Mil cumbres (II)

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A principios de este año me invitaron a un lugar indeterminado que se llama Mil cumbres. Digo indeterminado porque no es un pueblo ni una locación, sino una zona amplia cuyos límites son algunas de las montañas que pueden verse a la distancia independientemente del punto cardinal que uno observe.

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Esta vez fuimos por unas pocas horas, pero fue suficiente como para encontrar nuevas formas de maravillarnos. Esta vez nos tocó, en lugar de poder ver a la distancia y a lo lejos, la belleza de la cercanía, de lo inmediato. Constantes nubes entraban y salían del bosque donde nos encontrábamos (estábamos en la cima de una de esas montañas y eso es inevitable en esta época del año) y eso hacía la delicia de todos los que estábamos allí, niños y adultos. Mientras los jóvenes se deslizaban por una pendiente alfombrada con hojas de pino secas, los demás observaban y avisaban cuando una nueva nube se adentraba hasta nosotros y nos abandonaba por la ladera opuesta.
Las fotos tal vez no sean tan espectaculares como las de febrero; pero al igual que aquel día, uno sabe que no hay cámara que pueda captar las sensaciones, así que lo que aquí dejo es sólo un pálido retrato de lo que fueron aquellas horas en aquella tarde.
Alfredo vive allí y me invitó a pasar una semana o un fin de semana, lo que yo quiera. Puedo acampar o puedo dormir en su casa (la que construyó con lo que recolectaba en la ciudad; pidiendo lo que a otros sobraba, lo que estaban por tirar o lo que ya no usaban) y la idea me está gustando muchísimo. Pasar una semana allí, lejos de todo ruido y de toda conexión electrónica o de cualquier otro tipo ya me está despertando las sensaciones más primitivas, esas que nos impulsan a lo mínimo o a lo básico. Pasar una semana allí sólo leyendo y escribiendo es todo lo que puede llegar a pedirse, me digo y asiento, aunque esté solo en este momento.

 

 

Algunas imágenes (las dos anteriores y un par más; es decir, nada demasiado original). Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Teoría del yo

Teoría del viaje - Michel OnfrayHace varios meses me regalaron Teoría del viaje, este pequeño volumen de Michel Onfray del que hoy les traigo un breve fragmento. Como todos sabemos, hay libros que se nos vuelven esenciales por diversos motivos; para mí Teoría del viaje es uno de ellos. Desde el momento mismo en que lo recibí me adentré en él y he vuelto a hacerlo infinidad de veces (y seguiré haciéndolo, estoy seguro). Con un trasfondo filosófico inevitable —se trata, después de todo, de Michel Onfray— y con la delicadeza de la prosa poética, el filósofo francés despliega toda una serie de maravillosas y acertadas reflexiones sobre el viaje y el viajero. El fragmento que les dejo hoy reúne esas características:

“No se escogen los lugares predilectos, ser es requerido por ellos. En el registro elemental de los filósofos presocráticos, cada uno puede descubrirse portador de una pasión por el agua, la tierra o el aire, circulando el fuego por el cuerpo mismo del viajero. Los nómadas empedernidos proceden de un elemento que los recoge, los contiene, los anima y federa sus entusiasmos: el mar y las olas de los navegantes, las montañas y las llanuras de los caminantes, el éter y el azul de los aviadores, esos tres puntos cardinales orientan un movimiento sobre el globo en rotación bajo los dedos o sobre los mapas recorridos en su totalidad y escrutados al detalle”.

Me detengo en un par de detalles: al comienzo de la cita, Onfray no cae en el lugar común de invertir los términos para crear un mero juego de palabras. No dice “”No se escogen los lugares predilectos, ser es escogido por ellos”, que es lo que haría un mal escritor; sino que se es requerido por ellos. Esa sutileza marca, también, una diferencia en la idea en sí. El viajero es alguien que se adentra en el mundo, no alguien que va a la conquista de él (conquista que hoy en día se circunscribe a una mera fotografía). Después, luego de citar indirectamente a los filósofos presocráticos, Onfray nos distingue en viajeros de agua, de tierra o de aire (el fuego, por otra parte, es el formador de todo viajero). Esa división, más poética que científica, tampoco es descabellada. Jugando con ella me reconozco más cercano al agua que a cualquiera de los otros elementos, los cuales no por ello son dejados de lado, por supuesto; pero es el agua la que me ha detenido más tiempo a lo largo de mis viajes; es el agua la que me ha impulsado, a veces, a viajar hacia determinado sitio en detrimendo de otro.

Viajar

Dije que Teoría del viaje se ha transformado en uno de esos libros que nos resultan esenciales. Sé que voy a volver a él y que encontraré un nuevo fragmento que me resultará casi imposible de no compartir. Y es que la lectura también es un viaje que me resulta indispensable, y compartirlo es una forma de invitarlos a que viajen, aunque sea por un breve tiempo, conmigo.

Como Macedonio

Vincent van Gogh - La habitación de Arles

A veces me siento como Macedonio Fernández, ese tipo que escribía libros que nunca publicaba y que vivía en pensiones de mala muerte hasta que lo echaban por no poder pagar y entonces se iba a otro lugar hasta que volvían a echarlo y así hasta que un día se mudó al cementerio y de allí ya nadie lo echó más ni se molestó, siquiera, en visitarlo o ver cómo estaba.

Digo que así me siento porque desde que dejé todo en el pasado y me dediqué a caminar con lo puesto y poco más (siempre se hace necesario un cambio de ropa, al menos) no hago otra cosa que escribir libros que nadie lee y que posiblemente nadie leerá y me importa tanto eso como le importaba a Macedonio Fernández. Las tardes se suceden, los días pasan, las arrugas se multiplican, y eso es todo. Lo que pasó, pasó, y nadie puede revivirlo o darle otro sentido que el que tuvo en su momento. Intentar fijar las cosas es absurdo; intentar guardarlas en pedazos de cartulinas, en papel o en cualquier otro medio, también. No hay más que ver algunas fotografías viejas para darnos cuenta de que ninguna de las personas que fueron  retratadas en ellas están por aquí. Ni ellas ni lo que sintieron o pensaron, ni lo que quisieron o lo que atesoraron. Mucho menos sus sueños. Hasta es posible que estos hayan desaparecido mucho antes que ellos.

Por eso, como dice mi amigo Arturo, las únicas cosas que valen la pena en esta vida son los asuntos del amor y del conocimiento. No hay otra cosa que valga la pena; Macedonio lo sabía y yo lo aprendí no hace mucho. De allí que sólo sea suficiente con un libro para leer y una piel adecuada a la hora de dormir. Digo piel y no compañía porque aunque la diferencia entre ambas es sutil, no es menos precisa ni profunda esa diferencia.

¿Y la muerte? Pues la muerte… que se vaya al carajo.

Tulum, de Pacheco y preguntas que se repiten

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

En octubre de 2015 me hice la siguiente pregunta: “¿Puede leerse sin experiencia?” Y continué: “Sé que lo primero que se piensa cuando se habla de lecturas poéticas es, precisamente, la imagen poética de que puede leerse sin más que el deseo por la belleza; pero el problema permanece: ¿Cuánto necesitamos comprender para disfrutar de un texto?”

Lo anterior viene a cuento porque hace unos meses tuve la oportunidad de visitar Tulum, el hermoso pueblo de la Riviera Maya que incluye entre sus atractivos a las ruinas mayas del mismo nombre. Por esas cosas del azar, hace un par de días volví a leer algunas páginas de la Antología Poética de José Emilio Pacheco y allí encontré el siguiente poema, titulado, vaya maravilloso destino de las letras y de los caminos, Tulum.

TULUM

Si este silencio hablara
sus palabras se harían de piedra.
Si esta piedra tuviera movimiento
sería mar.
Si estas olas no fuesen prisioneras
serían piedras
en el observatorio,
serían hojas
convertidas en llamas circulares.

De algún sol en tinieblas
baja la luz que enciende
a este fragmento de un planeta muerto.
Aquí todo lo vivo es extranjero
y toda reverencia profanación
y sacrilegio todo comentario.

Porque el aire es sagrado como la muerte,
como el dios
que veneran los muertos en esta ausencia.

Y la hierba se arraiga y permanece
en la piedra comida por el sol
—centro del tiempo, abismo de los tiempos,
fuego en el que ofrendamos nuestro tiempo.

Tulum se yergue frente al sol
en otro ordenamiento planetario. Es núcleo
del universo que fundó la piedra.

Y circula su sombra por el mar.
La sombra que va y vuelve
hasta mudarse en piedra.

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

El libro me lo regaló hace un par de años (para mi primer cumpleaños en México) mi amigo, escritor y profesor (en ese orden) Gerardo Farías y lo leí en aquel momento, claro está, aunque este poema en particular no había quedado registrado en mi memoria. Sin embargo, ahora que lo reencuentro, veo que el poema es el mismo y es otro. Se lo leo en voz alta a L., mi compañera de ruta y de lecturas y veo que se le ilumina el rostro ante las referencias que el poema enlaza con aquellas ruinas que visitamos no hace mucho. Versos como “Aquí todo lo vivo es extranjero / y toda reverencia profanación / y sacrilegio todo comentario” ya son señales directas a lo que nos rodea; no son una mera referencia poética, sino que se han convertido en una crítica social. Nuestra visita a las ruinas de Tulum hace que el poema de Pacheco ya no sea ni pueda ser el mismo.

Es entonces que retomo la pregunta que dejé aquí hace casi dos años y la reformulo: ¿Hasta dónde puede leerse sin experiencia?

Ciudadano del mundo

ciudadano del mundo

En el arte de viajar, de Alain de Botton, entre las muchas ideas que el escritor suizo despliega a lo largo de todo el volumen, me quedo con una de Flaubert que me suena más que interesante:

“Diríase que la relación de Flaubert con Egipto, que se prolonga a lo largo de toda su vida, es una invitación a profundizar y a respetar la atracción que sentimos por ciertos países. Desde su adolescencia en adelante, Flaubert insistía en que no era francés. Su odio hacia su país y hacia su gente era tan profundo que ridiculizaba su propia condición civil. el-arte-de-viajar-alain-de-bottonDe hecho, llegó a proponer un nuevo modo de asignar la nacionalidad: no de acuerdo con el país en el que uno había nacido o al que pertenecía su familia, sino de acuerdo con los lugares por los que uno se sentía atraído. En este sentido, no podía por menos de ser lógica su pretensión de hacer extensiva al género y a la especie esta concepción más flexible de la identidad, hasta el extremo de declarar, llegado el caso, que, contra lo que pudiese parecer, él era en realidad una mujer, un camello y un oso: “Quiero comprarme un hermoso oso, un cuadro de uno que colgaré enmarcado en mi habitación con la leyenda Retrato de Gustave Flaubert, con el fin de sugerir mi talante moral y mis hábitos sociales.”

Me encanta la posibilidad de declararme hijo de tal o cual país, de tal o cual latitud (dejemos de lado los asuntos del género; ya todos saben para qué lado disparan). Me quedo, entonces, con esa idea de que podemos sentirnos más cercanos —por la razón que fuere—, a determinado lugar, independientemente de dónde hayamos nacido. Mi espíritu nómada saborea, también, la posibilidad de cambiar esa nacionalidad cada dos o tres meses. Me he sentido muy, muy a gusto en algunos países y no quisiera quedar mal con ninguno de ellos. ¡Además me falta tanto por conocer! ¿Quién sabe si mañana no querré sentirme español o egipcio o neozelandés?

Aldabas de San Miguel

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Ayer dije que San Miguel de Allende se me hizo, por momentos, muy parecida a Cartagena de Indias. Cuando llegué a casa busqué información al respecto y vi, sin demasiada sorpresa, que ambas ciudades fueron fundadas con menos de diez años de diferencia (Cartagena de Indias en 1533, San Miguel de Allende en 1542). Pero, y esto haya sido lo que más me impulsó a relacionar una ciudad con la otra, lo que me llamó mucho la atención fueron las aldabas en los viejos portales coloniales.
Alguna vez compartí algunas de las fotos de las Aldabas de Cartagena. Hoy les comparto estas otras, de San Miguel de Allende. Ambas ciudades distanciadas en la geografía, pero hermanadas en la historia.

Parte de la galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

San Miguel de Allende

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Tres vistas de la Catedral 

Decir de un sitio que se encuentra “en el corazón” del país es un tópico común; pero en el caso de San Miguel de Allende uno no exagera. La ciudad se encuentra precisamente allí, en el centro exacto del territorio mexicano. Es una ciudad tan bella y particular que ha pasado a ser, desde el 2008, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

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A 1900 metros de altura, San Miguel de Allende se encuentra en el límite geográfico entre las cadenas montañosas del sur y las planicies áridas del norte. Desde el mirador que se encuentra al sudeste de la ciudad, puede verse esta característica física. Uno se encuentra sobre terreno elevado y desde allí puede observar cómo la ciudad se pierde en la lejanía sin que otra montaña o elevación se muestre ante el espectador.

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Vista desde el mirador

Recorrer las calles secundarias de San Miguel de Allende me hizo recordar —al menos hasta cierto punto, claro está— A Cartagena de Indias; y esto no es tan raro como puede pensarse en un primer momento. Busco algunos datos y veo que ambas ciudades fueron fundadas con muy pocos años de diferencia. De allí, entonces, las características arquitectónicas coloniales que comparten.

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Una de las características de esta ciudad mexicana es que está habitada por una gran cantidad de norteamericanos. Fue común al recorrer estas calles ver carteles de venta de inmuebles, pero todos ellos e inglés y al estilo norteamericano. Aquí no se habla de inmobiliarias; sino de Real Estate y tampoco se habla de vendedores, sino de Brokers. Así que además de los incontables turistas de todo el mundo que recorren estas calles, encontramos muchísimos norteamericanos hablando un español lleno de vericuetos e inflexiones graciosas, pero no por ello menos agradable y bienintencionado.

Una pequeña galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.