Titivillus, un amigo de la casa

 

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La demonología medieval (como posteriormente también la del Renacimiento) es minuciosa, ordenada, específica, aunque a veces parezca confundirse —según algunos medievalistas— con historias del folklore local de la región que corresponda. Quizá haya sido este último el caso de Titivillus, un demonio de quien se creía que trabajaba en nombre de Belfegor, Lucifer o Satanás y al que se le atribuía, cuando no la autoría, al menos la labor de recopilar los errores en los trabajos de los copistas y escribas medievales para luego usarlos en su contra, acusándolos de negligencia en su trabajo.

 

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En el monasterio de las Huelgas, en Burgos, la imagen de la Virgen de la Misericordia protege bajo su manto a un grupo de monjas cistercienses y a sus benefactores. Fuera del manto se ve, al lado derecho, a Titivillus cargando, precisamente, un fajo de libros. La obra pertenece a Diego de la Cruz.

 

La primera mención que se conoce de Titivillus está en el trabajo de Juan de Gales (John Galensis), en su Tractatus de Penitentia de 1285. Posteriormente, también se describió a Titivillus como el demonio encargado de provocar la charla ociosa, la mala pronunciación, la murmuración y la omisión de palabras durante la oración o cualquier oficio religioso. En algunas representaciones, se le ve cargando un fajo de libros (o un saco) donde llevaría estas palabras, que se le imputarían luego a las almas en el juicio individual, para hundirlas en el infierno. En algunas obras literarias, especialmente inglesas, en las que Titivillus aparece, el propio demonio omite palabras, sílabas e incluso frases enteras.

Así que ya saben, si algún error encuentran en ésta o en cualquier otra entrada de este blog, no fue culpa mía, sino de Titivillus, que anda haciendo de las suyas.

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Tres – Seis – Cinco

 

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No, esto no es un recuento típico del año que pasó, o sí, la verdad es que sí lo es pero mis motivos no son los del típico balance de fin de año pero… vaya, también es eso. Bueno, como sea, el asunto es que a principios de año me propuse escribir una entrada diaria a lo largo de todo el 2017; y hoy, ahora, puedo decir que lo hice. Esto no es nada más que un pequeño gran logro personal. Pequeño porque tampoco es que haya escalado el Everest; pero grande porque para alguien como yo, lograr la disciplina como para poder llevar a cabo un proyecto así requiere mucho más esfuerzo que el que puede tomarle a muchas otras personas. Así que este breve resumen/balance/o lo que sea, sólo tiene sentido para mí (me disculpo por ello); al menos en este aspecto.

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De todos modos, algo o mucho de lo que se encuentra aquí a lo largo de las entradas de este año tiene que ver o es hijo directo de muchos de ustedes, ya que el constantes ida-y-vuelta que se generó a raíz de muchas de las entradas fueron los generadores de entradas posteriores. En algunos casos también me llegaron textos, enlaces, artículos o ideas por correo electrónico, lo que quiere decir que realmente gran parte del material que aquí está es compartido.

 

Debo decir que la experiencia bien valió la pena; pero al mismo tiempo reconozco que requirió no pocos esfuerzos y mucho, mucho tiempo. Para poder cumplir con mi propósito muchas veces tuve que dejar entradas programadas de antemano (por ejemplo, si iba a ausentarme por algunos días) y también a veces tuve que dejar otros proyectos a un lado.

Pero a la larga el balance fue positivo. Por un lado he notado de forma palpable cómo ha cambiado mi forma de pensar a medida que me obligaba a escribir las diferentes entradas. Esto ha sido, para mí, lo más notable de todo porque es algo que puedo cuantificarlo. Al principio encontrar material para las entradas se me hacía difícil o no podía encontrar el ángulo correcto para escribirlas; ahora, tal como le dijo Bach a uno de sus alumnos, me cuesta no pisar las ideas cuando me levanto por la mañana. Leer un artículo, un libro, ver una pintura, escuchar in diálogo callejero, navegar por la red, caminar por la ciudad, ver un paisaje, escribir un poema o leer uno al azar en la red se ha convertido en una fuente constante de cosas que quiero compartir o que me parecen dignas de ser traídas aquí, para discutirlas entre todos. En ese sentido la ganancia ha sido enorme y estoy agradecido por ello a este proyecto, si es que así puede llamarse.

 

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Así que gracias a todos por ayudarme a llegar hasta aquí, por su apoyo, sus comentarios y, sobre todo, por sus críticas.

Dos notas finales: me encantaría poder seguir a este ritmo en este año que comienza; pero la verdad es que necesito tiempo para escribir otros textos que han surgido a lo largo de estos meses y que quiero hacerlo como corresponde a esas ideas, es decir, en formato libro. El blog es estupendo, pero no alimenta, y no sólo de palabras vive el hombre.

Por último, quiero darle las gracias a una persona en particular: Lourdes, quien fue la primera persona en leer cada una de las entradas, lo quisiera o no (pero la verdad es que siempre quiso), quien también me señaló algunas cosas para compartir aquí  y quien soportó estoicamente mis largas peroratas cuando me entusiasmaba demasiado con alguna idea.

Y, por supuesto, nos vemos mañana… o tal vez pasado mañana.

¡Feliz año nuevo!

Distinciones asexuadas.

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Asisto a la presentación de un libro. Es una novela escrita por un hombre cuyo personaje central es una mujer. En la ronda de preguntas surgen las inevitables cuestiones sobre “cómo se puso en el papel de una mujer” y demás. También de manera inevitable surge algo así como si existe una literatura femenina en contraposición a una literatura masculina y se habla de “escritura metafórica” (la cual vendría a ser la escritura masculina) y de “escritura metonímica” (ergo, la literatura femenina). Yo me encuentro lejos de todo este tipo de consideraciones. Pienso, con toda sencillez pero con toda seguridad, que el artista debe, ante todo, crear; y del mismo modo en que no es necesario ser violado para comprender la gravedad o el dolor de ese acto, no es necesario matar para crear un personaje que sea un asesino (imagino a Thomas Harris matando y cenándose al vecino con la excusa de crear a Hannibal Lecter…). Siguiendo esa línea pienso, en mi subjetividad, cuáles son las mejores escritoras en cada disciplina y me digo: Wyslawa Szymborsaka en poesía; Flannery O´Connor en cuento; (tal vez) Virginia Woolf en novela; Susan Sontag en ensayo. Pienso en ellas y lo único que veo en común es que eran endemoniadamente buenas en lo que hacían, pero no veo estilos ni tendencias ni nada que las haga, prima facie, reconocibles como mujeres en su escritura.

Sigo con mi sencillez hermanada de seguridad y me digo que sí hay que hacer distinciones en materias de arte o literatura; pero creo que esa distinción debe ser más sencilla, más tajante y, sobre todo, más útil. Lo único necesario es saber distinguir entre buena y mala literatura; después, lo que lleve entre las piernas el autor (y el uso que decida darle a eso) es algo que nos debe tener sin cuidado.

La pesadilla de San Ambrosio.

En los manuscritos antiguos no existía la separación entre palabras. Estas se sucedían sin puntuación y sin distinción entre mayúsculas y minúsculas (de allí la necesidad de leer en voz alta, ya que este tipo de lectura facilitaba la comprensión de los textos). Para demostrar que la escritura gótica podría ser fatigante para leer, algún escriba medieval inventó esta frase como broma:

mimi numinum niuium minimi munium nimium uini muniminum imminui uiui uolunt

(el actor [el mimo] deidades / nieve / demasiado vino, la protección del deseo común de disminuir lo más mínimo de la vida) (Las barras separan términos que me fueron imposibles de conectar de forma lógica; me disculpo por ello).

En La escritura antigua y su influencia (1969), Berthold Louis Ullman y Julian de Brown escriben: “Cuando esto está escrito en caracteres góticos, sin puntos de las íes y con v escrita como u, hacen de éste un acertijo de primera clase”. Véanlo ustedes mismos:

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Pequeña (y original) comedia en un acto.

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— “El primer hombre que comparó una mejilla con una rosa fue, sin duda, un poeta; el primero que lo repitió fue un imbécil” Dijo alguna vez Salvador Dalí. El asunto es qué hacemos ahora; con qué podemos comparar a esa mejilla, a esos ojos, a esa boca. Siempre se corre el riesgo de decir lo que ya está dicho; de repetir incluso lo ya repetido. Es por eso que hay que leer mucho, se dice. Leyendo se aprende qué es lo que se ya se dijo.

— ¿Entonces cuál es la salida, profesor? No puede leerse todo. ¿Cómo saber si lo que para nosotros es original no fue escrito por alguien hace tiempo o tal vez el mes pasado pero una lengua totalmente ajena?

— Tal vez lo que hay que hacer es evitar toda pretensión de originalidad. Tal vez, como dije, ya todo está escrito.

— Entonces, si evitamos toda pretensión de originalidad, sólo debemos abocarnos a escribir lo que realmente no salga de las entrañas.

— Ésa es la idea.

— Aun cuando eso sea comparar una mejilla a una rosa.

— …

— Gracias profesor; es un excelente consejo.

— Emm.. sí claro. Bien, por hoy terminó la clase.

Las necesidades de un escritor.

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Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y depravación de la tierra; es el campo de mi padre y la inaudita perseverancia de mi madre, es la lucha de vuestras almas a la que tiene que arrastraros vuestra propia hambre y vuestra propia depravación, es el ansia de fama que atormentaba a un Verlaine o un Baudelaire en los «campos elíseos». Lo que tenéis que tener no son seguros de enfermedad y becas, premios y becas de estímulo; es la falta de hogar de vuestras almas y la falta de hogar de vuestra carne, el desconsuelo cotidiano, la desolación cotidiana, la helada cotidiana, el dar media vuelta todos los días, un pan solo cotidiano que en otro tiempo hicieron surgir criaturas tan maravillosas y miserables como Wolfe, Dylan Thomas y Whitman, ciudades, paisajes, es decir, logros frente al polvo, el mensaje de una existencia atormentada, incorregible, que se devora de hora en hora para crear poesías nuevas y poderosas. Lo que necesitáis está por todas partes, donde uno se levanta y muere, donde la lluvia lava la piedra y donde el sol se hace tormento.
— Thomas Bernhard. Citado pro Patricio Pron

La cita de Thomas Bernhard con la que abro la entrada hace referencia más que nada a la necesidad de incentivo; es decir a la necesidad moral; por decirlo de algún modo; pero eso no es privativo de los escritores, sino que es válido para todo artista que se precie de tal. Ahora, entrando a un terreno meramente práctico, tal vez una de las grandes ventajas que tiene la escritura por sobre otras disciplinas artísticas es que no necesita de instrumentos o soportes como una tela o un escenario; un escritor se las arregla con unas hojas y un bolígrafo o un lápiz y ya, nada más necesita para poner manos a la obra. Moralmente sólo se necesita la vida; prácticamente sólo es necesario un poco de papel. En síntesis: no hay excusa alguna para no trabajar.

Nota: la traducción de la cita no me parece de las mejores y en un momento pensé en retocarla un poco; pero luego preferí dejarla así como está, ya que al menos tiene la virtud de trasladar la prosa de Bernhard con ese ritmo algo atropellado que lo caracteriza. Thomas Bernhard no se preocupaba mucho por las aliteraciones o las cacofonías; si debía repetir diez veces en una página una misma palabra lo hacía y punto; eso era todo. Tal vez haya alguna enseñanza allí.