Escribir bien, pensar bien, obrar bien

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Como si hiciera falta alguna prueba más de la necesidad de una educación multidisciplinar en la sociedad actual, encuentro este pasaje en una novela que, a pesar de ser de principios del siglo XX, aún habla (tal como corresponde a una verdadera obra de arte) a los hombres de todas las épocas. Se trata de un fragmento de La montaña mágica, de Thomas Mann:

«—Ustedes han tenido en su país —dijo Settembrini—, ustedes tuvieron, hace dos siglos, un poeta, un admirable viejo conservador que concedía una gran importancia a la bella caligrafía, pues creía que conducía al bello estilo. Hubiera tenido que ir un poco más lejos y decir que un estilo bello conduce a las bellas acciones. Escribir bien es casi ya pensar bien, y de esto no hay mucha distancia a obrar bien. Toda civilización y todo perfeccionamiento moral ha salido del espíritu de la literatura, que es el alma de la dignidad humana y que es el espíritu de la política… Sí, todo eso no hace más que uno, no hace más que una sola y misma idea de potencia y es con un solo nombre que se puede reunir todo.

            ¿Cuál era ese nombre? Ese nombre se componía de sílabas familiares, era la palabra: Civilización. Y al dejar caer esa palabra de sus labios Settembrini alzaba su pequeña mano derecha amarillenta, como quien quiere brindar».

 

Settembrini, ese maravilloso personaje secundario que marca una ruptura en el texto cada vez que aparece, dice algo que de tan obvio pasa desapercibido: el conocimiento está tan interrelacionado que no puede haber civilización sin cultura. Hoy, que todo tiene que pasar por la productividad más desbocada, deberíamos recordar que lo que nos hace humanos es la educación, la cultura, el arte; no el tamaño de nuestra televisión o el cargo que tenemos en una empresa.

La mediocridad como opción

 

Wagensberg

 

Hace poco conseguí y leí Yo, lo superfluo y el error, de Jorge Wagensberg, uno de los libros intelectualmente más estimulantes que he leído en los últimos años. Es difícil encontrar aquí libros del autor español (ya vi que la biblioteca pública local tiene un par de volúmenes, los cuales ya me apresuraré a leer in situ). Más allá de lo que me haya provocado el libro, lo importante son las líneas de pensamiento que maneja el autor barcelonés, por lo que dejaré aquí como presentación para aquellos que no conocen, un enlace a un reportaje que me pareció no menos fascinante que el libro en sí (es una regla casi invariable: quien sabe pensar lo hace igual de bien en un libro de 250 páginas que en un breve reportaje o en una charla casual).

Destaco algunas perlas:

«La mediocridad es creer que se puede sobrevivir sin ideas o con las mismas ideas. La mediocridad es una elección. Uno no nace mediocre, sino que decide serlo. Eres un mediocre cuando las ideas no tienen un valor prioritario para ti.».

«Un país puede soportar un determinado kilo de mediocres por metro cuadrado. Por encima de eso, el país se va a pique».

«Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

«Uno está faltando al valor de la idea cuando uno se expresa en contradicciones. Cuando aparece una contradicción es que hay una idea de menos, una idea que hay que buscar. Si caes en contradicción, falta una idea».

Los libros de Jorge Wagensberg están plagados de ideas como estas y, lo que es mejor aún, están sólidamente justificadas y explicadas tanto en sus razonamientos como en sus alcances. Para mí leer un libro de Wagensberg es como acceder a una biblioteca entera, así de rica es cada una de sus páginas.

El reportaje completo, aquí.

Cazadores de brujas de ayer, de hoy y de siempre

 

Wich Finder

 

Matthew Hopkins, el«general buscador de brujas»,  ahorcó a 300 mujeres durante la Guerra Civil Inglesa (1642 – 1651), representando tal vez el 60 por ciento de todas las ejecuciones por brujería en ese momento. Después de días de inanición, falta de sueño y caminatas forzadas, las mujeres acusadas produjeron algunas confesiones extraordinarias:

Elizabeth Clark, una vieja mendiga a la que le faltaba una pierna, dio los nombres de sus «diablillos» como «Holt», un «gatito blanco», «Jarmara», un «perro gordo» sin piernas; «Sacke and Sugar», un «conejo negro»; «Newes», «polcat» y «Vinegar Tom», un galgo con cabeza de buey y cuernos. Otra llamó a sus «diablillos» Ilemauzar (o «Elemauzer»), «Pyewackett», «Pecke in the Crowne» y «Griezzell Greedigutt».

Para Matthew Hopkins esto demostró su culpabilidad, ya que, según dijo, estos eran nombres «que ningún mortal podría inventar».

Claro, esto sucedía en Inglaterra allá por la época del renacimiento (digo “por la época del renacimiento” porque los límites aquí son vagos e imprecisos), cuando la barbarie era el pan de cada día. Pero luego uno recuerda que el ser humano es una cosa bastante volátil, bastante poco coherente y recuerda que los nazis, cuando se encontraban con un judío algo tonto, decían que esto demostraba que se trataba de una raza inferior; pero cuando se encontraban con un judío inteligente y capaz, decían que esto demostraba «lo que esta raza es capaz de hacer para engañarnos».

Pero esto ocurrió hace ochenta años o algo así ¿no? Además esos nazis… sí, es cierto. Eso es tiempo pasado. Al menos hasta que vemos que en cualquier medio hoy se puede decir lo que se quiera de cualquier persona sin la necesidad alguna de tener que probar lo que se dice… es entonces que ahora, ante la posibilidad del anonimato, la quema de brujas se hace, como corresponde, de manera virtual y se acusa a Pedro o a María de cualquier delito o atrocidad y que ellos se hagan cargo de la condena social («Los mediocres al poder» debería ser su slogan; pero para eso se necesita algo de honestidad, al menos).

¿Qué hubiese hecho Matthew Hopinks con una cuenta de Facebook hoy?

Ay, caramba…

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Los blogs cumplen 25 años de existencia y por aquí andamos muchos, todavía dando vueltas por estos lares. Algo de bueno tienen los blogs, sin duda; además de darnos espacios para que hablemos de nuestras boludeces (tonterías, cosas sin importancia) también nos permiten contactarnos con aquellos que tienen nuestras mismas inquietudes, por ejemplo, cosa que parece trivial pero que no lo es tanto porque, como todos sabemos, es en este ámbito que podemos hablar y compartir muchas cosas que no podríamos hacer en nuestro ámbito privado. ¿Cuánto tiempo seguirán los blogs en actividad? Quién lo sabe; por lo pronto, por aquí andamos y andaremos, al menos mientras se sigan dando esos maravillosos encuentros personales que cruzan toda frontera y anulan toda distancia.

El impacto de un libro

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El muro es uno de los símbolos más claros que pueden encontrarse; de allí que sea una referencia constante a lo largo de todas las disciplinas humanas; desde, obviamente, la arquitectura, hasta el arte, el muro ha sido siempre un signo de división, muerte, limitaciones, separación, discordia.

Ayer alguien me pasó estas fotos de una obra del mexicano Jorge Méndez Blake, obra que data del 2007 y que se expuso en diferentes locaciones de todo el mundo hasta el 2013. Pero eso es sólo un dato anecdótico; como toda obra que se precie, su mensaje y su contenido deben permear el tiempo y llegar más allá de las fronteras del tiempo y del espacio (permítanme el involuntario juego de palabras).

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Según palabras del propio Méndez: “Empecé a hacer experimentos con libros y materiales de construcción, por eso la idea de la obra vino naturalmente. Siempre me ha interesado la diferencia de escala. Cómo una cosa pequeña puede transformar algo muy grande”.

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Y eso es todo; una cosa pequeña modificando a algo mucho mayor; la palabra sobre el silencio, el papel venciendo una vez más a la piedra. El muro es, como dije, una referencia constante en la cultura humana; las implicancias y las lecturas que pueden hacerse de la obra de Méndez Blake son tantas y tan variadas que superan con mucho a aquellas. Sería imposible enumerar, siquiera, todas las que se me ocurren a mí. Sé que si sumáramos las de todos los que aquí estamos podríamos escribir todo un tratado sobre la condición humana, y eso es lo mejor que puede decirse de cualquier obra de arte.

Sincretismos a la mexicana II

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Hace poco hablé sobre la sorprendente capacidad de la que hacen gala los mexicanos a la hora de mezclar ideas, conceptos, culturas. La muerte es uno de esos temas y la especial relación que tienen con ella es también lo toqué en su momento (en noviembre, cuando se celebró la festividad del Día de Muertos). Esta particular relación de este país con la muerte les permite cosas que a otras culturas les sabría a curiosidad o, incluso, a cierta cercana exposición de mal gusto o de trato inadecuado. En mi caso particular me muevo más por el primero de los carriles; por fortuna mi curiosidad hace que vea todo con una mirada amplia y que jamás juzga a aquello que es diferente como un error. Por otra parte, sé que la muerte es un tema tabú para muchas personas o para muchas culturas, así que ir por caminando tranquilamente por una calle cualquiera y ver un negocio donde se venden ataúdes y éstos se exponen como si fuesen prendas de vestir en una vidriera no debe ser fácil de digerir para unos cuantos. Tampoco sería muy bien visto que una funeraria utilizara el humor para promocionarse, pero eso es lo que encontré en esta ciudad (me disculpo de antemano por la calidad de las fotos; las tomé apresuradamente y desde el punto donde me encontrara en ese momento; la cuestión era no perder la sam_6700ocasión de grabar esas imágenes). “Mamá, mamá ¿puedo jugar con
el abuelo? Bueno, pero luego lo vuelves a enterrar” Tú ríes, nosotros nos preocupamos. Funerales Santa Cruz
. O también: “El preventivo informa: cae una bomba en un cementerio. El saldo: cero heridos, todos muertos. Tú ríes, nosotros nos preocupamos. Funerales Santa Cruz”. Estos dos casos, como pueden ver, se encuentran en la parte trasera de dos transportes públicos; pero la empresa Santa Cruz también se promociona con carteles sobre las autopistas (ya pueden imaginarse los textos en esos casos).

La muerte, ese gran tema filosófico, esa gran incógnita humana. ¿Es correcto usar este tema de este modo? ¿Molesta a alguien o no? Yo, debo reconocerlo, lo tomo con humor; pero creo que sólo lo hago ahora, en este momento; tal vez mañana no me resulte tan gracioso.

Sincretismos a la mexicana

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Si hay algo de este país que no deja de asombrarme por su amplitud y ubicuidad es esa capacidad para mezclar cosas disímiles con la mayor naturalidad. Hace poco, en noviembre, en las celebraciones del día de muertos, vi dentro de una iglesia católica unas ofrendas de maíz y otros alimentos, lo cual es una tradición maya, no católica. Ahora me ha tocado ver algunas mezclas o cruzas más triviales —al menos hasta cierto punto— pero no por ello menos curiosas o interesantes. El día 12 de diciembre se celebra en todo México el día de la Virgen de Guadalupe y en Morelia algunos penitentes van de rodillas a lo largo de los 500 metros de la calzada Fray Antonio de San Miguel hasta el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. La imagen que tengo grabada, en particular, ocurrió en un momento en que caminando por la calzada paso al lado de un muchacho que iba de rodillas hacia el templo con su pequeño hijo en brazos; lo rodeaban personas que comían algodón de azúcar, que arrojaban vasos vacíos a un lado del camino y, como fondo de la imagen, a tan solo un par de metros, un disfrazado de Grinch esperaba a alguien que quisiera tomarse una foto con él.

Ayer pasé por la plaza central de Morelia y veo que ha sido decorada con motivos religiosos referentes a la navidad. En uno de los canteros veo un infierno hecho con luces rojas y maniquíes representando al diablo, a Cerbero y algunos penitentes. Todo muy bien, salvo que detrás de ese infierno tres payasos hacían sus gracias para ganarse unas monedas de los paseantes. Observé que desde mi punto de vista (el orden sería yo-infierno-payasos) esos payasos dejaban sin efecto a toda metáfora de castigo o de realidad infernal. Todo era una especie de burla sin demasiado sentido; pero pensé que si me hubiese ubicado en el otro extremo (es decir: yo-payasos-infierno) el sentido hubiese sido otro muy diferente. Ese infierno ya hubiese tomado la forma de una amenaza o tal vez de una metáfora de lo ridículo de la vida humana.

Sea como fuere; es decir, más allá de la lectura que yo haga en particular de cada hecho, no cabe duda de que México es un país que no dejará de sorprenderme jamás; y que debo estar más que agradecido por ello.