Narciso Reloaded

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Sátira del suicidio romántico – Leonardo Alenza

En su Sátira del suicidio romántico, Leonardo Alenza pinta con perfecta ironía lo que en otros tiempos se consideraba como algo digno, como el epítome del amor como cosa en sí, como objeto último y como valor absoluto. Sin duda, todos estamos de acuerdo en que esa costumbre es poco menos que ridícula; pero déjenme decirles que en lo personal considero a su contraparte como no menos ridícula y digna de ser pintada, también, con el pincel de la ironía o de la burla. Me refiero a que suicidarse por un amor es tan tonto como no suicidarse por ninguno. Perder la vida por una causa perdida es tan ridículo como no perderla por nada. Incluso creo que la versión moderna es peor; es más cínica y vacía; es más perniciosa, incluso. Cuando veo a la gente (y muchas veces a los jóvenes) hablar en contra del amor o incluso burlándose de él me parece que están cayendo en un pozo del que es más difícil salir porque sin que ellos lo sepan también es una forma de amor, pero más dañino: el amor a sí mismos y nada más; es decir, el viejo y conocido narcisismo. No querer morir por nadie ni por nada es lo mismo que decir que nadie vale tanto como yo. Entonces, si cambiamos un amor por otro; si cambiamos una no muerte por una vida que se parece a la muerte, no veo dónde está el negocio ni, tampoco, el valor que realmente debemos darle a la vida.

El cartero llama dos veces XVII. Esa silla vacía

erik-satieHablar de las extravagancias de Erik Satie, el maravilloso compositor francés, requeriría una entrada demasiado extensa o varias más breves, en las que podrían hablarse de ellas sin que ninguna pareciera tener relación con las otras. Fueron tantas y tan diversas sus experiencias que no se podrían reunir en un solo texto sin que se creyera que todo es una fantasía sobre un personaje inventado. Hoy quisiera hacer mención de una de ellas; tal vez de la más íntimas y tristes; pero también de las que sea más comprensible para todos.

Satie murió en soledad, un primero de julio de 1925. Sólo entonces sus amigos pudieron entrar a la pequeña habitación en la que había vivido. Allí encontraron trece trajes idénticos de terciopelo gris; un centenar de paraguas también idénticos; unas cuantas cajas de puros que contenían prolijamente ordenados más de cuatro mil rectángulos pequeños de papel donde Satie había anotado meticulosas descripciones de paisajes imaginarios, personajes inverosímiles, dibujos, greguerías, órdenes religiosas inventadas, palabras sueltas, instrumentos musicales imposibles. En uno de ellos podía leerse: «Me llamo Erik Satie, como todo el mundo».suzanne-valadon Satie fue un solitario durante toda su vida, excepto por unos pocos meses, cuando entabló una relación amorosa con Suzanne Valadon, pintora y modelo francesa (quien también fue madre de Maurice Utrillo). Suzanne se mudó cerca de donde vivía Satie y éste le enviaba con el pequeño Maurice incontables ramos de flores y notas varias donde alababa los encantos de esa mujer amada. Suzanne pintó el retrato de Satie y se lo regaló, haciéndolo inmensamente feliz; pero al poco tiempo ella se iría sin dar explicación alguna y nunca volvería a ver al compositor.
Luego, durante más de treinta años, Erik Satie iría al bar donde la había conocido sólo por si ella regresaba. Tan profundamente lastimado quedó por aquel abandono que en el año 1893, considerando que aquel dolor perjudicaba no solamente a su salud, sino también a su arte, Satie acudió a la policía para pedirle protección contra aquel recuerdo que lo perturbaba.

portrait-of-erik-satieEntre los muchos papeles que sus amigos encontraron en aquella habitación, también se encontraron decenas de cartas que Satie le había escrito a Suzanne pero que nunca se atrevió a enviar. Sobre el escritorio, cubierta de polvo, se encontró la siguiente nota: “Aquí, sentado frente a mi escritorio, no he dejado, hasta este momento, de contemplar el retrato que Suzanne me hizo hace ya más de treinta años, durante nuestro idílico amor y que permanece inerte, junto a mi colección de paraguas, algunas de mis cartas dirigidas a ella y nunca entregadas; así como los dibujos que tanto me recuerdan a aquella tormentosa, aunque para nada despreciable etapa de mi vida. Por eso, quienes entren a esta casa tras mi cercana muerte, lo primero que se fijarán, además de lo anteriormente citado, cubierto por el polvo y la suciedad acumulada por el paso de los años, será en esta cuidadosa carta, necesaria para poder dejar en paz a mi pobre espíritu ya cansado y deteriorado ante tanto errante caminar”.

Cuando iba a ese bar, Satie siempre dejaba una silla vacía y no dejaba que nadie la ocupara, porque, decía, estaba esperando a alguien.

Shetem o Ailaviu o como sea

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Douglas Hoftadter, en Yo soy un extraño bucle, dice que existe en francés la expresión avoir des atomes crochus; es decir, “tener enganchados los átomos” (traducción literal) o “tener buena química”. En inglés existe la expresión to fall in love, lo que literalmente vendría a significar “caer en el amor”. En español, cuando decimos estar enamorados también estamos exponiendo una metáfora, ya que en-amor podría entenderse, de manera muy parecida a la expresión en inglés, estar “dentro-de” o “caer-en” el amor; pero seamos sinceros, la expresión en español carece del encanto de las otras dos.

Tal vez alguien piense que no estaría mal inventar una palabra o una expresión un poco más poética en nuestro idioma; pero no creo que sea necesario. Tal vez lo único que debamos hacer es abandonarnos al amor lo mejor que podamos y hacerlo con toda nuestra integridad e inocencia y dejar los juegos de palabras para otros asuntos menos interesantes.

La sustancia específica.

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“Bajo la confusión, la indiferencia, el olvido, ahí estaba. El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí. En su juventud lo había dado sin pensar […]. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía ambas, como si fuese, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo”.

El fragmento anterior es parte de Stoner, novela de John Williams, publicada en 1965. Me tomé la libertad de quitar unas pocas líneas (los puntos suspensivos entre corchetes), ya que hacían referencia a personajes puntuales de la novela y mi intención al querer compartirlo es otra: simplemente recordar que esa sustancia específica es, ha sido y será una de las partes integrales de nuestra vida; aunque el discurso posmoderno en el que nos vemos envueltos en este día a día que nos toca en suerte quiera hacernos creer lo contrario. El amor es, lo quieran o no los vendedores de humo y hojarasca, lo que nos moviliza y nos empuja a salir a la calle a pelear por nuestro pedacito diario de vida. El amor en sí y por quien sea: nuestra pareja, nuestros hijos, padres, hermanos, amigos, el amor a nosotros mismos y el amor a todos y cada uno de los otros (amor tan especializado que hasta tiene nombre propio: empatía). Como bien dice Williams al final del párrafo que cité: simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo.

Convergencias.

A. Gaudionlux Letras y cuerpo

De uno de esos estupendos diálogos que Eduard Punset sostiene a menudo con diferentes personalidades de la ciencia, tomo este fragmento que me pareció maravilloso y, para mí, al menos, sumamente esclarecedor. La charla, esta vez, fue con el catedrático de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Londres, Semir Zeki y de él es el fragmento que sigue:

“El sentido del arte es plasmar el ideal creado por el cerebro en un lienzo o en una escultura. Hace poco alguien me preguntó ¿Por qué el arte está tan ligado al sufrimiento? Y la respuesta es muy simple: Está tan ligado al sufrimiento por la dificultad de plasmar en una obra de arte los conceptos del cerebro. De manera que algunos artistas, como Miguel Ángel, dejaron muchas obras inacabadas; y lo mismo sucede con el amor. Creo que no es fácil hacer que todos los conceptos e ideales que el cerebro ha creado confluyan en una persona única. De manera que es una cuestión de compromiso y sucede que a veces ese compromiso no es muy duradero, no está lleno de vida y a menudo se rompe”.

Enlazar los dos temas que considero fundamentales en la vida de las personas, como son el amor y el conocimiento, de manera tan elegante y simple me pareció maravilloso. Ayer hablé del valor que tiene el conocimiento científico como una capa añadida de comprensión y de posibilidad de profundización; hoy Semir Zeki lo demuestra. Entender que la frustración de no poder expresarnos como queremos cuando escribimos un poema, un cuento o cuando queremos componer una canción tiene la misma base y fundamento de la frustración amorosa hace que vea bajo una nueva luz a esas cosas que se me hacen tan necesarias.

El otro valor de las palabras.

HugYou

Leer lo que se dice por las redes sociales puede ser un buen ejercicio; no digo leer sólo lo que se sube, sino leer el por qué se publican esas cosas. Si nos fijamos bien, la mayor parte de los mensajes tiene que ver con cuestiones sentimentales. En general a favor de esos sentimientos que siempre han sido parte integral de nuestro ser; pero también algunos en sentido inverso denostando, sobre todo, al sentimiento más fuerte en toda la historia de la humanidad: el amor. No está mal que éste sea puesto en una situación de análisis; después de todo, los tiempos cambian y es lógico que cambien nuestras percepciones, incluidas, claro está, aquellas sobre lo que sentimos por los otros y, en especial, por ése otro al que pretendemos con más fuerza que a los demás. En general me parece haber notado algo casi ubicuo en estos asuntos. Creo que el mensaje que subyace a todos estos otros de tono menor y que oscilan entre el lugar común y la broma torpe es que nuestra necesidad humana más profunda no es en absoluto material; sino que esta necesidad es la de ser vistos; ser observados y valorados por los otros. A pesar de toda esa palabrería que dice “somos seres completos, no necesitamos de nadie” todos estamos en el mismo barco: el de los que piden a gritos que no nos dejen solos. Nuestro constante deambular por una sociedad capitalista, mediocre y cada vez más estúpida nos dice que también necesitamos aventura, necesitamos significado, necesitamos identidad. En síntesis: necesitamos amor. Alguien que no nos ve a través de ojos amorosos no ha despertado de las filas de los entes muertos. La mayoría de las personas no soportan el estrés terminal de caminar por el mundo sin ser vistas, no se tolera por mucho tiempo el ser un simple número o uno de los dientes del engranaje en una máquina sin vida. El amor, cuando es una búsqueda madura y superadora (y no meramente una cuestión compensadora), es un espacio de creación y de reparación. Hace más que ayudarnos a sobrevivir en un mundo sin alma; nos ayuda a transformarnos.”

Flirteo estilo siglo XIX

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Si eres soltero y quieres salir con alguien, hoy las redes sociales te ayudan bastante. A través de sitios de citas en línea, Facebook, Whatsapp o de aplicaciones como Tinder, se puede invitar a salir a alguien o, al menos intentarlo. Pero en el Siglo XIX, los jóvenes solteros tenían que ser un poco más creativos con su juego de seducción; y así fue cómo se inventó la llamada “tarjeta de invitación” o de “acompañamiento”.

La alta sociedad no las usaba, pero sí hombres y mujeres menos formales. Caballeros que se encontraban en la búsqueda de mujeres solteras y que pretendían conocerlas entregándoles sus tarjetas, donde preguntaban discretamente si podían “acompañarlas a casa”. Alan Mays, coleccionista de estas tarjetas históricas dice que éstas eran “un medio común de introducción y nunca se tomaban demasiado en serio”. De todos modos resultan divertidas y hasta provocan cierta ternura al imaginar las serias expectativas de algunos de aquellos solitarios hombres que las usaban.

Una pequeña galería; para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.