El arte de NO leer

 

Books 01

 

En la literatura las cosas no son diferentes que en la vida: a donde uno se dirija, se encuentra enseguida con el incorregible populacho de la humanidad que está presente a legiones por todas partes, que todo lo llena y todo lo ensucia, igual que las moscas en verano. De ahí el sinnúmero de libros malos, esa proliferante maleza de la literatura que priva al trigo de su alimento y lo asfixia. En efecto, arrastran hacia sí mismos el tiempo, el dinero y la atención del público, los cuales pertenecen por derecho a los buenos libros y sus nobles fines, mientras que aquellos se han escrito con la sola intención de ganar dinero o de conseguir empleo. Así que no son simplemente inútiles sino positivamente dañinos. Las nueve décimas partes de nuestra literatura actual no tienen más finalidad que quitarle al público algunos táleros: para ello se han conjurado el autor, el editor y el crítico.
En particular, la prensa diaria de carácter ameno es un medio astutamente ideado para robar al público estético el tiempo que debería emplear en las auténticas producciones de su género para beneficio de su formación, haciendo que lo dedique a las chapuzas cotidianas de las cabezas vulgares.
[…]
Dado que la gente, en vez de lo mejor de todas las épocas, solamente lee lo más nuevo, los escritores se mantienen dentro del estrecho ámbito de las ideas en circulación y la época se encenaga cada vez más en su propia inmundicia. Por eso, con respecto a nuestras lecturas es muy importante el arte de no leer. Consiste en no echar mano a lo que en cada momento ocupa al gran público, precisamente por esa razón; por ejemplo, los panfletos políticos o literarios, las novelas, las poesías, etc., que justo ahora hacen ruido e incluso han sido objeto de varias ediciones en sus primeros y últimos años de vida: antes bien, pensemos entonces que quien escribe para chiflados siempre encuentra un gran público; y el tiempo siempre escaso que destinamos a la lectura, dediquémoslo exclusivamente a las obras de los grandes espíritus de todas las épocas y pueblos que sobresalen entre el resto de la humanidad y que son señalados como tales por la voz de la fama. Solo ellos instruyen y enseñan realmente. Nunca se puede leer demasiado poco lo malo ni con demasiada frecuencia lo bueno. Los malos libros son un veneno intelectual: corrompen el espíritu. Una condición para leer lo bueno es no leer lo malo: pues la vida es corta; y las fuerzas, limitadas.

Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómmena, § 295.

Por qué leo, por qué escribo

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Pessoa 03

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«Hay metáforas que son más reales que la gente que anda por la calle. Hay imágenes en los escondrijos de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Hay frases literarias que tienen una individualidad absolutamente humana. Pasos de parágrafos míos hay que me hielan de pavor, tan nítidamente gente los siento, tan recortados contra las paredes de mi cuarto, en la noche, en la noche, en la sombra (…) He escrito frases cuyo sonido, leídas en voz alta o baja -es imposible ocultar su sonido-, es absolutamente el de una cosa que ha cobrado exterioridad absoluta y alma enteramente.

¿Por qué expongo yo de vez en cuando procedimientos contradictorios e inconciliables de soñar y de aprender a soñar? Porque, probablemente, tanto me he acostumbrado a sentir lo falso como lo verdadero, lo soñado tan nítidamente como lo visto, que he perdido la distinción humana, falsa creo, entre la verdad y la mentira».

Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

Más que nunca

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Bosque

 

Si bien la entrada anterior pudo ser considerada como bastante pesimista (y lo fue, de hecho), quisiera decir que no, que no lo es en absoluto. Por una parte no creo que la humanidad vaya a desaparecer, al igual que gran parte de la diversidad zoológica. Sé que la situación es delicada y no niego eso; sólo es que creo que el hombre va a encontrar una salida a este atolladero en el que nos encontramos (claro, si eso no ocurriera no va a quedar nadie para señalar mi error, pero este tipo de comentarios son los que hacen que se me señale como pesimista; así que lo obviaré y no diré nada de eso). La cosa está complicada, es cierto; pero los seres humanos somos bastante vivos a la hora de actuar cuando las papas queman (sobre todo si las papas tienen nuestra forma y consistencia).

Dejo esta frase de Albert Camus, quien algo sabía de estas cosas, aunque él dijo esto en otro tiempo y bajo otras circunstancias, la cita nos viene como anillo al dedo. Quien quiere oír, que oiga:

«Sabemos que acaso sea imposible nuestra salvación, pero esa no es razón para dejar de intentarlo. No está permitido calificarla de imposible antes de haber hecho lo preciso para demostrar que no lo era. Más que nunca, hay razones para luchar».

Los expulsados (de sí mismos)

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quimera

 

Dice Aldous Huxley: «El amor ahuyenta al miedo y, recíprocamente, el miedo ahuyenta al amor. Y el miedo no expulsa sólo al amor; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre a la humanidad misma».

Hace un tiempo hablé del «animal que toma decisiones conscientes»; y ahora, al encontrar esta cita de Huxley, veo que una idea y otra se realimentan y se fortalecen. El miedo no es más que el detonante de nuestra animalidad. El amor (el amor como sentimiento puro y abarcador, no el que se limita a lo meramente romántico) es, por el contrario, el que nos permite acceder a lo humano desde lo humano. Es entonces que la frase «animal que toma decisiones conscientes» puede ser equiparada a la ecuación «odio (animal) ≠ amor (decisiones conscientes)».

Es así que cuando nos encontramos con los gordos y repugnantes nubarrones del odio y la difamación, podemos estar seguros de estar frente al escalón más bajo de la humanidad. Alguien que pretenda acceder al estatus de humano no puede sino actuar de manera madura, pensante, consciente. No hay ni puede haber términos medios: se es humano o se es animal. Y la decisión es absolutamente nuestra.

Dostoievski y Nietzsche, en diálogo

 

«¿Buscamos paz, tranquilidad y dicha? No; buscamos sólo la verdad, aunque ésta fuese repulsiva y horrible. Aquí se separan los caminos de los hombres: ¿Quieres paz espiritual y felicidad? Cree; ¿quieres ser un apóstol de la verdad? Entonces busca».

 

Decisiones

 

La frase de Nietzsche es terminante: aquí se separan los caminos de los hombres. Claro, en estos tiempos donde el mediocre quiere igualarse con el genio a fuerza de decretos y normativas, ya que alcanzar la excelencia por medios lícitos les parece algo demasiado trabajoso; esta palabras caen como un traje de plomo sobre los hombros demasiado tiernos de los hombres y mujeres actuales. También está claro que la cita no sólo es válida para los aspectos religiosos; sino que puede (y debe) ser considerada dentro del ámbito de cualquier  disciplina: desde al arte al deporte y desde la ciencia a la política. Sólo hay dos formas de actuar: o se apunta alto y se intenta —a veces infructuosamente, sabiendo que el sabor del intento es todo lo que nos quedará— o se hace necesario conformarse con la mediocridad. En ese sentido, recuerdo estas otras palabras de Fiodor Dostoievsky, que se asemejan mucho a las de Nietzsche:

«¿Qué objeto tiene nuestra agitación? ¿Qué buscamos? ¿Qué deseamos? Ni nosotros lo sabemos. Es más, si nuestros deseos se cumpliesen, no nos sentiríamos felices».

La insatisfacción como motor del cambio, la incógnita perpetua como aliciente, la conciencia de la finitud y la falencia reconocidas como parte integral de lo que somos, la voluntad como destino. Ésa es la actitud que puede tomarse ante una las incógnitas de la vida (la cual no es más que una sola: ¿Qué somos? Todo lo demás no es más que una paráfrasis de esta pregunta). De manera constante hay dos puertas frente a nosotros; y a nadie podemos delegar la decisión y la responsabilidad de cuál abrimos y atravesamos.

Tres citas (sin comentarios añadidos)

 

Barrie

Janez Šubic

«La vida de cada hombre es un diario en el que quiere escribir una historia y escribe otra; y su hora más humilde es cuando compara el volumen tal como es con lo que prometió hacer». J. M. Barrie.

«Cada día es una pequeña vida: cada despertar y levantarse es un pequeño nacimiento, cada mañana fresca es una pequeña juventud, cada ir a descansar y dormir es una pequeña muerte». Arthur Schopenhauer.

«Cada hombre es el centro del mundo, alrededor de cada uno parece girar voluntariamente, y cada hombre y cada día de su vida es el punto final y la culminación de la Historia: tras él, los siglos y los pueblos están hundidos y marchitados, y ante él no hay nada, sólo el momento, todo el gigantesco aparato de la Historia parece estar al servicio del apogeo del presente. El hombre primitivo considera como una amenaza cualquier cosa que perturbe este sentimiento de ser el centro, de estar en la orilla mientras los otros son arrastrados por la corriente, se niega a que le despierten y le enseñen, le parece odioso y hostil el despertar y el verse rozado por la realidad y se aparta con instinto amargado de aquéllos a los que ve acometidos por el estado de alerta, de los visionarios, problemáticos, genios, profetas, posesos».

Todos en capilla VIII

 

sapere

 

Queridos hermanos, henos aquí nuevamente prestos a esparcir la palabra del apóstol a los cuatro vientos, como si de la música de las esferas se tratase. Abrimos nuestros libros y leemos la Regla número 3; la cual acoto aquí en la medida de lo posible, ya que se trata de un texto extenso que excede los límites de nuestro espacio, aunque no de nuestra intención:

«El mero querer, y también poder, por sí mismos no bastan, sino que una persona también debe saber lo que quiere, y debe saber lo que puede hacer. Sólo así dará pruebas de su carácter, y sólo entonces puede realizar algo con logro. Debemos aprender a partir de la experiencia qué es lo que queremos y de qué somos capaces. Anteriormente no lo sabemos, carecemos de carácter y a menudo debemos sufrir duros golpes que, desde fuera, nos fuerzan a volver a nuestro propio camino. Pero cuando finalmente lo hemos aprendido, entonces hemos conseguido lo que la gente llama carácter, es decir, el carácter adquirido. Según lo dicho no es otra cosa que un conocimiento lo más completo posible de la propia individualidad: es el conocimiento abstracto y por tanto preciso de las propiedades inamovibles del propio carácter empírico y de la medida y la tendencia de las propias capacidades mentales y físicas, o sea, del conjunto de capacidades y deficiencias de la propia individualidad. Esto nos pone en condiciones de desarrollar entonces de manera serena y metódica el papel que desempeña la propia persona».

Nuevamente podríamos decir que estas palabras son algo obvias; de hecho podrían sintetizarse en aquella máxima atribuida escrita en en el pronaos del templo de Apolo en Delfos: «Conócete a ti mismo»; pero también tiene un pequeño añadido del Sapere aude («Atrévete a usar tu razón») de Horacio. Y, al igual que el domingo anterior digo que no por obvias, estas palabras son menos necesarias, ya que su puesta en práctica no siempre es algo que se encuentre como bien común y puesta en práctica general. Así que aquí quedan y que cada cual haga con ellas lo que crea conveniente. El Evangelio se comparte, pero no se impone.

Sombras de gris

 

perros 03

 

En la última entrada nombré a alguien habitual de este sitio: Diógenes de Sinope. Como alguno recordará, soy un ferviente admirador y seguidor de las doctrinas de los filósofos cínicos o, como al mismo Diógenes le gusta decir, de los filósofos perros. También recordarán que mi fervor no es menos profundo en lo que se refiere al rechazo que siento por Platón y sus huestes posteriores. En ese sentido, soy un antiplatonista nato y activo.

Pero, como todo en esta vida,  hay matices que uno debe conocer y reconocer para no convertirse en un fanático absolutista, como esos que vemos pulular por todos lados, individuos o grupos que no permiten la menor crítica por más bien fundamentada que ésta sea. Para evitar estos excesos nada mejor que poner en tela de juicio lo que uno cree o piensa o supone y, de ese modo, ir adecuando esos pareceres al nivel que le corresponde. Por ejemplo, volviendo al tema del inicio de esta entrada y para salir de la remanida anécdota de Diógenes y Alejandro Magno, podría citar otra:

Cierto día Platón ve a Diógenes lavando unas verduras para comer y le dice «Si hubieses sido amable con Dionisio no estarías lavando verduras» (Se refiere al tirano Dionisio de Siracusa, no al dios del mismo nombre). A lo que Diógenes responde: «Y tú, si lavaras tus propias verduras no tendrías que ser esclavo de Dionisio».

Muy bonito. Punto para Diógenes, pero… hay otra anécdota que me parece aún mejor y que no deja al filósofo cínico muy bien parado. Se dice que cierto día Platón (también estaba invitado Dionisio, dicho sea de paso) invita a Diógenes a su casa y que éste, al pisar las ricas alfombras de la casa, dijo «Piso la vanidad de Platón»; a lo que éste respondió: «Sí, Diógenes, pero con otra vanidad…». Notable respuesta que no sólo puso a Diógenes en su lugar, sino que nos alerta a todos los que lo admiramos que hay, siempre, límites a la admiración y a las ideas. Cuando uno lee textos sobre Diógenes encuentra a un hombre de una altura moral inigualable; pero no pocas veces lo vemos caer en una soberbia improducente y, lo que es peor, incoherente. De allí que debamos tomar nota de ello e ir puliendo lo que tomamos de estos grandes hombres. Sin caer en el relativismo de que «todo vale lo mismo» (horrible idea moderna que debe ser evitada a toda costa, sin ir más lejos, valga como ejemplo de un absoluto erróneo) debemos reconocer que no todo Diógenes es digno de ser seguido al pie de la letra y que no todo Platón debe ser descartado o relegado al olvido. Hay que aprender a ver, entre tantos blancos y negros, a las deliciosas sombras de gris.

El cansancio de lo superfluo

 

Alejandro Magno

 

«Es concebible que Alejandro Magno —por todos los éxitos militares de su juventud, por toda la excelencia del ejército que entrenó, por todo el deseo que sintió de cambiar el mundo—, se hubiera detenido en el Helesponto y nunca lo cruzara; pero no por miedo, no por indecisión, no por debilidad de voluntad, sino por sentir las piernas demasiado pesadas».

Franz Kafka

Lo bello de leer a Kafka en fragmentos como el anterior es que nos dice todo con tan pocas palabras que uno siente, primero, que no aprenderá a escribir nunca. Segundo, luego de limpiarse un poco esa desazón primera, ya se adentra en el texto en sí y se deja guiar por las palabras perfectamente acotadas de Kafka y reconoce o, mejor aún, siente, que probablemente tenía toda la razón. Uno siente la futilidad de la obra de Alejandro, el sinsentido de la búsqueda del poder absoluto, lo trivial de querer ser el emperador más grande de la historia. Uno siente, también, que Kafka aquí se hermana con Diógenes y que esas piernas pesadas son el equivalente al «Hazte a un lado, que estás tapándome el sol».

Por cierto, si alguno quiere argumentar que Alejandro quedó en la historia precisamente gracias a su obra; me apresuro a decir que Diógenes también quedó en la historia (y mucho más que Alejandro, si vamos al caso. Hay que ver cuánto se lo cita a cada uno, por ejemplo) y lo hizo sin la necesidad de matar a nadie ni de arrasar territorios a diestra y siniestra. Tan sólo necesitó un par de frases y, sobre todo, mucha coherencia. A cada cual, sus armas.