No, gracias

E.E. Cummings tuvo que pedir prestado $300 a su madre con el fin de publicar 70 Poemas, su colección de poesía de 1935. Pero al publicarlo le cambió el título a No Thanks (No, gracias) y dedicó el volumen a las 14 editoriales que lo habían rechazado:

e.e. cummings

Sus nombres, como se ve, forman la silueta de una urna funeraria. Me parece que no es una mala forma de tomar una revancha; no se le hace mal a nadie y demuestra un fuerte impulso creativo.

Tal vez más de uno deba tomar nota de esta forma de crítica; aunque la verdad es que espero que nadie tenga que usarla en el futuro.

Endiosando idiotas

Hace poco más de una semana fue despedida por la CNN a raíz de una fotografía donde la humorista mantenía una cabeza ensangrentada de Donald Trump.

Kathy Griffin
Está bien, la foto no es del todo afortunada, concedo eso; pero lo que vino después es por demás absurdo, por cierto. A Griffin no sólo la despidieron, sino que se la está persiguiendo con saña y malicia. A recibido amenazas de muerte y, no faltaba más, todos los medios le cierran las puertas como si del demonio se tratara.
Eso es típico de los Estados Unidos, hacer una tormenta en un vaso de agua; llevar las cosas a límites absurdos y empezar a confundir las aguas del pensamiento lógico y crítico con abundantes referencias erróneas a términos como libertad, democracia, expresión, límites, etc. (Como bien saben, los amigos del norte se creen los dueños de estos términos y que sólo ellos pueden trataros).
Por mi parte, ante casos como este, suelo preguntarme ¿Por qué le damos tanto poder a un funcionario público? ¿Desde cuándo un presidente es un ser intocable sobre quien no puede hacerse una broma o al cual no se puede criticar? Insisto en que la broma de Griffin no me parece brillante; pero de allí que todo el mundo se rasgue las vestiduras ante “la violencia ejercida” por una foto desafortunada me parece un exceso. ¿No son los presidentes —y más lo de Estados Unidos— responsables de decenas de miles de muertes reales peores que la que muestra la foto de esta comediante? ¿No es Donald Trump un hombre mucho peor que lo que es la misma Griffin en esa foto? ¿Y sólo porque un grupo de personas lo eligió para hacer un trabajo nadie puede decir nada sobre él?

La revolución francesa acabó con la idea de que el rey gobernaba por derecho divino. Es decir que con el advenimiento de la democracia, al menos eso se supone, quienes gobiernan son hombres por hombres y para hombres; pero parece que nuevamente el derecho divino hace acto de presencia por decisión de los mismos políticos y, claro está, por nuestra anuencia en aceptar ese estado de cosas.
Sé que un presidente puede ser (y es) blanco fácil de infamias y de denuncias falsas y malignas y que debe ser protegido de la estupidez y de la malicia; pero eso puede hacerse sin tener que volverlos seres intocables. Para eso está la ley que todos cumplimos y ningún presidente debería estar por encima de ella.

 

 

La nueva religión.

TV

Como todos sabemos, hay cosas que no pueden criticarse bajo ningún punto de vista. La religión, tal o cual equipo de fútbol, tal o cual político (todo depende del grado de democracia bajo el que uno tenga la suerte o la desgracia de vivir). Ahora se ha sumado otro elemento a esta ecuación: la televisión. Claro, alguno dirá que exagero, ya que son muchos los que dicen que la televisión idiotiza, estupidiza, manipula y demás (curiosamente, lo hacen con el aparato de TV en el living o, peor aún, en el dormitorio) y tal vez lo haga un poquito, aunque no creo que sea tanto como suponen. El asunto es que he visto a lo largo de tres o cuatro entrevistas (y alguna vez, también, me ha pasado de manera personal) una nueva modalidad de crítica cínica invertida. Me refiero a esa nueva costumbre de decirles, con un tono irónico, a aquellas personas que dicen no ver televisión: “Oh, claro, tú eres uno de esos que no ve televisión; un intelectual”; ante lo cual el entrevistado se disculpa o minimiza sus decires con un “no… yo no tengo nada contra la televisión, es sólo que no tengo tiempo…” o algo así. Las variantes son muchas, pero todas giran en torno a esto. El asunto es sencillo: directamente se invierten los roles (la carga de la prueba, se diría en lógica) y el crítico pasa de inmediato a ser el criticado. No mirar TV está mal, es de raritos o de gente aburrida, amargada, etc. Y lo peor de todo es que esto se hace con la anuencia de los entrevistados, quienes con esa tibieza propia de los tiempos modernos (ya se sabe: hoy todo vale lo mismo y criticar es feo, es de gente poco amable) diluyen sus ideas en un lamentable remedo de buena educación. Sinceramente, se extrañan esas personas que decían lo que pensaban sin importar quién estuviera delante. Tal vez ya sea el momento de comenzar a retomar esa sana y elegante costumbre.

Por qué hay que leer los prólogos.

Sartre Y Beauvoir“El prólogo es lo que el autor escribe después, el editor publica antes y los lectores no leen ni antes ni después.” Dijo alguna vez Dino Segre. Con toda modestia, voy a disentir con el autor italiano, ya que considero que leer los prólogos es necesario y útil; en algunos casos, incluso, son tan útiles que nos libran de tener que leer el resto del libro.

Eso fue lo que me pasó ayer, cuando comencé a leer Sartre y Beauvoir, de Hazel Rowley. Soy, como ya se está viendo, un lector de libros en su totalidad, así que comencé, como correspondía, por la primera página escrita. Poco después me sentí feliz de haberlo hecho. Para empezar, la autora se declara marcadamente feminista y seguidora de Simone de Beauvoir, precisamente, la madre del feminismo moderno:

“En 1976 entrevisté a Simone de Beauvoir. Yo era una licenciada que escribía una tesis doctoral sobre «Simone de Beauvoir y la autobiografía existencialista», y estaba profundamente comprometida con el movimiento feminista. Beauvoir había cambiado mi vida y yo la idolatraba. Le hice preguntas comprometidas sobre su relación con Sartre […] Respondió a mis preguntas de memoria, sin la menor duda o vacilación. Cuando me acompañó a la puerta pude ver, y aquello me entristeció, que ella misma era incapaz de distinguir el mito de la realidad de su vida.”

Luego, media página más adelante, encuentro: “Entonces el existencialismo era algo pasado de moda. Habíamos entrado en el posmodernismo. […] Además, a las llamadas «feministas radicales» les irritaba los valores «machistas» de Beauvoir, y sobre todo su indulgencia con aquel execrable varón chauvinista, Jean Paul Sartre.”

Por último: “Su correspondencia con Jacques-Laurent Bost, publicada en 2004, volvió a sorprender a la sociedad ¿Era esa mujer febril, ardiente y sensual la Simone de Beauvoir que creíamos conocer? Si así era ¿por qué no abandonó a Sartre? ¿Cómo pudo vivir con ese tipo miope, con esa metálica voz de proxeneta, ese traje azul arrugado, esa obsesión por los crustáceos, los homosexuales, las raíces de los árboles, la ciénaga del ser, y toda la mermelada heideggariana, teniendo ella tanta vitalidad, ardor, ingenio y frescura?”

Bien, hasta aquí llegué, y eso que sólo fueron cuatro páginas. No necesité más para saber que no podría leer ese libro (además, de casi 600 páginas); la misma autora dejó bien en claro que la objetividad no era lo suyo. Para ella todo estaba claro desde el principio: Sartre es malo, malo, malo; Simone de Beauvoir es buena, buena, buena. Así de simple, repetido como un mantra o como el estribillo de una canción infantil. Incluso cuando releo la primera cita, veo que ni siquiera le perdona a Beauvoir el no ser tan feminista como lo es ella: “…ella misma era incapaz de distinguir el mito de la realidad de su vida.” ¡Pobre Simone, tan tonta ella que ni siquiera sabe dónde está parada! Menos mal que Hazel Rowley está aquí para indicarnos la verdad absoluta y total sobre estos dos complejos y riquísimos personajes: malo, malo, malo; buena, buena, buena.

Lecturas. Umberto Eco

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“La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fidelidad y de respeto en el marco de la libertad de interpretación. Hay una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, según la cual podemos hacer lo que queramos de una obra literaria, leyendo en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos sugieren. No es verdad. Las obras literarias nos invitan a la libertad de interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de al vida. Pero, para poder jugar a ese juego, por el cual cada generación lee las obras literarias de manera distinta, hay que estar movidos por un profundo respeto hacia lo que, en otras obras, he denominado la intención del texto.”

Umberto Eco. Sobre literatura (Pgs. 12 y 13)

Arte y crítica

Diseño de protesta, un libro de Milton Glaser y Mirco Ilic, es un compendio de avisos publicitarios, obras artísticas, imágenes modificadas, publicaciones (como la reconocida revista Adbusters, por ejemplo). Me fue difícil elegir entre las casi doscientos cincuenta páginas de estupendas –y no pocas veces dolorosas– imágenes. Éstas cubren un amplio espectro crítico aunque, obviamente, prevalecen las cuestiones políticas. Alguna hay que hace referencia a temas ecológicos, consumistas, racistas o feministas. Les dejo una pequeña muestra, pero fueron tantas las que quería dejar aquí que en cualquier momento es posible que postee una segunda parte, con algún otro dato añadido.