Tulum, de Pacheco y preguntas que se repiten

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

En octubre de 2015 me hice la siguiente pregunta: “¿Puede leerse sin experiencia?” Y continué: “Sé que lo primero que se piensa cuando se habla de lecturas poéticas es, precisamente, la imagen poética de que puede leerse sin más que el deseo por la belleza; pero el problema permanece: ¿Cuánto necesitamos comprender para disfrutar de un texto?”

Lo anterior viene a cuento porque hace unos meses tuve la oportunidad de visitar Tulum, el hermoso pueblo de la Riviera Maya que incluye entre sus atractivos a las ruinas mayas del mismo nombre. Por esas cosas del azar, hace un par de días volví a leer algunas páginas de la Antología Poética de José Emilio Pacheco y allí encontré el siguiente poema, titulado, vaya maravilloso destino de las letras y de los caminos, Tulum.

TULUM

Si este silencio hablara
sus palabras se harían de piedra.
Si esta piedra tuviera movimiento
sería mar.
Si estas olas no fuesen prisioneras
serían piedras
en el observatorio,
serían hojas
convertidas en llamas circulares.

De algún sol en tinieblas
baja la luz que enciende
a este fragmento de un planeta muerto.
Aquí todo lo vivo es extranjero
y toda reverencia profanación
y sacrilegio todo comentario.

Porque el aire es sagrado como la muerte,
como el dios
que veneran los muertos en esta ausencia.

Y la hierba se arraiga y permanece
en la piedra comida por el sol
—centro del tiempo, abismo de los tiempos,
fuego en el que ofrendamos nuestro tiempo.

Tulum se yergue frente al sol
en otro ordenamiento planetario. Es núcleo
del universo que fundó la piedra.

Y circula su sombra por el mar.
La sombra que va y vuelve
hasta mudarse en piedra.

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

El libro me lo regaló hace un par de años (para mi primer cumpleaños en México) mi amigo, escritor y profesor (en ese orden) Gerardo Farías y lo leí en aquel momento, claro está, aunque este poema en particular no había quedado registrado en mi memoria. Sin embargo, ahora que lo reencuentro, veo que el poema es el mismo y es otro. Se lo leo en voz alta a L., mi compañera de ruta y de lecturas y veo que se le ilumina el rostro ante las referencias que el poema enlaza con aquellas ruinas que visitamos no hace mucho. Versos como “Aquí todo lo vivo es extranjero / y toda reverencia profanación / y sacrilegio todo comentario” ya son señales directas a lo que nos rodea; no son una mera referencia poética, sino que se han convertido en una crítica social. Nuestra visita a las ruinas de Tulum hace que el poema de Pacheco ya no sea ni pueda ser el mismo.

Es entonces que retomo la pregunta que dejé aquí hace casi dos años y la reformulo: ¿Hasta dónde puede leerse sin experiencia?

Ciudadano del mundo

ciudadano del mundo

En el arte de viajar, de Alain de Botton, entre las muchas ideas que el escritor suizo despliega a lo largo de todo el volumen, me quedo con una de Flaubert que me suena más que interesante:

“Diríase que la relación de Flaubert con Egipto, que se prolonga a lo largo de toda su vida, es una invitación a profundizar y a respetar la atracción que sentimos por ciertos países. Desde su adolescencia en adelante, Flaubert insistía en que no era francés. Su odio hacia su país y hacia su gente era tan profundo que ridiculizaba su propia condición civil. el-arte-de-viajar-alain-de-bottonDe hecho, llegó a proponer un nuevo modo de asignar la nacionalidad: no de acuerdo con el país en el que uno había nacido o al que pertenecía su familia, sino de acuerdo con los lugares por los que uno se sentía atraído. En este sentido, no podía por menos de ser lógica su pretensión de hacer extensiva al género y a la especie esta concepción más flexible de la identidad, hasta el extremo de declarar, llegado el caso, que, contra lo que pudiese parecer, él era en realidad una mujer, un camello y un oso: “Quiero comprarme un hermoso oso, un cuadro de uno que colgaré enmarcado en mi habitación con la leyenda Retrato de Gustave Flaubert, con el fin de sugerir mi talante moral y mis hábitos sociales.”

Me encanta la posibilidad de declararme hijo de tal o cual país, de tal o cual latitud (dejemos de lado los asuntos del género; ya todos saben para qué lado disparan). Me quedo, entonces, con esa idea de que podemos sentirnos más cercanos —por la razón que fuere—, a determinado lugar, independientemente de dónde hayamos nacido. Mi espíritu nómada saborea, también, la posibilidad de cambiar esa nacionalidad cada dos o tres meses. Me he sentido muy, muy a gusto en algunos países y no quisiera quedar mal con ninguno de ellos. ¡Además me falta tanto por conocer! ¿Quién sabe si mañana no querré sentirme español o egipcio o neozelandés?

Aldabas de San Miguel

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Ayer dije que San Miguel de Allende se me hizo, por momentos, muy parecida a Cartagena de Indias. Cuando llegué a casa busqué información al respecto y vi, sin demasiada sorpresa, que ambas ciudades fueron fundadas con menos de diez años de diferencia (Cartagena de Indias en 1533, San Miguel de Allende en 1542). Pero, y esto haya sido lo que más me impulsó a relacionar una ciudad con la otra, lo que me llamó mucho la atención fueron las aldabas en los viejos portales coloniales.
Alguna vez compartí algunas de las fotos de las Aldabas de Cartagena. Hoy les comparto estas otras, de San Miguel de Allende. Ambas ciudades distanciadas en la geografía, pero hermanadas en la historia.

Parte de la galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

San Miguel de Allende

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Tres vistas de la Catedral 

Decir de un sitio que se encuentra “en el corazón” del país es un tópico común; pero en el caso de San Miguel de Allende uno no exagera. La ciudad se encuentra precisamente allí, en el centro exacto del territorio mexicano. Es una ciudad tan bella y particular que ha pasado a ser, desde el 2008, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

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A 1900 metros de altura, San Miguel de Allende se encuentra en el límite geográfico entre las cadenas montañosas del sur y las planicies áridas del norte. Desde el mirador que se encuentra al sudeste de la ciudad, puede verse esta característica física. Uno se encuentra sobre terreno elevado y desde allí puede observar cómo la ciudad se pierde en la lejanía sin que otra montaña o elevación se muestre ante el espectador.

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Vista desde el mirador

Recorrer las calles secundarias de San Miguel de Allende me hizo recordar —al menos hasta cierto punto, claro está— A Cartagena de Indias; y esto no es tan raro como puede pensarse en un primer momento. Busco algunos datos y veo que ambas ciudades fueron fundadas con muy pocos años de diferencia. De allí, entonces, las características arquitectónicas coloniales que comparten.

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Una de las características de esta ciudad mexicana es que está habitada por una gran cantidad de norteamericanos. Fue común al recorrer estas calles ver carteles de venta de inmuebles, pero todos ellos e inglés y al estilo norteamericano. Aquí no se habla de inmobiliarias; sino de Real Estate y tampoco se habla de vendedores, sino de Brokers. Así que además de los incontables turistas de todo el mundo que recorren estas calles, encontramos muchísimos norteamericanos hablando un español lleno de vericuetos e inflexiones graciosas, pero no por ello menos agradable y bienintencionado.

Una pequeña galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Rozando lo sagrado (I)

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Los cenotes (del maya dzonoot: ‘hoyo con agua’) son formaciones geológicas similares a grutas donde han quedado expuestos espejos o cursos de agua dulce. Para los antiguos mayas los cenotes eran lugares sagrados donde se celebraban diferentes rituales o ceremonias. Pude conocer algunos de ellos en mi primer viaje a la península de Yucatán, el año pasado; pero no fue hasta hace poco menos de un mes que pude sentir esa sensación de misterio, de magia, de sacralidad, que es a lo que hace referencia la cultura maya. Hay muchísimos cenotes en la península (he leído informes que hablan de más de siete mil de ellos) y cada uno tiene su impronta, su propio sello personal; pero, claro está, hay algunos que sobresalen por su belleza o por alguna otra característica especial. Los más famosos son El Cenote Azul, Ik Kil, Saytun, Cenote Sagrado, Cenote Dos Ojos, entre otros. Es en éste último, en el Cenote Dos Ojos, donde sentí que estaba en presencia de algo que más grande que lo que mis ojos podían ver.

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Debo reconocerlo: la primera sensación al mirar debajo del agua fue de miedo. Luego de unas pocas piedras que me servían de base se abría una profunda caverna de la que no podía ver el fondo. No soy un buen nadador y aunque no crea que vaya a ahogarme en dos metros de agua, cuando mis pies no tocan algo que me sirva de sostén entro en pánico de inmediato, así que tuve que avanzar paso a paso (lo cual me llevó varios minutos) para poder adentrarme en las aguas y observar con detenimiento lo que había allí debajo.

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Como dije, bajo mis pies se abría una caverna de la que en un primer momento no pude ver el fondo; pero cuando mis ojos se acostumbraron a las sombras pude ver que sólo había accedido a algo que era sólo el principio. Detrás de esa caverna había otra y detrás de ella parecía haber otras más. Cerca de una hora después de haber estado allí apareció un grupo de buzos que se adentraron con linternas en esas cavernas, así que aproveché para observarlos y observar todo lo que pude de esas profundidades que se adentraban unas en otras como muñecas rusas.

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Nota: La calidad de las fotografías no es la ideal; pero preferí incluir en la entrada tomas originales antes que buscar otras en la red; las cuales serían más profesionales, sin duda, pero menos directas en relación con el tema y, sobre todo, con quien quiere compartir esta experiencia. Mañana irá una segunda y última parte.

Mil cumbres

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El paisaje desde Mil cumbres, quita el aliento. Montaña tras montaña tras montaña. Allí abajo los valles entre cada cadena y nosotros en la cima de otra montaña que sería vista desde lejos tal vez como una sombra más o menos lejana. La casa donde estábamos tenía una vista de ciento ochenta grados; es decir que veíamos todo el paisaje desde el norte hasta el sur, con el oeste frente a nosotros. Almorzar con esa vista fue algo magnífico y debo reconocer que fui el último en sentarme a la mesa, ya que cuando el dueño de casa, al poco tiempo de llegar, nos invitó a sentarnos, yo agradecí la atención pero me quedé parado donde estaba. Lo único que quería era mirar y mirar y mirar.

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A media tarde dimos un paseo por el bosque, haciendo crujir las hojas secas de pino a nuestro paso. Nos volvimos niños en los columpios que Alfredo tiene colgados de altísimos árboles y visitamos su pequeña casa, en la parte trasera de la misma montaña. Al caer el sol nos preparamos para irnos, pero por suerte no lo hicimos de inmediato, sino que estuvimos por allí casi una hora más. Eso fue suficiente como para poder ver uno de los atardeceres más bellos de los que tenga memoria. Sé que las fotografías que tomé no alcanzan a transmitir lo que tenía frente a mis ojos (en ese sentido, toda belleza es inefable), aun así, tomé varias, al menos para poder recordar a partir de ellas. Luego guardé la cámara y me dispuse a ver, sólo ver en silencio (y eso en la medida de lo posible, ya que parece que la gente no puede permanecer en silencio por demasiado tiempo y las conversaciones se sucedían una a otra, inevitables). A medida que el sol se iba poniendo, las cadenas montañosas se iban tiñendo de una degradé más o menos oscuros según la distancia. Venus apareció hacia el norte, más brillante que nunca (y esto según yo, que suelo verlo desde una ciudad. Venus, allí, siempre brilla de manera notable).

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Cuando ya los últimos tonos de rosa y naranja se perdían definitivamente bajo el horizonte, regresamos.

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Reloj de sol.

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Aprovecho estos días de ocio para adelantar la lectura de Nada en propiedad. poética del viaje, de Arturo F. Silva. En este texto que reúne reflexiones sobre el viaje en sí alternados con experiencias propias a lo largo del camino, Silva, en capítulos breves (la mayoría de ellos tiene una extensión de una página, los más extensos llegan a tres o cuatro) nos invita a pensar en el viaje desde otra perspectiva que la mera opción del turista. El viaje es un fin en sí mismo o es mejor cuando se viaja de esta manera. He aquí el capítulo CI, como ejemplo.

La ciudad impone sus ritmos, sus distancias, sus modos de comunicación. El viaje, sobre todo cuando se cruza el límite de una ciudad y hasta que se vuelve a cruzar el límite de otra ciudad a la que se arriba, ha cambiado el ritmo de manera radical (la frontera física y real de aquella vieja dicotomía naturaleza-sociedad tan analizada y estudiada desde la filosofía, la literatura, las artes todas). Se impone de con naturalidad otro ritmo; más pausado y más propio del viajero: son sus necesidades quienes determinan el ritmo de su andar, de su descanso, de su apetito y de su sueño. Éstos, a su vez, también se ven modificados en su esencia y el viajero encuentra que necesita más o menos horas de sueño; que su apetito se ve magnificado pero que, paradójicamente, se contenta con mucho menos; que no necesita correr para unir dos puntos distantes porque el sentido se encuentra en el camino, no en el destino ni en la prisa por llegar a él. Como si esas líneas que separan al gris del verde —vuelvo para ello a la imagen clásica—  fuesen una frontera física, tangible, que al atravesarlas modificaran sus genes o el mismo sentido de la historia. El pasado y el futuro del viajero parecen pertenecer a otro ser distinto; a alguien con quien se tienen algunos puntos en común, pero no demasiados, si se los observa con detalle.