Un vaso de agua, por favor. Deslactosada, descafeinada y deshidratada.

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No puedo decirlo de otro modo: odio a la puta modernidad. Ya no se puede acceder a nada que sea puro, que sea algo en sí mismo; todo tiene que tener un agregado, un extra, un añadido. Antes de comprar algo hay que leer cada etiqueta con detenimiento ya que todo tiene, posiblemente, algo que lo modifica de alguna manera. Antes, por ejemplo, se compraba leche. Ahora hay que optar por leche entera, semidescremada, descremada, light, deslactosada. También hay café con leche y dentro de esta variedad tenemos café con leche clásico, sin azúcar, con vainilla. El viejo y simple café se ha transformado en un una búsqueda incesante entre café tradicional,  descafeinado, café con vainilla (me gustaría conocer a algún degenerado que prefiera el café con vainilla. Si el producto existe es porque existe el comprador ¿no?), capuccino, capuccino light, macciato, expresso, americano… La verdad es que ir a un supermercado, además de violento (me remito a Herbert Marcuse al decir esto) es cansador. Ahora, la última moda: el agua. Sí, el agua ahora viene saborizada y hay marcas más saludables o ¡sorpresa de sorpresas! más ricas que otras.

Si seguimos así dentro de poco, antes de ir a hacer las compras vamos a tener que tomar un curso de química o algo por el estilo.

Curar por la palabra.

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Transcribo algunos fragmentos Crítica y clínica, de Gilles Deleuze: “La literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior otra persona que nos desposee del poder de decir Yo. […] No hay literatura sin fabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la fabulación, la función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias. […] No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso […] Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. […] El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud…”

Hoy en día, tiempos en que las materias humanísticas se encuentran en peligro en varios sitios del planeta (y no solo en lugares del tercer mundo, vale la aclaración), ver a la literatura como sanadora no es algo descabellado ni utópico. Quien alguna vez dijo, literalmente, que fue salvado por los libros, no puede menos que sentirse algo apocalíptico ante este avance de lo más retrógrado del capitalismo utilitarista, aun sabiendo que no toda la estupidez es eterna, aunque el daño que hacen bien puede durar demasiado tiempo. A sanarse diariamente, entonces; a sanarse uno mismo y a quien quiera acompañarnos en este viaje pequeñito pero más que interesante.

Tiempo de vida.

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Tengo una amiga que tiene tres trabajos. No todos el mismo tiempo, claro; es decir, no todos los días alterna los tres, sino que lo hace a lo largo de la semana entera. Eso hace que viva corriendo de un sitio a otro casi sin descanso. Ella es joven, hermosa, inteligente, culta y, por sobre todo, una persona amabilísima. Sí, parece no tener defectos (si los tiene los mantiene bien ocultos; de todos modos, no importa en lo más mínimo). Hace mucho que nos cruzamos a charlar y, debo ser sincero, la echo de menos. No siempre nos entendemos, claro. Yo, por ejemplo, no entiendo cómo puede estar desperdiciando su vida de esa manera; ella no entiende cómo yo puedo vivir así, casi al azar y sin nada que me ancle a sitio alguno. Ése es uno de los pocos puntos en el que no nos entendemos y supongo que va a ser difícil que podamos hacerlo. Tampoco importa, claro, la amistad pasa por otros carriles más ricos. Pero ahora encontré las palabras justas para decir lo que siempre quise y no pude. Las palabras exactas para dar a entender mi punto de vista. No son palabras mías (¡ojalá lo hubiesen sido!) sino de José Mujica, el ex presidente uruguayo. Las transcribo aquí:

“Inventamos una montaña de consumo superfluo; y hay que tirar y vivir comprando y tirando… y lo que estamos gastando es tiempo de vida. Porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con dinero; lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener ese dinero. Pero con esta diferencia: la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad”.

Eso es lo que siempre quise decir y nunca pude hacer con esas palabras. Eso es lo que me hubiese gustado decirle a mi amiga, esa que tiene tres trabajos y a la que echo tanto de menos.

Malos tiempos para las buenas nuevas.

Diarios

En estos tiempos donde todos los discursos están tergiversados, invertir los valores de lo que se nos expone puede ser un buen camino para determinar dónde se encuentra la verdad o el camino hacia la verdad. Hace ya varios años trabajé con un muchacho que no leía novelas porque éstas eran ficción y eso le parecía una pérdida de tiempo. Leer novelas, para él, equivalía a evadirse de la realidad y, si bien algo de eso hay, no es menos cierto que la lectura de textos ficcionales conlleva muchos otros beneficios, además del beneficio enorme, precisamente, de permitirnos ver a la realidad tal cual es. El mes pasado, mientras preparaba unas clases (que espero se lleven cabo el próximo enero) sobre literatura argentina, volví a leer los textos de Roberto Arlt y de Rodolfo Walsh, ambos excelentes exponentes literarios que provenían del periodismo. Analizar sus trabajos me hizo darme cuenta de que la clásica división entre ambas disciplinas (el periodismo dedicado a la creación de textos donde se ponen en evidencia hechos reales, la literatura el ámbito donde se producen textos totalmente ficcionales) hoy se encuentra invertida; y no porque ambos hayan decidido “cambiar de rubro”, porque la literatura sigue siendo tan “ficcional” como siempre lo ha sido; sino porque el periodismo se ha dejado arrastrar tanto por el mercantilismo más vulgar que hasta no hay dudas de que el concepto de “objetividad periodística” es una falacia. Para colmo de males, ni siquiera podemos encontrar valores estéticos en el periodismo actual; así que además de poco creíbles, malos expositores.

Creer hoy en el periodismo es pecar de ingenuidad. El periodismo sigue apuntalado en aquellos tiempos pretéritos donde había una normativa interna rigurosa y donde la ética y la calidad iban de la mano. Hoy eso ha desaparecido, pero él sigue escudándose en ese fantasma ante cada crítica que se le formula. La literatura, sin embargo, sigue siendo la fiel depositaria de todos esos valores que el mundo busca desorientado. Creer en los novelistas, en los cuentistas, en los poetas, es lo mejor que podemos hacer para no vivir engañados.

Nota: Al hablar de periodismo me refiero, más que nada, al periodismo político, económico y sólo parcialmente al periodismo social. El periodismo que ha perdido credibilidad es aquel que tiene relaciones con el poder y que se ha vuelto un empleado de él. El periodismo cultural o el deportivo se mantienen, en gran parte, por fuera de esta crisis. Por último, el periodismo social se maneja en ambos círculos: por una parte se lo utiliza para estupidizar y manipular a la masa y hay un pequeño segmento que puede mantenerse fuera de esta manipulación y mantener una conciencia propia al mismo tiempo que sus niveles de calidad.

Pobreza americana.

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El pasado viernes se llevó adelante, en Estados Unidos, el llamado Black Friday, lo cual no es otra cosa que un día en que las grandes cadenas venden todo a un precio más bajo. Lo que puede verse en estos casos es realmente repugnante. Les dejo un par de videos aquí abajo para que vean a lo que se llega en casos de descerebramiento grave. Ver a miles de personas desesperadas por comprar lo que sea (la mayor parte de las veces lo que no necesitan) es algo tan patético, tan idiota que me cuesta no reírme de ello o de ellos; pero el asunto es más grave que gracioso. La idea americana es una: comprar, comprar, comprar. Si es necesario pisar a alguien, se lo hace. Si es necesario golpear a alguien, también. Sólo hay que aprovechar a comprar de manera compulsiva lo que sea, pero antes de que otro cualquiera se lo quite de las manos.

Alguno dirá que esto es competencia de los yanquis y que es asunto de ellos, así que nada debería estar haciendo yo aquí: pero el asunto no es tan sencillo. El capitalismo, como todos sabemos, es la doctrina económica global en estos momentos y esto que vemos aquí es la consecuencia última del sistema en su funcionamiento extremo. La pregunta que debemos hacernos es ¿es esto lo que queremos para nosotros? ¿Es esto lo que queremos para nuestra sociedad, para nuestra ciudad, para nuestro país? Insisto en que la cuestión no es gratuita, ya que tengo la sensación de que eso es lo que estamos creando en las nuevas generaciones. No hay más que  ver el modo de actuar de los niños y jóvenes de hoy en día, presos de medios electrónicos que les hacen perder la noción de toda realidad y, peor aún, de toda norma de respeto hacia el otro (No hablemos, mejor, de cómo tratan esos niños a sus propios padres ¿por qué nos asombramos cuando golpean a un compañero en la escuela y se graban con sus celulares?). A esos niños puede vérselos babeando ante cualquier tontería; tontería que luego no usarán y que está destinada a formar parte de una pila enorme de otras tonterías compradas porque la publicidad así lo indicó. Black Friday, hasta el nombre ya le queda adecuado.

Nota: cuando estaba terminando de escribir esto y mientras buscada datos precisos, encuentro una página llamada Black Friday Death County, donde veo que han sido siete los muertos y noventa y ocho los heridos de este año, el cual lo pone al tope de las listas (¡Y cómo les gustan a los yanquis los “Top Ten”!). También veo los diferentes tipos de daños: personas acuchilladas, golpeadas en la cabeza por TV enormes, rociadas con gas pimienta, atropelladas por automóviles… Como dije antes: me reiría si no fuera tan patético.

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Parásitos.

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Sea donde fuere, América (la rica y la pobre), Europa, Asia o cualquier otro punto cardinal hacia el que dirijamos la mirada, el grueso de las sociedades tiende a la misma acción; en momentos de crisis (y a veces sin ella), se dirige el índice acusador a los sospechosos de siempre: los pobres, las minorías, los desempleados, los inmigrantes. Nietzsche hablaba de filosofar a martillazos; y la expresión es clara: no hacen falta gruesos volúmenes para explicar ciertas cosas. Eso fue lo que sentí cuando encontré esta cita de Jason Read, el que en alguna entrevista fue catalogado como el filósofo del punk-rock. Es solo eso, una cita o un martillazo; cada cual verá cómo la siente:

“Las personas que rechazan a los desempleados y dependientes como “parásitos” no entienden ni la economía ni el parasitismo. Un parásito exitoso es aquel que no es reconocido por su anfitrión; el que puede hacer que ese anfitrión trabaje para él sin parecer como una carga. Tal es la clase dominante de la sociedad capitalista”.

Que levanten las manos los anfitriones (y si hay algún parásito que se anime, pues también).