De la imposibilidad de detenerse

 

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Tengo un libro a punto de ser terminado que tiene como tema central al viaje; al viaje en sí mismo, como punto de partida reflexivo y filosófico, y al viaje como experiencia personal, es decir que contiene algunos capítulos donde matizo la temática central con algunos textos personales que he escrito a lo largo del camino. Les dejo aquí, a modo de ejemplo (y mientras busco ese centro del que hablé hace unos días y que aún no aparece), el breve capítulo titulado De la imposibilidad de detenerse.

 

¡Débiles son mis piernas!
pero está en flor
el monte Yoshino.

Matsuo Basho es el maestro absoluto del haiku y tal vez también lo sea del arte de caminar. Lejos de estas páginas el querer resumir la biografía del gran maestro japonés; basta con saber que atravesó el Japón caminando en una época donde este último detalle era considerado como un acto alocado por lo peligroso del camino y que viajaba con el único objetivo de observar a la naturaleza. Podía caminar kilómetros sólo para observar el paisaje desde la cima de una montaña o a la luna desde la orilla de un lago. Como bien sabemos, todo haiku es más que la conocida tríada de 5-7-5 sílabas; el haiku es una gema que debe ser pulida con exquisito detalle y precisión y es por eso que siempre nos dice más de lo que incluyen sus pocas palabras. El que inicia este capítulo me sabe a la quintaesencia del viajero; de aquel que no puede detenerse ni quiere, siquiera, pensar en hacerlo. El deseo de viajar es más fuerte que los impedimentos temporales, ese deseo siempre se impone de una u otra manera a los accidentes de la vida diaria del mismo modo que se imponen, sorteándolos sin dudar un segundo, a los accidentes del camino. El deseo del viajero —el deseo del viaje, tan intrincados están estos dos conceptos que es difícil, sino imposible, diferenciarlos— es tan fuerte que aun si se sabe de serias dificultades en el camino que se va a iniciar, éste será recorrido de igual manera. Citando nuevamente a Basho, el viajero podría recitar:

Hoy el rocío
borrará la divisa
de mi sombrero.

Y aun así nada detendrá su viaje ni su andar.

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Cerrando capítulos

 

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Desde hace unos días me encuentro presa de un vaivén de sentimientos y emociones que me llevan de un extremo al otro de mis estados anímicos y esto hace que no me sienta del todo cómodo conmigo mismo. Me he dado cuenta de que esto ocurre porque no cierro las puertas que ya deberían estar cerradas. Esto me hizo recordar a aquel truco que podemos usar cuando un fragmento de una canción se nos queda dando vueltas en la cabeza y no podemos deshacernos de ella: el truco en cuestión es el de cantar la canción hasta el final; entonces es muy probable que la canción desaparezca de una vez por todas. Resulta que el cerebro odia dejar las cosas a medias, inconclusas y, por eso mismo, nos repite una y otra vez ese fragmento que se torna insoportable. Esa idea me llevó a otra similar en intención pero mayor en objetivo, que es la idea budista de que nuestra habitación es un reflejo de nuestro interior; es decir que una es metáfora de la otra y que poner orden en nuestras cosas es comenzar a poner orden en nuestra vida misma.

Sea esto último verdadero o no, la verdad es que es útil, más cuando reconocemos que es necesaria algo de ayuda para salir del laberinto en que nos encontramos. Entonces, haré la prueba y comenzaré a poner orden en mi habitación para ver si así puedo seguir con lo que debo (y quiero, además) hacer.

Comenzaré cerrando el asunto del viaje (aunque seguramente no será algo definitivo, porque alguna anécdota, alguna curiosidad o algún dato preciso aparecerá en algún momento), lo cierto es que siento que aquella idea inicial de compartir la experiencia con ustedes —cosa que quedó trunca, como habrán notado— todavía está abierta y eso es una molestia. Aquí está, entonces, el derrotero de este viaje que, como dije en la entrada anterior, tuvo de todo: blancos, negros y, sí, infinidad de colores intermedios:

 

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Ahora estoy de nuevo en Morelia, recuperando todo aquello que en realidad nunca había perdido. Recorriendo estas calles que conocí apenas hace tres años pero que se han ganado mi corazón de manera definitiva (no hay nada como una imagen cursi para explicarnos con pocas palabras). También estoy recuperando mi habitación y mis momentos frente al teclado (donde aun no he escrito nada que valga la pena ¿ven a lo que me refiero cuando les digo que necesito orden?). Hablando de eso, creo que ya es hora de que vuelva a trabajar. Mejor sigo ordenando un poco y mañana o pasado mañana volvemos a encontrarnos por aquí. ¿Alguien sabe cuál es el mejor modo de guardar un sombrero?

Claroscuros y perspectiva

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Foto: Borgeano

Terminó. Al menos este viaje terminó. Tuvo de todo, de lo bueno y de lo malo, de lo trivial y de lo significativo; tuvo momentos que fueron dignos de recordar y otros que no podré olvidar aunque quiera hacerlo con todas mis fuerzas. Está bien, así es la vida de cualquier persona y este viaje en sí mismo no es más que un fragmento de una vida particular, de este modo, entonces, está atado a esos mismos vaivenes azarosos y no puedo quejarme por ellos.

Los que iban a ser tres meses de vacaciones y reencuentros se fueron extendiendo para ser, al final, casi seis meses. Viví con muchos —por fortuna bien acompañado con L., quien también vivió una fuerte transformación, de mera parte observadora (por decirlo de algún modo no del todo acertado) a ser una pieza central e integral en ese rompecabezas que es una familia— encuentros inolvidables y, de algunos otros, me despedí para siempre. Un viaje como metáfora del otro.

Todo viaje es dual, escribí en algún lado; y ahora podría refrendar esa idea de manera definitiva. Dual, como nosotros, los seres humanos que estamos inmersos en él. De allí la necesidad de poner todo en perspectiva, sobre todo a los claroscuros de la vida. Ponerlos en perspectiva y entender que aun estando de paso, no podemos menos que celebrar y honrar el estar aquí, haciendo lo que debemos hacer y del modo en que debemos hacerlo.

Me da mucho gusto, quiero decir, estar de vuelta con ustedes.

 

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Foto: Borgeano

 

Breve descanso del caminante

 

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Collage de nubes. Fotos: Borgeano.

En la ruta, sobre todo cuando se recorren largos trechos por tierra y no por aire, se recurre, como siempre, a la lectura para matar las horas. Alguna novela, revistas y, por supuesto, algún volumen de poesías. De una antología variopinta, rescato este poema de Charles Baudelaire; un poco porque así descansamos de tanto retrato sudamericano y otro poco porque acompaña, también, a las Hojas de ruta que preceden a esta entrada y a algunas de las siguientes.

 

El extranjero.

 

-¿A quién amas más, viajero? ¿A tus padres, a tu hermana o a tu hermano?

-No tengo padre ni madre, ni hermana, ni hermano.

-¿A tus amigos entonces?

-Te sirves de una palabra cuyo significado siempre me ha sido incomprensible.

-¿A tu patria, tal vez?

-Ignoro en qué latitud está situada.

-¿A la belleza?

-Bien la amaría, ya que es diosa e inmortal.

-¿Al oro, sin duda?

-Lo aborrezco como tú aborreces a Dios.

-¿A quién amas entonces, misterioso extraordinario?

-Amo a las nubes…, a las maravillosas nubes que van pasando allá abajo…

Hoja de ruta (VIII) Rauda salida de Bolivia (Copacabana, La Paz, Villazón)

 

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Luego de descender del Cerro del Calvario, las cosas no mejoraron en Copacabana; así que decidimos cortar por lo sano; es decir, irnos de allí. No voy a detenerme en los detalles, sólo voy a hacer notar de modo general que el maltrato al turista y al cliente en general aquí parecen ser moneda más que corriente. Desde la mujer que nos vendió los pasajes (y que si fue descortés con nosotros fue por demás grosera con dos muchachos españoles que estaban a nuestro lado), hasta quienes conducían el autobús o quienes nos vendían un simple refresco, todos parecían estar enojados por algo y, al menos eso nos hacían notar por su modo de actuar, culpaban a cualquier extranjero por ello.

 

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Decía que nos fuimos de allí y lo hicimos rumbo a La Paz, la capital boliviana. El viaje fue de unas tres horas, pero tardamos dos horas y media para llegar desde los suburbios de la ciudad hasta la central de autobuses, ya que el caos del tránsito hizo imposible que nos dirigiéramos de manera directa (y eso que ni siquiera llegamos a la central en sí, en realidad el autobús se detuvo a unos quinientos metros y todos tuvimos que seguir la marcha a pie). Para colmo de males, llovía y La Paz no es, lo que se dice, una ciudad bonita para andar caminando con equipaje incluido. Tengo entendido que esta ciudad es la que mayor diferencia de altura tiene entre los puntos más alto y más bajo; con una diferencia que supera los mil metros; así que nos quedamos en el primer sitio que nos ofreció cobijo a un precio razonable.

 

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Salimos a pasear por la ciudad pero, entre la lluvia y el caos del tránsito (el cual no se circunscribe a la típica hora de la salida laboral), sólo anduvimos en el nuevo sistema de teleféricos que está construyendo el gobierno de Evo Morales. Ante la imposibilidad de construir un sistema de metros o subterráneos, lo mejor y más práctico es un sistema de teleféricos interconectados que une a toda la ciudad. Hay que reconocer que es una obra magnífica y que beneficiará a grandes sectores populares de la población. Nosotros lo usamos como un modo práctico y seguro para recorrer grandes distancias de la capital boliviana en poco tiempo y para ver desde la altura aquello que nos parecía interesante y entonces sí, bajar de modo directo y seguro.

 

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Sin mucho por hacer allí, también de ese lugar nos fuimos enseguida y lo hicimos con rumbo directo a la frontera boliviano-argentina. Lamentablemente no pudimos visitar el salar de Uyuni; ese magnífico sitio en el altiplano boliviano, debido a las fuertes lluvias que se estaban sucediendo desde un par de semanas atrás y que mantenían inundado todo ese sector del sur del país. Hasta tal punto llegaba el agua en algunos sitios que no pudimos hacer el viaje en tren, que es lo que personalmente quería hacer, sino que tuvimos que conformarnos con un autobús. Luego de más de quince horas de viaje, arribamos a Villazón y dimos por terminada la etapa boliviana de nuestro viaje. Como hace tres años atrás, mi experiencia en este país no fue para nada placentera. Esta segunda visita fue, en muchos casos, peor que la primera; así que con todo pesar me fui de allí diciendo “Bolivia, nunca más”; cosa que puede no ser cierta, pero que trataré de hacerla realidad en la medida de lo posible; cuando uno anda dando vueltas por cualquier sitio que sea, lo menos que puede pedirse es que no le anden aguando la sopa ni amargándole los días.

 

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Hoja de ruta (VII) Sincretismo a la boliviana. Copacabana (II)

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Antes de irnos de Copacabana, cosa que queríamos hacer cuanto antes en vista de lo mal que nos iban las cosas, subimos al mirador o ascenso del Calvario; es decir, a la elevación mayor de las que rodean al lago Titicaca (del cual no he tenido la oportunidad de hablar. Vayan entonces un par de datos apurados: el Lago Titicaca es el lago navegable más alto del mundo, a 3800 metros sobre el nivel del mar y tiene una superficie de 8562 km², lo que lo convierte en el 18° en tamaño. Se encuentra dividido entre Perú y Bolivia).

 

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Bien, el ascenso al cerro El Calvario no es demasiado exigente; pero para aquellos que no solemos vivir a casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar, ya requiere un notable esfuerzo el solo acto de caminar, así que de todos modos ese ascenso se hace lento y pausado. A lo largo del camino se van siguiendo las catorce estaciones del calvario de Jesús. Llama la atención el fuerte sincretismo que no se oculta en lo más mínimo. Si en Copacabana, en la misma esquina de la iglesia podemos encontrar un cartel que dice «Area de bendicion de vehiculos. Solo dos carriles» (Sic) (Ver foto), a medio camino del ascenso podemos encontrar un altar donde puede leerse el siguiente cartel: «Bienvenidos a sagrado corazon de Jesus donde se sauman challan todos sus objetos deseados autos casas dólares etc.» (Sic, Sic, Sic) (Ver foto).

 

Ya en la cima, además de deleitarnos con la estupenda vista del lago Titicaca y de Copacabana, pudimos ver cómo un chamán oficiaba una ceremonia donde una familia SAMSUNG CAMERA PICTURESsaumaba fajos de billetes falsos y autitos de juguetes, los cuales pensamos que se trataba de juguetes de los niños, pero no, no era así. En esa ceremonia donde se conjuntaba la virgen María y la Pachamama, Jesús y el humo de hierbas locales en alguna mezcla precolombina, el acto de saumar a esos objetos tenía por objetivo el hacer que luego éstos se produjeran en la realidad. Así uno podía comprar en los muchos puestos ubicados en aquel sitio, una casa, un local comercial, fajos de billetes (depende lo que uno quisiera podía comprar un fajo más o menos voluminoso) o podía agenciarse coloridos diseños confeccionados con dólares dorados y la mismísima virgen María o billetes como el de la mano de Fátima, el que promete «Un millón de manos de Fátima de poder» y también «Limpieza pesada. Descarga absoluta».

 

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Con tanta moral desvirtuada, no me resultó extraño lo que vi un poco más tarde, al bajar de El Calvario. Hace tres años, cuando pasé por este sitio hacia el norte, vi a una anciana cruzar la plaza que rodeaba a la iglesia. Lo recuerdo porque en ese momento la plaza estaba desierta y la anciana caminaba doblada en un extraño ángulo de noventa grados. Su espalda estaba paralela al suelo y debía levantar mucho su cabeza para poder ver por dónde andaba. Ahora volvía a verla esquivando a los que festejaban la fiesta local y luego la encontré dentro de la iglesia, pidiendo limosna. La iglesia estaba llena y tuvimos que esperar a que salieran las autoridades: militares gordos y con cara de pocos amigos (un lugar común, pero eso fue lo que vi), damas vestidas con lo mejor de su vestuario, hombres mayores y jóvenes de impecable traje, niños con camisa y corbata, niñas pulcras y por demás correctas, curas que charlaban con el alcalde o con otras autoridades y mucha gente tomándose una selfie con la virgen. Pero nadie quien le diera a esa anciana una sola moneda. Es claro que esto debe ser así en un sitio donde sólo parece que se pide para uno mismo y nada más. Todo lo demás, eso de querer al prójimo como a uno mismo, hacer el bien sin mirar a quien, lo de que los pobres serán quienes recibirán el cielo y tonterías por el estilo parece que lo perdieron en alguna de las estaciones del calvario o será que tal vez nunca lo tuvieron y se olvidaron de pedirlo.

 

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Hoja de ruta (VI) Copacabana (I)

 

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Luego del regreso de Machu Picchu a Cusco (lo cual nos llevó un día completo, por supuesto), decidimos seguir rumbo al Lago Titicaca. La idea de detenernos en Puno fue descartada porque no había mucho para ver allí (y que me perdone si algún peruano pasa por aquí y estoy diciendo una burrada mayúscula; pero no creo que haya mucho más que la isla de los Uros, si mal no recuerdo) y por una cuestión de ahorro también. Así es que seguimos rumbo a la frontera con Bolivia y el pueblo de Copacabana.

Nos detuvimos poco más de media hora en la frontera Copacabana (1)para el ingreso al país y seguimos sin problema hacia el este. Llegamos en plenas festividades locales y bajo una intensa lluvia. El autobús nos dejó a varias cuadras pero al menos en esos minutos que caminamos hasta el centro la lluvia nos dio un respiro (cosa que no haría en todo el resto del día). Encontramos un hotel y, aunque no era una maravilla, nos quedamos allí ya que estaba limpio y tenía todas las comodidades. Salimos a desayunar y al regresar, nos encontramos con que de esas comodidades que se nos brindaban, casi ninguna existía o había que pagarla aparte. Y lo peor no era eso, sino que a media cuadra había un escenario y donde un grupo de cumbia tocaba a todo vapor, y eso que eran las diez de la mañana. Preguntamos hasta qué hora duraba eso y nos dijeron que hasta las dos de la madruga sin descanso. En el hotel habían colgado un cartel, en inglés, donde se avisaba a los turistas que no se aventuraran a salir solos en época de fiestas locales, ya que puede ser peligroso. Gracias por el aviso (tarde). Luego de discutir fuertemente con un ayudante del hotel (la mujer que nos había atendido apenas dos horas antes no aparecía por ningún lado) y de ser insultado por extranjero (como no pudo saber de qué nacionalidad era yo se me dijo que «Todos los que tienen ese acento son una mierda» y bellezas por el estilo) pude recuperar parte de lo que había pagado y salimos, ahora sí bajo la lluvia, en busca de otro hotel más alejado del ruido, cosa que fue bastante difícil, ya que Copacabana no es grande y el volumen de las fiestas era apenas más bajo que el de Woodstock.

Copacabana (3)Luego de golpear tres o cuatro puertas, por fin encontramos un hotel donde se nos atendió de manera digna (es decir: se nos atendió, lo cual fue suficiente). Luego de bañarnos y comprobar que sí había agua caliente salimos a almorzar y a recorrer un poco el pueblo. Nos cruzamos con los desfiles locales, los cuales son una mezcla sincrética de carnaval con religión, tradiciones locales, alcohol en exceso y música de cumbia y matracas por doquier. Nos llamó la atención que las mujeres de uno de los grupos desfilara, además de sus voluminosos vestidos, con osos, tigres y gorilas de peluche colgados de su pecho; y nos dijeron que esas eran ofrendas a la virgen por los favores recibidos. Luego nos cruzamos con demonios, toros, músicos, bailarines; los cuales terminaban su desfile ingresando a la iglesia.

 

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El clima se iba poniendo espeso, por decirlo de algún modo. Casi todos los integrantes (tanto hombres como mujeres) de los grupos que desfilaban llevaban en sus manos latas de cerveza de una pinta y, en un caso particular, una señora que acompañaba al grupo a un lado se acercó a las mujeres de las primeras filas para ofrecerles algo para beber, lo cual no era más que Ron. Un muchacho joven salió de las filas con su tambor a un lado y quiso arrebatarle su bandera a una mujer que se encontraba a nuestro lado, hasta que otro integrante del grupo, tan alcoholizado como el muchacho, se lo llevó de nuevo a su lugar. Pocos minutos después un hombre corpulento cayó sobre mí, empujándome hacia atrás y cayendo cuan largo era sobre su espalda. Supuse un tropezón entre el barro y el gentío, pero no, era sólo un estado de ebriedad un poco más que avanzado. Entre dos hombres y su cholita lo pusimos de pie y allí siguieron, como si nada hubiera pasado. Como dije, el clima se iba poniendo complicado y decidimos, aunque no era tarde, volver al hotel y no salir por lo que quedaba del día.

 

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