Escribir bien, pensar bien, obrar bien

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Como si hiciera falta alguna prueba más de la necesidad de una educación multidisciplinar en la sociedad actual, encuentro este pasaje en una novela que, a pesar de ser de principios del siglo XX, aún habla (tal como corresponde a una verdadera obra de arte) a los hombres de todas las épocas. Se trata de un fragmento de La montaña mágica, de Thomas Mann:

«—Ustedes han tenido en su país —dijo Settembrini—, ustedes tuvieron, hace dos siglos, un poeta, un admirable viejo conservador que concedía una gran importancia a la bella caligrafía, pues creía que conducía al bello estilo. Hubiera tenido que ir un poco más lejos y decir que un estilo bello conduce a las bellas acciones. Escribir bien es casi ya pensar bien, y de esto no hay mucha distancia a obrar bien. Toda civilización y todo perfeccionamiento moral ha salido del espíritu de la literatura, que es el alma de la dignidad humana y que es el espíritu de la política… Sí, todo eso no hace más que uno, no hace más que una sola y misma idea de potencia y es con un solo nombre que se puede reunir todo.

            ¿Cuál era ese nombre? Ese nombre se componía de sílabas familiares, era la palabra: Civilización. Y al dejar caer esa palabra de sus labios Settembrini alzaba su pequeña mano derecha amarillenta, como quien quiere brindar».

 

Settembrini, ese maravilloso personaje secundario que marca una ruptura en el texto cada vez que aparece, dice algo que de tan obvio pasa desapercibido: el conocimiento está tan interrelacionado que no puede haber civilización sin cultura. Hoy, que todo tiene que pasar por la productividad más desbocada, deberíamos recordar que lo que nos hace humanos es la educación, la cultura, el arte; no el tamaño de nuestra televisión o el cargo que tenemos en una empresa.

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El arte de vender vacío (involuntaria parte II)

 

A raíz de la entrada anterior (Miniso o el arte de vender vacío), encontré que el artista con el que abrí la entrada y con el cual ejemplifiqué las ideas de Buyng-Chul Han, es decir, Jeff Koons se ha convertido en el artista vivo que ha vendido una de sus obras a mayor precio. La obra en cuestión es la siguiente (y una pregunta: ¿cuánto pagarían por esta obra de 104 centímetros de un conejo de acero que remeda a un conejito inflable?)

 

Koons

 

Pues en Christie’s, New York, la obra se vendió, hace unos diez días, en 91 millones de dólares. ¿Absurdo? Pues sí, sin duda alguna ¿Pero qué esperaban de esta modernidad donde, tal como dije en la entrada anterior, prevalece todo aquello que carezca de cualquier característica personal, diferenciada, compleja, interesante? Pues no podemos más que reconocer que el absurdo gana terreno a pasos agigantados y que lo peor de todo es que ni siquiera podemos criticar nada de lo que sucede. Otra característica de estos tiempos es que enseguida aparece cualquier posmoderno trasnochado, de esos que no entienden la diferencia entre crítica y maledicencia y nos conmina a callarnos la boca porque alguien puede sentirse violentado; así que no podré decir que considero a alguien que gasta 91 millones de dólares en un conejo brillante como un imbécil. No, yo no lo dije. Pero lo pienso.

Miniso o el arte de vender vacío

 

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Jeff Koons

 

En La salvación de lo bello, Byung-Chul Han analiza cómo el concepto de belleza es entendido en la actualidad. Allí dice que hoy lo que prevalece es lo pulido, lo pulcro, lo suave, lo brillante, lo liso. Ésa es la característica de nuestro tiempo y, como toda característica temporal, se extiende a los conceptos; en este caso, el concepto de belleza. Podríamos ejemplificar esto con el arte de Jeff Koons, por ejemplo; o con la extendida práctica de la depilación definitiva. Todo esto no es más que el imperativo de la positividad que impera en el siglo XXI; ya que ni lo liso ni lo pulido, dañan. La estética dominante se basa en la capacidad de amoldarse, de no resistir y no se limita a las superficies exteriores. La comunicación actual, por ejemplo, es igual de pulida que el exterior de nuestros teléfonos. Los mensajes son anodinos, amables, correctos y positivos. No hay que molestar al prójimo de ninguna manera. Todo debe ser light y los me gusta cumplen con esa normativa a la perfección.

Hace un par de meses abrió en Morelia una tienda llamada Misino, la cual es el ejemplo perfecto de lo que nos dice Byung-Chul Han. Lo primero que me llamó la atención fue un afiche de propaganda, al que de inmediato le tomé una foto. Algo que vengo diciendo desde hace tiempo (pero que no tocaré aquí porque merece su propio espacio) es que ahora nadie parece esconderse para hacer lo que antes era motivo de vergüenza. Por ejemplo el afiche en cuestión es éste:

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¿Pero es que nadie se da cuenta de lo que les están diciendo? Me pregunté en aquel momento y, al mirar a mi alrededor vi que no, que nadie se daba cuenta y que no les importaba en lo más mínimo. «Entré a Miniso buscando una cosa. Salí con seis, bueno ocho. OK, ya, diez» y luego el inevitable hashtag: #nosabiaquelonecesitaba. Eso es: no sabías que lo necesitabas porque realmente no lo necesitabas. Y es que eso es lo que vende Miniso: cosas innecesarias o, si lo son, cosas que pueden encontrarse en cualquier otra tienda cinco veces más baratas. Miniso es la quintaesencia de la modernidad: venden basura innecesaria y cara; pero… bonita. Sí, todo en Miniso es bonito. Y también todo es pulido, pulcro, suave, brillante, liso.

También Miniso miente, por supuesto; y no sólo lo hace en sus carteles publicitarios. También lo hace en su página web, donde leo: « En MINISO creemos que la naturaleza tiene un poder mágico; disfrutamos de lo que la naturaleza nos brinda, aprendemos y creamos a partir de ella. Debido a esto, perseguimos una filosofía de vida simple y natural, diseñamos y fabricamos productos excelentes a precios honestos, teniendo en cuenta los recursos de la tierra, el medio ambiente y el reciclaje. En MINISO dejamos de lado todo aquello que es extravagante y antinatural para volver a los simple y lo sencillo». Una burda mentira de cabo a rabo. Alguien que fabrica cosas innecesarias no puede decir que está preocupado por el medio ambiente. Alguien que vende un bolígrafo a ocho veces el precio regular no puede hablar de «precios honestos».

 

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Ahora esa empresa acaba de abrir una tienda en pleno centro de Morelia. Ayer fui allí a verificar unas cosas para poder escribir esta entrada y, al salir, el empleado —un joven de poco más de veinte años, como todos los empleados de esta tienda— me saluda con un arigato que fue la cereza sobre el postre. No solo a estos chicos les deben pagar dos pesos, sino que, además, los hacen saludar en un idioma extranjero y en una situación absurda aunque, eso sí, pulida, lisa, brillante. ¡Viva la modernidad!

El eterno encanto del animal consciente

 

Borges decía que uno podía toparse con la poesía en cualquier momento y en cualquier circunstancia. En una conversación callejera, por ejemplo, una persona cualquiera podía dejar caer un verso maravilloso sin ser consciente, siquiera, del valor de lo que había dicho. Es por eso (no recuerdo si esto lo dijo Borges o si es una conclusión lógica de lo anterior) que hay que estar atentos a lo que oímos por aquí o por allá, ya que nunca sabremos cuándo la belleza o el asombro se harán presentes.

Hace un par de días me pasó, precisamente, eso (el párrafo anterior y los que siguen nacieron gracias a ese encuentro fortuito, por supuesto). Conversaba con una querida amiga y yo le dije algo así como «eres demasiado buena persona» (hablábamos de cómo nos movemos en sociedad); a lo que ella respondió de inmediato: «No, soy un animal que toma decisiones conscientes».

 

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Esas palabras me remitieron a una novela que acado de terminar hace unos días: La peste, de Albert Camus. En ella nos encontramos con uno de los problemas básicos del ser humano: la empatía, el otro, y, por sobre todas las cosas, en cómo actuamos o actuaríamos nosotros mismos bajo esas circunstancias. Camus opta por el humanismo puro, por encontrar lo mejor de nosotros en esas circunstancias tan apremiantes. Es así que los personajes dejan a un lado lo peor de sí para volcarse al trabajo comunitario, al apoyo al otro, al trabajo colectivo. ¿Qué es entonces un verdadero ser humano? Pues aquel que olvida lo más básico de sí para hacer lo correcto; es decir, lo que dijo mi amiga: «Un animal que toma decisiones conscientes». Veamos lo mismo dicho por Camus:

Camus 01«Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas, y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible estar con las plagas. Esto puede parecerle un poco simple y yo no sé si es simple verdaderamente, pero sé que cierto. […] Entonces, tomé el partido de hablar y obrar claramente, para ponerme en buen camino. Así que afirmo que hay plagas y víctimas, y sólo eso. Si al decir esto me convierto yo también en plaga, por lo menos será contra mi voluntad. Trato de ser un asesino inocente. Ya ve usted que no es una gran ambición».

«Claro que tiene que haber una tercera categoría: la de los médicos de verdad, pero de éstos no se encuentran muchos porque debe ser muy difícil. Por esto decido ponerme del lado de las víctimas, para evitar estragos. Por lo menos, entre ellas voy viendo cómo se llega a la tercera categoría, es decir, a la paz».

«Para concluir, Tarrou se quedó balanceando una pierna y dio golpecitos con el pie en el suelo de la terraza. Después de un silencio, el doctor se enderezó un poco y preguntó a Tarrou si sabía cuál camino había que coger para llegar a la paz.
—Sí, la simpatía».

 

Aquellos que no podemos ser médicos de verdad podremos, al menos, intentar el camino de la simpatía; es decir, ser, al menos, ser animales que toman decisiones conscientes. Eso, en el mundo de hoy, no es poca cosa.

Ninguno de ellos

 

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«Creo que podría transformarme y vivir con los animales.
¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos!
Me paro a contemplarlos durante tiempo y más tiempo.
No sudan ni se quejan de su suerte,
no se pasan la noche en vela, llorando por sus pecados,
no me fastidian hablando de sus deberes para con Dios.
Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas.
Ninguno se arrodilla ante otro, ni ante los congéneres que vivieron hace miles de
años.
Ninguno es respetable ni desgraciado en todo el ancho mundo».

Walt Whitman – Hojas de hierba y Selección de prosas (Canto a mí mismo. 32).

 

Que sirva este fragmento del maravilloso Whitman como corolario a la entrada anterior, El poder de la lágrima fácil. Un hombre debe hacer lo que un hombre debe hacer, dice el saber popular y, lejos esta postura mía del machismo más acendrado (cualquiera que me conozca mínimamente sabrá que me encuentro a años-luz de esa posición), sólo quiero hacer un elogio de la responsabilidad; del amor propio; del coraje como fundamento de una vida madura. «Ninguno es respetable ni desgraciado en todo el ancho mundo» dice Whitman de los animales sabiendo, mejor que nadie, que nosotros somos sólo uno más del conjunto. Deberíamos comportarnos como tales.

El poder de la lágrima fácil

 

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Cuentan que hace tiempo atrás existía algo que se llamaba intimidad. Se dice que en este ámbito las personas solían llevar a cabo ciertas actividades que por alguna razón particular no debían ser vistas por los demás. A veces estas razones eran el decoro; otras veces era la privacidad de ciertos temas; a veces sólo se trataba de buen gusto; la cuestión era que ciertas cosas sólo se hacían en privado y lejos de la mirada indiscreta de la masa. Hoy, en cambio, cuando todo debe ser expuesto de la manera más flagrante posible, ese ámbito que, me dicen, se llama intimidad ha desaparecido (extinguido, podríamos decir para usar un término moderno, aunque nadie parece extrañarlo demasiado ni sentir pesar alguno por su ausencia como sucede con otras especies extintas).

Entre esos actos que se llevaban a cabo en la intimidad (con lo que me gusta esta palabra… ustedes disculpen, pero seguiré usándola a lo largo de todo el texto) figuraba, como uno de los principales, el llanto. Y más si se trataba de un hombre… (otra figura en peligro de extinción). Sin embargo ahora no sólo está bien llorar en público, sino que se hace necesario hacerlo en cada oportunidad que sea posible; y si bien lo primero no tiene nada de malo, lo segundo es bastante lamentable. Pongo un ejemplo: un programa de televisión donde unos tipos que viven levantando pesas y ejercitándose durante diez horas al día compiten por ver quién es el más fuerte, el más ágil, el más potente. Bien,  lo que me llama la atención es que antes de entrar a la arena todos llorarán frente a la cámara. Uno porque es padre soltero, el otro porque perdió a un amigo en Afghanistán, el otro porque venció al cáncer… por la razón que sea, todos lloran. Después hacen gala de un nivel de testosterona que bien podría igualar al de un elefante macho en plena época de apareamiento; pero primero deben demostrar que son, sobre todo, sensibles.

 

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Y aunque sé que me encuentro en franca minoría cuando hablo de estas cosas, seguiré diciendo que si veo a alguien realizando una tarea, sólo quiero que esa tarea sea llevada a cabo de la mejor manera posible y nada más. Hoy todo tiene que pasar por la lágrima fácil, para así conmover a un espectador que parece más un recipiente hueco que un ente sólido y firme en sí mismo. Veo un programa de cocina. Antes de ponerse a trabajar a los cocineros les pasan unos videos de sus familiares y… ¡hala! todo el mundo a moquear como dios manda.

Y este estado de debilidad viene de la mano con muchos otros también modernísimos. Por ejemplo: un grupo de personas está en medio de, digamos, la selva para probar su resistencia. Quien pase más tiempo allí serpa el ganador. No falta el que a la semana se pone a llorar porque extraña a la familia. ¡A la semana! Y yo pienso ¿y qué le pasaría a este imbécil si tuviese que trabajar en una mina o en un barco pesquero de altura o si estuviese en una base antártica o si fuese un camionero que debe cruzar el país de límite a límite?

 

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El mundo se cae a pedazos y uno extraña a esos viejos nuestros, esos que quedaban viudos a corta edad y aún así se levantaban cada mañana a acarrear agua de un pozo, criar a sus hijos y además salían a trabajar en medio del barro sin elevar jamás una queja. No estoy diciendo que esos tiempos eran mejores, sólo digo que esas actitudes eran mejores; digo que, en algunos aspectos, ellos eran mejores. Hoy, que la mayoría tiene todo al alcance de su mano lo único que parecen haber descubierto es la forma más fácil de manipular al resto por medio de esa lágrima fácil que no sólo lava las conciencias sino, sobre todo, también el buen gusto.

 

Sin rebelión en la granja

 

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Encendemos nuestra computadora o nuestro teléfono inteligente y allí está ese comentario que nos enoja o que nos encanta. Lo subió un amigo al que nunca hemos visto, el cual lo compartió de otro amigo, el cual… ¿Quién creó ese texto? no lo sabemos y la verdad es que no nos importa. Nos enoja o nos encanta y con eso tenemos suficiente. lo copiamos o lo reenviamos y nos transformamos en un nexo más entre el texto y el siguiente lector. El nivel de masificación al que hemos llegado en nuestros días es tal que un simple tweet de un usuario puede llegar literalmente a cientos de miles de personas en segundos. Pero parte del anonimato de Internet propicia que los movimientos en redes sociales no sean siempre perpretados por humanos. Países como Rusia o Estados Unidos han usado diversos engaños de esta clase para cambiar la opinión de la gente e influir especialmente en comicios electorales. Sólo hay que pasarse por un tweet para darse cuenta de cómo: granjas de clicks repletas de smartphones para generar o impulsar a estos movimientos.

 

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El escritor Jamie Bartlett, especialista en tecnología, subió un tweet el pasado día 11 de marzo con un vídeo extraordinario: estantes con al menos varias docenas de smartphones generando clicks en Internet. El vídeo proveniente de la cuenta English Russia mostraba que en una simple oficina se pueden generar cientos e incluso miles de interacciones en redes sociales. Diversos operadores desde unos ordenadores mandan comandos a los smartphones para que hagan automáticamente lo que se les ordena. No hace falta más que eso, varios cientos de smartphones funcionando al unísono para hacer lo que ellos quieran. Los usos de estas interacciones se cuentan en cientos; desde provocar viralidad en redes sociales hasta crear una opinión en Internet que se extienda con ciertos adeptos pasando por incluso fomentar fake news que favorecen a una ideología o movimiento político concreto.

 

La pregunta ¿Quién está detrás de todo esto? Carece de interés (debido, sobre todo, a la imposibilidad de respuesta). La pregunta que sí podemos hacernos es: ¿Qué haremos nosotros con esta información? Cada cual la responderá a su modo y según su buen parecer. Lejos de toda paranoia (ya no creo que nadie pueda negar que este tipo de cosas se hace a diario a lo largo y ancho de todo el mundo), tal vez lo mejor sea, como en antaño, volver a las viejas fuentes de información: los libros y el pensamiento que ellos alimentan. A veces el mejor avance es volver un poco sobre nuestros propios pasos.

Nota: sé que el enlace que puse más arriba a una cuenta de Twitter está “caído”; pero lo puse igual para demostrar cómo funcionan, también, las grandes redes sociales. De todos modos, si quieren verlo por ustedes mismos, pueden buscar “granja de smartphones” en su buscador o click farms en Youtube.

 

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