Algo que contar

 

Collage Borgeano

Collage – Borgeano

 

Flaubert, con muy buen tino, fue quien dijo que cada tanto salía a vivir un poco para luego tener historias que contar. Y eso está muy bien, claro; no hay nada más tedioso que aquel que no vivió nada y que quiere dar cátedra de gran aventurero.

Pienso, entonces, que lo que dice Flaubert, además de ser cierto y recomendable, no siempre es practicable. Hay personas que no pueden salir por diversos motivos y no por ello deberían sentirse abrumadas por esas circunstancias. En ese caso pondría como ejemplo a Borges, quien imposibilitado de aventuras, las corría en los libros y hacía de las letras su campo de batalla. Es por eso que Borges en las entrevistas sólo hablaba de libros: ése fue el espacio que él eligió para vivir sus aventuras.

Se me ocurre que cada uno deberá elegir, entonces, dónde correrlas. Cada cual sabrá dónde le pica la curiosidad o el placer; tal vez pintando, cantando, pensando, actuando, o lo que sea. Aunque no dejo de pensar que la verdadera aventura es la que se corre viviendo y que todo esto que acabo de decir en este último párrafo no es más que un sucedáneo de verdad ¿Será que ya me he quedado quieto demasiado tiempo y que la vida burguesa va penetrando poco a poco pero sin descanso por los poros del pensamiento? Tal vez…

Toc, toc… Disculpe usted, Monsieur Flaubert, ¿No quisiera que lo acompañe en su próxima singladura?

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Esta tierra que se agarra a mí

 

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Hace algunos años encontré en Argentina una edición de poemas de William Faulkner traducidos por Javier Marías que llevaba por título Si yo amaneciera otra vez. Recuerdo que mi amor por Faulkner no se vio mellado por no haberme gustado mucho su poesía (de la que luego el mismo Faulkner renegaría, si mal no recuerdo). Ahora me encuentro este poema —perteneciente a ese libro y que incluye el verso que le da nombre al volumen— que me pareció raro y maravilloso. ¿Será que los años o el camino recorrido han cambiado algo en mí (ya que no en el poema) y que ahora puedo atisbar algo más de lo que antes no veía? Sea como fuere, el poema y la imagen con la que ilustro la entrada (la cual tenía guardada para una ocasión especial, la cual resultó ser ésta) son lo que hoy soy yo; algo o alguien que pendula entre las rarezas y las maravillas y que no quiere dejar de hacerlo por nada del mundo.

 

SI HAY DOLOR, QUE SEA SÓLO LLUVIA

y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,

si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar

en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

 

Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte

mientras que en estas azules y soñolientas colinas de lo alto

tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,

esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.

Diálogos con una señora española II

 

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La niña salía y entraba del agua como si estuviera incómoda en cualquier ambiente y no encontrara solución al problema más que alternando los dos estados. La señora seguía contándonos sus aventuras o dándonos a conocer sus puntos de vista sobre todo (porque, la verdad sea dicha, tenía puntos de vista sobre todo, lo que se dice, todo, todo) con igual eficacia en esa alteridad. En un momento nos cuenta que el día anterior había llevado a la niña a un parque acuático para así cumplirle un sueño: nadar con delfines. Dijo que todo había estado más que bien, salvo que habían querido cobrarle setenta euros por dos fotos de la niña y el cetáceo en cuestión. Tal vez, supuse, todo era en parte una exageración de la señora (la cual ya había dado muestras de que los límites de sus anécdotas eran bastante elásticos) pero si así era, lo era sólo en parte. Los lugares turísticos masivos, sobre todo si son internacionales, se han convertido en tierra de nadie para los asuntos comerciales. Ya no hay ni el menor atisbo de la clásica relación entre la oferta y la demanda; ahora el comerciante cobra lo que quiere y del modo que quiere (porque además, si se le antoja, trata al cliente como si éste le debiera pleitesía o como si lo estuviera molestando) y si los precios son un cuatrocientos por ciento más altos de lo habitual, pues te jodes: lo pagas o te vas.

La señora seguía muy molesta por los setenta euros pero, sobre todo (y con razón) porque su niña no podía tener ese recuerdo que para ella era tan importante. Por suerte para esa niña, su madre le hacía escribir todas las tardes un diario personal, donde la niña volcaba todo lo que había vivido a lo largo del día. La señora me cayó más simpática casi de inmediato, lo reconozco, y sus exageraciones me parecieron el típico color local del turista. Esa niña tendrá en ese diario, estoy seguro, un recordatorio mucho más profundo que el que podría darle cualquier fotografía; por más que su madre se enojara por no tenerla.

Lo que la señora española no notó es que robar (es decir la diferencia entre el chaleco antibalas de ayer y las fotografías de hoy) no es algo que esté penado por la ley; no, al menos, si se lo hace del modo correcto. Robar es algo que se puede hacer de manera legítima y con el consenso y el aplauso de toda la sociedad. No hace falta apuntar con una Colt .38 a la cabeza de nadie, sino sólo acariciar la caja registradora y sonreír amablemente (lo cual, como vimos, es opcional, aunque recomendable) mientras se cobra lo que se quiere por una botella de agua. O mejor aún ¡Si hasta se puede robar dos veces! No hay más que pedir el diezmo de manera imperativa (aquí nada de sonrisas; en su lugar amenazas, muchas amenazas) y listo; un montón de billetes gratis y además, libres de impuestos. O, por supuesto, se puede cobrar setenta euros por dos fotografías. Bendita sea la sociedad que nos cobija.

Diálogos con una señora española I

 

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Nos encontramos con una señora española en la playa y no recuerdo cómo ni por qué, terminamos charlando de todo un poco. Ella estaba con su hija de ocho años y se había alejado del hotel porque no le gustaba la idea del All Inclusive; es decir, esa moderna tendencia turística que consiste en viajar a un lugar determinado pero no salir del hotel ya que todo está incluido en el paquete comprado en el lugar de origen. De esa manera no hace falta salir a comer o al gimnasio o a hacer compras o a lo que fuere, ya que todo se encuentra dentro de los límites de los nuevos complejos hoteleros.

Bien, esta señora tenía como sana costumbre el salir adonde estábamos los lugareños, los salvajes, es decir, donde estaba el color local. Aclaro que la señora era muy educada (salvo por la costumbre de hablar y de no escuchar en la misma proporción. Varias veces tuve que quedarme con la palabra en la boca ante el aluvión verbal con el que me contaba sus cosas) y que había recorrido varios países de mundo todo. Eso no es nada extraño salvo que me pareció que no había sabido mirar bien o que daba demasiado poder a vaya a saber uno qué medio de información; porque en un determinado momento me dijo que en Argentina, al igual que en ciertas partes de México, la gente tenía que subir al transporte público con chalecos antibalas.

Bueno, sé que Latinoamérica es un continente que no está pasando por su mejor momento, pero puedo dar fe que no es para tanto. He recorrido casi todos sus países y eso ha sido lo suficientemente cercano en el tiempo como para haber comprobado de primera mano que, si bien todavía tenemos mucho por avanzar, no es que estemos baleándonos en cada esquina ni gratuitamente (con lo que cuestan las balas, vamos…).

Sigo pensando dónde es que esta buena señora se informa. Me imagino que en el mismo lugar donde se informan ciertas personas locales, ya que no es privativo de los extranjeros este tipo de exageración (aunque sean los que se llevan las palmas, a veces). Recuerdo que cuando llegué a Morelia, en el estado de Michoacán, algún amigo mexicano con el que estaba hablando por teléfono soltó un preocupado «¿En Michoacán? ¡Ay, hombre ten cuidado! Mira que como están las cosas por allá…». Y aquí podrían decir lo mismo que un par de párrafos más arriba: sé que éste no es el estado más tranquilo de México; pero vamos, que en los dos años que llevo aquí todavía no he visto trampas cazabobos o muertos tirados por la calle. Seamos lógicos, hasta las exageraciones tienen un límite.

 

Mil cumbres (II)

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A principios de este año me invitaron a un lugar indeterminado que se llama Mil cumbres. Digo indeterminado porque no es un pueblo ni una locación, sino una zona amplia cuyos límites son algunas de las montañas que pueden verse a la distancia independientemente del punto cardinal que uno observe.

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Esta vez fuimos por unas pocas horas, pero fue suficiente como para encontrar nuevas formas de maravillarnos. Esta vez nos tocó, en lugar de poder ver a la distancia y a lo lejos, la belleza de la cercanía, de lo inmediato. Constantes nubes entraban y salían del bosque donde nos encontrábamos (estábamos en la cima de una de esas montañas y eso es inevitable en esta época del año) y eso hacía la delicia de todos los que estábamos allí, niños y adultos. Mientras los jóvenes se deslizaban por una pendiente alfombrada con hojas de pino secas, los demás observaban y avisaban cuando una nueva nube se adentraba hasta nosotros y nos abandonaba por la ladera opuesta.
Las fotos tal vez no sean tan espectaculares como las de febrero; pero al igual que aquel día, uno sabe que no hay cámara que pueda captar las sensaciones, así que lo que aquí dejo es sólo un pálido retrato de lo que fueron aquellas horas en aquella tarde.
Alfredo vive allí y me invitó a pasar una semana o un fin de semana, lo que yo quiera. Puedo acampar o puedo dormir en su casa (la que construyó con lo que recolectaba en la ciudad; pidiendo lo que a otros sobraba, lo que estaban por tirar o lo que ya no usaban) y la idea me está gustando muchísimo. Pasar una semana allí, lejos de todo ruido y de toda conexión electrónica o de cualquier otro tipo ya me está despertando las sensaciones más primitivas, esas que nos impulsan a lo mínimo o a lo básico. Pasar una semana allí sólo leyendo y escribiendo es todo lo que puede llegar a pedirse, me digo y asiento, aunque esté solo en este momento.

 

 

Algunas imágenes (las dos anteriores y un par más; es decir, nada demasiado original). Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Teoría del yo

Teoría del viaje - Michel OnfrayHace varios meses me regalaron Teoría del viaje, este pequeño volumen de Michel Onfray del que hoy les traigo un breve fragmento. Como todos sabemos, hay libros que se nos vuelven esenciales por diversos motivos; para mí Teoría del viaje es uno de ellos. Desde el momento mismo en que lo recibí me adentré en él y he vuelto a hacerlo infinidad de veces (y seguiré haciéndolo, estoy seguro). Con un trasfondo filosófico inevitable —se trata, después de todo, de Michel Onfray— y con la delicadeza de la prosa poética, el filósofo francés despliega toda una serie de maravillosas y acertadas reflexiones sobre el viaje y el viajero. El fragmento que les dejo hoy reúne esas características:

“No se escogen los lugares predilectos, ser es requerido por ellos. En el registro elemental de los filósofos presocráticos, cada uno puede descubrirse portador de una pasión por el agua, la tierra o el aire, circulando el fuego por el cuerpo mismo del viajero. Los nómadas empedernidos proceden de un elemento que los recoge, los contiene, los anima y federa sus entusiasmos: el mar y las olas de los navegantes, las montañas y las llanuras de los caminantes, el éter y el azul de los aviadores, esos tres puntos cardinales orientan un movimiento sobre el globo en rotación bajo los dedos o sobre los mapas recorridos en su totalidad y escrutados al detalle”.

Me detengo en un par de detalles: al comienzo de la cita, Onfray no cae en el lugar común de invertir los términos para crear un mero juego de palabras. No dice “”No se escogen los lugares predilectos, ser es escogido por ellos”, que es lo que haría un mal escritor; sino que se es requerido por ellos. Esa sutileza marca, también, una diferencia en la idea en sí. El viajero es alguien que se adentra en el mundo, no alguien que va a la conquista de él (conquista que hoy en día se circunscribe a una mera fotografía). Después, luego de citar indirectamente a los filósofos presocráticos, Onfray nos distingue en viajeros de agua, de tierra o de aire (el fuego, por otra parte, es el formador de todo viajero). Esa división, más poética que científica, tampoco es descabellada. Jugando con ella me reconozco más cercano al agua que a cualquiera de los otros elementos, los cuales no por ello son dejados de lado, por supuesto; pero es el agua la que me ha detenido más tiempo a lo largo de mis viajes; es el agua la que me ha impulsado, a veces, a viajar hacia determinado sitio en detrimendo de otro.

Viajar

Dije que Teoría del viaje se ha transformado en uno de esos libros que nos resultan esenciales. Sé que voy a volver a él y que encontraré un nuevo fragmento que me resultará casi imposible de no compartir. Y es que la lectura también es un viaje que me resulta indispensable, y compartirlo es una forma de invitarlos a que viajen, aunque sea por un breve tiempo, conmigo.

Como Macedonio

Vincent van Gogh - La habitación de Arles

A veces me siento como Macedonio Fernández, ese tipo que escribía libros que nunca publicaba y que vivía en pensiones de mala muerte hasta que lo echaban por no poder pagar y entonces se iba a otro lugar hasta que volvían a echarlo y así hasta que un día se mudó al cementerio y de allí ya nadie lo echó más ni se molestó, siquiera, en visitarlo o ver cómo estaba.

Digo que así me siento porque desde que dejé todo en el pasado y me dediqué a caminar con lo puesto y poco más (siempre se hace necesario un cambio de ropa, al menos) no hago otra cosa que escribir libros que nadie lee y que posiblemente nadie leerá y me importa tanto eso como le importaba a Macedonio Fernández. Las tardes se suceden, los días pasan, las arrugas se multiplican, y eso es todo. Lo que pasó, pasó, y nadie puede revivirlo o darle otro sentido que el que tuvo en su momento. Intentar fijar las cosas es absurdo; intentar guardarlas en pedazos de cartulinas, en papel o en cualquier otro medio, también. No hay más que ver algunas fotografías viejas para darnos cuenta de que ninguna de las personas que fueron  retratadas en ellas están por aquí. Ni ellas ni lo que sintieron o pensaron, ni lo que quisieron o lo que atesoraron. Mucho menos sus sueños. Hasta es posible que estos hayan desaparecido mucho antes que ellos.

Por eso, como dice mi amigo Arturo, las únicas cosas que valen la pena en esta vida son los asuntos del amor y del conocimiento. No hay otra cosa que valga la pena; Macedonio lo sabía y yo lo aprendí no hace mucho. De allí que sólo sea suficiente con un libro para leer y una piel adecuada a la hora de dormir. Digo piel y no compañía porque aunque la diferencia entre ambas es sutil, no es menos precisa ni profunda esa diferencia.

¿Y la muerte? Pues la muerte… que se vaya al carajo.