La razón del débil

Geoffrey_V_Plantagenet«Todo lo que se hace por amor siempre ocurre más allá del bien y del mal» dijo Nietzsche alguna vez. ¿Y lo que se hace por amor al prójimo? ¿Y aquello que se hace no sólo por amor a una persona sino a toda la humanidad? Pues sin duda que ello también entra en esa categoría que le permite estas más allá «del bien y del mal».

Recuerdo aquel cuento breve de Manuel Peyrou titulado La confesión; el cual, más allá de la ficción, bien puede haber sido un pedazo de historia que el autor argentino nos comparte como si él la hubiera inventado. No es improbable que esto hubiese ocurrido alguna vez en los vericuetos de los avatares humanos.

La confesión

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.

-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?

Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.

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Una mañana cualquiera

librería infinita

Cada tanto aparece alguno. Ahora anda dando vueltas por ahí uno que dice ser el mismísimo Adolf Hitler. Hay de todo, aunque en general prefieren decir que son alguno de los inmortales; el Judío Errante, alguno más imaginativo que dice haber pertenecido a la tripulación del Holandés Errante o, como el que acaba de irse, el propio Conde Cagliostro. Éste último me resultó simpático. Dio vueltas por entre los estantes pasando la yema de los dedos por los lomos de los libros y deteniéndose en alguno de ellos por unos instantes antes de proseguir con su recorrido. Le pregunté si podía ayudarlo, si estaba buscando algo en particular y después de negar con la cabeza dijo que no, que gracias, que sólo estaba mirando o recordando. Siguió con su recorrido y yo aproveché, ya que debía quedarme allí, a desembalar un envío de libros que me había llegado el día anterior. Después de varios minutos se acercó al mostrador y comenzó a hablar. No tengo ni idea de cómo fue que llegamos al tema de nuestra historia; no puedo decir si la conversación fue derivando paulatinamente hacia ese punto o si fue él quien la llevó paso a paso para poder decir lo que quería. De todos modos, sea como fuere, allí estaba él contándome algo que, según sus palabras, no solía decir a desconocidos; lo salvaba, dijo, que en estos tiempos la gente era tan descreída que nadie daba por cierto ni una sola de sus palabras. Así fue que se presentó con un nombre latino que usaba para ocultar al más famoso de sus seudónimos: el Conde Cagliostro. Yo seguía desembalando los libros y no me molestaba en absoluto escuchar una voz humana en esa mañana solitaria; una voz muy educada, por otra parte.
Aceptó con sencillez y algo de vergüenza el café que le ofrecí y mientras bebíamos me contaba algunas de sus historias o anécdotas, las cuales intercalaba con preguntas no demasiado inquisitivas sobre mi vida o sobre mi trabajo entre esos estantes algo polvorientos. Antes de irse me dijo, en respuesta a una pregunta mía sobre su título de Conde y sobre lo que yo suponía que formaba parte de sus riquezas o posesiones (pregunta que yo había hecho sin ninguna otra intención más que proseguir con la conversación), algo así como «Con el tiempo uno aprende que las cosas pesan demasiado para quien viaja indefinidamente. Lo mejor es despojarse de todo; dejar todo atrás. Nada es estrictamente necesario». Supuse que con los libros la cosa era algo diferente; uno quiere llevarse al menos aquellos que ama, que fueron buenos compañeros o que sentimos que nos hablan particularmente a nosotros. «No, esos también uno se los lleva puestos» Dijo antes de agradecer el café y de irse luego de una ligera inclinación y de un saludo cortés con el sombrero.
Cada tanto aparece alguno. Alguno de esos que se cree inmortal o que tal vez realmente lo sea (no tengo ni tendré modo de probar su veracidad sobre ese asunto); alguno que tiene más deseos de ser escuchado que de comer o, siquiera, de charlar. Así que por ahí anda el Conde Cagliostro; con un par de zapatos raídos, un cepillo de dientes, dos camisas y tres o cuatro libros a cuestas, dando vueltas por el mundo.

Árbol (II)

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Árbol, por Borgeano.

 Pues sí, me estoy volviendo recurrente; la cosa viene de árboles, por lo visto. En general suelo saltar de una cosa a otra, suelo unir conceptos disímiles o dejar que las sugerencias de un tema me lleven a otro que puede estar en las antípodas; pero en este caso un tema me llevó a otro similar y aquí estoy sin salir del tema arbóreo, tema del cual sé bastante poco, ya que no soy de los que puede distinguir un castaño de un ciruelo.

En este caso la relación lineal que me llevó de la selva al ginkgo termina hoy con la transcripción de un cuento de Gabriela Jauregui, incluido en su libro La memoria de las cosas; libro que —y esto sea dicho al margen—, ha recibido elogiosas críticas pero que en lo personal me ha parecido algo desparejo; con cuentos muy logrados y otros en los que siento que hay demasiada verborrea y bastante poca sustancia. Sea como fuere, aquí dejo este breve cuento y cierro, al menos por el momento, el tema botánico.

Árbol cosmonauta

Parados frente a un inmenso sauce, ella quiere llamarlo «sauce milenario», pero no sabe si lo es. Entonces permanece en silencio. Él le cuenta que a lo largo de su vida un árbol viaja largas distancias. Ella le pregunta cómo es posible.

Él le explica que éste árbol, más que otros, ha viajado cientos de miles de kilómetros durante su larga vida; su proyecto es trazar cuántos. Describe cómo mojará la punta de cada una de sus minúsculas hojas verde azulado con tinta china, pondrá rama por rama frente a grandes hojas de papel a que tracen sus rayas de movimiento, como una especie de electrocardiograma vegetal, y así medirá sus movimientos durante veinticuatro horas. La suma de todos esos pequeños recorridos dará la cantidad de metros alcanzados en un día, después de eso los cientos de años, ¿miles?, de edad del árbol para obtener la distancia que el árbol ha recorrido a lo largo de su vida. De la tierra a la luna, especula ella en silencio. Tal vez por eso tiene tantas figuras en su tronco: todo lo que ha ido coleccionando en sus viajes.

Apakatehuee

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Mi Apakatehuee me acompaña desde hace tiempo. No tiene forma ni color definidos; va cambiando o modificándose según sus gustos o necesidades. Desconozco el porqué, pero desde que me lo regalaron se sienta en mi hombro izquierdo y nunca ha cambiado de sitio. Se mueve, claro está, pero ése parece ser su puesto o lugar preferido. No habla pero es muy elocuente. Se comunica con gestos que entiendo a la perfección y de ser necesario se asoma y me mira a los ojos para dar a entender que las cosas quedaron bien en claro. En esos casos se agarra con fuerza de mi oreja izquierda para no caer, cosa que nunca ha sucedido, de un modo u otro.

Hoy estaba en la sala de espera del dentista y él, adecuándose a las circunstancias, estaba sentado leyendo, cosa que suele hacer con cierto hábito cuando no hay ningún tema de importancia que tratar. Yo leía a mi vez una de esas aburridas y gastadas revistas de dos años atrás que se encuentran en toda sala de espera. Supongo que se aburrió de tanto esperar, porque de repente se puso a jugar y a burlarse de la señora que estaba sentada frente a mí, un poco a la derecha. Yo sonreí y tuve que taparme la boca con la mano, debo reconocer que lo que me decía, con esos gestos que decían todo, era muy gracioso y ocurrente. La señora me miró de reojo y luego desvió la vista. El Apakatehuee aprovechó la circunstancia para redoblar sus irónicas burlas.

Varios minutos después siento que me llaman por mi apellido. Me dirijo al consultorio y entramos a la sala blanca y pulcra que olía levemente a desinfectante. Me siento en el sillón y el dentista comienza a trabajar. Acerca la jeringa de acero y poco después tengo la boca dormida. Miro hacia mi hombro izquierdo y veo que no hay nadie allí; estoy solo, absolutamente solo, con el dentista. Éste me mira y me pregunta si me sucede algo. Niego con la cabeza, pero sé que con los ojos estoy diciendo: si será cabrón…

Matar al payaso

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Los payasos hacían sus cabriolas en la arena del circo con eficacia y excelente ritmo. No eran muy originales, pero no hay nada mejor que lo clásico. Uno le daba una bofetada a otro, el que “lloraba” arrojando chorros de agua desde los costados de sus ojos hacia las primeras filas; otro andaba a gran velocidad en una diminuta bicicleta, otro tropezaba, caía estrepitosamente y, con una agilidad sorprendente, se ponía de pie de inmediato. Había dos o tres más, pero ya no puedo decir qué es lo que hacían porque para ese entonces los primeros ya estaban haciendo alguna otra gracia y nunca podría poner por escrito a todas ellas sin hacer que este texto fuese interminable.
Cuando salieron a la arena yo había identificado al mío, pero entre los rostros maquillados de modo parecido y el andar veloz e incesante por aquí y allá y los cruces inevitables entre uno y otro, lo había perdido. Yo estaba en la galería de iluminación, en el exacto medio. Miré a mi derecha, donde el tramoyista estaba estirado cuan largo era, con el brazo derecho bajo la cabeza, como si durmiera, aunque yo sabía que no era así. El tramoyista, entonces, no podía ayudarme. Volví la mirada a la arena y la confusión era, ahora, mayor que antes. Todos habían cambiado de posición y dos de ellos se peleaban por su sombrero. Era definitivo; no podía determinar cuál era mi hombre. ¿Qué hacer ante tal situación? Fácil: Me preparé y esperé el momento oportuno; el cual llegó un par de minutos después. Dos de los payasos se pararon uno frente al otro y entrelazaron las manos, otro llegó corriendo y apoyándose en los brazos entrelazados y a modo de trampolín, saltó sobre otro que se hacía el distraído con alguien de la platea; cayó hacia adelante, rodó sobre sí mismo, dejó apoyada una rodilla en la arena, abrió los brazos y exclamó el clásico «¡Ta Dah!» Fue lo último que dijo. Cuando comenzó a pronunciar el «Ta» yo había comenzado a presionar con suavidad del gatillo, cuando estiró la a del «Dah» su cabeza, literalmente, explotó.
Con dicha «explosión» (las balas eran, de hecho, expansivas), sobrevino el inevitable momento de duda, estupor, silencio; el cual aproveché para descargar mi arma sobre dos más. Ahí sí, comenzó la siguiente etapa: el descontrol. Del mismo modo que el silencio había aparecido de la nada y se había apoderado de todo el entorno, ahora el sonido ―en forma de gritos de toda clase― se hizo amo y señor del lugar. Los gritos, las corridas, el llanto, los llamados, los pedidos de auxilio. Pero uno es un profesional y no podía perder el tiempo. Todo eso lo oí mientras observaba al cuarto payaso ―Bang, uno menos― y al quinto: lo mismo (éste trabajo suele ser repetitivo). Supongo que el caos general hizo que la persona encargada de las jaulas se distrajera unos segundos, entonces Manucho, el publicitado Tigre de Bengala y una de las atracciones principales del circo (entre nosotros, no creo que fuera de Bengala realmente. De lo que puedo dar fe es de que sí, era un tigre; y uno de los grandes), entró a la arena y de dos precisos saltos se encargó del sexto. No esperaba tener un ayudante de esa clase, pero todo apoyo era bienvenido. Para ese entonces, mientras la gente corría hacia la salida de la manera más desordenada que he visto en mi vida (Supongo que en casos así la humanidad deja paso a alguna otra capa de algo que vaya a saber uno cómo se llama; la cuestión es que ese ente que solemos llamar gente no tenía ningún prurito en pisar, empujar, golpear o, directamente, pasar por encima a ese otro ente abstracto que solemos llamar prójimo), entró en escena Olivia, una elefanta que debería pesar sus buenas toneladas, la cual corría hacia la salida pasando, claro está, sobre cualquier cosa que estuviera en su camino. Mujeres y niños primero. Todo esto tarda más en decirse que en hacerlo o verlo. Quiero decir que para todo esto, el séptimo payaso, el que lloraba desconsoladamente a pocos metros de donde Manucho cenaba despreocupadamente, no fue más que un instante de atención, precisión y despido. Bajé de la galería de inmediato, el arma plegada y guardada en menos tiempo, repito, del que necesito para decirlo; y salí detrás de la ancha brecha que iba dejando Olivia. Ambos, casi juntos, salimos al aire libre.
Ser asesino a sueldo no es un trabajo del que uno se sienta orgulloso (al menos públicamente), pero con esto de las crisis económicas y los vaivenes del dinero y los nuevos ricos y todo eso, bueno; cualquiera nos contrata para cualquier estupidez. Creo que sólo tengo dos caminos por delante: empezar a cobrar más caro o buscarme otra profesión.

Para bajar a un pozo de estrellas

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Elementos necesarios:
Un espejo, un sitio descubierto (puede ser una azotea); una noche oscura y estrellada.

Instrucciones:

  1. Se toma el espejo y se sube a la azotea.
  2. Se pone el espejo boca arriba.
  3. Se tiende uno al lado del espejo.
  4. Se acerca la cabeza al espejo, pero no demasiado: sólo lo suficiente para ver las estrellas allá al fondo.
  5. Se mira con atención la más cercana, hasta poder calcular con exactitud a qué distancia está; luego se cierran los ojos.
  6. Se lleva despacio un pie hacia la estrella: después de tocarla hay que asegurarse de que se ha asentado bien el pie.
  7. Asiéndose con una mano del borde del pozo, se busca con el otro pie una nueva estrella, y se la pisa con firmeza.
  8. Se busca con la mano libre otra estrella, y se la encierra con la palma.
  9. Se suelta entonces la boca del pozo y se busca con la otra mano una estrella más. Al encontrarla y sujetarla, se mueve el pie que había pisado la primera. Así, descolgándose de estrella en estrella, se continúa hasta llegar al fondo del pozo.
  10. Para salir del pozo se tapa el espejo con la mano y se abren los ojos.

Éste breve cuento de Marcial Souto fue publicado, si mal no recuerdo, en la revista Hum® en la década del 80 y luego editado en el libro de relatos que lleva el mismo nombre. Recordé el relato mientras observaba unas fotos de astronomía y también recordé que Para bajar a un pozo de estrellas es uno de los más de seiscientos libros que “desaparecieron” mientras estaba fuera de Argentina. Cuando pienso en ellos sólo espero que quien se los haya llevado al menos les esté dando un buen uso. Si tuviese esa certeza me sentiría menos molesto.