Lecturas ligeras y lectores pesados

Biblioteca de playa

Hace un par de días hablaba con una amiga de allende el Atlántico sobre las “lecturas difíciles” según el grueso de la opinión pública. Ella nombró a El nombre de la rosa como una de los libros que le habían encantado pero que, en general, recibían el mote de “pesados”. Eso me llevó a pensar en una costumbre argentina (aunque supongo que lo mismo ocurre en otras latitudes de nuestro planeta; estas “costumbres” están digitadas desde la industria, así que no me extrañaría que ustedes certifiquen que lo mismo ocurre por donde viven. De todos modos, uno debe hablar de lo que sabe, así que me limito a lo que conozco); decía sobre una costumbre argentina habitual una vez al año: las “lecturas de verano”.

Y es que se supone que en el verano la gente “no quiere nada complicado”; entonces las lecturas para la playa deben ser novelas ligeras o cuentos sin muchas palabras difíciles, no vaya a ser cosa que el lector se indigeste con un pensamiento o dos.

Biblioteca de playa (2)¿Qué tiene de malo leer a Nietzsche o a Carpentier en la playa? Me pregunto y, aunque sé la respuesta, me quedo esperando que alguien, al menos una vez, intente responderla con los argumentos opuestos. Claro que no tiene nada de malo; pero el asunto va por otro lado. El asunto es que la gente a la que no le gusta pensar no va a hacerlo nunca, pero debe justificar esa nulidad de alguna manera; es entonces que se curan en salud y ya antes de ir a comprar un libro largan esa frase vacía: “No quiero nada complicado, sólo algo para relajarme… estamos en verano ¿no?”

Tengo la sensación de que quienes buscan lecturas fáciles tienen el hábito de pensar fácil; y que muchas veces el libro de playa es el sustituto de la TV. Como no pueden llevarse el aparato al mar y como no pueden mantener quieta la mente un segundo (¡Horror de horrores! ¡Estar en soledad con uno mismo!) intentan fugarse de alguna manera. De allí que una novela de Sidney Sheldon les sea más conveniente que una de William Faulkner. Alguna vez habría que escribir un ensayo titulado La incompatibilidad del Premio Nobel con el sílice y el aire salado.

Vale la pena

Si bien hablar en estos días de hacer la revolución es algo que sabe más a anacronismo que a posible realidad, hay pequeñas rebeldías que bien pueden ocupar su lugar y ser, también, muy efectivas.

Por definición, revolución significa «Cambio violento y radical en las instituciones políticas de una sociedad» o también «Cambio brusco en el ámbito social, económico o moral de una sociedad». Es entonces que no es necesario convertirse en un Robespierre para ser revolucionario; ya que todo aquello que implique un cambio en el estado de las cosas, lo es de algún modo.

images

Por ejemplo, en un mundo donde lo vulgar se a enseñoreado de todos los ámbitos y donde lo primero que se prostituye es el lenguaje (prostituir el lenguaje es esencial para poder dar los pasos siguientes) hablar bien ya es un acto de rebeldía. Lo mismo puede aplicarse al arte o, por sobre todas las disciplinas, al pensamiento. Alguien podrá decir que estos son cambios mínimos; pero si prestan atención a su entorno van a ver cómo estos aspectos de la vida diaria marcan una gran diferencia.

Todo esto que trato de decir de una manera por demás torpe (hay veces en que no se puede ser breve si uno quiere argumentar como corresponde) viene a colación porque, desde hace un tiempo vengo preguntándome: ¿Vale la pena hacer la revolución cuando muchos que nunca van a luchar van a ser partícipes de los beneficios? Y esta pregunta surgió porque alguien a quien debo ver todos los días vive en un mundo pequeñito de egoísmos y mediocridades. Es un hombre (si es que a eso puede llamárselo hombre) de unos treinta y tantos años que le tiene miedo a todo y que, como dije, vive en su pequeño mundo de mezquindades varias. Él es sólo un ejemplo de otros muchos hijos dilectos de este mercantilismo absurdo que nos rodea; el cual tiene por objetivo marcar la individualidad antes que lo colectivo; el egoísmo del yo antes que la colectividad del nosotros.

Entonces a la pregunta ¿Vale la pena hacer la revolución cuando muchos que nunca van a luchar van a ser partícipes de los beneficios? Respondo que sí. Sí vale la pena y por varios motivos: porque es una obligación moral; porque aunque esta y otras personas se beneficien de logros por los que nunca lucharon hay otros que sí se los merecen y que nunca tuvieron la oportunidad, siquiera, de haber podido comenzar a luchar; y por último, porque sí; porque lo que está mal está mal y punto, y ante eso no tenemos otra opción que actuar.

Vuelvo al punto primero: tal vez un principio pueda ser el hablar bien, el actuar bien, el pensar bien. No hace falta volverse el Che Guevara y salir a pelear con una bandera roja; aunque pensándolo bien, eso tampoco nos vendría nada mal ¿No?

17759884_1680049018679120_3581618123526977437_n

La ilusión del individuo

0004853525_10

El tema de la locura ha sido tomado en cuenta, sobre todo, desde los impecables análisis de Michel Foucault; pero hay otro tipo de locura que nos rodea en todo momento y a la cual consideramos, cada vez más, como normalidad. De esa extraña forma de insania nos habló ya Aldous Huxley en su Nueva visita a Un mundo feliz; libro en el que analiza —veintiséis años después— los alcances sociales y políticos de su famosa novela. Al respecto, Huxley nos dice: “Donde cabe hallar a las víctimas realmente incurables de la enfermedad mental es entre quienes parecen los más normales. Muchos de ellos son normales porque se han ajustado muy bien a nuestro modo de existencia, porque su voz humana ha sido acallada a edad tan temprana de sus vidas que ya ni siquiera luchan, padecen o tienen síntomas, en contraste con lo que al neurótico sucede. Son normales, no en lo que podría llamarse el sentido absoluto de la palabra, sino únicamente en relación con una sociedad profundamente anormal. Su perfecta adaptación a esa sociedad anormal es una medida de la enfermedad mental que padecen. Estos millones de personas anormalmente normales, que viven sin quejarse en una sociedad a la que, si fueran seres humanos cabales, no deberían estar adaptados, todavía acarician “la ilusión de la individualidad”, pero de hecho han quedado en gran medida desindividualizados”.

No están todos los que son ni son todos los que están; eso ya lo sabemos. ¿A cuántas personas conocemos que tienen estas características que nos señala Huxley? Y más importante aún: ¿Cuántas veces nosotros mismos actuamos dentro de estos parámetros?

La sociedad condenada

corrupcion

En una de sus más bellas novelas, La rebelión de Atlas, Ayn Rand escribe “Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada.”

Bueno, si hablamos de sociedades condenadas, creo que no hay muchas que puedan quedar por fuera de este diagnóstico. Las cuento y veo que tal vez me sobren dos dedos, cuanto mucho.

Manual del pequeño anarquista

Para Carla

anarquismo

Como bien se sabe, la filosofía es el arte de dudar de todo. Sé que es una definición por demás ceñida, pero creo que es válida y que sería refrendada por más de un filósofo concreto. Dudar de todo significa ser poseedor de un espíritu crítico e inconforme que lo impulsará siempre a buscar el trasfondo, la verdad, el sentido, la razón que subyace a todo. Claro, esto no siempre se conseguirá, pero siempre el camino andado habrá sido productivo. No hay forma de que alguien pueda sentir que ha perdido el tiempo si se ha dedicado a estudiar un tema determinado para comprenderlo o, mejor aún, para modificarlo.
Es entonces que tal vez el único camino para que podamos esperanzarnos en un futuro promisorio (pero no para nosotros, sino para quienes queden en nuestro lugar) sea empezar a enseñarles a los niños a dudar de todo. Enseñarles cómo son las cosas, pero enseñarles, sobre todo, que esas cosas pueden ser modificadas y que deben ser modificadas si no son correctas y válidas para todos por igual. No es una tarea complicada; los niños son inconformistas y nosotros sólo debemos dejar de hacer lo que estamos haciendo hoy: adocenándolos con base a una corrección política idiota que sólo los vuelve mediocres y repetitivos. Dejémoslos ser lo que realmente son: curiosos y rebeldes por naturaleza y tendremos a las nuevas generaciones fuertes y movilizadoras.
Claro, aquí hay dos problemas para los adultos y los viejos: deben ponerse a trabajar y, sobre todo, deben vencer su miedo ante un joven que piensa por sí mismo.

Un acto de amor

505469367

Desde siempre, la escuela ha recibido críticas más o menos certeras; pero esa institución que parece sagrada para muchos, es una fábrica de adoctrinamiento en el mejor de los casos y un depósito de niños en el peor de ellos. En momentos como los que se viven actualmente alrededor del mundo todo, donde las pocas materias que podían ejercer un efecto beneficioso para los estudiantes, es decir, las materias humanísticas, están siendo abolidas en beneficio de aquellas materias que sólo prepararán empleados medianamente dotados, criticar al sistema educativo no es un acto vacío o dañino; por el contrario, es un acto de amor por el conocimiento en sí y por sí. No se está en contra de la escuela por capricho; se está en contra de la mala escuela, de la mala educación y del vaciamiento intelectual de nuestros niños.

“No hay, en general, nada en la tierra destinado a personas inocentes tan horrible como una escuela”. George Bernard Shaw.

“Es un error muy grave pensar que el goce de ver y buscar puede ser promovido por medio de la coerción y un sentido del deber”. Albert Einstein.

“No tengo la menor duda de que la escuela desarrolló en mí nada más que lo malo y dejó el bien intacto”. Edvard Grieg.

“Espero que todavía tengamos algunos brillantes niños de doce años que estén interesados en la ciencia. Debemos tener cuidado de no desanimar a nuestros niños de doce años, haciéndoles perder los mejores años de sus vidas preparándose sólo para los exámenes”. Freeman Dyson.

“La educación se ha convertido en uno de los principales obstáculos para la inteligencia y la libertad de pensamiento” y “Mi educación fue excelente hasta que me la interrumpió la escuela”. Bertrand Russell.

“La alimentación de cuchara a largo plazo nos enseña nada más que la forma de la cuchara”. E.M. Forster

Nadie, excepto nosotros

 

Animales“Cuando miramos las cosas, frecuentemente suponemos que cuando dos de ellas se parecen externamente deben ser similares internamente. Sin embargo, el sabio sabe que las apariencias no nos pueden decir cómo es algo por dentro. Algo puede parecerse a un humano y, no obstante, no ser tan inteligente como un humano; y algo puede no parecer humano y, sin embargo, ser tan inteligente como un ser humano.
Nosotros también tendemos a ser atraídos hacia cosas que se nos parecen y distanciarnos de aquellas que no se nos parecen. Cuando vemos algo de aproximadamente un metro setenta que camina sobre dos piernas, lo llamamos ser humano e inmediatamente nos sentimos amistosos con él. Cuando vemos algo que camina sobre cuatro patas, vuela o se arrastra, inmediatamente sentimos que es diferente de nosotros y tenemos miedo. Sin embargo, el sabio sabe que algunos animales son tan inteligentes y cariñosos como los seres humanos, y que algunos seres humanos son tan salvajes como animales. ¿Quién puede juzgar por las apariencias?
Los benefactores de la humanidad –la diosa Nu que nos creó, el sabio Sheng-nung que nos enseñó agricultura, y muchos de los maestros de la humanidad de la Antigüedad– no se aparecen en forma humana. Algunos tienen cuerpo de serpiente, otros tienen cabeza de toro, pero incluso hay otros que tienen alas y garras. Por otra parte, los tiranos que esclavizaron a los pueblos y mataron inocentes son humanos en apariencia. Así pues, ¿cómo podéis juzgar algo simplemente por su apariencia?
Realmente, los animales son muy semejantes a los seres humanos. Saben cómo cuidarse, se aparean, cuidan a sus crías, evitan el peligro y buscan calor y cobijo. Cuando viajan, los fuertes protegen a los jóvenes. Algunos otean el agua, otros encuentran las pistas y algunos vigilan el peligro. ¿No es esto lo que los seres humanos inteligentes hacen?”

Todo esto, que tan bonito y actual suena y que a cualquiera le gustaría firmar con su propio apellido de tan simple y evidente que es, parece sacado de una moderna defensa de los derechos de los animales; pero la verdad es que está tomado del Tratado del vacío perfecto, clásico taoísta escrito entre la dinastía Han y la dinastía Chin (entre el 200 – 400 d.e.c.) por Lie Tse.

Lie Tse

Eso significa que este libro tiene sobre sus espaldas alrededor de 1700 años. Suele sucederme que, al encontrarme con textos como este, de inmediato me pongo a pensar en esa forma de la excusa que solemos usar de manera muy  amplia y acrítica: “Bueno, es que en esos tiempos…” Ya vemos que eso no funciona. Si alguien podía decir esto en aquella época (al menos en oriente, porque en occidente habíamos empezado a revolcarnos en la barbarie con renovado y brutal regocijo) es que la verdad nunca fue tan difícil de ver. Eso también nos indica que nuestra propia brutalidad no se la podemos endilgar a ninguna persona en ninguna época: nuestro tiempo es brutal y nosotros estamos en él sin poder echarle la culpa a nadie, excepto a nosotros mismos.