Hablando se entiende la gente

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No hace mucho tiempo conocí un idioma inventado recientemente: toki pona, el cual generalmente se traduce como «el lenguaje del bien». Su sencillez y sus características particulares (sobre todo su aspecto lúdico y su relación con las ideas taoístas) me llevó a estudiarlo, lo cual me ha hecho adentrarme en un mundo particular y por demás interesante. Añadido a ello, he visto en varios artículos relacionados, algunos de los idiomas inventados por personas particulares con la idea básica, casi común en todos ellos, de hacer que la humanidad se comunique de manera más fluida y así, de alguna forma, poder evitar conflictos y malentendidos varios. Sin duda, un espíritu humanista subyace en todos esos intentos.

Tal vez el más conocido de esos idiomas sea el esperanto, del cual se dice que las virtudes que posee son muchísimas y que es una pena que no se hable como una lengua común a todos, al menos como una lengua secundaria. Otro es el volapük, creado por el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer; el cual tuvo muchos adeptos a principios del siglo pasado, pero el que decayó debido a su compleja gramática y a un profundo disenso entre sus hablantes (nuevamente, una completa diferencia con el esperanto). Ya he nombrado a toki pona, el cual fue creado a principios de este siglo por la lingüista Sonja Lang como lengua artística filosófica; y no puedo dejar de nombrar al idioma analítico de John Wilkins, el cual era genial en su concepto, pero impracticable en la realidad.

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Ahora he encontrado este nuevo ejemplo histórico: En 1922, el profesor y lingüista de alemán báltico Edgar de Wahl ofreció un nuevo idioma para facilitar la comunicación entre personas de diferentes naciones. Lo llamó Occidental, y lo diseñó para que muchas de sus palabras sean reconocibles por quienes ya conocen una lengua romance. Tómense un minuto para leer el siguiente párrafo y verán que, en líneas generales, pueden entender el sentido completo de lo que allí se dice (ayuda un poco el leerlo en voz alta):

Li material civilisation, li scientie, e mem li arte unifica se plu e plu. Li cultivat europano senti se quasi in hem in omni landes queles have europan civilisation, it es, plu e plu, in li tot munde. Hodie presc omni states guerrea per li sam armes. Sin cessa li medies de intercomunication ameliora se, e in consequentie de to li terra sembla diminuer se. Un Parisano es nu plu proxim a un angleso o a un germano quam il esset ante cent annus a un paisano frances.

Una traducción aproximada (no hablo Occidental; pero supongo que la cosa va por aquí):

«La civilización material, la ciencia e incluso el arte se unen cada vez más. El europeo educado se siente casi como en casa en todas las tierras que tienen civilización europea, es decir, cada vez más, en el mundo entero. Hoy casi todos los estados guerrean con los mismos armamentos. Sin pausa los modos de intercomunicación mejoran y, en consecuencia, el mundo parece disminuir. Un parisino está ahora más cerca de un inglés o un alemán que cien años antes de un campesino francés».

El Occidental ganó una pequeña comunidad de hablantes en las décadas de 1920 y 1930 y se había extinguido en gran medida ya para la década de 1980; pero en los últimos años ha visto un resurgimiento en Internet como interlingüa.

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Es inevitable terminar con algunas preguntas: ¿Será realmente una solución a los conflictos humanos el poder hablar una misma lengua? Por supuesto, alguien podría aducir que si con eso bastara no habría violencia alguna dentro del seno mismo de cada sociedad o país; pero, por otro lado, también tenemos la idea más general de que las personas suelen ver como menos extrañas (si me permiten la expresión) a aquellos que tienen más cosas en común con ellos mismos. En ese sentido, la posibilidad de comunicación es indispensable y también podemos dar un ejemplo: en una sociedad multiétnica (las cuales son cada vez más) el hecho de poder comprenderse los unos a los otros no es algo menor y no son pocas las veces que esto hace que un grupo pueda adaptarse y ser reconocido en una nueva cultura. De todos modos, la violencia se ejerce por cuestiones de raza, religión o nacionalidad; así que, si bien una lengua común podría se de ayuda, también habría que atacar otros aspectos irracionales de nuestra sociedad; lo cual nos lleva al principio de estas dudas: ¿Y no servirá para ello el tener una lengua en común?

Seguir pensando mal, seguir obrando mal

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A raíz de un triste caso de violencia de género que ocurrió recientemente en esta ciudad, he encontrado muchas versiones del hecho, las cuales sería demasiado extenso tratar por separado (aunque ganas no me faltan; por cierto); pero lo que veo, en líneas generales, es que hay una profunda falta de pensamiento crítico que les brinde solidez, lo cual sería más que deseable, porque si algo necesita un sistema crítico es, precisamente, solidez; es decir, lógica y coherencia. Trataré sólo uno, tangencial al hecho en sí, aunque hijo de este.

He leído, en una de las tantas publicaciones que desbordaron las redes sociales a lo largo del fin de semana, el siguiente texto (lo copio de manera literal, los errores le pertencen):

«Quizá no hemos reflexionado sobre el verbo “cuidar”. Cuidas al perro, al gato porque los has sacado de su hábitat (no olvides que al domesticarlos los has inutilizado). Cuidas la planta porque la has sacado de su entorno. Cuidas al León porque lo tienes encerrado en una jaula. Cuidas al niño/niña porque sabes que no pueden hacer muchas cosas, como alimentarse y buscar su propio alimento. Cuidas al anciano porque sabes que ha perdido habilidades. Cuidas al enfermo porque sabes que ha perdido su fuerza y sus defensas.

En todas, el verbo cuidar conlleva dependencia y no necesariamente amor. ¿Así quieres “cuidar” a una mujer? Es decir, que se vuelve inútil y dependa solo de ti. ¿Por qué quieres ese control? Amor no hay. Si hubiera amor la dejarías libre. Al niño/a los/as cuidas y precisamente porque los amas los dejas libres cuando ya son autosuficientes. Justifícate como quieras, pero el verbo “cuidar” tiene sus propias connotaciones, no depende del punto de vista, sino el uso que le damos y siempre coincide en esa dependencia que el otro tiene del cuidador».

A continuación, se agregaba una captura de pantalla con la definición del verbo «cuidar»:

Cuidar

  1. Ocuparse de una persona, animal o cosa que requiere de algún tipo de atención o asistencia, estando pendiente de sus necesidades y proporcionando lo necesario para que esté bien o esté en buen estado.

2. Procurar, a una cosa o persona, la vigilancia o las atenciones necesarias para evitar algún malo peligro.

Lo que me llama la atención es que no hay, en la definición del término, nada que avale lo dicho en el texto. ¿De dónde sale la idea de que son los hombres y sólo los hombres quienes usan de esa manera el término «cuidar»? Si se parte de esa premisa, por supuesto que sería un error grosero que habría que subsanar; pero no es así y la prueba la tenemos en una simple distinción: sólo hay que cambiar los términos «hombre» y «mujer» por el término «persona» (a fines del año pasado fui invitado a dar un par de clases en una universidad local y, al plantearle a los alumnos los problemas bajo este cambio de términos, la mayor parte de las discusiones se terminó casi de inmediato. Muchos de ellos reconocieron que plantear los problemas sociales como venían haciéndolo, sólo acentuaba las diferencias, no acababa con ellas). Entonces tenemos ahora el problema planteado de este modo: «Una persona necesita ayuda, otra persona se la ofrece».

¿Qué hay de malo en este nuevo planteo? Absolutamente nada. Sólo hace patente el hecho innegable que somos seres interdependientes y que nos necesitamos los unos a los otros. ¿Importa el sexo de quien necesite ayude y de quien la brinde? No, por supuesto; y aquí terminaría el asunto, pero permítanme ir un paso más allá, para lo cual voy a tener que dejar de pensar en abstracto para ejemplificar lo que quiero decir con un ejemplo personal.

Cuando leí el fragmento que destaco al inicio de la entrada pensé en mi entorno personal. Pensé en mi esposa, por ejemplo. ¿La cuido? Por supuesto. ¿Por qué? Pues porque la amo, claro; pero también me di cuenta de que la cuido porque no temo que le pase algo; porque temo que algo le suceda. Temo, sí, que algo le suceda y que eso la aparte de mí. ¿Es egoísta esta actitud? Tal vez. Pero eso es porque soy humano, no un ser perfecto que puede pensar por fuera de su corporalidad y de sus limitaciones. Lo mismo me sucede con mis hijos, con mi hermanos y hasta con los extraños (¿quién, al ver a alguien en peligro -digamos algo simple como cruzar una calle sin prestar la debida atención- no haría lo posible para evitarle un daño?). Y lo mismo sucede con mi esposa ¿por qué me cuida ella a mí? Por los mismos motivos, claro está; no porque me considere inferior o inútil. Y lo mismo sucede con mis hijos (no hay placer mayor que abrir el teléfono y encontrar un mensaje de ellos quienes, lo primero que dices es ¿Cómo estás? A pesar de la distancia, el cuidado, el acto amoroso a través de unas palabras que dicen más que lo que meramente está incluido en su definición).

Dos consideraciones finales:

  1. Me gustó descubrir que temer por la suerte de aquellos a los que amamos nos hace más fuertes. Es precisamente en esos momentos donde nos sobreponemos a todo y es en esos momento cuando desmostramos que no hay diferencias de sexo que valga cuando se trata del bienestar del otro (algunos recordarán un hecho particular que me ocurrió hace unos años cuando mi esposa, literalmente, y sin exagerar, me salvó la vida. he dejado en este sitio una crónica de aquellos días como agradecimiento explícito a ella. Aquella vez yo fui el más débil de las personas, ella la más fuerte).
  2. Mientras se siga pensando en términos de hombre/mujer (con la adjetivación implícita de hombre-victimario/mujer-víctima) nos será mucho más difícil encontrar una salida al problema de la violencia (y hablo de la violencia en general. Violencia. La que sufre cualquier ser humano) y sus posteriores consecuencias. Entender que todos somos uno y el mismo y que debemos cuidarnos entre todos independientemente del sexo o de la edad o de la nacionalidad o de cualquier otro añadido posterior a nuestra concepción primaria de ser humano, es el primer paso para avanzar en la dirección correcta. Lo demás sólo retrasará la aparición de posibles soluciones.

Pilar Pedraza, o de la lucidez

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Acabo de leer una magnífica, o más que magnífica entrevista a Pilar Pedraza, escritora española que nos regala un magnífico tratado sobre la lucidez. Y es que hoy no hace falta más que eso para que alguien sobresalga por sobre la mediocridad general: lucidez. Antes que nada, debo reconocerlo: no he leído a Pilar Pedraza, y me acerqué a la entrevista atraído por el título: «Que no me digan que no debo leer a Sade por ser patriarcal, porque los mando a la mierda». Perfecto, para empezar. Y voy al punto porque sino terminaré copiando la entrevista completa, la cual, por fortuna, es extensa, pero que no cabría aquí sumado a lo que quiero decir. Luego de habérsele preguntado sobre la crueldad en uno de sus libros, Pedraza dice:

«Yo empecé muy pronto a leer las obras completas de Sade y lo he leído todo absolutamente. El sadianismo es algo que siempre me produce cierta ambigüedad. Porque Sade, por cierto, no hizo ninguna barbaridad… Bueno, sí hubo algún lío con unas chicas que se murieron porque les dio más de lo debido, pero él no era un asesino ni un sádico. Era un perverso. Pero me produce sensación ambigua porque cuánto me gusta leerlo, pero qué poco me gustaría que se produjera en la realidad. Su filosofía me encanta, porque antepone la máxima libertad por encima de toda moral y de toda creencia, incluso del humanismo. Y me encanta también cómo despliega una matemática de la crueldad y una coreografía de las torturas, que desde el punto de vista artístico es maravilloso. Todo eso me ha llegado muy profundamente desde muy joven».

Aquí hay un punto importante, el cual Pedraza expone de dos modos: primero, reconocer que lo que dice Sade es una cosa, pero de eso pudiera llegar a suceder sería terrible; la segunda versión, inmediata a la primera, señala la estética de Sade (matemática de la crueldad, coreografía de las torturas) y la sintetiza como un «punto de vista maravilloso». ¡Y es que ese es el punto! Sólo es literatura y si alguien se siente mal al leer estas cosas, pues el asunto es muy sencillo: que no lo haga. Y esto viene a colación por la censura que están teniendo ciertos textos por diversas razones. De hecho, es el motivo de la siguiente pregunta y su respectiva respuesta:

«Este es un debate muy presente ahora mismo. Lo de renegar de un autor (y hasta censurar su lectura) porque sus códigos morales no corresponden con los actuales… O porque era un hijo de puta, vamos. 

Ya, ya. Pero dan ganas de contestarles: «¿Y tú no has leído Juliette o el triunfo de la infamia?». ¡Pues que lo lean, joder! Que no me digan que no debo leer a Sade por ser patriarcal, porque los mando a la mierda». 

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Este tema quise tratarlo ayer, pero preferí no hacerlo porque la noticia que me había llegado ya tenía un par de años; pero ahora, a raíz de haber leído este reportaje, puedo incluirla por afinidad temática. El asunto es que en la Universidad de Londres, los alumnos exigieron que se prohibiera el estudio de Platón, Aristóteles, Kant, Voltaire… por ser blancos. También por la misma época tuvo que ponerse advertencias (trigger warnings, las llaman en inglés; es decir que hasta le han dado un nombre propio) en un curso de teología, ya que la crucifixión podría llegar a ser angustiante para algunos alumnos (y otra pausa necesaria ante el absurdo: recuerdo que estamos hablando de una universidad, no de un jardín de infantes. Universidad). ¿Qué clase de idiotas están preparándose en las universidades hoy en día? ¿Qué clase de idiotas son aceptados, para empezar? Sé que la palabra idiota en estas dos preguntas ha molestado a alguien y espero que así sea, porque ése es el punto central: ¿qué es esto de andar sintiéndose ofendido por cualquier cosa? Me remito a Chistopher Hitchens: «Que te sientas ofendido no es ningún argumento».

Sigamos. Hace un tiempo hablé en este sitio de la espantosa versión feminista de El Principito; y más atrás había hablado de las nuevas versiones de Caperucita roja, donde el lobo ya no se come a la abuela, sino que esta se esconde en un ropero y donde, por supuesto, el leñador ni siquiera aparece. El lobo huye y eso es todo (hay que evitar la escena de la «autopsia»). También hablé de una versión, muy criticada, por cierto, de la ópera Carmen, donde al final es ella la que mata a José, y no al revés, como corresponde. También la misma Pedraza lo señala en su reportaje: cuando se traduce un libro del siglo XIX estadounidense, donde dice negro ahora ponen de color. ¡Es un error! Debe ponerse lo que el autor decidió poner en el original, sólo así entenderemos los conceptos dentro de su perspectiva histórica.

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Me voy con un último fragmento de Pilar Pedraza porque, como dije, su lucidez es más que suficiente y no es posible parafrasearla sin menoscabo de sus palabras y de sus ideas. Aquí un pedacito de esta escritora feminista, sobre el mismo tema:

«Tengo una idea cada vez más clara: todo lo que ha construido la cultura patriarcal, que es mucho, también me pertenece a mí. Porque yo estoy en ella. Yo adoro las mujeres gordas de Rubens con todas sus carnes que son un objeto de la mirada deseante del hombre, pero también mía. Porque yo estoy en una cultura y todo eso es mío. Una mujer musulmana a lo mejor piensa que no es suyo, o que es ajeno, la mezquita y todas sus bellezas, porque eso lo han hecho los hombres y es cosa de los hombres. Pero yo no. Sade es mío, Rubens es mío y todos los desnudos femeninos, masculinos y neutros son míos. Yo he heredado esa cultura y la tengo en mi mente y mi espíritu. 

Lo de las feministas puritanas, es talibanismo: «Esto no, porque es patriarcal», «esto no, porque induce a pensar mal de las mujeres». Mire usted: fórmese bien y verá cómo no le hace daño lo patriarcal. Pero asimílelo, hágalo suyo, critíquelo si quiere, pero todo eso es suyo. A mí que no me quiten el marqués de Sade. ¡Eso lo hace la religión o la Inquisición! Y yo no soy partidaria de la Inquisición, ni ahora —que existe aún en el Vaticano, aunque no actúe— ni entonces. Es mi legado, y está ahí». 

Pueden leer la entrevista completa, aquí.

De los «ismos» y sus peligros

 

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José Luis Sampedro

 

Hace muchos años, cuando comenzaba a hablarse de temas ecológicos de un modo más social (porque debemos recordar que el término fue creado y usado, primero, en el ámbito científico), un profesor les dijo a sus alumnos «Yo no soy ecologista; yo soy ecólogo. De hecho, no soy ningún “ista“». Recuerdo también la expresión de algunos alumnos, quienes descubrieron en ese momento que algunos juegos de palabras iban más allá de lo que podía ser un mero chiste y que esos juegos eran por demás interesantes. Ser un ecólogo en lugar de un ecologista significaba ser alguien que actúa en lugar de ser alguien que meramente declama sobre este o aquel problema o asunto.

Desde hace un tiempo, por mi parte, vengo quejándome del uso abusivo del término populismo por parte de ciertos políticos, personalidades varias y periodistas. Incuso en este blog, hablando del tema, he preguntado: ¿Cómo se distingue a aquel político que toma una medida popular del que toma una medida populista? La distinción no es tan sencilla, porque el tema de las intenciones detrás de esas medidas no puede ser aclarado en todas las ocasiones.

Ahora acabo de ver un video del siempre lúcido José Luis Sampedro, donde dice lo siguiente: «[…] lo que eran antes valores ahora se han convertido en intereses económicos. Una cosa es el capital y otra es el capitalismo… […] el sufijo «ismo» estropea las cosas. Un señor es paternal y está bien, es muy agradable; es paternalista y la hemos fastidiado. Es un señor oportuno y qué simpático, siempre cae bien; es oportunista, y no…». Las palabras de Sampedro no vienen a dar una solución al problema del uso en sí del término «populista»; pero nos sirven para determinar que no tiene ya ningún valor. Por una parte, Sampedro parece decirnos que todo «ismo» es degradante (cosa que no siempre es así; pero tomemos esta idea como punto de partida al menos en lo que al término «populismo» se refiere); y en general así es usado, pero la cosa se complica.

Por un lado tenemos a un montón de personajes que usan este término para denigrar a cualquiera que se encuentre en la vereda de enfrente de sus propias ideas políticas. Yo me atrevería a sintetizar a todas estas personas en la figura de Mario Vargas Llosa; quien en un reciente reportaje parecía no poder usar otra palabra: «populismo, populismo… porque el populismo… y los populistas…». Realmente daba vergüenza ajena ¡uno esperaba un poco más de amplitud en el vocabulario de un premio Nobel de literatura! Pero no era de eso de lo que se estaba hablando, sino de política y en ese tema Vargas Llosa viene, desde hace años, usando una sola palabra: esa que tanto nos preocupa.

 

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Enrique Peña Nieto; Justin Trudeau; Barack Obama

 

Pero dije que la cosa se complica, porque no sólo ese término se aplica a los políticos que toman medidas populares (seamos francos: en general ese término se usa para denigrar a ciertos políticos latinoamericanos y poco más); sino que tenemos un ejemplo bastante curioso. En 2016, en una reunión cumbre entre México, Estados Unidos y Canadá; Enrique Peña Nieto, presidente mexicano, se encontraba en un escenario junto a Barack Obama y Justin Trudeau y comenzó a criticar al populismo, tal vez para quedar bien con los patrones del norte. Cuando terminó, Barack Obama pidió la palabra y añadió, de manera brillante:

«Quiero añadir una cosa, pues lo he escuchado en varias preguntas; y es la cuestión del populismo. Tal vez podríamos ver en un diccionario lo que significa ese término. Yo no quiero conceder esta idea de que parte de la retórica que hemos escuchado es populista. Se podría decir que yo soy un populista. Pero otra persona que nunca ha demostrado preocupación por los trabajadores; que nunca ha luchado en cuestiones de justicia social o asegurarse que los niños pobres tengan una oportunidad o que reciban atención médica y que de hecho han trabajado en contra de la oportunidad económica de los trabajadores y las personas comunes. Ellos no se transforman de la mañana a la noche en populistas porque dicen algo controvertido simplemente para obtener más votos. Eso no es una medición de lo que es ser populista. Eso es xenofobia, quizás; o aún peor: es ser un cínico».

 

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¿Populismo o popular? ¿El pueblo siempre tiene razón o siempre se equivoca?

 

¡Palabras de un presidente de los Estados Unidos! (y qué diferencia con el actual, por favor…). Dije que la cosa se complica porque el término parece ser lícito para criticar a países menores, pero no a los mayores. Yo estoy en un todo de acuerdo con las palabras de Barack Obama; pero ahora que veo que Angela Merkel; Emmanuel Macron y Pedro Sánchez (es decir: Alemania, Francia y España) a la cabeza, pero seguidos por lo que parece ser el resto de Europa, piensan tomar medidas tan drásticas como lo es el nacionalizar ciertas empresas si la crisis económica actual se profundiza ¿Serán tratados por alguien como Vargas Llosa de populistas? No lo creo; esta gente sabe bien que no debe morder la mano del amo y encontrarán las justificaciones necesarias para justificarlos. Como dije hace poco tiempo con respecto a las posibilidades de reelección en Latinoamérica y en Europa: no es lo mismo tratar de indio dictador a Evo Morales o a Nicolás Maduro que a Angela Merkel o Vladimir Putin. En el caso del populismo ocurre lo mismo. Es mucho más fácil decirle populista a Cristina Fernández o a López Obrador que a Emmanuel Macron o a Justin Trudeau.

Y es que ya lo dijo Sampedro: «No es lo mismo un señor oportuno que un oportunista».

Nos están rodeando

 

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Estoy en una librería, como siempre, viendo qué hay de nuevo o qué nuevas ediciones encuentro de mis libros favoritos cuando me encuentro con este volumen, cuyo sugestivo título es El arte de la seducción. Aunque en la tapa se lo publicita diciendo «Del autor del éxito mundial Las 48 leyes del poder», cosa que no es muy atractiva que digamos, hojearlo no cuesta nada y eso hago. Enseguida me topo con la siguiente página, a la cual me apresuro a tomarle una instantánea para compartirla con ustedes.

 

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Es una tontería, lo sé; ¿pero cuántos comenzarán a considerar esto como válido o, peor aún, lógico? Intenté leer el párrafo, pero no pude terminarlo (de hecho, apenas pasé de los tres o cuatro renglones). Ahora vuelvo a intentarlo y no, no hay caso, es imposible avanzar en la lectura constantemente entorpecida por las arrobas y por la ridícula expresión m/p-adre.

Busqué de inmediato otros volúmenes de la editorial Océano, con el vivo temor de encontrar ese mismo horror en otros textos, pero por suerte se ve que la estupidez es propia del autor, no de la editorial, ya que al menos Moby Dick y unos cuentos de Edgar Allan Poe no habían sido violados en su pureza original.

Esperemos que el ejemplo no cunda, mis querides amigues; de lo contrario hasta tendremos que abandonar la literatura y dedicarnos al oboe, que al menos tiene la virtud de venir neutro desde la cuna.

 


Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Vomitando sobre la cultura (o cómo destruir un clásico amparándote en la estupidez propia y en la de tus contemporáneos)

No creo que una persona con dos dedos de frente pueda estar en desacuerdo con el feminismo. No creo que una persona con dos dedos de frente pueda estar de acuerdo con el neofeminismo. Mientras uno es lógico y coherente, el otro es un delirio desbocado que ahora contiene a cualquiera que se sienta, como sucede en estos tiempos imbéciles que estamos viviendo (porque como he dicho en otro momento: estos tiempos ni siquiera son peligrosos, son simplemente imbéciles), ofendido por cualquier cosa.

Esto viene a cuento (voy a tratar de ir al grano, porque esto viene para largo) porque me he topado con esta editorial española que se dedica a modificar a obras clásicas de la literatura según su punto de vista inclusivo y lejos de todo lenguaje perpetuador de estereotipos. Así que tenemos, por ejemplo, a La Principesa en lugar de el clásico El Principito (¿Por qué no La Princesita, si seguimos con la «traducción» literal? ¡Porque eso también está mal según esta gente! Copio, literalmente, de su página web: «La traducción de género que parece más natural del título “El Principito” es, técnicamente, “La Princesita”. Pero la perspectiva técnica no siempre coincide con la social y el lenguaje no es ajeno a los matices de los hablantes. Así como principito significa literalmente pequeño príncipe, no ocurre lo mismo con princesita, cuyas connotaciones actualmente están cargadas de estereotipos y su significado va mucho más allá de pequeña princesa».

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Veamos otros horrores: Todos recordarán aquel famoso dibujo de El Principito que todos confunden con un sombrero cuando en realidad es un elefante tragado por una serpiente:

 

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Pues bien, en esta nueva versión, eso se traduce en esto:

La Principesa 100

 

El elefante y la serpiente desaparecieron y fueron reemplazados por un volcán porque… hay que tratar bien a los animales. Lo digo en serio. Y todavía me cuesta creerlo. Veamos una síntesis de lo que esta gentuza se propone (en sus propias palabras; para ello tomé una captura de pantalla, para que no se me acuse de modificar ni una coma):

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Bueno, esta imagen me exime de más ejemplos (ya no sé cómo seguir exponiéndolos; por una parte esto sería interminable, por otra, no dejo de sentir una vergüenza infinita, aunque sea ajena).

¿Cómo es que haya gente que se crea con derecho a modificar una obra ajena de este modo? (No importa si es un clásico o no; no importa si es famosa o no; eso es algo secundario). La única respuesta que se me ocurre es que se creen con ese derecho amparados en la estupidez general de que todo es materia de opinión; en ideas erróneas como que el lenguaje es el creador de diferencias sociales; y que basta el deseo personal para modificar la realidad; entre otras deformidades del pensamiento actual  (No puedo evitarlo; un último ejemplo tomado de sus propias palabras: «¿Es este el tipo de libros, perpetuadores de estereotipos, que queremos que lean nuestras hijas? Y, por otra parte, ¿queremos realmente renunciar a las grandes obras de la literatura? […]  Así que decidimos pisar el acelerador del tiempo y adaptar algunas de nuestras obras favoritas para dar solución, entre otros problemas, a la falta de mujeres protagonistas en los libros». Nótese el espantoso uso del lenguaje que se utiliza, el abuso de negritas y la incorrecta puntuación. ¡Pobres las niñas que se vean obligadas a leer estos espantosos libros! Por último, nótese el uso del término «solución» ¡Esta gente se cree con el derecho y la capacidad de «dar solución» a los problemas sociales modificando la obra de otra persona! Si las cosas fuesen tan fáciles…).

Por cierto, en la página web de estos delirantes tenemos un segundo volumen: La casa de Bernardo Alba; el clásico texto lorquiano, el cual es una (vuelvo a sus propias palabras; fíjense, por favor, en la primera de ellas) «Reorientación  de la obra de Lorca, con Federico en el papel de Adela». ¿Qué seguirá después? ¿Harán de Tom Sawyer un chico de los suburbios que ayuda a sus amigos discapacitados? ¿El Capitán Ahab se convertirá en una capitana que en lugar de cazar una ballena blanca ahora lidera un barco de Greenpeace? ¿El Capitán Cristóbal Colón será una Capitana que lidera sus tres naves: el San José, el Niño y El Pinto? Ay, por favor, mejor dejo esto acá, que me va a dar algo…

Dos ladrones (o dos chorros, como quieran)

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Hace unos días escuchaba una milonga muy divertida llamada Entre curdas , cantada por Jorge Vidal. Ante las risas que provocó en mí la letra de la canción, L. me pidió que le explicara de qué se trataba todo aquello, lo cual, me di cuenta al intentar «traducir» la letra, eso es imposible, ya que las implicancias y las sutiles referencias culturales hacen que se pierda todo sentido (toda «picardía»; porque el sentido sí puede traducirse de alguna manera) ¿Cómo traducir una expresión como «el jonca quedó forfai» o «rechupado como un faso»? Y es que el argot argentino es bastante peculiar (todo argot lo es; claro está, pero el argot argentino posee algunas particularidades que lo hacen un poco más complejo, como explicaré a continuación); por un lado tenemos las modificaciones habituales del lenguaje dadas por el mismo paso del tiempo, por la técnica y por las movidas culturales propias de cada edad (sobre todo los adolescentes). Y a eso hay que sumarle el lunfardo; un argot particular creado a principios del siglo XX y que mezcla términos y deformaciones sonoras de idiomas como el italiano, el gallego, el árabe, el idish y, en menor medida, del inglés y del francés (esto gracias a la ingente población inmigrante que llegó a Argentina después de la Primera Guerra Mundial, sobre todo). Por último, para complicar un poquito más las cosas, también se le suma el vesre; lo cual no es otra cosa que tomar una palabra, separarla en sílabas y decirlas en el orden opuesto (en uno de los ejemplos dados más arriba, la palabra jonca no es otra que cajón. Ese es un ejemplo sencillo porque es bisílabo. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, dorima? Pues nada más que do-ri-ma; es decir, marido).

 

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Hay muchas milongas y tangos que usan este argot como lengua común, es decir, como una especie de lingua franca. Un caso por demás particular es el que ocurrió hace algunas décadas, en pleno tiempo de la última dictadura militar. Por ese entonces, los puristas de la moral (escenificados por un ridículo General o algo similar) consideraban que este lenguaje, al igual que un pecho femenino o la matemática moderna, corrompían la mente de las personas y por eso debían desaparecer. El siguiente soneto, publicado bajo el seudónimo de Lope de Boedo (ya desde aquí sabemos que esto no es del todo serio; Boedo es un barrio de Buenos Aires y Lope, claro está, hace referencia a Lope de Vega); es un maravilloso ejemplo del uso artístico de este argot del que estoy hablando.

El soneto nos habla del momento de la crucifixión de Jesús y de su diálogo con los dos ladrones que se encontraban a su lado. La escena, vista desde el lenguaje callejero, cobra un nuevo sentido (aunque el original sentido religioso no desaparece, claro está; sólo es que parece más cerca de la verdad que la versión bíblica, me atrevería a decir). Lo gracioso es que alguien del gobierno militar de aquella época obligó a Edmundo Rivero (una de las voces del tango más famosas) a grabar una versión del soneto en lenguaje correcto; es decir, despojado de todo rastro de argot. Les dejo la versión cantada más abajo, para que puedan entenderla aquellos que no entienden este idioma pero, sobre todo, para que puedan compararla. Me permitiría aconsejarles (con las disculpas del caso), que primero lean el soneto y que después lo «sigan» a medida que lo canta Rivero. ¿Cuál de las dos versiones prefieren?

Dos ladrones

Hay tres cruces y tres crucificados
en la más alta, al diome, el Nazareno.
En la del wing lloraba el chorro bueno
mangándole el perdón de sus pecados.

Escracho torvo; dientes apretados,
mascaba el otro lunfa el duro freno
del odio, y destilaba su veneno
con el rechifle de los rejugados.

¿No sos hijo de Dios? Dale. Salvate.
Sos el Rey de los Moishes, arranyate.
¿Por qué no te bajás? ¡Dale, che, guiso!
Jesús ni se mosquió. ¡Minga de bola!
Y le dijo al buen chorro: Estate piola
que hoy zarparás conmigo al Paraíso.

 

 

El arco o la ballesta

 

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Los movimientos sociales o culturales son siempre bienvenidos si partimos de la idea de que todo movimiento implica evolución y que, por el contrario, todo conservadurismo implica un anclar las cosas en un solo y único estado, sin permitir modificación alguna sobre ellas. Está muy bien, entonces, adentrarse en el camino del movimiento y del cambio, pero siempre y cuando pongamos en funcionamiento, para ello, las capacidades críticas que tenemos como especie y no solamente el deseo personal o las conveniencias particulares, que más bien parecen propias de la animalidad que de la humanidad de la que decimos formar parte.

Esto viene a colación porque, últimamente, he notado un acentuado deseo de imponer ciertas normas artificiales —cuando no delirios absolutamente personales— al conjunto de la sociedad, como si se pudiese establecer por ley lo que no puede ser ni siquiera considerado por costumbre. Ahora cualquiera pretende que su postura personal sea considerada en igualdad de condiciones con la lógica, la ciencia, la moral o la justicia según su buen parecer y bajo la premisa absurda del «Yo soy igual que todos y la opinión de uno es igual a la de cualquiera». Bajo esta fachada de igualitarismo (el cual parece fabricado en un jardín de infantes más que en una universidad) encontramos, generalmente, las verdaderas razones de su existencia: una victimización constante, una notable incapacidad para la superación personal, una patética necesidad de obtener la lástima ajena.

 

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Es fácil reconocer a estas personas: hablan siempre desde el yo, nunca desde la abstracción y, por supuesto, prefieren las anécdotas a los razonamientos. Es por eso que haría falta recordarles, antes de cada debate o cruce de palabras, aquella sentencia de Samuel Johnson: «El testimonio es como una flecha disparada desde un arco largo; la fuerza de la misma depende de la fuerza de la mano que la arrojó. El argumento es como una flecha disparada por una ballesta, que tiene siempre la misma fuerza, aunque la haya disparado un niño».

Dediquémonos, entonces, a las ballestas y sus flechas certeras y, cuando veamos a alguien acercarse con un arco largo, dejémoslo pasar de largo, rumbo al arenero donde juegan los niños del jardín de infantes.

Todos en capilla III

 

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Collage – Borgeano

 

Queridos hermanos, nos encontramos aquí reunidos nuevamente con el fin de esparcir la palabra divina a los cuatro vientos y puntos cardinales, como semilla de diente de león que alcanza alturas insospechadas y viaja, así, centenares de kilómetros y kilómetros.

Abrimos nuestros libros y nos adentramos en las palabras del hermano José Saramago, quien nos dice:

«Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de vida».

La verdad siempre prevalece y estas palabras nos recuerdan que el acto de poner una palabra detrás de otra palabra con el fin de crear una oración, un verso, o de poner en claro una idea, es un modo directo de hacer que el tiempo que nos fue dado para estar en esta tierra sea modificado para bien, es decir, que sea más extenso de lo que simplemente señalan las agujas del reloj.

Pero el hermano Saramago, para añadir una idea más a lo anterior, también nos dice:

«Nosotros, los que tenemos la responsabilidad de escribir, tenemos el deber de enaltecer nuestra lengua, de cuidarla, de hacerla revivir».

Quisiera aquí relacionar una idea con la otra siguiendo el método de la lógica más simple y directa: Si escribir implica la necesidad de cuidar a la lengua y si escribir hace retroceder a la muerte, por lo tanto, cuidar a la lengua hace, también, retroceder a la muerte. ¡Qué idea más simple y maravillosa, hermanos! Saramago nos dice que el mero hecho de escribir bien, hablar bien, de pensar bien (es decir de cuidar a la lengua allí donde se encuentre) es suficiente para enriquecer nuestras vidas hasta el punto de que ésta se vuelve más rica y, por ende, más extensa.

No importa si vamos a la tienda de la esquina a comprar pan o si nos perdemos en una charla de sobremesa; no importa si le damos la dirección al taxista o si pensamos, solitarios, mientras caminamos o paseamos por las calles de nuestra ciudad; hay que hablar bien porque eso es vivir bien. Por extensión transitiva, hablar mal, descuidar el lenguaje es, entonces, una concesión a la muerte.

¡Cuánta belleza, hermanos míos en estas palabras y en estas ideas! Las dejo aquí como flores para quien quiera tomarlas y compartir mi alegría. Podéis ir e paz y que Saramago esté con ustedes.

Somos mucho más que dos

Según la información suministrada por las Naciones Unidas, el español es la segunda lengua más hablada en el planeta. La lista de las diez lenguas más habladas es la siguiente:

 

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Es el mandarín el idioma que más practicantes tiene, pero al estar tan limitado geográfica y culturalmente, a nivel internacional es casi irrelevante. El inglés, el que muchos consideran como la lengua más hablada, se encuentra muy cerca de nuestra lengua madre en cantidad de hablantes originales; pero, para acallar nuestro infantil y chovinista orgullo, no debemos olvidar que si consideramos al español y al inglés como segundas lenguas, éste nos supera por mucho. En ese caso el inglés pasaría a ser hablado por casi 2.000 millones de personas, mientras que el español sería hablado por “tan solo” unos 500 millones.

Todos estos datos estadísticos no hacen otra cosa que poner el asunto en negro sobre blanco; es decir, no hacen nada más que indicarnos el estado de las cosas de manera práctica. Luego, la interpretación que hacemos de esos datos es cosa nuestra; lo cual, también, debemos justificar según entendamos.

En mi caso particular la lectura que hago de estos dos aspectos es hija de dos recuerdos. Por un lado recuerdo aquel ensayo de Isaac Asimov que respondía a la pregunta de cuál era el idioma indicado para ser un «idioma universal». Por supuesto, para él era el inglés y los motivos con los que justificaba esa elección eran prácticos: ya es el idioma que más se ha extendido a lo largo y ancho del planeta, no es muy complejo (puede ser aprendido con facilidad) y la mayor parte de la literatura científica está escrita o traducida a ese idioma.

 

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Asimov tenía razón en esos puntos, pero hace ya tiempo, cuando viví en los Estados Unidos, recuerdo haber leído a un periodista —de segunda categoría con ganas de lograr algo de fama pero sin el talento para ello— quien dijo que el español era «un idioma de sirvientes» (en clara referencia, claro está, a que quienes hablan español en ese país son, en general, quienes hacen las tareas de servicio). Es entonces que digo que si bien Asimov tenía razón, no debemos olvidar que esos mismos argumentos pueden y son usados por imbéciles con menos empatía que el escritor ruso-americano y que ello hace que esas ideas se vuelvan peligrosas.

Acceder a un idioma universal es algo deseable, aun si ese idioma sea el de un país en particular. Pero ello debe hacerse sin olvidar de defender a nuestro propio idioma (el cual está siendo más que vapuleado por nosotros mismos). Una cosa no quita a la otra. Ser universales pero sin olvidar lo particular. Ser ciudadanos del mundo pero sin dejar de ser hijos de nuestra tierra, hablando con pasión la lengua que nos corresponde.