Más que nunca

 

Albert Camus

 

Albert Camus dijo, en una conferencia dictada en 1957: «Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea acaso sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga». Esta frase podríamos retomarla hoy con la certeza total de que deberíamos aplicarla con plena justicia. Sé que cuando Camus dijo lo anterior venía de la mayor guerra en la que el hombre se había visto envuelto y eso podría hacernos pensar que querer aplicar hoy sus palabras podría parecer exagerado; así que me adelanto a tales críticas y digo que acepto el punto, pero que de todos modos, hay algo en esa frase que sigue siendo válido, ya que una nueva costumbre ha hecho que, en la práctica, ciertos aspectos de nuestro mundo parezcan estar desmoronándose rápidamente. Esa costumbre nos viene de fines del siglo pasado, pero nunca como ahora se está haciendo carne en la sociedad toda, y no es otra que la de considerar a cualquier idiota como figura central en cualquier tema (también podríamos decir: la costumbre de considerar que cualquier tontería es válida porque alguien la dijo y criticar a ese alguien es incorrecto sólo porque sí).

Hace un par de días encontré este cartón que lo ilustra a la perfección:

 

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Estos pilotos presumidos han perdido contacto con pasajeros regulares como nosotros. ¿Quién piensa que yo debería volar el avión?

 

Lo peor de la ilustración anterior es que expone el verdadero problema, el cual no es que un idiota delire y que lo haga público; sino que los demás lo siguen en ese delirio bajo la premisa del nosotros como entidad conjunta de incomprendidos y, por lo tanto, discriminados (ésa es la palabra clave: discriminidados. Se usa para cualquier cosa y en cualquier circunstancia).

Creo que hoy nuestra batalla corre por ese camino y que, sin exagerar, el mundo se está desmoronando porque dejamos las cosas en manos de quien no tiene la capacidad para enfrentar los problemas como corresponde. ¿Cómo vamos a solucionar los problemas sociales si seguimos votando a gente como Trump o Macri? ¿Cómo vamos a encontrar la paz interior si seguimos dejando nuestra espiritualidad en manos de curas, ancianos, rabinos o imanes? ¿Cómo vamos a avanzar en salud si seguimos creyendo en horóscopos o sanadores milagrosos? ¿Cómo vamos a avanzar en educación si seguimos pensando que los maestros ganan demasiado y que no tienen derecho a quejarse?

Sí, soy consciente de que los problemas son muchos y variados; pero creo que todos ellos comenzarán a solucionarse cuando comencemos a darle a cada uno el lugar y el papel que le corresponde. Termino con Camus, otra vez: «Sabemos que acaso sea imposible nuestra salvación, pero esa no es razón para dejar de intentarlo. No está permitido calificarla de imposible antes de haber hecho lo posible para demostrar que no lo era. Más que nunca, hay razones para luchar». Lo bueno de nuestros problemas es que no son tan terribles como para calificarlos de imposibles. En ese sentido, vivimos en unos tiempos mejores que los del buen Albert; pero, de todos modos, no por eso tenemos permiso para bajar la guardia.

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La amenaza del despertar

 

Hermann Hesse

 

Editorial Losada ha editado dos libros con fragmentos (casi a modo de sentencias, me atrevería decir, aunque son más que eso, por fortuna) de Hermann Hesse. Del primero de esos volúmenes rescato esta magnífica cita que emparenta al autor alemán con lo mejor de la corriente humanista propia de su tiempo, pero que se extiende hasta nosotros en la medida en que esa escuela aún sigue siendo válida en la mayor parte de sus postulados. Dice Hesse: «Cada hombre es el centro del mundo, alrededor de cada uno parece girar voluntariamente, y cada hombre y cada día de su vida es el punto final y la culminación de la Historia: tras él, los siglos y los pueblos están hundidos y marchitados, y ante él no hay nada, sólo el momento, todo el gigantesco aparato de la Historia parece estar al servicio del apogeo del presente. El hombre primitivo considera como una amenaza cualquier cosa que perturbe este sentimiento de ser el centro, de estar en la orilla mientras los otros son arrastrados por la corriente, se niega a que le despierten y le enseñen, le parece odioso y hostil el despertar y el verse rozado por la realidad y se aparta con instinto amargado de aquéllos a los que ve acometidos por el estado de alerta, de los visionarios, problemáticos, genios, profetas, posesos».

¿No es esto lo que vemos a nuestro alrededor en todo momento, en los medios, en la red y por doquier (en este sentido la red sirve para que podamos observar de cerca lo que en otros momentos no era más que lejanía inaccesible). Para terminar con la idea, una página después Hesse nos dice, y esta vez sí, a modo de sentencia casi conminatoria: «Quienes no quieren responsabilidad ni pensar por cuenta propia necesitan y exigen caudillos».

Nuestra hora más humilde

J.M. Barrie

«La vida de cada hombre es un diario en el que quiere escribir una historia y escribe otra; y su hora más humilde es cuando compara el volumen tal como es con lo que prometió hacer», dijo James Matthew Barrie, el recordado autor de Peter Pan (quien escribió muchas otras cosas más, por cierto). También dijo, en consonancia con la cita anterior: «La vida es una larga lección de humildad»; frase que debería ser una verdad de Perogrullo pero, como suele suceder, no lo es en absoluto. Revisar ese diario nuestro y sumergirnos en esa lección de humildad al que el texto nos obliga es algo tan precioso que deberíamos obligarnos a hacerlo cada mañana, poco antes del desayuno. Creo que sería más beneficioso que cualquier alimento que pudiéramos tomar más adelante.

Destinos secretos

 

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Los seres humanos somos animales de costumbres, y una de ellas es la de manejarnos con ciclos, los cuales nos permiten ordenar un poco mejor las cosas. En el caso del ciclo anual, tal vez la más importante de estas cosas, sea esto dicho así, como algo general, sean los recuerdos, la memoria. Es entonces que nos volcamos a los abrazos y a los buenos deseos, sabedores que cada día es un principio y cada día un final. Esto último se parece mucho a un viaje. La estación de partida, la estación de llegada, un sello en el pasaporte, una espera en una estación de autobuses a la noche, un sándwich que se come parado en una esquina, una tarde de sol en un parque, como si fuésemos un jubilado antes de tiempo.

Quienes me conocen saben que el viaje, para mí significa varias cosas al mismo tiempo. Metáfora y substancia; idea, sueño, materialización de una necesidad. También dualidad: el viaje exterior, el viaje interior… Sea del modo que fuere, el viaje es, aunque muchos se nieguen a verlo o a vivirlo. Es por eso que dejaré aquí algunas citas sobre viajes, como síntesis de lo que quiero decir. O sea, como síntesis compartida con otros viajeros anteriores, más lúcidos que yo y que me enseñaron a seguir un camino determinado.

 

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«El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración. El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje». José Saramago.

«El mundo es un libro, y los que no viajan leen sólo una página». San Agustín.

«Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas». Hipólito Taine.

«El verdadero viaje de descubrimiento no es buscar nuevas tierras, sino mirarlas con nuevos ojos». Voltaire.

«Todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe». Martin Buber.

Y por último, de autor desconocido:

«Viajar es la única cosa que pagas y te hace más rico»”.

Que el tiempo les depare interminables singladuras, mis amigos.

Un mundo en un grano de arena

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A veces nos encontramos con personajes, artistas o escritores que sin tener una extensa obra (o sin que podamos acceder a ella por algún motivo) nos dicen un par de frases y nos dejan prendados de esas palabras, suponiendo que el resto es de la misma calidad. Geoffrey Spencer Madan, para mí, es uno de ellos. Madan fue un belleista inglés (el término belleista no tiene una traducción literal y podríamos tomarnos la libertad de traducirlo como amante de las bellas letras), coleccionista y creador de aforismos, muchos de los cuales están registrados en sus cuadernos, que son los que permanecen y que siguen dándonos algunas gemas como las tres que siguen:

 

«En el lenguaje, los ignorantes han prescrito leyes a los aprendidos».

«Nunca hagas un dios de tu religión».

«Vivo, en el sentido de que no puede ser enterrado legalmente».

 

Cualquiera de esas tres frases es suficiente como para escribir un breve ensayo o tratado ¿Qué más puede pedírsele a un amante de las bellas letras?

Esos atorrantes II

 

Dogs

 

La mesa estaba llena de objetos, vasos, libros, papeles, botellas. Corrimos las cosas para comenzar la partida. Neil empezó a repartir las fichas mientras Darío mezclaba el mazo con pericia y, sobre todo, con la intención de que los otros tres viéramos que lo hacía de esa manera. No sólo hay que ser honestos, ya lo sabemos, sino también hay que parecerlo. Federico no hacía nada; sólo se tusaba el espeso bigote y nos miraba de esa forma como sólo él sabe hacerlo; de esa forma que uno no sabe si abrazarlo o tenerle miedo.

Las primeras manos fueron silenciosas, pero poco a poco la conversación fue tomando forma. Federico dijo algo sobre el amor y Darío no lo dejó terminar:

—El amor no existe. Es una construcción que inventamos para paliar el dolor de la soledad. —Luego, como si una cosa fuese consecuencia de la otra, dobló la apuesta.

—Si vamos a hablar de cosas que no existen prefiero algo más tangible. —dijo Neil mientras arrojaba con desgano las fichas correspondientes sobre la mesa—. Por ejemplo, los colores. ¡Los colores no existen! Son sólo representaciones mentales de cierto tipo de ondas electromagnéticas. Ésa es la verdad.

—No hay verdad, sólo interpretaciones. —Dijo Federico antes de empujar todas sus fichas al centro de la mesa y empezar a reír como loco.

—Bueno —dije yo al ver que todos miraban en mi dirección y sin saber si lo hacían porque tenía que decir algo o sólo subir la apuesta—, si bien es cierto que el amor, los colores y la verdad no existen como tales, tenemos que hacer de cuenta de que sí son reales; de otro modo no veo cómo podríamos vivir en este mundo que nos ha tocado en suerte…

Y como vi que el asunto no iba por ahí hice una inútil pausa de dos segundos y arrojando las cartas sobre la mesa dije «Me voy; mejor en esta, paso».

Nota: las citas pertenecen, en orden, a Darío Sztajnszrajber (filósofo argentino), Neil deGrasse Tyson (astrofísico) y Friedrich Nietzsche (habitué de la casa).

La mediocridad perenne

 

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Ustedes me permitirán evitar exponer aquí los detalles que me llevaron a querer citar a José Ingenieros, cosa que haré a continuación más como una forma de terapia que como una forma de explicarme (sin contarles mi anécdota no tendría sentido ese «explicarme» de esta manera). Digamos, tan solo, que toparse con un mediocre convencido de su genio o de su derecho al genio es algo que uno puede tolerar hasta cierto punto; pero si nos encontramos con uno de ellos en un sitio de donde no podemos escapar por unas horas (una cena por un casamiento, por ejemplo) creo que entenderán mi necesidad de decir esto, aunque lo haga por boca de otra persona. En este caso, como dije, de José Ingenieros:

«Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora se muestran humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza a contar con ellos. Se aperciben entonces de su número, se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crece su influencia en la justa medida en que el clima se atempera; el sabio es igualado al analfabeto, el rebelde al lacayo, el poeta al prestamista. La mediocridad se condensa, se convierte en sistema, es incontrastable».