Un mundo en un grano de arena

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A veces nos encontramos con personajes, artistas o escritores que sin tener una extensa obra (o sin que podamos acceder a ella por algún motivo) nos dicen un par de frases y nos dejan prendados de esas palabras, suponiendo que el resto es de la misma calidad. Geoffrey Spencer Madan, para mí, es uno de ellos. Madan fue un belleista inglés (el término belleista no tiene una traducción literal y podríamos tomarnos la libertad de traducirlo como amante de las bellas letras), coleccionista y creador de aforismos, muchos de los cuales están registrados en sus cuadernos, que son los que permanecen y que siguen dándonos algunas gemas como las tres que siguen:

 

«En el lenguaje, los ignorantes han prescrito leyes a los aprendidos».

«Nunca hagas un dios de tu religión».

«Vivo, en el sentido de que no puede ser enterrado legalmente».

 

Cualquiera de esas tres frases es suficiente como para escribir un breve ensayo o tratado ¿Qué más puede pedírsele a un amante de las bellas letras?

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Esos atorrantes II

 

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La mesa estaba llena de objetos, vasos, libros, papeles, botellas. Corrimos las cosas para comenzar la partida. Neil empezó a repartir las fichas mientras Darío mezclaba el mazo con pericia y, sobre todo, con la intención de que los otros tres viéramos que lo hacía de esa manera. No sólo hay que ser honestos, ya lo sabemos, sino también hay que parecerlo. Federico no hacía nada; sólo se tusaba el espeso bigote y nos miraba de esa forma como sólo él sabe hacerlo; de esa forma que uno no sabe si abrazarlo o tenerle miedo.

Las primeras manos fueron silenciosas, pero poco a poco la conversación fue tomando forma. Federico dijo algo sobre el amor y Darío no lo dejó terminar:

—El amor no existe. Es una construcción que inventamos para paliar el dolor de la soledad. —Luego, como si una cosa fuese consecuencia de la otra, dobló la apuesta.

—Si vamos a hablar de cosas que no existen prefiero algo más tangible. —dijo Neil mientras arrojaba con desgano las fichas correspondientes sobre la mesa—. Por ejemplo, los colores. ¡Los colores no existen! Son sólo representaciones mentales de cierto tipo de ondas electromagnéticas. Ésa es la verdad.

—No hay verdad, sólo interpretaciones. —Dijo Federico antes de empujar todas sus fichas al centro de la mesa y empezar a reír como loco.

—Bueno —dije yo al ver que todos miraban en mi dirección y sin saber si lo hacían porque tenía que decir algo o sólo subir la apuesta—, si bien es cierto que el amor, los colores y la verdad no existen como tales, tenemos que hacer de cuenta de que sí son reales; de otro modo no veo cómo podríamos vivir en este mundo que nos ha tocado en suerte…

Y como vi que el asunto no iba por ahí hice una inútil pausa de dos segundos y arrojando las cartas sobre la mesa dije «Me voy; mejor en esta, paso».

Nota: las citas pertenecen, en orden, a Darío Sztajnszrajber (filósofo argentino), Neil deGrasse Tyson (astrofísico) y Friedrich Nietzsche (habitué de la casa).

La mediocridad perenne

 

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Ustedes me permitirán evitar exponer aquí los detalles que me llevaron a querer citar a José Ingenieros, cosa que haré a continuación más como una forma de terapia que como una forma de explicarme (sin contarles mi anécdota no tendría sentido ese «explicarme» de esta manera). Digamos, tan solo, que toparse con un mediocre convencido de su genio o de su derecho al genio es algo que uno puede tolerar hasta cierto punto; pero si nos encontramos con uno de ellos en un sitio de donde no podemos escapar por unas horas (una cena por un casamiento, por ejemplo) creo que entenderán mi necesidad de decir esto, aunque lo haga por boca de otra persona. En este caso, como dije, de José Ingenieros:

«Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora se muestran humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza a contar con ellos. Se aperciben entonces de su número, se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crece su influencia en la justa medida en que el clima se atempera; el sabio es igualado al analfabeto, el rebelde al lacayo, el poeta al prestamista. La mediocridad se condensa, se convierte en sistema, es incontrastable».

Ante la ley

 

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William Blake – Newton

 

«Cuando un león come a un hombre, y un hombre come un buey, ¿por qué el buey está más hecho para el hombre que el hombre para el león?» Es una pregunta que se hizo ya en 1656 Thomas Hobbes en Questions Concerning Liberty, Necessity, and Chance. Esa pregunta que coloca en el centro del debate cuál es el lugar que los hombres tenemos dentro de nicho ecológico conocido como Tierra, recién está comenzando a plantearse seriamente ahora, trescientos cincuenta años después de que fuera formulada por el filósofo inglés.

La frase de Hobbes me recordó de manera inmediata a otra de William Blake que ya he citado aquí un par de veces; pero sólo lo hizo de manera tangencial, ya que sólo poseen en común las referencias zoológicas. Dijo Blake en su Proverbios del infierno: «La misma ley para el buey y el león es opresión».

En sentido estricto, son diametralmente opuestas. De todos modos, la unión de ambas frases sirve para pensar el tema de la ecología y de nuestro lugar dentro de la comunidad animal. Por un lado tenemos a Hobbes, quien nos recuerda que no somos más que un tipo específico de animal; en muchos casos no mejor ni peor que muchos otros. Blake, en cambio, nos recuerda que si bien estaría de acuerdo con su coterráneo, tampoco debemos exagerar en los asuntos de la igualdad animal. La moral es un imperativo que, cuando se exagera en sus límites, pasa a ser bastante dañina, así que hay que tener mucho cuidado con dónde trazamos el límite.

El ombligo patriota

 

Banderas

 

Hace unos días les pedí a varios amigos españoles que me brindaran sus puntos de vista sobre el tema de la independencia o separación de Cataluña. No voy a hablar de ello ahora; lo que esos amigos me dijeron quedará entre nosotros y, además, no soy la persona indicada para tocar ese tema que me resulta lejano (aunque no por ello del todo incomprensible). Lo que sí voy a dejar a continuación es una serie de citas en referencia al concepto de nacionalismo, el cual me parece una de las enfermedades emergentes en este siglo XXI.

Insisto en que no deben considerarse estas citas en referencia a lo que ocurre en Cataluña; sólo es que un tema impulsó al otro y eso no significa que estén relacionados entre sí.

«Los pueblos son la ilusión de que las cosas van juntas de algún modo». Anne Carson (a propósito de su libro La vida de los pueblos).

«Quiero ser un ser humano, nada más y nada menos. … No creo que podamos dejar de odiarnos unos a otros, pero ¿por qué animarlos a mantener las viejas etiquetas con su historia de odio milenaria?» Isaac Asimov.

«Los patriotas siempre hablan de morir por su país, y nunca de matar por su país».  Bertrand Russell.

«Si yo supiera algo que pudiera servir a mi nación pero arruinaría a otro, no lo propondría a mi príncipe, porque soy primero un hombre y sólo entonces un francés… porque necesariamente soy un hombre, y sólo accidentalmente soy francés» Montesquieu.

Y el que tal vez sea el más lúcido de todos los conceptos sobre el patriotismo:

«El patriotismo es su convicción de que este país es superior a todos los demás países porque usted nació en él». George Bernard Shaw.

Elogio de la duda

From ? to !

La filosofía, como bien se sabe, no tiene entre sus funciones la de darnos respuestas sino que, por el contrario, está destinada a crear preguntas; a obligarnos a ver el mundo desde la óptica de un niño (la edad de los “porqués” es, en un filósofo, eterna y, como bien lo estableció Nietzsche, el niño es el verdadero ente creador, el verdadero germen del superhombre).

Es Heiddeger quien sintetiza la idea cuando dice: “La pregunta es la devoción del pensar”. La pregunta es siempre la formulación de una duda y una duda es siempre el principio de un avance. Siempre será mejor —al menos en el campo intelectual— un hombre que dude que uno lleno de certezas. De éste último sólo podremos estar seguros de que intentará imponernos sus puntos de vista o sus creencias a como dé lugar, y ya todos sabemos lo que sucede cuando estas personas tienen el poder para hacerlo.

Por último, dos citas relacionadas entre sí y que suman una faceta extra al tema. Por un lado tenemos a Oliver Wendell Holmes, quien se preguntó: “¿Por qué no puede alguien darnos una lista de las cosas que todo el mundo piensa y nadie dice, y otra lista de cosas que todo el mundo dice y nadie piensa?” y a Charles Lindbergh, quien resume la idea preguntando: “¿No es extraño que hablemos menos de las cosas que pensamos más?”.

Tres pasiones

 

Bertrand Russell (1)

 

Bertrand Russell es uno de los hombres más lúcidos que ha pisado la Tierra. Para asegurarnos de ello sólo debemos leer cualquiera de sus libros (al menos los que los legos podemos leer, ya que los volúmenes de Principia mathematica reúnen un trabajo sólo apto para especialistas). Su Por qué no soy cristiano me ha acompañado por más de treinta años y lo sigue haciendo a menudo. Pero hoy quiero compartirles parte de la introducción a su autobiografía; prólogo escrito de su puño y letra el 25 de julio de 1956. No hay persona en este mundo —más allá de sus creencias, de sus ideas políticas, de sus inclinaciones personales— que pueda leer este texto y no decir “espero que cuando me llegue el momento yo pueda decir lo mismo”. Este fragmento es una muestra de esa lucidez de la que hablé al principio. Aquí está:

Para qué he vivido:

«Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad.

Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque comporta el Bertrand Russell (2)éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de ese gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que la conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que – al fin – he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

 

 

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, victimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal pero no puedo y yo también sufro.

Esto ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad».