Zygmunt Bauman por siete

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A cuatro años de la partida del sociólogo y filósofo polaco, no viene mal una breve compilación de citas, cada una de las cuales abre una puerta independiente a una habitación propia. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», dijo Gracián; y como tiene razón, a la brevedad de Bauman, sumo la mía y me voy de inmediato luego de este punto final.

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«Si los pobres están distraídos, los ricos no tienen nada que temer».

«El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú».

«Es normal que queramos ser felices, pero hemos olvidado todas las formas de ser felices. Sólo nos queda una: la felicidad de comprar. Cuando uno compra algo que desea, es feliz; pero es un fenómeno temporal».

«La energía de un puente no es la fuerza media de sus pilares, sino la fuerza del pilar más débil. Siempre he creído que no se mide la salud de una sociedad por el presupuesto general de la nación, sino por la condición de quien esté peor».

«La diferencia entre la comunidad y la red es que tú perteneces a la comunidad pero la red te pertenece a ti. Puedes añadir amigos y puedes borrarlos, controlas a la gente con la que te relacionas. La gente se siente un poco mejor porque la soledad es la gran amenaza en estos tiempos de individualización. Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa».

«Es estéril y peligroso creer que uno domina el mundo entero gracias a internet, cuando no se tiene la cultura suficiente para filtrar la información buena de la mala».

«Hemos olvidado el amor, la amistad, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra, son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos».

El discreto encanto de ser humano (Parte III de III)

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Una de las discusiones más fuertes que vienen dándose en este último tiempo; magnificada, también, por los alcances de la pandemia que estamos sufriendo, es el del alcance y la responsabilidad que le cabe al sistema capitalista en toda esta cuestión. Más aún, a quien se apunta es al capitalismo tardío, neoliberalismo o capitalismo salvaje (cualquiera de las tres expresiones señalan a lo mismo, sólo que alguna lo hace de manera más literal y otra lo hace de manera más permisiva), quien es el que parece no tener control ni permitir, tampoco, que nadie intente tal cosa (es decir, controlarlo. No hay más que ver lo que sucedió hace pocos días en Wall Street).

El gran «caballito de batalla» de este sistema económico-ideológico es la llamada «meritocracia», la cual vendría a sintetizar todo en un sencillo «Si tiene, es porque se lo ganó; si no tiene, es porque no ha hecho lo suficiente»; dejado de lado, por supuesto, todas aquellas variables que forman parte de la existencia humana y de la que, en líneas generales, quienes sostienen esta faceta ideológica, están exentos en un alto grado.

En mi caso, la foto con la que abro esta entrada es estupenda para plantear el asunto desde el otro ángulo, desde el otro punto de vista. Ante ella, un liberal (o capitalista tardío o un neoliberal; no creo que le gustaría que lo llame capitalista salvaje) diría algo así como: «Si a pesar de las condiciones externas, como repartidor le conviene entregar pedidos, quiere decir que elige libremente y prefiere ganar dinero a quedarse parado». Yo creo que la pregunta es la contraria: si el repartidor fuese libre, ¿elegiría entregar pedidos en plena nevada con la ciudad en ese estado? Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿puede haber libertad si no están garantizadas las condiciones que nos permiten ser libres? ¿Qué libertad de elección existe cuando la decisión está subordinada a la necesidad?

El discreto encanto de ser humano (Parte II de III)

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En la entrada anterior hablé muy brevemente de los migrantes y del problema del Otro. El tema es demasiado extenso y sólo puede ser tocado en sus aspectos básicos; pero vale, al menos, como inicio de un diálogo o debate con el cual empezar a tocar el tema.

Es muy común, por ejemplo, considerar al migrante como un Otro totalmente ajeno a nosotros: las fronteras, los idiomas, la cultura, la religión, los hábitos, el aspecto, todo ello nos permite diferenciarnos de aquello que no queremos ser (en ese sentido el migrante no es más que un espejo que nos muestra lo que podríamos llegar a ser, llegado el caso) o con lo que no queremos tener nada que ver porque no nos conviene. Es así que solemos decir «que los devuelvan a su país» y ya, nos sentimos tranquilos ante el trabajo hecho (mal hecho, pero hecho al fin. Esa expresión es como el viejo chiste de barrer la basura debajo de la alfombra; nos engañamos a nosotros mismos creyendo que el problema está solucionado, cuando sólo está oculto a nuestra mirada).

Lo absurdo de esta postura es lo que ocurre cuando el desposeído no es un migrante, sino un compatriota. ¿A quién se lo encajamos? El muy desgraciado es «nuestro», en algún aspecto… ¿Qué hacer, entonces? La expresión aquí es alguna variante de la que dije en la entrada anterior: «El que es pobre es porque quiere» y ya, solucionado el problema. Si determinamos que el que es pobre es porque él lo quiere, la responsabilidad recae sólo sobre él y nosotros, nada que ver, así que podemos mirar para otro lado con total tranquilidad de espíritu.

Por lo visto eso es lo que se hace en estos días en las grandes ciudades. La foto con la que abro esta entrada y con las que la cerraré, muestran una de las soluciones que se han encontrado para paliar el problema de los llamados homeless. Una forma vulgar, cruel y patética de barrer la basura debajo de la alfombra: ante la molestia de esta gente que deambula por las grandes ciudades, lo mejor que se nos ocurre es inventar métodos para que ellos no puedan no siquiera acostarse a descansar en un banco o debajo de una autopista; así que nuestra humanidad se reduce a crear muchas púas y molestias varias para que quien no tiene nada, tenga aún menos. ¿No podría ponerse en marcha algo de creatividad y usar ese material para crearles algo que les resultara útil y práctico? No, para qué… con algunos pinchos se dice lo suficiente; se dice: «Si tienes que morirte, muérete, pero lejos de aquí; si es posible, donde no te vea». Y ya, tranquilos y libres de culpa y cargo y también de molestias visuales, podemos sentarnos en un banco de la plaza a beber nuestro latte macchiato y a disfrutar de las simpáticas ardillas que corretean entre los árboles y que descansan sin que nadie las moleste.

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El discreto encanto de ser humano (Parte I de III)

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La foto con la que abro (y con las que cerraré) esta entrada forman parte de la obra de fotomontaje de Mostafá Heravi, fotógrafo de origen iraní. La idea general del trabajo habla por sí misma y, lo más importante, si no nos quedamos sólo con el aspecto estético, el cual aquí, por supuesto, es el menor; es que quienes nos veamos obligados a decir algo seamos nosotros, los espectadores. Precisamente esta palabra: «espectadores» es la que nos une con el trabajo de Heravi, ya que la mayoría de nosotros (aún cuando alguno, como quien esto escribe, alguna vez tuvo que emigrar de su país, no podríamos incluirnos en este lado de los desclasados. Al menos en mi caso emigré con suma comodidad, con un pasaporte y una entrada legal al país que me acogió. Las personas de estas fotos, como todos sabemos, son hijos de historias muy distintas) somos iguales a aquellos que se encuentran sentados a un lado de la pasarela. Meros observadores de lo que ocurre en la realidad o lo que sea que vemos de la realidad a través de una pantalla. Aclaro, antes que nada, que no estoy señalando a nadie, sólo hablo en voz alta y el plural mayestático es sólo una forma de expresión que suelo o usar en estos casos. Sigo.

Hace unos días, oyendo y viendo a un muchacho español a quien suelo ver cada tanto en la red, y a quien le presto atención por su buen sentido del humor pero, sobre todo, porque es muy lógico en lo que suele decir (es bastante coherente, lo cual hoy es algo que se agradece), me encontré con lo que tal vez sea la mayor diferencia que he tenido con sus ideas, al menos hasta ahora. Hablando del tema de los migrantes que suelen encontrarse en medio del Mediterráneo, dijo: «una cosa es acoger a la gente que está flotando en el océano, lo entiendo… dales un bocata, sécales la cabeza, una aspirina… ¡Y pa´su puta casa!…». Traigo a colación lo que dijo este muchacho porque es un ejemplo de ese tipo de pensamiento que podría sintetizarse en algo así como «Si tienes que morirte, muérete, pero lejos de aquí; si es posible, donde yo no te vea». El problema de la migración es mucho más complejo que el «Qué hacemos con esta gente». El problema de los migrantes es, para empezar, el porqué de esa necesidad de dejar la propia tierra (cosa que nadie, en ningún lugar del planeta, hace porque sí y sin un profundo dolor) y en qué medida somos nosotros, o tal vez el país en el que vivimos, responsables de eso que está pasando en alguna otra latitud. Esto no significa andar repartiendo culpas a diesta y siniestra (la palabra culpa suele estar desterrada de este blog; aquí se prefiere, en su reemplazo, el término responsabilidad), ni tampoco caer en una simpleza izquierdista de esas que usan la palabra imperialismo cada tres segundos. Pero tampoco caigamos en el otro extremo del espectro, ese que dice «sin son pobres es porque quieren». Las reducciones simplistas deben quedar en el jardín de infantes; aquí de lo que se trata es de uno de los mayores problemas de la actualidad: el Otro. Así, con mayúsculas: El Otro. ¿Quién es? ¿Qué necesita? ¿Cómo hacemos para comprendernos? y, sobre todo: ¿Qué hacemos con él?

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Más del trabajo de Mostafá Haravi. Para ver las imágenes en mayor tamaño pueden hacer clic sobre ellas y estas se abrirán en una pestaña aparte.

Sabiduría intrascendente

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Tengo 30 años, no estoy casada, no tengo hijos ¡Y todo está bien!

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La foto con la que abro esta entrada fue compartida, como todos suponemos, en una red social. El hecho no tendría mayor importancia salvo que, unos pocos días antes, y esta vez en un periódico, había visto una «noticia» en la cual se informaba que una pareja, también de unos treinta años de edad, había decidido no tener hijos, por lo cual ambos se habían sometido a intervenciones quirúrgicas para evitar un embarazo no deseado. Alguien, con buen tino y perfecta ironía, dejó un comentario diciendo «Yo acabo de hacer una tortilla de papas ¿cuándo van a venir a hacerme una nota?». El punto es exactamente ese: ¿A quién le importan estas cosas? ¿En qué me va a mí tanto como al resto del mundo que ciertas personas hayan decidido tener o no tener hijos, adoptar un gato, alimentarse sólo con frijoles o bañarse una vez cada seis meses?

Decidirse a no tener hijos no es una tontería, es sólo una decisión personal; lo que sí lo es es transformar eso en una noticia o considerar que debe ser expuesto a los cuatro vientos, como si esa idea fuera genial o al menos original. Supongo (y esto no es nada más que una interpretación personal, así que queda en el campo de las hipótesis incomprobables, porque por un lado no hay modo de llegar a una certeza en este campo y, sinceramente, tampoco me interesa hacerlo) que las vidas de estas personas, al estar vacías de todo proyecto de vida interesante y válido, tiene que llenarse con estas cosas que a nadie importa pero que parecen ser sólo en la medida en que son compartidas con el resto del mundo.

Recuerdo una frase de Zizek que viene perfecta para el caso: «El verdadero enemigo no son las nuevas visiones realistas, sino lo que uno está tentado de llamar el bello arte del no pensar, un arte que impregna cada vez más nuestro espacio público: «sabiduría» en lugar de pensar apropiadamente; «sabiduría» como un intento de fascinarnos con sus profundidades falsas».

De regreso a la Edad Media (por el camino más corto)

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El triunfo de la muerte – Pieter Brueghel

Seguimos con la historiadora Fallena Montaño, ya que había más material, con más errores que los que señalé en la entrada anterior. Veamos este párrafo: «El miedo es parte de la humanidad, por eso resulta una falta de tino calificar de ignorantes las expresiones religiosas exacerbadas, que son una respuesta natural ante el temor que ocasionan, por ejemplo, las pandemias». Para empezar, cualquier cosa exacerbada me parece peligrosa, pero en particular las expresiones religiosas me parecen peligrosas si no se les pone coto. La misma historiadora, al final del artículo, dice algo que debería haber hecho que reflexionara sobre sus primeras palabras; pero parece que no tuvo tiempo. Antes de llegar allí, pasemos por esto:

«Cuando hay algo que no puedes comprender y que está más allá de tus posibilidades resolver, le rezas a quien sea y haces lo que sea para tratar de sobrevivir. Es así como surgieron santos es especializados en curar pandemias, por ejemplo, San Sebastián, cuyo culto fue incluso traído a la Nueva España. En el oriente de Europa fue San Demetrio el protector de Grecia y el imperio Bizantino. Alrededor del año 418, las reliquias de San Demetrio fueron depositadas en la iglesia de Tesalónica; desde entonces, esa ciudad griega se convirtió en el gran centro de su culto. Los creyentes acudían en grandes multitudes al santuario

En el siglo VI, durante una epidemia, supuestamente de malaria, se hallaron unos restos en la ciudad italiana de Pavía que se atribuyeron al santo; los trasladaron a un templo y se dice que la enfermedad cesó milagrosamente en ese lugar en ese mismo instante. Desde entonces, San Sebastián gozó de gran popularidad en Italia y, por extensión, en toda Europa, pues se le invocaba para terminar con las diversas plagas que siguieron ocurriendo.

Durante muchos siglos fue común que las reliquias de muchos otros santos, tanto huesos como telas de sus vestimentas o sandalias que se decía habían portado, se usaran para hacer tés curativos. Pulverizaban los huesos o cortaban pedacitos de otras piezas de las reliquias y se los tomaban, sobre todo los emperadores y los reyes; esas eran sus nanopartículas milagrosas».

San Sebastián intercediendo por la peste

Bueno, pues si eso no requiere un trato preferencial, no sé qué otra cosa lo merece. Está bien, saquemos la burla del campo de juego, ya sabemos que vivimos tiempos de hipersensibilidad y que burlarse de cualquier cosa hoy está mal visto (dos cosas: lo de la burla lo dijo la historiadora, no yo; segundo ¿alguien más tiene la sensación de que por todos lados está tratándose de terminar con el humor? Ahora no se puede hacer un chiste de nada y eso es preocupante; a lo largo de la historia los fascistas han sido aquellos con menor sentido del humor). Sigamos. Vamos a la frase final que señalé antes. Dice Fallena Montaño:

«En el mundo musulmán hubo interés por traducir los tratados de medicina en griego de Aristóteles y de Dioscórides, precisamente, para buscar sanar a las personas. Pero también hubo grupos muy religiosos que no querían contradecir los designios divinos, pensaban que las pestes eran castigos de Dios, entonces se oponían a las curas y aceptaban que la pandemia tenía el propósito de limpiar al mundo.

Por eso hubo grupos cristianos que atentaron contra los judíos, exterminaron barrios completos en las ciudades al hacerlos responsables de las epidemias, no sólo a ellos sino a todos los grupos que fueran en contra de los dogmas cristianos.

La xenofobia brota en las crisis sanitarias, porque transferimos el miedo que tenemos a la enfermedad, al otro que no conocemos, y que creemos culpable de las tragedias. Nos volvemos violentos porque tenemos miedo».

Un grupo de enfermeros -de los que cualquier sociedad sana debería sentirse orgullosos- pidiendo no ser víctimas de ataques.

Bueno, si este tipo de ideas no merecen las burlas, tal como la historiadora dice al inicio del artículo, por lo menos merecen el mayor de los desprecios, digo yo ahora que estoy terminando. Y es que este es otro ejemplo de lo que yo llamo el «justificar lo injustificable»; lo cual no es más que una nueva costumbre nacida del seno del más acérrimo posmodernismo. Ahora cualquiera se arroga el derecho a que su estupidez sea considerada en igualdad de condiciones con la palabra del sabio sólo porque ambos son personas. Y no; no es por ese camino que se avanza sino que, por el contrario, podemos asegurar que es el camino perfecto para el retroceso. No me importa la libertad religiosa de cada uno del mismo modo que no me importa absolutamente nada de las particularidades de las personas; pero si alguien quiere escudarse en el miedo (miedo hijo de la ignorancia, como bien señaló Fallena Montaño) para sacar a relucir su brutalidad, su racismo, su intolerancia, es decir, y permítanme la redundancia, su más profunda ignorancia; no sólo se hace merecedor de cualquier burla que ande dando vueltas por allí, sino también del desprecio general y, llegado el caso, hasta de la cárcel.

Justificar al ignorante sólo porque tiene derecho a ser ignorante es reabrir el camino hacia una nueva Edad Media, camino que habíamos cerrado como humanidad, no hace demasiado tiempo. Es una pena que les haya tomado mucho menos para desandar el camino.

Victor Hugo y la política de la ignorancia

En La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine rescata un discurso de Victor Hugo, pronunciado ante la Asamblea constituyente de 1848, en el que sale al paso de la falacia del ahorro estatal cuando se trata de recortes en las actividades culturales y la instrucción pública. Es la crisis, le dicen, no hay otro remedio. Y Victor Hugo se revuelve contra los profesionales del Dogma del Recorte Inevitable: «¿Y qué momento escogen? El momento en que son más necesarias que nunca, el momento en que, en vez de limitarlas, habría que ampliarlas y hacerlas crecer (…). Haría falta multiplicar las escuelas, las cátedras, las bibliotecas, los museos, los teatros, las librerías». Y le pone un nombre a esa presunta política de ahorro: es «la política de la Ignorancia».

En estos tiempos de recortes masivos a las políticas culturales y educativas, aquel discurso de Victor Hugo de hace ciento setenta y dos años suenas más actual que nunca (y es otro ejemplo de algo que siempre digo aquí: ya todo se dijo antes; sólo hay que saber mirar a la historia). He aquí algunos otros fragmentos de ese discurso, a los que nada añadiré porque ante la grandeza y la perfección de las palabras bien dichas, uno tiene que llamarse a silencio:

«Afirmo, señores, que la reducciones propuestas en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista. Insignificantes desde el punto de vista financiero. Esto es una evidencia tal que apenas me atrevo a someter a la asamblea el resultado del cálculo proporcional que he realizado[…] ¿Qué pensarían, señores, de un particular que, disfrutando de unos ingresos de 1500 francos, dedicara cada año su desarrollo intelectual […] una suma muy modesta: 5 francos, y, un día de reforma, quisiera ahorrar a costa de su inteligencia seis céntimos?».

«¿Y qué momento se elige? Aquí está, mi juicio, el error político grave que les señalaba al principio: ¿qué momento se elige para poner en cuestión todas estas instituciones a la vez? El momento en el que son más necesarias que nunca, el momento en el que en vez de reducirlas, habría que extenderlas y ampliarlas».

Victor Hugo

«[…] ¿Cuál es el gran peligro de la situación actual? La ignorancia. La ignorancia aún más que la miseria […] ¡Y en un momento como éste, ante un peligro tal, se piensan en atacar, mutilar, socavar todas estas instituciones que tienen como objetivo expreso perseguir, compartir, destruir la ignorancia!».

«Pero si quiero ardiente y apasionadamente el pan del obrero, el pan del trabajador, que es un hermano, quiero, además del pan de la vida, el pan del pensamiento, que es también el pan de la vida. Quiero multiplicar el pan del espíritu con el pan del cuerpo».

«[…] Habría que multiplicar las escuelas, las carreteras, las bibliotecas, los museos, los teatros, las librerías. Habría que multiplicar las casas de estudio para los niños, las salas de lectura para los hombres, todos los establecimientos, todos los refugios donde se medita, donde se instruye, donde uno se recoge, donde uno aprende alguna cosa, donde uno se hace mejor; en una palabra, habría que hacer que penetre por todos lados la luz en el espíritu del pueblo, pues son las tinieblas lo que lo pierden»

«Han caído ustedes en un error deplorable. Han pensado que se ahorrarían dinero, pero lo que se ahorran es gloria».

Vergüenza ajena

Hace un par de días se llevó a cabo, en Argentina, una manifestación anticuarententa y uno siente una infinita tristeza al ver el tono, las ideas (llamémoslas así), el odio, el discurso, la estupidez, la incoherencia, la brutal ignorancia de aquellos que participaron en esa manifestación. Y no digo esto porque me encuentre en la vereda de enfrente de los manifestantes, no; cada cual puede oponerse a lo que considere apropiado; pero vamos, que al menos hay que tener una idea, un argumento… algo.

Lo que se vio fue una mezcla de teorías conspirativas mezcladas con pseudociencia, fascismo, desconocimiento político y, sobre todo, odio; mucho odio por aquel que piensa diferente. También odio por el pobre y, por supuesto, por el negrito; por el que es del interior del país, por el personal doméstico, por ese que no es como uno ¿viste?

La derecha política siempre ha sido detestable; pero tengo la sensación de que en Argentina es particularmente repugnante. Buenos Aires, el centro neurálgico de la derecha argentina (aunque no es el único sitio donde abunda esta gente) es la cloaca descarada donde la derecha ni siquiera hace el intento de ocultarse un poco, como lo hace en otras latitudes, con alguna máscara de corrección política. Allí no; allí se dicen las cosas como ellos quieren, porque ellos son la Argentina; el resto está para servirles. Es por eso que lo primero que hacen es querer matar, matar y matar a todo aquel que no les sirva a sus propósitos. En otras palabras: hay que matarlos a todos (menos a los albañiles y a la señora que me limpia la casa, por supuesto).

Por cierto, la mayoría de estos demócratas cristianos, tiene muchísimo dinero, pero, como es habitual en ellos, hacen todas las trampas posibles; así es que van a la marcha en un flamante Audi o en un Mercedes Benz último modelo, de los cuales no han pagado jamás los impuestos correspondientes:

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Después tenemos a los conspiranoicos; esa plaga que ensucia todo lo que toca y que, por desgracia, como un niño malcriado (cosa que uno piensa que son: niños que no han sido debidamente educados y que por eso creen que piensan) y es así que se vieron carteles mezclando a la OMS con planes de dominio mundial (ayudados por los médicos, claro), el 5G, los chips, Bill Gate, y todas esas tonterías.

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¿Y la salud, los datos duros, la realidad, los argumentos, la responsabilidad social? Bien gracias. Deben estar escondidos en algún rincón del viejo esquema llamado pensamiento; ese mismo esquema que toda esta gentuza no entiende ni entenderá, porque lo único que saben decir o ver es el YO enorme de su ego malcriado. Mientras tanto, los médicos y las enfermeras (la ciencia, como siempre) son los que realmente llevan las cosas adelante. Los imbéciles, como siempre, después usufructúan los beneficios y le dan las gracias a cualquiera, menos a quienes lo merecen.

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