Esclavos de la imagen

Josete (1)

Acabo de ver este video en una red social y no salgo de mi asombro; pero no por lo que se ve en él, sino por la reacción de la gente. Sintetizo: Josete es un hombre de poco más de cincuenta años que cuida coches en la calle y al que los integrantes de una peluquería le cambiaron el look. Pueden ver uno de los tantos videos que están corriendo por el mundo entero aquí.
Bien. Me alegro por Josete y su nuevo presente. Según tengo entendido, a Josete le han abierto un correo electrónico para recibir ofertas de trabajo y una empresa o un empresario ya le está pagando la renta del sitio donde vive. Además, como habrán visto, ha recibido el beneplácito de los transeúntes y de los vecinos.

Josete (2)
Ahora, ustedes me disculparán, pero para mí todo eso es una basura. Una basura que nos desnuda como sociedad y que nada tiene que ver con ese buen hombre. Me pregunto qué diablos le sucede a la gente, a todos aquellos que viven hablando de igualdad y de equidad (palabras que no son sinónimos, por cierto) y que aún continúan siendo hijos de las apariencias. Josete es la misma persona antes y después del corte de cabello y de la tintura; somos nosotros, la sociedad toda quienes consideramos a uno mejor que al otro. Somos nosotros quienes no le prestamos la debida atención o la ayuda que necesita ese hombre de cabello y barba blanca mientras que nos orinamos encima ante la vista de un moderno hipster.

¿Y qué sucede con esas personas que viven en la calle y no tienen quien les regale un corte de cabello y los convierta en centros de la estupidez mediática? ¿Qué sucede con el hambre y el frío de los migrantes? ¿Qué sucede con los niños que trabajan desde que despunta el sol para que sus padres no los muelan a palos si no llevan algunas monedas? ¿Qué sucede con nuestros viejos, esos que dieron todo en su momento y a los que hoy nadie presta la menor atención? ¿Cómo hacemos para volverlos visibles?

Josete (3)
Los dueños de esa peluquería que no voy a nombrar aquí hicieron un excelente negocio; por un corte de pelo y un poco de tintura lograron una publicidad que de otro modo les hubiese costado millones. Josete será olvidado pronto, por desgracia. Mientras tanto, los imbéciles seguirán aplaudiendo las apariencias mientras el frío, el hambre y el abandono que no se muestran en las redes ni en la TV será la moneda diaria de millones.

Todos somos nazis

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Acabo de ver un debate que tiene un par de años y que se transmitió por la televisión australiana entre el biólogo Richard Dawkins y el Cardenal George Pell; en dos momentos distintos el Cardenal salió con la clásica estupidez de que Hitler era ateo, y de que ésta era la razón de su accionar, etc., etc. ¡En TV y ante millones de personas! Esto me hizo recordar a la ley de Godwin (o la regla de Godwin de las analogías de Hitler), el cual es un adagio de Internet que afirma que: “A medida que una discusión en línea crece, la probabilidad de una comparación con Hitler se aproxima a 1” Es decir, si una discusión en línea (independientemente del tema o el alcance) se prolonga el tiempo suficiente, tarde o temprano alguien comparará a otro (o a algo) con Hitler. (El caso del Cardenal Pell demuestra que La Ley de Godwin se aplica en cualquier ámbito y, por supuesto, no es un caso aislado).

Seguramente les ha pasado a ustedes o lo habrán visto en línea; siempre aparece el tonto que, ante la carencia de argumentos, saca a relucir al gran coco moderno: Hitler. Volviendo a la ley, leo que esta fue promulgada por el abogado y autor estadounidense Mike Godwin en 1990, y originalmente se refirió de manera específica a las discusiones del grupo de noticias de Usenet. Ahora se aplica a cualquier discusión en línea, como foros de Internet, salas de chat y comentarios, así como a discursos, artículos y otras retóricas donde se produce la reductio ad Hitlerum.

Me temo que los tiempos que se avecinan, con el flamante presidente gringo a la cabeza además de otros fascismos, verá reverdecer la Ley de Godwin por todos lados; tanto de parte de los que se encuentren a favor como de los que estén en contra. Será cuestión, entonces, de mirar, de divertirse, y de no participar.

Estúpidos en perspectiva

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Pocas cosas más patéticas que los eternos habitantes del mundo selfie. No hablo de quien se toma una foto a sí mismo cuando no tiene otra opción; sino de aquellos que hacen de ese acto una conducta que roza lo patológico o donde se borra el límite entre la necesidad de guardar un recuerdo y la estupidez absoluta (no voy a tocar el tema ahora, pero he visto selfies de entierros, en hospitales —con el agonizante enfermo de fondo—, en accidentes y en otras situaciones similares). Supongo que algo de ese hastío ante la estupidez absoluta es lo que hizo que el artista israelí Shahak Shapira se hartara de las “divertidas” selfies y otras fotografías supuestamente graciosas que los turistas se tomaban en el monumento a las víctimas del Holocausto en Berlin; así que decidió poner el asunto en perspectiva: utilizando el retoque fotográfico, saca a los turistas del contexto del bosque de columnas y los pone como parte integral de crudas imágenes de los campos de exterminio nazi. El resultado, cuyo título es Yolocaust, es por demás interesante (es bueno ver que el arte sigue interrogándonos, después de todo).

Aquí, una pequeña muestra. Como siempre, para ver las imágenes en mayor tamaño, pueden hacer clic sobre una de ellas.

Un mundo de perdedores.

Ser cool… Tomarse una foto con un funcionario público aunque ese funcionario público esté separado por una valla y esté rodeado de guardias de seguridad (alejados lo suficiente como para no salir en la foto, pero cerca como para romperte el cuello si piensas acercarte demasiado). Claro, también podemos ver a una asesina de guante blanco y aceptada socialmente porque se encarga de los otros, por ejemplo. Sea como fuere, lo grave del caso está a la izquierda de la fotografía. Un montón de descerebradas intentado una selfie que ni siquiera va a ser original (¿hay algo que lo sea en este mundo?). Y lo peor es que esas descerebradas y muchos otros de igual calibre son los que van a elegir a su (nuestro) presidente.

La democracia es una exageración de la estadística, dijo alguna vez Borges y, como siempre, tenía razón.

El show de las conciencias tranquilas.

oculto

Dice Walter Benjamin: “La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. También, en ese mismo ensayo, dice: “Todos los esfuerzos por un esteticismo político culminan en un solo punto. Dicho punto es la guerra”. Estas dos ideas pueden verse hoy plasmadas con precisa claridad gracias a los medios de comunicación: nada más entretenido que la guerra. Ésta se ha transformado en un espectáculo más, en una secuencia de decorados hollywoodenses. Traigo esto a cuento porque hace pocos días se produjo un ataque en Siria por parte de la fuerza Aérea francesa que produjo más de 160 víctimas. Esperé varios días para ver si se producía algún tipo de reacción —sobre todo en esa pantomima de actualidad que son las redes sociales—; pero no, nada de nada. Nadie dijo una palabra, nadie colocó la bandera de Siria en su foto de perfil, nadie subió un cartelito con el infaltable e inútil Pray for Siria (no entiendo por qué siempre lo ponen en inglés, y me refiero a los latinos ¿Será por pereza que no quieren hacer un cartelito propio o tal vez ya reconocen abiertamente que dios es un ente que atiende en el norte anglosajón?).

Luego me puse a buscar datos duros, de esos que se usan poco pero que son los que hacen falta para poder entender un poco mejor lo que queremos tratar; y encontré que si bien los musulmanes son más de 1200 millones de personas, los extremistas rondan los 100.000; es decir, menos del uno por ciento. También me entero de que el noventa por ciento de las víctimas de los ataques terroristas llevados a cabo por estos grupos son, también, musulmanas; lo cual significa, básicamente, que no son occidentales y cristianas, palabras tan caras para la hipocresía europeo-americana.

Sé —y digo esto con mucho pesar—, que la próxima vez que se produzca un ataque en Europa o en los Estados Unidos, las redes sociales y los medios explotarán con indignados comentarios e imágenes movilizadoras de los sentimientos más puros que la humanidad pueda tener; lo cual no está nada mal, claro; salvo cuando se deja afuera del juego o se olvida a media humanidad mientras se manipula a la otra mitad en beneficio de unos pocos, muy pocos, que son quienes manejan los medios y nos presentan bonitas imágenes de una guerra donde los otros siempre son los victimarios y ellos las víctimas.

La razón en el tobogán.

3021463-slide-s-1-tech-devices-in-paintings“Encontrar momentos para dedicarse al pensamiento contemplativo siempre ha sido un reto, ya que siempre hemos estamos sujetos a la distracción”, afirma Nicholas Carr, autor de The Shallows, de acuerdo a la nota de Teddy Wayne para el New York Times. “Pero ahora que llevamos con nosotros estos dispositivos multimedia todo el día, esas oportunidades se vuelven aún menos frecuentes por la sencilla razón de que tenemos esta capacidad de distraernos constantemente”. La neuroplasticidad (esto es, la capacidad que tiene el cerebro de cambiar y adaptarse a nuevas situaciones constantemente), estimulada por la tecnología, es un arma de doble filo. Escribe Wayne: “en un mundo donde un teléfono o un ordenador casi nunca están fuera de nuestro alcance, ¿estamos eliminando la introspección en momentos que podrían haber estado dedicados a eso? ¿Acaso la profundidad de esa reflexión está en peligro porque nos hemos acostumbrado a buscar la gratificación inmediata de los estímulos externos?”.

El artículo sigue y es más que interesante; pero con esas preguntas ya tenemos más que suficiente como para perder el sueño. En un primer momento uno no puede menos que pensar que esto es lamentablemente así; que se esta perdiendo la capacidad de pensar a velocidades asombrosas (no hay más que ver el nivel de las discusiones en las redes sociales, por ejemplo); pero luego uno también recuerda que la lectura —madre de todo pensamiento— nunca fue una costumbre de la mayoría y que el pensamiento tampoco lo fue. De allí que muchos autores hayan criticado a la democracia como forma de establecer los parámetros culturales y políticos. ¿Entonces el problema es realmente tan grave? Tal vez —y esto lo digo a título personal— el problema en realidad sea otro: que los medios conocidos como redes sociales permitan a cualquiera decir cualquier cosa sin necesidad alguna de justificar esos dichos, igualando así al especialista con el aficionado o directamente con el ignorante bajo la idea moderna del “todo es opinión”. Claro está, lo que dicen Carr y Wayne en el artículo no hará más que agravar la situación y eso sí que es por demás preocupante.

Lo que nadie quiere.

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La verdad es lo que todos buscan pero que nadie quiere. Cuando la encuentran escapan de ella como si de la peste negra se tratara. Mejor nos vemos en otro momento ¿Sí? Por eso las relaciones creadas y mantenidas por medio de las redes sociales son tan frágiles y confusas. Los seres humanos no estamos hechos para las distancias; necesitamos la carne y el conocimiento de la carne. Ese tiro de gracia que le pegó a nuestro ego la revolución intelectual que va montada a caballo entre el siglo XVIII y el siglo XIX y que dejó bien en claro que no somos el centro del universo y que sólo somos animales precarios no nos deja otra salida que trabajar con esas herramientas: ser lo que somos e intentar con ello ser un poco mejores y nada más. Pulir la especie; mejorar el metro cuadrado que nos toca habitar y no molestar demasiado a los que están en los metros cuadrados adyacentes. Pero ese es otro tema. Ya me fui por las ramas (juego para insomnios: ¿De qué animal desciendes? Yo me declaro hijo de un Frankenstein y un Dr. Moreau. Mi zoológico código genético es variado). Bajo por segunda vez de la rama y digo: lo bueno de las redes sociales es que uno puede decir cualquier cosa sin correr demasiado riesgo de ser descubierto en una contradicción, porque la memoria de la red social y de quienes la usan es de corto plazo. Todo se lee y se olvida al instante; es la espantosa ansia de novedad de la que hablara Heidegger. Y también: las redes sociales tienen mucho de lo primero y muy poco de lo segundo. La verdad sea dicha (Archívese y olvídese ipso facto).