro notas que tomé en el momento de la lectura. El que dejo a continuación es un fragmento en el que Knåusgard habla sobre Varus, un cuadro de Anselm Kiefer (y del cual yo no sabía absolutamente nada). Cuando me encuentro con algo así en un texto, lo que hago es suspender la lectura y, ahora que tenemos la bendición de internet, busco aquello a que se hace referencia. Dejo el fragmento en crudo, sin tocar ni una coma y dejo también una reproducción del cuadro de Kiefer. He buscado el libro de Schama en español, pero aún no lo he encontrado.

Varus de Anselm Kiefer

—¿Has visto ese cuadro de Kiefer? Un bosque, no ves más que árboles y nieve, con manchas rojas entremezcladas, y luego están los nombres de algunos poetas alemanes, escritos en blanco. Hölderlin, Rilke, Fichte, Kleist. Es la mejor obra de arte realizada después de la guerra, tal vez en todo el siglo pasado. ¿Qué aparece en el cuadro? Un bosque. ¿De qué trata? Bueno, pues de Auschwitz. ¿Dónde está la relación? No trata de pensamientos, penetra en lo más profundo de la cultura, y no se puede expresar mediante pensamientos. El cuadro se titula Varus, que era un caudillo romano. Perdió una gran batalla en Germania. La línea va, pues, desde la década de los setenta hacia atrás, hasta Tácito. Es Schama quien lo señala en Paisaje y memoria.

SchamaCuando leo a Lucrecio, todo trata del esplendor del mundo. Y eso, el esplendor del mundo, es un concepto barroco que seguramente se extinguió con él. Trata de las cosas. Lo físico de las cosas. Los animales. Los árboles. Los peces. Si a ti te da pena que haya desaparecido la acción, a mí me da pena que haya desaparecido el mundo. Lo físico del mundo. Sólo tenemos imágenes de él. Con eso nos relacionamos. ¿Pero qué es el Apocalipsis? Los árboles que desaparecen en Sudamérica. El hielo que se derrite, el nivel de agua que sube. Si tú escribes para recuperar la seriedad, yo escribo para recuperar el mundo. Bueno, no este mundo en el que me encuentro. Precisamente no lo social. Los Gabinetes de Curiosidades del Barroco. Los Cuartos de Maravillas. Y ese mundo que está en los árboles de Kiefer. Es arte. Nada más.

 

Relación íntima

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Cuadro y materiales de trabajo de Anabutsa  Itcho

La pintura, en el antiguo Japón, estaba estrechamente relacionada con la caligrafía. No se podía ser un buen pintor si no se era, al mismo tiempo, un buen calígrafo; pero también se consideraba lo contrario; es decir que no se podía ser un buen calígrafo si no se era, al mismo tiempo, un buen pintor. Esto, claro está, es comprensible ante la delicadeza que requería un trazo como un ideograma; el cual debe transmitir, desde su misma imagen, una idea conceptual de lo que designa.

Pero hay un paso más que puede darse: los poetas tenían por costumbre ilustrar sus versos con dibujos, lo cual hace que el poeta sea, a su vez, calígrafo y pintor.

Durante muchos siglos fue costumbre que el poeta y calígrafo escribieran primero una estrofa y luego, en torno a ella, compusieran un cuadro. Las tres disciplinas debían ser, entonces, una única cosa; una única forma de arte. Me pregunto qué pasaría por la mente de uno de estos artistas; cómo verían su entorno y cómo lo sentirían dentro de sí. Una imagen que evoca un verso, un trazo que despierta una imagen, un sonido que se inscribe en el papel como un dibujo y al mismo tiempo como una idea… Se me hace imposible llegar siquiera a acercarme a ese pensar o a ese sentir (como ven ni siquiera sé cómo denominar a esa capacidad).

Ante tanta torpeza expositiva de quien esto escribe, es mejor un ejemplo; en este caso, un haiku de Matsuo Basho ilustrado por él mismo:

Amarillos pétalos de rosa
trueno—
una cascada…

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Narciso Reloaded

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Sátira del suicidio romántico – Leonardo Alenza

En su Sátira del suicidio romántico, Leonardo Alenza pinta con perfecta ironía lo que en otros tiempos se consideraba como algo digno, como el epítome del amor como cosa en sí, como objeto último y como valor absoluto. Sin duda, todos estamos de acuerdo en que esa costumbre es poco menos que ridícula; pero déjenme decirles que en lo personal considero a su contraparte como no menos ridícula y digna de ser pintada, también, con el pincel de la ironía o de la burla. Me refiero a que suicidarse por un amor es tan tonto como no suicidarse por ninguno. Perder la vida por una causa perdida es tan ridículo como no perderla por nada. Incluso creo que la versión moderna es peor; es más cínica y vacía; es más perniciosa, incluso. Cuando veo a la gente (y muchas veces a los jóvenes) hablar en contra del amor o incluso burlándose de él me parece que están cayendo en un pozo del que es más difícil salir porque sin que ellos lo sepan también es una forma de amor, pero más dañino: el amor a sí mismos y nada más; es decir, el viejo y conocido narcisismo. No querer morir por nadie ni por nada es lo mismo que decir que nadie vale tanto como yo. Entonces, si cambiamos un amor por otro; si cambiamos una no muerte por una vida que se parece a la muerte, no veo dónde está el negocio ni, tampoco, el valor que realmente debemos darle a la vida.