La nave de los tontos

 

Djokovic

 

En este blog se evitan, en la medida de lo posible, las llamadas «noticias del día»; si bien los temas actuales suelen ser traídos aquí, lo hacen más por su interés general que por su interés particular. Es decir, dicho esto con toda modestia, que se trata de pensar desde lo que sucede más allá de lo específico que sea ese hecho. Pero hoy va a ser uno de esos días de excepción, porque el tema contiene ambos ingredientes: la actualidad y la generalidad.

La noticia en particular es una que seguramente ustedes conocen: el tenista Novak Djokovic ha dado positivo para Covid-19. En este mundo que ya lleva más de ocho millones de infectados eso no sería digno de mención, salvo que Djokovic se infectó por imbécil y podría decir que por algo más que imbécil. Djokovic declaró ser anticurentena y dijo que su protección contra el virus era la oración. Entonces no tuvo mejor idea que la de organizar un torneo de tenis, el Adria Tour y asistir a fiestas donde no se respetaba el debido distanciamiento social. Como imaginarán, los contagios se hicieron presentes más rápido que ligero y varios fueron los que terminaron enfermos. Djokovic se negó, en un principio, incluso, a hacerse el hisopado. Luego resultó que él y su esposa (y según el medio informativo, también su hija) dieron positivo en el test. ¿Se entiende ahora lo de imbécil o más que imbécil?

 

Djokovic 02

Djokovic, Zverev, Thiem, Dimitrov, de fiesta

 

«Todo lo que hicimos en el último mes, lo hicimos con un corazón puro e intenciones sinceras. Nuestro torneo pretendía unir y compartir un mensaje de solidaridad y compasión en toda la región», declaró el tenista y he aquí lo que me permite salir de lo particular para comenzar a adentrarme en lo general. Esto es lo que sucede cuando la gente no tiene conocimiento científico. Como vemos, no es una crítica clasista ni nada por el estilo, no; aquí se trata de otra cosa, por ejemplo, del viejo refrán zapatero a tus zapatos. Djokovic es el número uno del tenis, nada más. Punto. Después, que no hable de ciencia ni de medicina ni de política, porque es un cero a la izquierda, una nulidad absoluta, un perfecto ignorante (por cierto, este tipo también es anti vacunas ¿qué pensará ahora, sobre todo después de saber que ha contagiado a su propia hija?). Si volvemos a ver la foto superior vemos que hay muchos niños allí, además de las figuras del deporte; y ése es el problema. Realmente estoy harto de escuchar por doquier a imbéciles que dicen «Si quiero salir y contagiarme  nadie puede prohibírmelo. Es mi derecho» (seguramente ustedes también escucharon en algún medio esta expresión con las mismas palabras. Y es que esta clase de ignorante se copia entre ellos. Lo explicó bien Heidegger, pero ello vendrá en la próxima entrada). ¿Cómo explicarle a esta gente cómo funciona un virus y su sistema de propagación? ¿En realidad se hace necesario tener que volver una y otra vez a la escuela primaria? Esta gente (esta gentuza) no entiende de ciencia, pero tampoco entiende de política (no entienden, por ejemplo, la diferencia entre gobierno estado) ni de filosofía (la ética que todos deberíamos poner en práctica en casos como en el que estamos inmersos es fundamental. Pensar en el otro como un otro es la base de todo, incluso de los dos asuntos anteriores. Es por eso que la ciencia y la política deben estar supeditadas a la filosofía).

Qué agobio se siente al tener que hablar de esto, cuánto cansancio conlleva tener que ver el accionar de quien se siente por encima de todas las cosas, cuánto daño y dolor produce la estupidez… y ahí vamos, en esta nave de los tontos en la que remar no sirve para nada, sólo para ver cómo el resto de la tripulación se mete el dedo en la nariz y luego, literalmente, se come los mocos.

 


La nota terminó ahí arriba. Lo que dejo a continuación, para quien tenga aún ganas de seguir leyendo (o para leer algo como la gente) puede seguir con los dos párrafos siguientes, una maravilla de síntesis, sentido común y conocimiento del querido Carl Sagan:

«Uno de los aspectos más importantes del método científico es que el argumento de la autoridad no vale para convertir una hipótesis en una teoría. Además, el científico siempre tratará de ver qué fisuras hay en ciencias construidas hace años (y que se ven como la autoridad en la materia), como lo hizo Einstein con la teoría de la gravedad de Newton, la mayor autoridad (aunque llevara siglos muerto) en la ciencia de su época. El pensamiento científico nos lleva al pensamiento crítico, individual y libre; la ciencia, al contrario de lo que mucha gente cree, nos reta a desafiar a la autoridad. La evidencia científica es la verdadera autoridad. No cualquier tirano puede vestirse de poder sobre un pueblo formado científicamente. La ciencia ilumina nuestras mentes hacia la libertad y a su vez la libertad es un componente imprescindible para lograr el desarrollo científico.

El sometimiento de todos fenómenos al rasero riguroso de la investigación científica nos ha entregado una posibilidad de vida y libertad más amplia. El problema es que nuestra sociedad no se adhiere a la evidencia para explicar las cosas o para solucionar una dificultad. Vivimos en una sociedad altamente tecnológica que no utiliza los métodos científicos desde los que nace la propia tecnología. Donde debería haber luz, nos encontramos la oscuridad, la ciencia nos brinda una llama que ilumina el camino hacia la libertad».

Tres preguntas, una respuesta

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hiperconectividad

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«¿Dónde nos encontramos hoy en día? Europa sigue atrapada en medio de una gran pinza, uno de cuyos extremos es Estados Unidos, y el otro, China. Estados Unidos y China, vistos desde un punto de vista metafísico, son lo mismo: el mismo desatado frenesí de tecnología desencadenada y de organización desarraigada del hombre medio. Cuando el último rincón del globo ha sido conquistado técnicamente y se puede explotar desde el punto de vista económico; cuando, cualquier incidente que escojamos, en cualquier lugar que escojamos, y en cualquier momento que escojamos, nos es accesible todo lo deprisa que deseemos; cuando, a través de la «cobertura en directo» televisiva, podemos «experimentar» de manera simultánea una batalla en el desierto iraquí y una representación de ópera en Pekín; cuando, en una red digital global, el tiempo no es más que velocidad, instantaneidad y simultaneidad; cuando el ganador de un reality show se considera un gran hombre del pueblo; entonces sí asoma como un espectro sobre todo este alboroto la pregunta de: ¿para qué? ¿Adónde vamos? Y luego, ¿qué?». Dijo Slavoj zizek en un libro cuyo nombre se me ha perdido.

A veces uno se repite en este pensar una y otra vez en las mismas cosas; pero es que la realidad se impone y como uno no vive en aislado en la cima de una montaña, sino que lo hace en una ciudad más o menos grande rodeado de cierta cantidad de personas, esas mismas cuestiones con sus mismas preguntas y su mismo cansancio reaparecen como las películas de superhéroes: una por mes y todas iguales.

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Hiper

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Lo que suele aparecer, también, son las respuestas, las cuales, como siempre digo, ya fueron escritas mucho tiempo antes (creo que he dicho esto tantas veces y he escrito tantas entradas al respecto, con diferentes ejemplos y casos que ya podría reunir todos esos textos y convertirlos en un volumen). En este caso, lo cual tampoco es novedoso, la respuesta viene de un estoico, don Marco Aurelio, lo llamaban, quien dijo: «Somos todos criaturas de un día, tanto el que recuerda como el que es recordado. Todo es efímero, tanto la memoria como el objeto de la memoria. Está por llegar el momento en que habrás olvidado todo; y está por llegar el momento en que todos se habrán olvidado de ti. Piensa siempre que pronto no serás nadie y no estarás en ningún lado».

Ya. Nos es fácil aceptar eso, lo entiendo, pero no por ello deja de ser menos verdad. Que no nos guste o que hoy se prefiera la dicha permanente del circo mediático es otra cosa; pero el punto está ahí, en las palabras de Marco Aurelio; y tan así es que si volvemos ahora sobre las palabras de Zizek y las leemos bajo esta nueva luz, vemos que no quedan de ella sino sólo las preguntas. Lo demás ha desaparecido todo en la nada del sinsentido; es decir, en el olvido. Lo dicho: Marco Aurelio tenía razón.

Algunas razones por las cuales el capitalismo (desgraciadamente) no morirá

Nota previa: el siguiente texto contiene una pequeña, muy pequeña dosis de humor negro. Si el lector carece de tolerancia a él, tal como otros carecen de tolerancia a la lactosa o al gluten, será mejor que pase de largo. De lo contrario, se ruega no molestar.

Creo que el primer atisbo de que el capitalismo es algo genético lo tuve cuando vi a ese tipo, correctamente protegido por el inevitable pasamontañas, vendiendo ladrillos para así poder manifestarse mejor. ¿Será una ironía? Me pregunté, y tal vez lo fuera, pero no quise acercarme a preguntarle porque, sinceramente, temí la respuesta, además de que él tenía los ladrillos y yo ninguno. Comprarle uno antes no hubiese servido para nada, él seguía estando ―maldita sea la carrera armamentista― con el mayor poder bélico. Sin demasiadas opciones, seguí caminando. Más adelante, debajo de unos portales de piedra caliza, una adivina le leía las cartas a un iluso. Hija de los tiempos, ella había acondicionado el lugar con una mampara divisoria y estaba bien protegida por su cubrebocas y sus anteojos (¿y era eso una peluca o así tenía realmente el pelo?). Me dije que no estaría muy segura de sus capacidades anticipatorias si no podía prever el estado de salud de quien tenía adelante; pero quién sabe, tal vez, como dice el refrán «En casa de herrero, cuchillo de palo» y ella, tan sagaz para ver el futuro ajeno, no era capaz de ver el propio. Yo no lo sé y tampoco aquí pude preguntar nada. Ella estaba ocupada en lo suyo yo preferí salir de largo.

Un ladrillo pasó volando a centímetros de mi nariz y se estrelló, haciéndola mil pedazos de diamantes diminutos, contra una vidriera enorme de una tienda que no sé cómo se llama. Un muchacho y una muchacha pasaron corriendo por delante de mí, en la misma dirección en que lo había hecho el ladrillo unos segundos antes y, pidiéndome disculpas por el casi golpe, se metieron rápidos en el local. Me pareció bien que se disculparan. Revolucionarios, pero educados. Iba a decirles que todo estaba bien cuando veo salir a la chica con una botella de Coca Cola en la mano. Pensé en decirle que era demasiado romper una vidriera por una Coca Cola y, de paso, explicarle que la revolución es otra cosa, que ella implica un cambio radical de… pero no pude, ser fueron corriendo delante de un policía que los siguió unos metros, pero que pensó que una Coca Cola no valía la pena (o tal vez sí, porque volvió sobre sus pasos y también se metió en el local para tomar un par, una para él y otra para su compañero. A mí nadie me convidó ninguna. Ni el revolucionario ni el antirrevolucionario. Mejor así. El azúcar no me sienta bien).

Las ciudades están transformándose en centros turísticos locales, sin duda. Hay un millón de cosas que nunca había visto antes. Por ejemplo, un árbol parece sacado de una copia modesta y de mal gusto de una película de Tim Burton. Sus ramas están llenas de púas en la parte superior. ¿Estarán por filmar alguna película? Pregunto, sin darme cuenta, en voz alta, y me dicen que no; que esas púas fueron colocadas allí por la gente adinerada del lugar, así los pájaros no pueden posarse y, por ende, no ensuciar sus autos con esa mala costumbre que tienen algunos pájaros de comer y cagar, con perdón de la expresión. Y vamos, que es entendible, uno no tiene un Lexus o un Porsche para que un gorrión te deje su firma sobre el capot recién encerado…

No tengo que dar ni dos pasos para encontrarme con otra vidriera rota. Allí un televisor encendido que nadie ha robado aún (prefieren llevarse los que están en sus cajas, por lo que veo. El que está encendido ya tiene uso) nos regala con algunas noticias que, al menos para mí, son poco menos que curiosas. «Es un dilema moderno para los ultra ricos: un yate espera, pero ¿cómo alcanzarlo de manera segura sin exponerse a las masas plagadas de gérmenes? Dilema para los que vuelan alto: cómo viajar de forma segura a su yate». Dice la primera de ellas y me digo que esa pobre gente debe estar pasándola realmente mal. Pero la noticia siguiente me conmueve sobremanera: Una pareja de Youtubers que había adoptado a un niño chino con autismo, lo devolvió luego de haber hecho una buena suma de dinero con él online, como se dice ahora. ¡Qué desgracia! Tener que devolver a tu hijo adoptado… también, tener la mala suerte de que te salga chino y autista… ¿Habrán devuelto también el dinero? Vaya uno a saber… pobrecita, lo que debe sufrir esa madre, se la ve tan compungida… Me pregunto si aún debería llamársele así, madre. No tengo ni idea, pero tal vez debería llamársele de otro modo.

Suena mi celular y lo maldigo. No hay modo de pasear por una ciudad o por donde sea sin que alguien te encuentre en cualquier momento y en todo lugar. Es L., quien me pide que camino a casa compre más cubrebocas y alcohol en gel. Y que no tarde demasiado (esto último lo dejo aquí para que vean el alcance del machismo actual). Por suerte encuentro una máquina expendedora que ahora ya no vende golosinas y refrescos (esos se consiguen, por lo visto, a pedradas en los cristales); sino que vende todo tipo de elementos de higiene. Veloces para los negocios los muchachos. Sigo en el teléfono y le pregunto a L. si no necesita una cama que se convierte en ataúd. Lo estoy viendo ante mí y parece útil. No repetiré sus palabras, sólo diré que no lo compré. Me excuso diciendo que sólo le digo lo que veo, las mujeres suelen comprar cosas que los hombres no. Diferentes visiones, que le dicen. OK, tampoco repetiré lo que dijo. ¿Un juguete con forma de coronavirus, hecho en China? Ése sí, para que juegue el perro. ¿Una bandera norteamericana o israelí para quemar? Parece que una empresa irakí le encontró la vuelta al asunto y está vendiendo un montón. Además están baratas. Que no, que nosotros no hacemos esas cosas. ¿Una bolsa con cierre para muerto, a sólo doscientos pesos? L. a veces tiene una boca… que para qué les cuento. Decidí cortar la comunicación e ir directo a casa.

Un último susto: un hombre apunta con un arma directamente a la cabeza de una mujer. El susto dura sólo un segundo: está tomándole la temperatura, cosa que está muy bien. La señora tiene que comprar sus Gucci y Gucci no quiere que sus clientes le ensucien los tejidos. Una mano lava a la otra, dicen.

Les dejo una galería con algunas imágenes que he juntado a lo largo de estos días. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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Un puente nuevo

Es común que, en estos días, uno se despida de amigos o familiares con un simple «Te cuidas…». Quienes son un poco más vergonzosos o están menos habituados a expresar sus sentimientos sólo le agregan un simple llamado antes, haciendo así que las palabras salgan un poco más fluidas; entonces la despedida queda en un «Oye, te cuidas…».

Cada época tiene sus usos y costumbres y a veces, estas nuevas formas de expresión se vuelven tan parte nuestra que se quedan para siempre con nosotros y después siguen usándose sin que la mayoría sepa dónde y cuándo fue que nació. En lo personal, esa simple expresión que estamos usando ahora me parece una pequeña maravilla. Que alguien te diga un simple «Oye, te cuidas…» quiere decir, ni más ni menos que «Oye, me importas…»; u «Oye, que no quiero que te pase nada…» o, directamente «Oye, te quiero…». Y, la verdad sea dicha; en estos tiempos de egoísmo desbocado, que alguien te brinde un lugar de importancia en su vida y que, además, lo exprese, aunque sea bajando un poquito el tono de voz, más por exceso de pudor que por otra cosa, no es algo menor.

Lo mismo sucedió hace tiempo con el brindis, ese que realizamos un par de veces al año según la ocasión social o personal. ¿De dónde viene? ¿Qué significa? Según una de las historias que se cuentan, se dice que nos llega de Homero: De acuerdo con el autor griego, decir ¡salud! al brindar, era un acto de amistad en el que se le deseaba a la otra persona «buena suerte y prosperidad», el rito continuaba al beber todos los partícipes en el brindis de la misma copa. Bueno, hoy no bebemos de la misma copa y seguro que cada vez lo haremos menos y menos; pero el sentido primario y fundamental está allí: compartir la copa es compartir la necesidad del otro.

Es por eso, veo, que Jorge Luis Borges comienza así su poema Al vino:

En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
negro vino que alegras el corazón del hombre.

Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
desde el ritón del griego al cuerno del germano.

El poema sigue, pero no es de mis favoritos; prefiero, también de Borges, un poema anterior, al mismo tema; su Soneto del vino:

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Inventar la alegría. Un hallazgo. Aunque meramente literario, un hermoso hallazgo. La alegría se inventa como se inventó la rueda. No es algo inherente al hombre sino que es algo que creamos para nuestro beneficio. El vino es una de esas formas de la alegría pero que desemboca en una alegría mayor, en la alegría del brindis (el vino en solitario no es, precisamente, la imagen de la alegría, sino todo lo contrario).

También Omar Khayyam, aquel persa que vivió hace mil años, poeta y astrónomo, nos dejó un poema que puede ser relacionado con lo que vivimos hoy:

Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana,
procura ser dichoso hoy.

Toma un jarro de vino, ve a sentarte al claro de luna y bebe
pensando que tal vez, mañana, la luna te busque en vano.

Es bien sabido que nadie tiene la vida comprada; que a la vuelta de la esquina bien nos puede estar esperando la Gran Señora y que nada podemos hacer para evitarlo; pero en general las personas nos conducimos como si eso nunca fuera a suceder; cosa que no está nada mal, por supuesto, uno vive y listo, sigue adelante. Pero en estos tiempos donde este virus vino a poner nuevamente las cartas sobre la mesa y muchos recién se desayunan con que las cosas son así y que nadie tiene la vida comprada, el poema de Khayyam es un excelente recordatorio de cómo deberíamos conducirnos. Hoy es hoy y mañana ya veremos. Entonces lo mejor sería reconocernos en nuestra pequeña finitud y reconocernos también en la necesidad del otro. Y si tenemos que estar encerrados unos días, entonces que cada mensaje que enviemos sea un pequeño puente que termine con esa nueva forma del brindis que estamos inventando: «Oye, te cuidas…».

Algo tan simple como eso. «Oye, te cuidas…» ¿Vale?

Ni blanco ni negro, no sirve

 

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Hace unos días tuve una discusión con una persona que, luego de exponer sus puntos de vista políticos, se escudó tras una supuesta «neutralidad» que, por supuesto, no puede existir (al menos en esas circunstancias). Seré breve en la anécdota: Esta persona de la que hablo mostró un fragmento de una película en donde un personaje le pega un tiro a quemarropa a otro luego de un discurso político (el cual no correspondía a la película, sino que había sido grabado y añadido). Esta persona, también dijo que le gustaría que alguien hiciera un video así, pero con López Obrador.

Yo señalé que la idea contenía todos los tópicos de la derecha más radical: discursos basados en falacias, supuesta solución que implica la violencia y supuesta neutralidad; a lo que me fue preguntado: «¿Acaso no sabes que existe el apartidismo?». Bien; no seguiré con este diálogo, sino que sintetizaré lo que dije (y lo que mantengo) de un modo más directo, para no entorpecer la lectura.

Para empezar: No se puede ser neutral desde el momento en que se expresa una opinión. Esa falsa postura de neutralidad es usada para poder decir cualquier barbaridad sin tener que verse expuesto a las críticas y, sobre todo, a la exposición de las contradicciones de su discurso. No existe tal cosa como «apartidismo» (horribe neologismo, por cierto) cuando se está pidiendo que se le pegue un tiro al presidente (sea cual fuere, lo mismo da); esa expresión se hace siempre desde una postura política determinada y quien la pronuncia debe hacerse responsable de ella. Claro; es mucho más sencillo decir «todos los políticos son iguales; todos son corruptos y yo no estoy a favor de nadie» poniéndose a sí mismos en una postura impoluta desde donde se puede criticar sin ser criticado, que tener la honestidad de decir «Esta es mi postura y estas son mis ideas» y debatir desde allí.

En mi caso particular me gustan más estas personas, aunque se encuentren en las antípodas de mi pensamiento. Al menos sé que con ellas podré debatir con honestidad; pero esta nueva moda de sentirse por encima de toda ideología o de toda postura no sólo es errónea intelectualmente, sino que también lo es en su forma ética. La «neutralidad», en este caso, no es más que cobardía disfrazada de postura intelectual. Es por eso que quisiera terminar con unas palabras (más que conocidas, por cierto), de Antonio Gramsci, palabras que a los hombres (hombrecitos, más bien) de hoy deberían sonarles como una exposición vergonzosa de lo que son:

 

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«Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes».

 

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Por último, en la Divina comedia, Dante coloca a los indiferentes en la antesala del infierno, ya que ni siquiera son dignos de él, como tampoco —mucho menos, por supuesto— del cielo. Veamos esta interpretación de la profesora Paola De Nigris:

«Además del silencio, esas almas están condenadas a ser odiosas tanto para el cielo como el infierno, por eso se quedan en el vestíbulo. No merecen mezclarse con las almas buenas: «El cielo los lanzó de su seno para no ser menos hermoso pero el profundo infierno no quiere recibirlos por la gloria que podrían sentir los demás culpables». Pareciera que el infierno no los quiere para no darle gloria a las otras almas, pero en realidad es un nuevo desprecio, otra parte del castigo. ¿Por qué tanto? ¿qué significa ser indiferente? En italiano, la palabra que se usa es cobarde. Son almas insignificantes moralmente porque «vivieron sin infamia y sin gloria», No fueron «ni rebeldes ni fieles a Dios», «Expúlsalos el cielo y tampoco lo profundo del infierno los recibe», «Misericordia y justicia los desdeña», «Desagradables a Dios y a sus enemigos».

Dante los castiga duramente ubicándolos en el vestíbulo del Infierno. Están allí porque no se comprometieron, porque no tomaron partido, porque vivieron para sí mismos y para su propia comodidad. No tuvieron la valentía de hacer el mal ni tampoco el bien, por eso no existen ni para Dios, ni para el Diablo, ni tampoco para el mundo. Son almas que no supieron jugarse por nada más que por ellos mismos y, aunque prefieren el Infierno en vez del anonimato, el olvido será su castigo».

De los «ismos» y sus peligros

 

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José Luis Sampedro

 

Hace muchos años, cuando comenzaba a hablarse de temas ecológicos de un modo más social (porque debemos recordar que el término fue creado y usado, primero, en el ámbito científico), un profesor les dijo a sus alumnos «Yo no soy ecologista; yo soy ecólogo. De hecho, no soy ningún “ista“». Recuerdo también la expresión de algunos alumnos, quienes descubrieron en ese momento que algunos juegos de palabras iban más allá de lo que podía ser un mero chiste y que esos juegos eran por demás interesantes. Ser un ecólogo en lugar de un ecologista significaba ser alguien que actúa en lugar de ser alguien que meramente declama sobre este o aquel problema o asunto.

Desde hace un tiempo, por mi parte, vengo quejándome del uso abusivo del término populismo por parte de ciertos políticos, personalidades varias y periodistas. Incuso en este blog, hablando del tema, he preguntado: ¿Cómo se distingue a aquel político que toma una medida popular del que toma una medida populista? La distinción no es tan sencilla, porque el tema de las intenciones detrás de esas medidas no puede ser aclarado en todas las ocasiones.

Ahora acabo de ver un video del siempre lúcido José Luis Sampedro, donde dice lo siguiente: «[…] lo que eran antes valores ahora se han convertido en intereses económicos. Una cosa es el capital y otra es el capitalismo… […] el sufijo «ismo» estropea las cosas. Un señor es paternal y está bien, es muy agradable; es paternalista y la hemos fastidiado. Es un señor oportuno y qué simpático, siempre cae bien; es oportunista, y no…». Las palabras de Sampedro no vienen a dar una solución al problema del uso en sí del término «populista»; pero nos sirven para determinar que no tiene ya ningún valor. Por una parte, Sampedro parece decirnos que todo «ismo» es degradante (cosa que no siempre es así; pero tomemos esta idea como punto de partida al menos en lo que al término «populismo» se refiere); y en general así es usado, pero la cosa se complica.

Por un lado tenemos a un montón de personajes que usan este término para denigrar a cualquiera que se encuentre en la vereda de enfrente de sus propias ideas políticas. Yo me atrevería a sintetizar a todas estas personas en la figura de Mario Vargas Llosa; quien en un reciente reportaje parecía no poder usar otra palabra: «populismo, populismo… porque el populismo… y los populistas…». Realmente daba vergüenza ajena ¡uno esperaba un poco más de amplitud en el vocabulario de un premio Nobel de literatura! Pero no era de eso de lo que se estaba hablando, sino de política y en ese tema Vargas Llosa viene, desde hace años, usando una sola palabra: esa que tanto nos preocupa.

 

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Enrique Peña Nieto; Justin Trudeau; Barack Obama

 

Pero dije que la cosa se complica, porque no sólo ese término se aplica a los políticos que toman medidas populares (seamos francos: en general ese término se usa para denigrar a ciertos políticos latinoamericanos y poco más); sino que tenemos un ejemplo bastante curioso. En 2016, en una reunión cumbre entre México, Estados Unidos y Canadá; Enrique Peña Nieto, presidente mexicano, se encontraba en un escenario junto a Barack Obama y Justin Trudeau y comenzó a criticar al populismo, tal vez para quedar bien con los patrones del norte. Cuando terminó, Barack Obama pidió la palabra y añadió, de manera brillante:

«Quiero añadir una cosa, pues lo he escuchado en varias preguntas; y es la cuestión del populismo. Tal vez podríamos ver en un diccionario lo que significa ese término. Yo no quiero conceder esta idea de que parte de la retórica que hemos escuchado es populista. Se podría decir que yo soy un populista. Pero otra persona que nunca ha demostrado preocupación por los trabajadores; que nunca ha luchado en cuestiones de justicia social o asegurarse que los niños pobres tengan una oportunidad o que reciban atención médica y que de hecho han trabajado en contra de la oportunidad económica de los trabajadores y las personas comunes. Ellos no se transforman de la mañana a la noche en populistas porque dicen algo controvertido simplemente para obtener más votos. Eso no es una medición de lo que es ser populista. Eso es xenofobia, quizás; o aún peor: es ser un cínico».

 

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¿Populismo o popular? ¿El pueblo siempre tiene razón o siempre se equivoca?

 

¡Palabras de un presidente de los Estados Unidos! (y qué diferencia con el actual, por favor…). Dije que la cosa se complica porque el término parece ser lícito para criticar a países menores, pero no a los mayores. Yo estoy en un todo de acuerdo con las palabras de Barack Obama; pero ahora que veo que Angela Merkel; Emmanuel Macron y Pedro Sánchez (es decir: Alemania, Francia y España) a la cabeza, pero seguidos por lo que parece ser el resto de Europa, piensan tomar medidas tan drásticas como lo es el nacionalizar ciertas empresas si la crisis económica actual se profundiza ¿Serán tratados por alguien como Vargas Llosa de populistas? No lo creo; esta gente sabe bien que no debe morder la mano del amo y encontrarán las justificaciones necesarias para justificarlos. Como dije hace poco tiempo con respecto a las posibilidades de reelección en Latinoamérica y en Europa: no es lo mismo tratar de indio dictador a Evo Morales o a Nicolás Maduro que a Angela Merkel o Vladimir Putin. En el caso del populismo ocurre lo mismo. Es mucho más fácil decirle populista a Cristina Fernández o a López Obrador que a Emmanuel Macron o a Justin Trudeau.

Y es que ya lo dijo Sampedro: «No es lo mismo un señor oportuno que un oportunista».

Como hace cien años (y dos más)

Si hay algo que parece imposible lograr para cualquier sociedad es el aprender del pasado. Aquella frase que se dice y se repite hasta el hartazgo y que dice:  «Los pueblos que no conocen su pasado están condenados a repetirlo» parece formar parte de ese enorme caudal de frases que se dicen porque suenan bonitas pero que no se ponen en práctica jamás. Al igual que muchas otras, que parecen formar parte de un volumen que podría llamarse Panteón de frases grandilocuentes para ser dichas en cualquier ocasión; esa frase (que algunos atribuyen a Marx, otros a Santayana y otros ni a uno ni a otro), además, tiene la virtud de ser cierta, más allá de quien la haya pronunciado por primera vez.

En varias ocasiones he señalado que muchos de los problemas que la humanidad ha enfrentado en algún momento de su historia ya tenía una respuesta previa; una respuesta que no pocas veces había sido formulada cientos o, en algunos casos extraordinarios, miles de años atrás (por ejemplo y como muestra de que no exagero: los terraplanistas harían bien en estudiar el trabajo de Eratóstenes de Cirene —cosa que no les llevaría más de quince minutos—, para entender que la Tierra es una esfera. Quince minutos explicados hace dos mil trescientos años). 

Hay muchos, muchísimos otros ejemplos; pero hoy quiero abocarme específicamente a estos que voy a compartirles a continuación. En realidad debería copiar todo el texto o pedirles que lo leyeran ustedes mismos; pero como no he conseguido una imagen con una calidad mayor, copiaré algunos fragmentos (manteniendo la grafía y la ortografía del texto original. Pueden encontrar una imagen un poco más grande, aquí).

Edicto

«A efecto de limitar hasta donde sea posible los estragos que pueda causar entre los habitantes de esta Ciudad la epidemia que empieza a manifestarse, la junta de Salubridad de este municipio cree necesario hacer conocer al público las medidas más urgentes que deben tomarse para evitar en lo posible la propagación de la enfermedad y disminuir la gravedad de los individuos atacados. Con objeto de precaverse, se recomienda a las personas sanas, que no concurran a lugares de reunión tales como cines, teatros, Templos, etc. Evitando asi mismo la visita a casas o habitaciones donde existan enfermos».

«Todas las personas, pero muy especialmente las que estén obligadas a estar en contacto con enfermos de gripa, deberán, cada vez que toquen al enfermo, lavarse las manos cuidadosamente con jabón»; «Es absolutamente necesario en interés del enfermo y d todas las personas que lo rodean, mantenerlo constantemente aislado y en contacto solamente con los que están encargados de su cuidado y éstos antes de ponerse en contacto con personas sanas, deberán asearse las manos, la boca y la nariz y cambiar de ropa».

«Como el contacto con una persona portadora de los gérmenes de la enfermedad es suficiente para producir el contagio, debe considerarse como peligrosos: el saludar estrechando la mano, el beso y el abrazo. En consecuencia, conviene abstenerse de esos actos».

 

Ciento dos años. La misma situación, los mismos consejos básicos, la misma lógica ante el enemigo común. Sin embargo no dejan de verse personas que constantemente hablan de conspiraciones, de controles político-policiales, de indiferencia, de que lo que importa es la economía, de que esto y aquello; de que yo tengo una prima que es amiga de una enfermera y que le dijo que todo es mentira; o lo dijeron en (donde sea): te curas tomando té de ruda macho con dos gotas de cloro y manteniendo la respiración un minuto… Y  así seguimos, con el hámster en la rueda que gira y gira en torno a la estupidez humana como un enemigo peor que cualquier virus.

Y por si alguien supone que aún exagero, les comento que después de que el presidente con capacidades diferentes del país del norte (léase Estados Unidos de América, para los que se encuentran en otras latitudes) dijera que el desinfectante mata al virus, más de cien personas fueron hospitalizadas por ingerir estos productos mientras que varios centenares más bloquearon los teléfonos de las secretarías de salud preguntando si podían consumirlos (hasta el punto de que el estado de Maryland tuvo que emitir un comunicado oficial para desdecir estos dichos).

Y ahora los dejo; mi té de ruda macho con dos gotas de cloro me espera (mi vecino dice que lo que no te mata, te hace más fuerte. ¿Será?).

¿Cuál será nuestra excusa?

 

intolerancia 01

 

Ya todos sabemos la historia: cuando los españoles y los franceses llegaron a América masacraron a decenas de millones de personas. Lo que es menos conocido son los argumentos con los cuales se consiguió esto. De esos argumentos se burla Michel de Montaigne:

«No entendíamos en absoluto su lenguaje y […] sus maneras, por otra parte, y su aspecto y sus vestidos, eran muy distintos de los nuestros. ¿Quién no atribuía a estupidez y necedad el verlos mudos e ignorantes de la lengua francesa, ignorantes de nuestros besamanos y de nuestras sinuosas reverencias, de nuestro porte y actitud, sobre los que infaliblemente ha de cortar su patrón la naturaleza humana?».

Hoy suenan ridículos tales argumentos; todos somos muy modernos y reconocemos de inmediato las falacias que estas ideas contienen; pero no hace mucho, apenas unos ochenta años atrás, Adolf Hitler dijo (y fueron muchos los que lo siguieron):

«Así creo ahora actuar conforme a la voluntad del supremo creador: al defenderme del judío lucho por la obra del señor».

Igual de ridículo, pero mucho más moderno. Casi actual. La psicología nos permite entender el modus operandi: si queremos matar a alguien sin sufrir graves consecuencias psicológicas, lo que debemos hacer es despersonalizar al otro. En la medida en que podemos hacer esto no estamos matando a un ser humano, sino a otra cosa: a un animal, por ejemplo.

 

intolerancia 03

 

Hoy el mundo más que un caos es una suma de caos de diferentes ámbitos y tamaños: salud, política, religión, relaciones internacionales, economía, ciencia y, sobre todo, sociedad. Todo está en cambio o ruptura y, si bien muchas de estas rupturas son comprensibles, otras lo son mucho menos: países como EE.UU, Francia o Israel que impiden el embarque de material sanitario a otros países que, incluso, ya habían pagado por ello (y que en muchos casos son socios comerciales, estados amigos); ataques a personal de la sanidad como médicos o enfermeros (en España escribieron en el costado del auto de una doctora: «Rata Contagiosa»; en México les echan cloro, café hirviendo o no les permiten ascender al trasporte público; en Argentina alguien puso en los pasillos de un edificio un cartel que decía «Vete de aquí, vas a contagiarnos a todos»; en EE.UU. insultaron a una enfermera que iba a hacer unas sencillas compras para comer); En España recibieron a pedradas a unos ancianos que fueron trasladados a otro sitio; en Guatemala un grupo de personas quiso prender fuego a otro grupo que había llegado en autobús desde la frontera; en Ecuador la gente deja abandonados los cuerpos en la calle o incluso los creman en una esquina cualquiera; En EE.UU. un grupo de fanáticos pretendió encerrar a la Gobernadora de Michigan porque rechazan la cuarentena; en México amenazan con incendiar un hospital si atienden a personas infectadas con el covid-19…

En suma; aquí no se trata sólo del clásico salvaje tercer mundo. Aquí ya no hay «civilizados» contra «bárbaros». Esto es peor. Todo es un caos donde todo puede pasar y la globalización, que nos ha igualado en muchos aspectos, también ha hecho tabula rasa con nuestra conciencia. Aquí ya no se sabe quién es quién y lo atroz puede nacer del que menos pensamos: de un compatriota, de una familiar o, porqué no, de uno mismo.

Lo único que nos resta saber es: cuando vayamos a escribir nuestra versión de la historia ¿cuál será nuestra excusa?

Verdades absolutas y lecciones de humildad

 

fanatismo 03

 

«Nada hay mejor distribuido que el sentido común. Todo el mundo cree tener el suficiente». dijo René Descartes y esa puede ser considerada como una de las pocas verdades absolutas (hay otra verdad absoluta que plantearé yo mismo; pero esa una verdad absoluta paradójica, así que la dejaré para el final del texto, porque primero quiero hablar de algunas otras cosas).

Primero: Todos sabemos que lo que nosotros pensamos es lo correcto. Nadie duda de sus propias creencias o pensamientos ¿No? ¡Pero si es obvio! ¡Cualquier persona con sentido común debería reconocerlo! (y aquí volvemos a Descartes, quien nos mira con paciencia y luego se hace el desentendido). Hay muchos estudios interesantes sobre el porqué a la gente le cuesta tanto cambiar de opinión, incluso aunque se le muestren pruebas irrefutables (¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados? es un artículo que sintetiza la idea).

Segundo: Iglesias, sinagogas y mezquitas están cerradas a cal y canto, lo cual demuestra que no hay intervención divina que valga: o te cuidas de manera racional o eres historia. Esto nos enseña (o nos recuerda, porque esto siempre se supo) que la religión y la ciencia se abocan a ámbitos separados e irreconciliables (de hecho, hasta hablan lenguajes diferentes). «La oración no tiene la función de forzar a Dios, sino de cambiar la naturaleza del que ora», dijo con tino Søren Kierkegaard, señalando, de paso, una cuestión que occidente parece haber olvidado (y por eso, también, que me caen mejor los budistas que los cristianos): es absurdo y por demás egocéntrico el creer que un dios va a cambiar su plan divino por la simple oración de una sola persona; sin embargo, el cambio interior es el que importa y prevalece.

 

fanatismo 01

 

Tercero: ¿Y qué sucede con el discurso feminista? ¿Dónde quedó la idea de que la biología es una construcción patriarcal? ¿Por qué el colectivo feminista dejó de marchar y acató las órdenes del estado machista opresor? ¿Por qué aceptaron la ayuda de ese estado o, en muchos casos, la exigieron? ¿Por qué las abanderadas del aborto —bajo el slogan «mi cuerpo, mi decisión»— no aceptaron que otro (en este caso un virus) decidiera sobre la vida de ellas?

Cuarto: ¿Qué sucede con los veganos que están esperando la aparición de una vacuna que será probada en ratones o conejos? ¿Aceptarán vacunarse bajo estas condiciones?

Un simple virus; algo que ni siquiera puede llamarse un ser vivo, vino a trastocar todo lo que pensamos o, mejor dicho, vino a poner en evidencia lo que todos tuvimos presente desde siempre (y he aquí la verdad paradójica que quiero exponer): «no existe tal cosa como una verdad absoluta» (lo paradójico es que esa es una verdad absoluta).      Sigamos, que no falta mucho.

¿Se entiende el punto al que quiero llegar? Todos tenemos derechos a pensar o a creer en lo que nos plazca o en aquello que consideremos como más acertado o válido; pero tenemos que aprender a dejar un resquicio (al menos uno) por donde pueda colarse la duda. Tenemos que aprender que, sea lo que fuere lo que creamos o pensemos, eso será hijo de nuestra época y de nuestras circunstancias y que sostener que nosotros y sólo nosotros tenemos razón no es más que una posición fanática improducente. «Un fanático es alguien que no quiere cambiar de tema y no puede cambiar de opinión», Dijo alguien; no ser uno de ellos es, al menos, el primer paso para comenzar a entendernos y tratar de salvar algo en medio de todo este caos.

 

fanatismo 02

 

 

El retorno evitable

La injusticia ya no será más un escándalo
[…] en una sociedad de cases aplacada biopolíticamente
en la que uno, como siervo de sí mismo
lleva su propio capital humano
como siervo, al mercado.
Peter Sloterdijk.

 

Etica 01

 

Borges, en un texto sobre Pascal, dijo: “Le tocaron, como a todos los hombres, tiempos difíciles en los que vivir”. Con esa frase Borges señala lo que todos sabemos: vivir no es fácil, ni antes ni ahora ni después, aunque haya grados de dificultad o grados en la capacidad de tolerancia humana. Hoy en día, cuanto tenemos todo para pasar nuestro tiempo mucho mejor que lo que le tocó en suerte a Pascal, por ejemplo (pleno siglo XVII), las personas se comportan de manera vergonzosa y no toleran el menor de los inconvenientes o, peor aún consideran como un inconveniente lo que para otros muchos sería un sueño (quedarse en casa para gran parte de la estúpida masa es un castigo o una molestia; para gran parte de la humanidad es una imposibilidad, porque ni siquiera tienen algo que pueda llamarse casa).

Peor aún es la exposición de lo que somos. En general, cuando casos como el que estamos viviendo ocurren, tenemos la sensación de que la humanidad, más allá de todos los pesares, tiene más puntos a favor que en contra. En este caso en particular vemos que lo que ocurre es lo contrario. Si esto es lo que somos, estamos perdidos. No voy a hacer una lista de los aspectos negativos que sobrepasan a los positivos (tal vez lo haga más adelante); no creo necesario detallar lo que se ve por todos lados, desde las altas esferas gubernamentales hasta las conductas de los que viven alrededor nuestro.

 

Christian Ferrer, en su La curva pornográficaEl sufrimiento sin sentido y la tecnología. 2006; ya lo decía con respecto al siglo XX; y ahora deberíamos volver a escribir el párrafo adecuándolo al par de décadas que apenas tenemos de este siglo:

«Un rasgo central que diferencia al siglo XX de su inmediato anterior es el desfasaje abierto entre la técnica y la ética. La evolución de la tecnología es hoy mucho más rápida que las obras y las novedades producidas por el arte, la moral y la política […] los saberes científicos y las innovaciones tecnológicas avanzaron a un paso mucho más acelerado, y la política, la ética e incluso el arte apenas pudieron seguir sus huellas. Por eso, la experiencia del confort sigue siendo el ideograma con que se tamiza la comprensión de la tecnología, en el espacio hogareño como en el laboral, tanto en lo que se refiere a nuestra consideración de las comodidades comunicacionales como a la inteligibilidad de los alimentos genéticamente modificados».

 

Etica 02

 

«El desfasaje abierto entre la técnica y la ética». Esa es toda la base del problema. Alguien podría añadir también al desfasaje entre la política y la ética, o entre la economía y la ética; pero si bien eso es cierto, no debemos olvidar que hoy es la técnica (que no la ciencia) la que tiene el poder central de su lado.

Veamos, por ejemplo, lo que decía Paula Sibilia en El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009):

«El capitalismo industrial desarrollo técnicas para modelar eficientemente cuerpos útiles y subjetividades dóciles. En la actual sociedad de información, la teleinformática y la biotecnología -unidas por el designio de la digitalización universal- pretenden lograr mutaciones aún más radicales: la supresión de las distancias, de las enfermedades, del envejecimiento e incluso de la muerte. El cuerpo humano, reducido, reducido a sistema de procesamiento de datos y banco de informática genética, se estaría volviendo obsoleto. Las nuevas tecnociencias apuntan a su hibridación con materiales inertes y a la manipulación de sus genes con la vocación fáustica de superar sus limitaciones naturales. […] El entrecruzamiento de biología e informática, a la vez que simplifica la complejidad humana, es el fundamento de los nuevos mecanismos de control del capitalismo postindustrial».

La ética hoy ha sido desplazada de todos los ámbitos y es nuestra obligación el volver a traerla al campo de juego; sólo así podremos aspirar a salvar algo de nuestro planeta y de nosotros mismos. Lo contrario es, simplemente, volver a nuestro estado más primitivo, aquel en el que recién empezábamos a llamarnos seres humanos, pero con el inconveniente de que ahora no estamos saliendo de él, sino volviendo, ahondándonos en él con estúpido placer y no menos estúpida inconsciencia.
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