Manual del pequeño anarquista

Para Carla

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Como bien se sabe, la filosofía es el arte de dudar de todo. Sé que es una definición por demás ceñida, pero creo que es válida y que sería refrendada por más de un filósofo concreto. Dudar de todo significa ser poseedor de un espíritu crítico e inconforme que lo impulsará siempre a buscar el trasfondo, la verdad, el sentido, la razón que subyace a todo. Claro, esto no siempre se conseguirá, pero siempre el camino andado habrá sido productivo. No hay forma de que alguien pueda sentir que ha perdido el tiempo si se ha dedicado a estudiar un tema determinado para comprenderlo o, mejor aún, para modificarlo.
Es entonces que tal vez el único camino para que podamos esperanzarnos en un futuro promisorio (pero no para nosotros, sino para quienes queden en nuestro lugar) sea empezar a enseñarles a los niños a dudar de todo. Enseñarles cómo son las cosas, pero enseñarles, sobre todo, que esas cosas pueden ser modificadas y que deben ser modificadas si no son correctas y válidas para todos por igual. No es una tarea complicada; los niños son inconformistas y nosotros sólo debemos dejar de hacer lo que estamos haciendo hoy: adocenándolos con base a una corrección política idiota que sólo los vuelve mediocres y repetitivos. Dejémoslos ser lo que realmente son: curiosos y rebeldes por naturaleza y tendremos a las nuevas generaciones fuertes y movilizadoras.
Claro, aquí hay dos problemas para los adultos y los viejos: deben ponerse a trabajar y, sobre todo, deben vencer su miedo ante un joven que piensa por sí mismo.

Un acto de amor

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Desde siempre, la escuela ha recibido críticas más o menos certeras; pero esa institución que parece sagrada para muchos, es una fábrica de adoctrinamiento en el mejor de los casos y un depósito de niños en el peor de ellos. En momentos como los que se viven actualmente alrededor del mundo todo, donde las pocas materias que podían ejercer un efecto beneficioso para los estudiantes, es decir, las materias humanísticas, están siendo abolidas en beneficio de aquellas materias que sólo prepararán empleados medianamente dotados, criticar al sistema educativo no es un acto vacío o dañino; por el contrario, es un acto de amor por el conocimiento en sí y por sí. No se está en contra de la escuela por capricho; se está en contra de la mala escuela, de la mala educación y del vaciamiento intelectual de nuestros niños.

“No hay, en general, nada en la tierra destinado a personas inocentes tan horrible como una escuela”. George Bernard Shaw.

“Es un error muy grave pensar que el goce de ver y buscar puede ser promovido por medio de la coerción y un sentido del deber”. Albert Einstein.

“No tengo la menor duda de que la escuela desarrolló en mí nada más que lo malo y dejó el bien intacto”. Edvard Grieg.

“Espero que todavía tengamos algunos brillantes niños de doce años que estén interesados en la ciencia. Debemos tener cuidado de no desanimar a nuestros niños de doce años, haciéndoles perder los mejores años de sus vidas preparándose sólo para los exámenes”. Freeman Dyson.

“La educación se ha convertido en uno de los principales obstáculos para la inteligencia y la libertad de pensamiento” y “Mi educación fue excelente hasta que me la interrumpió la escuela”. Bertrand Russell.

“La alimentación de cuchara a largo plazo nos enseña nada más que la forma de la cuchara”. E.M. Forster

Nadie, excepto nosotros

 

Animales“Cuando miramos las cosas, frecuentemente suponemos que cuando dos de ellas se parecen externamente deben ser similares internamente. Sin embargo, el sabio sabe que las apariencias no nos pueden decir cómo es algo por dentro. Algo puede parecerse a un humano y, no obstante, no ser tan inteligente como un humano; y algo puede no parecer humano y, sin embargo, ser tan inteligente como un ser humano.
Nosotros también tendemos a ser atraídos hacia cosas que se nos parecen y distanciarnos de aquellas que no se nos parecen. Cuando vemos algo de aproximadamente un metro setenta que camina sobre dos piernas, lo llamamos ser humano e inmediatamente nos sentimos amistosos con él. Cuando vemos algo que camina sobre cuatro patas, vuela o se arrastra, inmediatamente sentimos que es diferente de nosotros y tenemos miedo. Sin embargo, el sabio sabe que algunos animales son tan inteligentes y cariñosos como los seres humanos, y que algunos seres humanos son tan salvajes como animales. ¿Quién puede juzgar por las apariencias?
Los benefactores de la humanidad –la diosa Nu que nos creó, el sabio Sheng-nung que nos enseñó agricultura, y muchos de los maestros de la humanidad de la Antigüedad– no se aparecen en forma humana. Algunos tienen cuerpo de serpiente, otros tienen cabeza de toro, pero incluso hay otros que tienen alas y garras. Por otra parte, los tiranos que esclavizaron a los pueblos y mataron inocentes son humanos en apariencia. Así pues, ¿cómo podéis juzgar algo simplemente por su apariencia?
Realmente, los animales son muy semejantes a los seres humanos. Saben cómo cuidarse, se aparean, cuidan a sus crías, evitan el peligro y buscan calor y cobijo. Cuando viajan, los fuertes protegen a los jóvenes. Algunos otean el agua, otros encuentran las pistas y algunos vigilan el peligro. ¿No es esto lo que los seres humanos inteligentes hacen?”

Todo esto, que tan bonito y actual suena y que a cualquiera le gustaría firmar con su propio apellido de tan simple y evidente que es, parece sacado de una moderna defensa de los derechos de los animales; pero la verdad es que está tomado del Tratado del vacío perfecto, clásico taoísta escrito entre la dinastía Han y la dinastía Chin (entre el 200 – 400 d.e.c.) por Lie Tse.

Lie Tse

Eso significa que este libro tiene sobre sus espaldas alrededor de 1700 años. Suele sucederme que, al encontrarme con textos como este, de inmediato me pongo a pensar en esa forma de la excusa que solemos usar de manera muy  amplia y acrítica: “Bueno, es que en esos tiempos…” Ya vemos que eso no funciona. Si alguien podía decir esto en aquella época (al menos en oriente, porque en occidente habíamos empezado a revolcarnos en la barbarie con renovado y brutal regocijo) es que la verdad nunca fue tan difícil de ver. Eso también nos indica que nuestra propia brutalidad no se la podemos endilgar a ninguna persona en ninguna época: nuestro tiempo es brutal y nosotros estamos en él sin poder echarle la culpa a nadie, excepto a nosotros mismos.

La fastidiosa tarea

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No hace mucho que dejé por aquí una cita que tenía más de 150 años y que parecía tan fresca y actual como cualquiera dicha por el analista social de moda. Hoy les dejaré una cita que tiene las mismas características, pero que tiene nada menos que 232 años de antigüedad:

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su  inteligencia sin la guía del otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. La pereza y la cobardía son la causa de que una parte tan grande de los hombres continúe en su estado de pupilo ¡Es tan cómodo no estar emancipado! Tengo a mi disposición un libro que me presta su inteligencia, un cura de almas que me ofrece su conciencia, un médico que me prescribe las dietas, etc., etc., así que no necesito molestarme. Si puedo pagar no me hace falta pensar: ya habrá otros que tomen a su cargo tan fastidiosa tarea”.

El texto pertenece a Immanuel Kant y fue escrito en 1784 y no hace falta ahondar demasiado para establecer los nexos con la actualidad. El hombre de hoy sigue tan feliz en su cómodo estado de «pupilo» como antaño. El hombre de hoy vota y pretende que el presidente arregle todos los problemas, como si él no fuese parte de la sociedad en la que vive; pretende que los científicos solucionen todos los problemas del cambio climático y curen todas las enfermedades pero sin tener que hacer ningún esfuerzo para ayudar en esa tarea; pretende ganarse el cielo mediante limosnas, nunca mediante el acto bondadoso o moral; pretende, además, que cualquier tontería que sale de su boca tenga el mismo status que la palabra autorizada del sabio o del estudioso. Eso lo sabía Kant hace doscientos años y parece que lo seguirá sabiendo dentro de otros doscientos. Mientras tanto, el pupilo eterno mirará la TV mientras cree que piensa o piensa que cree.

Un vaso de agua, por favor. Deslactosada, descafeinada y deshidratada.

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No puedo decirlo de otro modo: odio a la puta modernidad. Ya no se puede acceder a nada que sea puro, que sea algo en sí mismo; todo tiene que tener un agregado, un extra, un añadido. Antes de comprar algo hay que leer cada etiqueta con detenimiento ya que todo tiene, posiblemente, algo que lo modifica de alguna manera. Antes, por ejemplo, se compraba leche. Ahora hay que optar por leche entera, semidescremada, descremada, light, deslactosada. También hay café con leche y dentro de esta variedad tenemos café con leche clásico, sin azúcar, con vainilla. El viejo y simple café se ha transformado en un una búsqueda incesante entre café tradicional,  descafeinado, café con vainilla (me gustaría conocer a algún degenerado que prefiera el café con vainilla. Si el producto existe es porque existe el comprador ¿no?), capuccino, capuccino light, macciato, expresso, americano… La verdad es que ir a un supermercado, además de violento (me remito a Herbert Marcuse al decir esto) es cansador. Ahora, la última moda: el agua. Sí, el agua ahora viene saborizada y hay marcas más saludables o ¡sorpresa de sorpresas! más ricas que otras.

Si seguimos así dentro de poco, antes de ir a hacer las compras vamos a tener que tomar un curso de química o algo por el estilo.

La mitad invisible.

Acabo de levantarme y, junto con el café, encuentro esto:

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Facebook, como siempre, el adalid de lo políticamente correcto (Salvo en el caso de Haití, claro ¿Han visto a alguien poner una banderita haitiana en su foto de perfil? ¿Han recibido alguna notificación de “Pray for Haiti”? ¿No? ¿Vieron qué poquito vale un negro si además es pobre? Sigamos. ¿En serio existe un “Día internacional de la Niña”? Me pregunté y fui a cerciorarme de que es así y encontré que sí, que es así nomás.

Escribo y reescribo este párrafo una y otra vez y nunca queda bien. Voy del insulto a la reflexión y nada explica con precisión lo que quiero decir. Entre el enojo y la impotencia debe haber un punto en el cual lo que quiero expresar está bien claro, pero no lo encuentro; ese punto me está resultando demasiado esquivo. Y es que no, no puedo creer que exista un “Día internacional de la Niña”, olvidando o dejando (con plena conciencia, claro está) a la mitad de la población más sufriente de lado. LOS NIÑOS, todos ellos, son el grupo más golpeado, abusado, maltratado y explotado sobre la faz de la Tierra ¿Y resulta que ahora, por el simple hecho de tener un pene entre las piernas la mitad de ellos se vuelve invisible?Estamos hablando de 550 millones de niños. Es decir: 550.000.000 ¿Se entiende? Quinientos-cincuenta-millones. Carajo, ya ni sé en qué idioma hablar.

Lo políticamente correcto ha dejado de ser una idea idiota o lamentable para convertirse en algo peligroso. Al igual que la religión, la publicidad, la política y la TV, lo políticamente correcto es sólo una herramienta más para idiotizar a una masa a la que ya tienen más que idiotizada desde tiempos inmemoriales. En lugar de hablar y de luchar por una igualdad real lo que se está haciendo es separar cada vez más a los diferentes grupos sociales. Claro está, en esta separación siempre quedamos del mejor lado ¿no?

La cifra de niños que muere de hambre por año varía según la oficina a la que golpeemos la puerta; pero ronda los tres o cuatro millones. Es decir unos diez mil al día o, si quieren, uno cada diez segundos. Eso significa que mientras leyeron esto, murieron tres, tal vez cuatro niños por hambre; y ahora resulta que la mitad de ellos se ha vuelto invisible por ser, además, niños y no niñas; varoncitos, como se dice. 

Mierda de mundo.

Todos somos súper cultos ¿O no?

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Desde hace mucho tiempo vengo escuchando la misma frase de boca de diferentes personas, lo curioso es que la frase, siendo la misma, parece ser un mantra con un sentido que va más allá de quienes la pronuncian. Casi no tiene variantes y se pronuncia del siguiente modo: Lo único que puede cambiar a nuestro país es la educación. Bien, todos de acuerdo con ello, por lo visto. El único problema es que esa frasecita la dicen, generalmente, personas que no agarran un libro ni por casualidad, que no piensan ni aunque les paguen y que no saben qué es lo que están diciendo ni por asomo. No hay más que preguntarles algo como ¿De qué tipo de educación hablas? Seguramente no podrán ir más allá de otras frases hechas e igualmente huecas: “Hablo de ir a la escuela; de estudiar, de…” Como si los hijos de puta fuesen todos analfabetas o como si los políticos, los corruptos, los abogados, los policías o quien fuere no hubiese pisado nunca un aula. La escuela no es la solución para todo; aunque, claro está, es fundamental para muchos aspectos de la vida actual (aclaración necesaria cuando se habla de estos temas; no va a faltar el que diga que me opongo a la educación básica). Lo más difícil de la educación no es enseñarle a la gente a leer y escribir; eso es lo más fácil (es lo que necesitan las empresas para obtener mano de obra ligeramente calificada); lo más difícil es enseñar a pensar, a discriminar, a analizar, a crear. Ésa es la verdadera educación que libera y no es, precisamente, la que se enseña en un aula. Tan así es esto que precisamente cualquier persona puede decir “Lo único que puede cambiar a nuestro país es la educación” sin entender que no es ella misma el ombligo del mundo ni, mucho menos, que es el mejor ejemplo de aquello que intenta expresar con palabras que no entiende.