La suma de los fragmentos

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Acabo de ver por segunda o tercera vez Synecdoche, New York y me puse a pensar en los diálogos y en el significado general de la película; lo que me lleva a pensar (y querer crear): ¿cómo hacer una obra fragmentaria? Y me respondo: ¡Con fragmentos! Pienso entonces en J.G. Ballard y su La exhibición de atrocidades; o en William Burroughs y su El almuerzo desnudo.

             Así debería ser todo, me digo. (Así es todo: fragmento tras fragmento tras fragmento).

            Me voy a acostar y miro los libros en los estantes ¿qué son sino fragmentos de bibliotecas? Me desvisto y veo que la ropa son fragmentos que cubren a otros fragmentos que forman mi cuerpo. Tomo el libro de Paul Auster Ensayos completos. Leo una frase aquí, otra allá, una tercera más allá, una cuarta más acá. Son independientes e incoherentes y, al mismo tiempo, guardan cierta relación, cierta coherencia interna.

            Es como la suma de los actos que realicé antes de acostarme: revisar la puerta, lavarme los dientes, buscar los anteojos, apagar la luz de la cocina (éste acto lo sentí especialmente fuerte; tal vez fue allí que me di cuenta de lo que estaba sucediendo).

            Mucha gente me ha dicho: «Borgeano, tú piensas demasiado» o su equivalente negativo: «Borgeano ¡No pienses tanto!» Creo, por el contrario, que debería pensar más; sobre todo en estas cosas, y escribirlas. Detalles. Insignificancias o significantes. La fragmentación como totalidad.

            Sinécdoque borgeana.

¿Versátil o pomposo?

 

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A los estudiantes a veces se les enseña que nunca deben usar la misma palabra dos veces en una oración. Esto puede llevar a algunos problemas: si un escritor usa un sinónimo simplemente para evitar repetir una palabra, el lector puede preguntarse, por ejemplo, si hay algún significado en el cambio. H.W. Fowler calificó a esta variación de aflicción elegante, y agregó: «Hay pocas fallas literarias tan ampliamente prevalecientes en estos tiempos». (A continuación da un par de ejemplos, los que no dejaré aquí debido a que se basan en juegos de palabras en inglés y mi capacidad de traducción no alcanza a tales cotas; así que seguiré adelante con el resto del párrafo).

Más adelante Charles W. Morton llamaría a esto la escuela de escritura de «fruta amarilla alargada», llamada así después de una famosa segunda referencia a una banana en el Boston Evening Transcript. (Los subeditores de The Guardian comenzaron a usar el término «pvns» después de que un escritor se refirió a las zanahorias como «populares vegetales naranja»). Morton citó algunos ejemplos adicionales:

bolas de billar = «las esferas numeradas»
busca de huevos de Pascua = «safari de gallinas»
leche = «Líquido lácteo»
ostras = «bivalvos suculentos»
maní = «el suculento tonto»
canario = «cantor aviar»
camión = «mastodonte de la carretera»

En A Slight Sense of Outrage, Morton escribió que este pecado «se encuentra en algún lugar entre el cliché y la escritura fina» que tanto temen los maestros de composición en inglés. Se habla, entonces, de un autor que desea parecer informado y versátil; pero también se puede hablar de un autor que es, simplemente, pomposo.

Hago memoria y veo que los grandes escritores suelen evitar ambos errores: el de la reiteración excesiva y el del sinómino absurdo (razón de más, entonces, para leerlos con cuidado, ya siendo conscientes de lo que estamos buscando). El único ejemplo que recuerdo de un autor que repetía una misma palabra las veces que fuese necesario (y el que lo hacía maravillosamente bien) es Thomas Bernhard. Si alguno de ustedes recuerda a algún otro, les agradecería que me lo hicieran saber ¡Nunca es tarde para conocer a un nuevo escritor que suela romper las reglas!

Cuerpo y escritura

 

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De La lectura como plegaria, de Joan-Charles Mèlich; una cita que puedo (querría) firmar con mi propio nombre:

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(Cuerpo y escritura)

Cada vez estoy más obsesionado con escribirlo todo, con registrarlo todo. Sin escribir no podría vivir. Pero necesito cuadernos, una pluma y tinta color violeta. No puedo utilizar el ordenador porque tengo que sentir el cuerpo de la escritura, el olor de la tinta y la textura del papel. Escribir es un acto corpóreo: corporal y espiritual al mismo tiempo. No puedo separarlo de mi vida.

 

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Escribir lo que nadie leerá. Ése es el momento en el que surge la escritura como forma de vida.

 

Eso mismo: la escritura como forma de vida. Síntesis perfecta a la que nada puede agregarse.

 

Titivillus, un amigo de la casa

 

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La demonología medieval (como posteriormente también la del Renacimiento) es minuciosa, ordenada, específica, aunque a veces parezca confundirse —según algunos medievalistas— con historias del folklore local de la región que corresponda. Quizá haya sido este último el caso de Titivillus, un demonio de quien se creía que trabajaba en nombre de Belfegor, Lucifer o Satanás y al que se le atribuía, cuando no la autoría, al menos la labor de recopilar los errores en los trabajos de los copistas y escribas medievales para luego usarlos en su contra, acusándolos de negligencia en su trabajo.

 

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En el monasterio de las Huelgas, en Burgos, la imagen de la Virgen de la Misericordia protege bajo su manto a un grupo de monjas cistercienses y a sus benefactores. Fuera del manto se ve, al lado derecho, a Titivillus cargando, precisamente, un fajo de libros. La obra pertenece a Diego de la Cruz.

 

La primera mención que se conoce de Titivillus está en el trabajo de Juan de Gales (John Galensis), en su Tractatus de Penitentia de 1285. Posteriormente, también se describió a Titivillus como el demonio encargado de provocar la charla ociosa, la mala pronunciación, la murmuración y la omisión de palabras durante la oración o cualquier oficio religioso. En algunas representaciones, se le ve cargando un fajo de libros (o un saco) donde llevaría estas palabras, que se le imputarían luego a las almas en el juicio individual, para hundirlas en el infierno. En algunas obras literarias, especialmente inglesas, en las que Titivillus aparece, el propio demonio omite palabras, sílabas e incluso frases enteras.

Así que ya saben, si algún error encuentran en ésta o en cualquier otra entrada de este blog, no fue culpa mía, sino de Titivillus, que anda haciendo de las suyas.

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Tres – Seis – Cinco

 

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No, esto no es un recuento típico del año que pasó, o sí, la verdad es que sí lo es pero mis motivos no son los del típico balance de fin de año pero… vaya, también es eso. Bueno, como sea, el asunto es que a principios de año me propuse escribir una entrada diaria a lo largo de todo el 2017; y hoy, ahora, puedo decir que lo hice. Esto no es nada más que un pequeño gran logro personal. Pequeño porque tampoco es que haya escalado el Everest; pero grande porque para alguien como yo, lograr la disciplina como para poder llevar a cabo un proyecto así requiere mucho más esfuerzo que el que puede tomarle a muchas otras personas. Así que este breve resumen/balance/o lo que sea, sólo tiene sentido para mí (me disculpo por ello); al menos en este aspecto.

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De todos modos, algo o mucho de lo que se encuentra aquí a lo largo de las entradas de este año tiene que ver o es hijo directo de muchos de ustedes, ya que el constantes ida-y-vuelta que se generó a raíz de muchas de las entradas fueron los generadores de entradas posteriores. En algunos casos también me llegaron textos, enlaces, artículos o ideas por correo electrónico, lo que quiere decir que realmente gran parte del material que aquí está es compartido.

 

Debo decir que la experiencia bien valió la pena; pero al mismo tiempo reconozco que requirió no pocos esfuerzos y mucho, mucho tiempo. Para poder cumplir con mi propósito muchas veces tuve que dejar entradas programadas de antemano (por ejemplo, si iba a ausentarme por algunos días) y también a veces tuve que dejar otros proyectos a un lado.

Pero a la larga el balance fue positivo. Por un lado he notado de forma palpable cómo ha cambiado mi forma de pensar a medida que me obligaba a escribir las diferentes entradas. Esto ha sido, para mí, lo más notable de todo porque es algo que puedo cuantificarlo. Al principio encontrar material para las entradas se me hacía difícil o no podía encontrar el ángulo correcto para escribirlas; ahora, tal como le dijo Bach a uno de sus alumnos, me cuesta no pisar las ideas cuando me levanto por la mañana. Leer un artículo, un libro, ver una pintura, escuchar in diálogo callejero, navegar por la red, caminar por la ciudad, ver un paisaje, escribir un poema o leer uno al azar en la red se ha convertido en una fuente constante de cosas que quiero compartir o que me parecen dignas de ser traídas aquí, para discutirlas entre todos. En ese sentido la ganancia ha sido enorme y estoy agradecido por ello a este proyecto, si es que así puede llamarse.

 

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Así que gracias a todos por ayudarme a llegar hasta aquí, por su apoyo, sus comentarios y, sobre todo, por sus críticas.

Dos notas finales: me encantaría poder seguir a este ritmo en este año que comienza; pero la verdad es que necesito tiempo para escribir otros textos que han surgido a lo largo de estos meses y que quiero hacerlo como corresponde a esas ideas, es decir, en formato libro. El blog es estupendo, pero no alimenta, y no sólo de palabras vive el hombre.

Por último, quiero darle las gracias a una persona en particular: Lourdes, quien fue la primera persona en leer cada una de las entradas, lo quisiera o no (pero la verdad es que siempre quiso), quien también me señaló algunas cosas para compartir aquí  y quien soportó estoicamente mis largas peroratas cuando me entusiasmaba demasiado con alguna idea.

Y, por supuesto, nos vemos mañana… o tal vez pasado mañana.

¡Feliz año nuevo!

Distinciones asexuadas.

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Asisto a la presentación de un libro. Es una novela escrita por un hombre cuyo personaje central es una mujer. En la ronda de preguntas surgen las inevitables cuestiones sobre “cómo se puso en el papel de una mujer” y demás. También de manera inevitable surge algo así como si existe una literatura femenina en contraposición a una literatura masculina y se habla de “escritura metafórica” (la cual vendría a ser la escritura masculina) y de “escritura metonímica” (ergo, la literatura femenina). Yo me encuentro lejos de todo este tipo de consideraciones. Pienso, con toda sencillez pero con toda seguridad, que el artista debe, ante todo, crear; y del mismo modo en que no es necesario ser violado para comprender la gravedad o el dolor de ese acto, no es necesario matar para crear un personaje que sea un asesino (imagino a Thomas Harris matando y cenándose al vecino con la excusa de crear a Hannibal Lecter…). Siguiendo esa línea pienso, en mi subjetividad, cuáles son las mejores escritoras en cada disciplina y me digo: Wyslawa Szymborsaka en poesía; Flannery O´Connor en cuento; (tal vez) Virginia Woolf en novela; Susan Sontag en ensayo. Pienso en ellas y lo único que veo en común es que eran endemoniadamente buenas en lo que hacían, pero no veo estilos ni tendencias ni nada que las haga, prima facie, reconocibles como mujeres en su escritura.

Sigo con mi sencillez hermanada de seguridad y me digo que sí hay que hacer distinciones en materias de arte o literatura; pero creo que esa distinción debe ser más sencilla, más tajante y, sobre todo, más útil. Lo único necesario es saber distinguir entre buena y mala literatura; después, lo que lleve entre las piernas el autor (y el uso que decida darle a eso) es algo que nos debe tener sin cuidado.