Después de Babel

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Acabo de regresar de una semana pasada en la Riviera Maya; sitio de ensueño si los hay. Por allí pasan, hoy, decenas de etnias y de idiomas, así que caminar por cualquiera de sus calles o descansar en una de sus playas puede ser un entretenido juego de descubrimiento y de curiosidad sobre el grupo de personas que tenemos alrededor nuestro. Aunque el idioma que predomina es el inglés, es obvio que pueden escucharse muchos otros, algunos que suenan muy bonitos y otros que parecen sólo comunicarse por medio de órdenes (es la sensación que tengo al escuchar a los idiomas orientales, por ejemplo). El último día, como solemos hacer, nos “despedimos” comiendo unas clásicas quesadillas. Las muchachas que nos atienden hablan ente ellas en una lengua que sonaba delicadamente musical. No había en ese diálogo sílabas fuertes ni inflexiones que cortaran el diálogo en fragmentos menores, lo cual siempre brinda una sensación seca, cortante. Les preguntamos qué idioma es el que hablan y muy amables nos dicen que se trata del Q’anjob’al; una lengua derivada del maya antiguo y que sólo es hablado por menos de ochenta mil personas, la mayor parte de ellas habitantes de Guatemala y el sur de México. Ellas son de Chiapas (el único lugar en México donde se habla esta lengua) y agradecen con modestia no fingida los halagos que le hacemos a ese lenguaje tan bonito y musical. Una de ellas, ante mi incapacidad para pronunciar el término, me lo escribe en un papel para que yo pueda escribirlo aquí: Q’anjob’al. El único idioma nativo hablado por dos muchachas en una ciudad que parece ser un suburbio de Babel.

La pesadilla de San Ambrosio.

En los manuscritos antiguos no existía la separación entre palabras. Estas se sucedían sin puntuación y sin distinción entre mayúsculas y minúsculas (de allí la necesidad de leer en voz alta, ya que este tipo de lectura facilitaba la comprensión de los textos). Para demostrar que la escritura gótica podría ser fatigante para leer, algún escriba medieval inventó esta frase como broma:

mimi numinum niuium minimi munium nimium uini muniminum imminui uiui uolunt

(el actor [el mimo] deidades / nieve / demasiado vino, la protección del deseo común de disminuir lo más mínimo de la vida) (Las barras separan términos que me fueron imposibles de conectar de forma lógica; me disculpo por ello).

En La escritura antigua y su influencia (1969), Berthold Louis Ullman y Julian de Brown escriben: “Cuando esto está escrito en caracteres góticos, sin puntos de las íes y con v escrita como u, hacen de éste un acertijo de primera clase”. Véanlo ustedes mismos:

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Los neologismos abren puertas.

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Hace unos días Danioska me dejó, en uno de sus comentarios, un neologismo; una palabra inventada ad hoc para enfatizar su argumento. Al responderle, yo cometí un error de tipeo y en lugar de “me alegró” salió un “me alegrió”, término que pude corregir pero que me hizo sonreír por la posibilidad de poder expresar en un solo término algo tan indefinible como una “alegría agria” o algo similar; en suma: una alegría que no era del todo bien nacida. Ahora, alguien a quien quiero mucho me dice, al querer escribir Anonymous, Amonymous; y ese “amo” como prefijo del término anónimo me hizo relamer de posibilidades de amores ocultos, pero sobre todo de amores en sí y por sí mismos. Lejos de toda simplificación psicoanalítica (el cielo me guarde de ello) recordé que Adolfo Bioy Casares, para señalar con más precisión a aquellas personas a las que se quería criticar, proponía escribir sus nombres o sus profesiones con ligeras faltas de ortografía. Así, un mal arquitecto podía ser señalado como arquitectö, por ejemplo.

Y aquí comienza lo lúdico. El placer por el juego de las palabras y por el de encontrar sentido en esos pequeños errores. Ya sean términos inventados a propósito o azarosos encuentros hijos de la velocidad o de las nuevas tecnologías (bien lo sufrimos todos cuando queremos escribir desde el minúsculo teclado de un teléfono) las palabras se transforman o directamente nacen para decir con mayor precisión lo que intentamos expresar con desigual fortuna. Somos lenguaje y también somos seres lúdicos; no está mal abandonarse, entonces, a los placeres de esas dos facetas que nos forman, nos modifican y, sobre todo, nos exponen.

Entender al otro y otros lenguajes.

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En El mundo taciturno, uno de esos estupendos ensayos o artículos de Fabio Morábito incluidos en El idioma materno (libro que voy degustando lentamente, tarde a tarde, almohada a almohada), se nos cuenta del error de un traductor que en lugar de «quedó anonadado» tradujo «enmudeció»; lo cual no está mal, salvo porque el personaje en cuestión era mudo de nacimiento. De todos modos, como bien señala Morábito, es una torpeza, mas no un error. Un mudo habla mediante señas y puede enmudecer por algún motivo particular. Recordé que los cartujos (o cartujanos) quienes habían hecho voto de silencio porque consideraban que la locuacidad era contraria a la divinidad, se comunicaban por señas o por escrito, lo cual es hacer trampa, ya que no se evitaba la comunicación, sino sólo la comunicación verbal. Se puede ser muy locuaz por escrito o a los manotazos también. Pero el asunto viene por otro lado. Otro recuerdo, éste, personal: uno de mis hermanos, quien nació con problemas visuales complejos, tuvo que realizar sus estudios primarios en una escuela para invidentes, por lo cual no era extraño que en mi casa hubiese ciegos de visita por aquella época (incluso uno de ellos llegó a ser mi primer profesor de inglés). Era habitual que, al despedirse, alguno de ellos saludara a mi hermano con un común “después nos vemos”. La primera vez, claro está, eso nos movió un poco a risa, lo cual no era nada extraño; uno no era más que un niño y aún andaba tropezando con el lenguaje y la experiencia. Pero luego uno comenzaba a notar que esas frases o expresiones estaban por todos lados, incluso en nuestra sabia boca de preadolescente sabelotodo: un vaso de agua, el sol sale o se pone, etc. Y ése es el punto central, ése es o debe ser el centro de nuestra comprensión. Cito el final del ensayo de Morábito, quien lo dice mucho mejor de lo que yo nunca podría hacerlo:
“El hecho de que en ellos la voz haya sido sustituida por ademanes, no la hace menos voz, y ellos no son ni un ápice menos hablantes que los que sí «hablan», y lo demuestran justamente al decir disparates, o sea hablando en sentido figurado, sin el cual no hay lenguaje humano entendible. Pero hay algo más, y es mientras los no mudos no logremos entender que algunos mudos son más «mudos» que otros, o sea que hay mudos de pocas palabras; mientras no podamos concebir a un mudo taciturno, o a un mudo que enmudece de golpe, o a un sordo que se tapa las orejas, no podremos entender a nadie que sea diferente de nosotros”.
Empatía, humildad, comprensión (y esfuerzo en la comprensión) es lo que necesitamos para comunicarnos un poco mejor. Ya bastante tenemos con los problemas de nuestro lenguaje adulto y maduro como para sumar la soberbia del “¡Pero si lo estoy diciendo muy claro!”

El lenguaje es un virus.

Cronenberg - Buroughs 01

Leer a William Burroughs excede el mero acto de acceder a la obra de un escritor; leer a Burroughs es aventurarse, arriesgarse, someterse a nuevas reglas que, además, van modificándose de manera constante. En la obra de William Burroughs el sujeto se encuentra manipulado y transformado por los procesos de contagio. El lenguaje es un virus que se reproduce con gran facilidad y condiciona cualquier actividad humana, dando cuenta de su intoxicada naturaleza. Los textos de Burroughs proliferan sin principio ni fin como una plaga, se reproducen y alargan en sentidos imprevisibles, son el producto de una hibridación de muy diversos registros que no tienen nada que ver con una evolución literaria tradicional, sus diferentes elementos ignoran la progresión de la narración y aparecen a la deriva desestructurando las novelas de su marco temporal, de su coexistencia espacial, de su significado, y posibilitando que sea el lector quien acabe por estructurarlas según sus propios deseos.

Cronenberg - Burroughs 02

Los libros de Burroughs, claro está, no son aptos para ser llevados a la pantalla; aun así David Cronenberg lo hizo en 1991 con la fragmentaria novela Naked Lunch (El almuerzo desnudo). Para ejemplificar esos procesos de contagio de los que hablé antes, para mostrarnos que el lenguaje es un virus, Cronenberg recurre a una imagen por demás poderosa: la máquina de escribir de Bill Lee (alter ego del mismo Burroughs) se convierte en un insecto que, además, se dirige a él en un cruce paranoico-psicótico por demás particular.

El lenguaje es un virus del espacio exterior es, tal vez, la idea más conocida de Burroughs y sin duda, la mejor de todas. La idea no es tan delirante como parece en un primer momento. Si la pensamos un momento podemos ver que un virus sólo tiene por objetivo el reproducirse y utiliza a otros seres animales como huéspedes y vehículos para ello. El lenguaje, para Burroughs, es independiente del hombre y no es hablado por éste, sino que es el hombre el que es hablado por el lenguaje. En esto Burroughs se adelantó en ocho años al trabajo filosófico de Jaques Derrida, quien en su también famoso dictum dijo: No hay nada por fuera del lenguaje.

Y mal que no pese, eso es cierto. Cada vez que necesitamos transmitir algo nos valemos del lenguaje; si intentamos explicar o explicarnos algo necesitamos del lenguaje; si sólo pensamos en algo usamos lenguaje. No podemos evitarlo; no podemos evadirnos de él. Somos, lo queramos o no, los portadores de ese virus llamado lenguaje; y también sus transmisores.

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Morado

Morado

Desde hace un tiempo vengo notando un cambio sutil pero marcado en mi forma de hablar. Hace unos días me encontraba en un comercio y cuando se me preguntó lo que quería señalé y sin pensar dije: el morado. Morado, valga la aclaración, es un término que no se usa en Argentina o si se lo hace es en algún caso excepcional y casi nunca en referencia a objetos. Ayer hablaba con mi hermano por teléfono y me oí hablar de niños y niñas en lugar del clásico chicos y chicas que he usado toda mi vida. Por último, también ayer me encontré hablando de carro en lugar de auto, lo cual me llamó mucho la atención, ya que el término carro es más usual en Venezuela o en Cuba que en México o Argentina. A veces me siento como una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde latinoamericano (sin saber bien cuál es cuál, por cierto); pendulando entre el vos o el , entre el pinche y el boludo o entre la rubia y la güerita.
Supongo que si sigo así estas entradas se irán modificando gradualmente sin que me dé cuenta de ello. Espero que ustedes me avisen si notan cambios profundos; ya saben, la esquizofrenia tiene por característica la de saber ocultarse de sí misma y no quisiera quedar atrapado en una frontera difusa, nada menos que entre dos lenguas hermanas pero, al mismo tiempo, tan diferentes.

Los límites del lenguaje

Cataratas del iguazú

Es bien sabido que transmitir ciertas experiencias personales es algo imposible. Eso fue lo que me ocurrió al enfrentarme a las Cataratas del Iguazú. No hay modo en que se pueda describir el cúmulo de sensaciones que se reciben en ese lugar. Desde la enormidad en las cataratas en sí (tampoco sirven los datos estadísticos: 275 saltos distribuidos a lo largo de tres kilómetros; 1.700 metros cúbicos de agua cayendo desde ochenta metros de altura… no, nada de eso es útil) hasta el hecho de que todos los sentidos se ven estimulados, comenzando, como es lógico, con la vista y el oído, apabullados por la enormidad de lo que se nos presenta frente a nosotros; y los demás después, con esas gotas diminutas que el golpe del agua producen y que nos moja de manera casi imperceptible y se nos mete en la boca junto a las fragancias de los árboles de la selva que nos rodea. Es lo más cercano a saborear un árbol que he estado en mi vida.
Bueno, lo he intentado, pero aún estoy lejos. A veces parece que la naturaleza exagera y a nosotros no nos queda otra opción que llamarnos a silencio.