Distinciones asexuadas.

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Asisto a la presentación de un libro. Es una novela escrita por un hombre cuyo personaje central es una mujer. En la ronda de preguntas surgen las inevitables cuestiones sobre “cómo se puso en el papel de una mujer” y demás. También de manera inevitable surge algo así como si existe una literatura femenina en contraposición a una literatura masculina y se habla de “escritura metafórica” (la cual vendría a ser la escritura masculina) y de “escritura metonímica” (ergo, la literatura femenina). Yo me encuentro lejos de todo este tipo de consideraciones. Pienso, con toda sencillez pero con toda seguridad, que el artista debe, ante todo, crear; y del mismo modo en que no es necesario ser violado para comprender la gravedad o el dolor de ese acto, no es necesario matar para crear un personaje que sea un asesino (imagino a Thomas Harris matando y cenándose al vecino con la excusa de crear a Hannibal Lecter…). Siguiendo esa línea pienso, en mi subjetividad, cuáles son las mejores escritoras en cada disciplina y me digo: Wyslawa Szymborsaka en poesía; Flannery O´Connor en cuento; (tal vez) Virginia Woolf en novela; Susan Sontag en ensayo. Pienso en ellas y lo único que veo en común es que eran endemoniadamente buenas en lo que hacían, pero no veo estilos ni tendencias ni nada que las haga, prima facie, reconocibles como mujeres en su escritura.

Sigo con mi sencillez hermanada de seguridad y me digo que sí hay que hacer distinciones en materias de arte o literatura; pero creo que esa distinción debe ser más sencilla, más tajante y, sobre todo, más útil. Lo único necesario es saber distinguir entre buena y mala literatura; después, lo que lleve entre las piernas el autor (y el uso que decida darle a eso) es algo que nos debe tener sin cuidado.

La pesadilla de San Ambrosio.

En los manuscritos antiguos no existía la separación entre palabras. Estas se sucedían sin puntuación y sin distinción entre mayúsculas y minúsculas (de allí la necesidad de leer en voz alta, ya que este tipo de lectura facilitaba la comprensión de los textos). Para demostrar que la escritura gótica podría ser fatigante para leer, algún escriba medieval inventó esta frase como broma:

mimi numinum niuium minimi munium nimium uini muniminum imminui uiui uolunt

(el actor [el mimo] deidades / nieve / demasiado vino, la protección del deseo común de disminuir lo más mínimo de la vida) (Las barras separan términos que me fueron imposibles de conectar de forma lógica; me disculpo por ello).

En La escritura antigua y su influencia (1969), Berthold Louis Ullman y Julian de Brown escriben: “Cuando esto está escrito en caracteres góticos, sin puntos de las íes y con v escrita como u, hacen de éste un acertijo de primera clase”. Véanlo ustedes mismos:

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Pequeña (y original) comedia en un acto.

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— “El primer hombre que comparó una mejilla con una rosa fue, sin duda, un poeta; el primero que lo repitió fue un imbécil” Dijo alguna vez Salvador Dalí. El asunto es qué hacemos ahora; con qué podemos comparar a esa mejilla, a esos ojos, a esa boca. Siempre se corre el riesgo de decir lo que ya está dicho; de repetir incluso lo ya repetido. Es por eso que hay que leer mucho, se dice. Leyendo se aprende qué es lo que se ya se dijo.

— ¿Entonces cuál es la salida, profesor? No puede leerse todo. ¿Cómo saber si lo que para nosotros es original no fue escrito por alguien hace tiempo o tal vez el mes pasado pero una lengua totalmente ajena?

— Tal vez lo que hay que hacer es evitar toda pretensión de originalidad. Tal vez, como dije, ya todo está escrito.

— Entonces, si evitamos toda pretensión de originalidad, sólo debemos abocarnos a escribir lo que realmente no salga de las entrañas.

— Ésa es la idea.

— Aun cuando eso sea comparar una mejilla a una rosa.

— …

— Gracias profesor; es un excelente consejo.

— Emm.. sí claro. Bien, por hoy terminó la clase.

Las necesidades de un escritor.

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Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y depravación de la tierra; es el campo de mi padre y la inaudita perseverancia de mi madre, es la lucha de vuestras almas a la que tiene que arrastraros vuestra propia hambre y vuestra propia depravación, es el ansia de fama que atormentaba a un Verlaine o un Baudelaire en los «campos elíseos». Lo que tenéis que tener no son seguros de enfermedad y becas, premios y becas de estímulo; es la falta de hogar de vuestras almas y la falta de hogar de vuestra carne, el desconsuelo cotidiano, la desolación cotidiana, la helada cotidiana, el dar media vuelta todos los días, un pan solo cotidiano que en otro tiempo hicieron surgir criaturas tan maravillosas y miserables como Wolfe, Dylan Thomas y Whitman, ciudades, paisajes, es decir, logros frente al polvo, el mensaje de una existencia atormentada, incorregible, que se devora de hora en hora para crear poesías nuevas y poderosas. Lo que necesitáis está por todas partes, donde uno se levanta y muere, donde la lluvia lava la piedra y donde el sol se hace tormento.
— Thomas Bernhard. Citado pro Patricio Pron

La cita de Thomas Bernhard con la que abro la entrada hace referencia más que nada a la necesidad de incentivo; es decir a la necesidad moral; por decirlo de algún modo; pero eso no es privativo de los escritores, sino que es válido para todo artista que se precie de tal. Ahora, entrando a un terreno meramente práctico, tal vez una de las grandes ventajas que tiene la escritura por sobre otras disciplinas artísticas es que no necesita de instrumentos o soportes como una tela o un escenario; un escritor se las arregla con unas hojas y un bolígrafo o un lápiz y ya, nada más necesita para poner manos a la obra. Moralmente sólo se necesita la vida; prácticamente sólo es necesario un poco de papel. En síntesis: no hay excusa alguna para no trabajar.

Nota: la traducción de la cita no me parece de las mejores y en un momento pensé en retocarla un poco; pero luego preferí dejarla así como está, ya que al menos tiene la virtud de trasladar la prosa de Bernhard con ese ritmo algo atropellado que lo caracteriza. Thomas Bernhard no se preocupaba mucho por las aliteraciones o las cacofonías; si debía repetir diez veces en una página una misma palabra lo hacía y punto; eso era todo. Tal vez haya alguna enseñanza allí.

Llamado a la solidaridad.

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Necesito un frasco de esos. Necesito que me ayuden a encontrar un sitio donde los vendan o, si alguno de ustedes posee algunos, que me haga el favor de convidarme aunque más no sea una cucharada. En realidad necesito uno grande. Tal vez dos. Tengo la sensación de que todo lo que quiero decir es absurdo o que carece del menor interés. Extraño estar aquí, extraño sentarme frente al teclado y, aunque tengo muchas páginas ya escritas para este sitio, cuando las reviso las veo inocuas o aburridas. Victoria Nelson, en su libro El bloqueo del escritor, dice que si no escribimos es porque todo nuestro ser ha decidido no escribir. Pero eso no soluciona nada y, además, me parece una de esas frases que tampoco dice nada (como esa otra de moda que dice “si sucede es por algo”). Necesito un frasco de esos con urgencia. Veré si mañana consigo uno. Sólo espero que su efecto sea veloz y altamente efectivo.

 

 

Una habitación con vistas.

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Cierta vez le dijeron a Adolfo Bioy Casares: “Una vez oí decir que escribir es, en cierto modo, dejar de vivir…” A lo que Bioy Casares respondió: “No, no crea. A mí me parece que ocurre lo contrario. Me atrevo a dar el consejo de escribir, porque es agregar un cuarto a la casa de la vida. Está la vida y está en pensar sobre la vida, que es otra manera de recorrerla intensamente”.

Ahora encuentro esta cita de Enrique Vila-Matas: “La ficción literaria forma parte de la verdad: lo que uno imagina es tan real como la vida, pues forma parte de ella. La vida, además, como la naturaleza misma, es engañosa”.

Quienes solemos escribir, aun cuando lo hagamos como un mero hobby, hemos podido comprobar empíricamente las muchas virtudes del acto de escribir. En mi caso particular lo noté por primera vez cuando comencé a tomar notas de los libros que iba leyendo. Al terminar uno de ellos escribía una pequeña crítica o comentario sobre ese libro y no pocas veces noté que el acto de escribir modificaba la lectura que había realizado. El escribir sobre un texto leído hacía que afloraran ideas o relaciones que no había tenido en cuenta en el acto propio de la lectura. Después llegó otra observación similar: al comenzar a escribir ficción, el acto de escribir iba creando en sí mismo el relato o sus variaciones. Podríamos seguir sumando otros aspectos positivos de la escritura: el autoconocimiento o autoanálisis, la potencialidad de la creatividad, las relaciones temáticas, etc. Sea como fuere, todo está en esa síntesis perfecta de Bioy Casares: escribir es agregar un cuarto a la casa de la vida.

Las listas del supermercado literario.

Ray Bradbury

En su libro Zen en el arte de escribir, Ray Bradbury nos cuenta algunos trucos de escritura que usó a lo largo de toda su vida. Uno de esos trucos era hacer largas listas de nombres que usaba como disparadores para escribir historias o como títulos potenciales para sus relatos. «Esas listas eran meras provocaciones para que mi yo escritor emergiese a la superficie con el buen material en la mano. Era la forma de abrirme paso hasta lo que tenía en el cabeza».

Las listas que Ray usaba eran algo así:

El lago
El barco
La noche
Los grillos
El rabino
El ático
El sótano
El niño
El cruce
El carnaval
El esqueleto

No había que pensar; el asunto era escribir todo lo que se le ocurría sin detenerse un segundo. Con el tiempo Bradbury diría que es la mente intuitiva la que termina por articular todos estos nombres en un producto literario. Ray Bradbury comenzaba a ver patrones en la lista de nombres y si hacemos el ejercicio nosotros mismos veremos cómo esas listas que parecen aleatorias tienen mucho que ver con nuestro yo más íntimo. Asegura que gracias a esas listas reconoció que temía los circos y las ferias. Es un proceso de olvidar, recordar y olvidar otra vez; un proceso inconsciente. De esta forma recordó el miedo que pasó la primera vez que su madre lo llevó a la feria y lo hizo subir a un carrousel. La música de fondo, el mundo dando vueltas y los caballos le produjeron un miedo terrible. Ray no volvió a acercarse a un carrousel hasta muchos años después y cuando lo hizo fue para escribir La feria de las tinieblas. Hacer este tipo de listas, nos dice, es muy beneficioso para los escritores, es una excelente herramienta de auto-descubrimiento que sirve como punto de partida para luego escribir todo tipo de historias.

No es del todo descabellado apelar a este tipo de juegos o de formas indirectas para romper los bloqueos; a veces suelen salir ideas de los sitios menos pensados y éste es uno excelente para ello.