El nudo

 

nudo

 

«Los maestros zen enseñan que el sabio come cuando tiene hambre y duerme cuando tiene sueño. No nos dicen qué debe hacer cuando ya ha saciado el hambre y aún no le ha venido el sueño, aunque podemos suponer que sería muy poco sabio que no hiciera el amor cuando está enamorado. Porque el sexo, digan lo que digan los reprimidos de cualquier tiempo, lugar y fe, es la tercera de las necesidades fundamentales del hombre», dice Piergiorgio Odiffreddi en su Elogio de la impertinencia. Eso me hace acordar a un microrrelato de Claudia Cortalezzi (los que están muy de moda ahora pero que me cuesta considerar como la quintaesencia de la literatura. Están muy bien como juego literario, pero de allí a considerar que ahora las letras pasan por allí hay un gran, enorme trecho). El microrrelato pertenece a su volumen No ser o ser, y es éste:

 

Inoportuno

 

En un rincón del dormitorio, el nudo se aprieta a sí mismo. No quiere que ellos —una pareja que acaba de entrar— adviertan su presencia.

    —Desnudate —oye.

Sonamos, se dice, me descubrieron.

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Felicidades

 

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Max Ernst

 

“Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.” Bill Bryson, Una breve historia de casi todo.

Es fácil, a veces, perder el horizonte de lo que es y no es la vida o, dicho de otra manera, sobre lo que es y debería ser. Las pretensiones de inmortalidad que son moneda común a lo largo y ancho del mundo y de las civilizaciones me parecen propias de espíritus infantiles, de esos que tienen miedo a lo desconocido, como si otra cosa no fuera el mismo acto de estar vivo. ¿Qué significa despertar cada mañana, levantarse y salir al mundo? Eso es adentrarse a lo desconocido de manera constante. Aun cuando se siga una rutina determinada siempre cabe la posibilidad de que algo rompa —y a veces de manera definitiva— esa torpe costumbre. ¿Quién querría, además, extender esa rutina por toda la eternidad? Siempre que aparece este tema recuerdo aquel fragmento de Destejiendo el arco iris, Richard Dawkins y que me parece el planteo más lúcido que he visto en mucho tiempo:

 “Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?”

Arrojar el traje

 

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Max Ernst – El ángel del hogar

Si bien la frase de Shakespeare «Todo el mundo es un teatro» es por demás conocida, no siempre es bien entendida en lo que tiene de profunda verdad filosófica. Este deambular por el escenario de la vida para luego hacer mutis y ser reemplazado por otros actores no siempre es algo que se tenga presente al citar al dramaturgo inglés. También la idea fue trabajada por otros y, entre ellos, mi preferido es Søren Kierkegaard, quien en su Las obras del amor (editado originalmente en 1847 y cuya cita pueden encontrar en el volumen de Editorial Sígueme, pág. 115) trabaja la idea de modo más poético y filosófico, lo cual ya me sabe a perfección o cercanía de perfección. No puedo dejar de leer este fragmento sin que una profunda sensación de paz se apodere de mí. Una profunda sensación de paz física, aclaro; porque curiosamente no hay intelecto alguno aquí, sino sólo eso: la tranquilidad y la quietud de quien flota en aguas tranquilas.

Dice Kierkegaard:

“Y cuando al morir caiga el telón sobre el escenario de la realidad, entonces todos serán […] lo que esencialmente eran pero que tú no veías a causa de la diversidad: verás que son seres humanos. […] Que la diversidad de la vida terrena es meramente como el traje del actor, o meramente como un traje de viaje, que cada cual tendrá que procurar y vigilar para que los lazos con los que se sujeta esta ropa exterior estuvieran atados flojos y, sobre todo, que no estuvieran enredados, para poder arrojar el traje con ligereza en el instante de la transformación; esto parece haberse olvidado”.

Tres pasiones

 

Bertrand Russell (1)

 

Bertrand Russell es uno de los hombres más lúcidos que ha pisado la Tierra. Para asegurarnos de ello sólo debemos leer cualquiera de sus libros (al menos los que los legos podemos leer, ya que los volúmenes de Principia mathematica reúnen un trabajo sólo apto para especialistas). Su Por qué no soy cristiano me ha acompañado por más de treinta años y lo sigue haciendo a menudo. Pero hoy quiero compartirles parte de la introducción a su autobiografía; prólogo escrito de su puño y letra el 25 de julio de 1956. No hay persona en este mundo —más allá de sus creencias, de sus ideas políticas, de sus inclinaciones personales— que pueda leer este texto y no decir “espero que cuando me llegue el momento yo pueda decir lo mismo”. Este fragmento es una muestra de esa lucidez de la que hablé al principio. Aquí está:

Para qué he vivido:

«Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad.

Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque comporta el Bertrand Russell (2)éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de ese gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que la conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que – al fin – he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

 

 

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, victimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal pero no puedo y yo también sufro.

Esto ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad».

Aprender a morir

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Vuelvo a leer a Henry David Thoreau y su Colores de otoño; libro que vuelvo a recomendar a todos aquellos que disfrutan con la naturaleza (ni todos los libros ni todos los paisajes son compartibles; lo sé). En él encuentro un fragmento (otro) por demás notable. Thoreau torna su mirada sobre un hecho casual —las hojas caídas en bosque— y saca de ella una magnífica enseñanza filosófica. Ambos hechos son dignos de ser imitados: el de saber ver más allá de lo evidente y el de entender que estamos aquí de paso y, por ello mismo, reír.

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Dice Thoreau:

“¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos”.

Esto me hizo pensar en la muerte bien entendida, en aquella máxima de María Zambrano que dice “la filosofía es una preparación para la muerte” cuando vuelvo al libro y Thoreau me dice:

“Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos! Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. […] Ya han volado tan alto que vuelven al polvo con enorme satisfacción y se depositan allí abajo, resignadas a yacer y a descomponerse al pie del árbol para ocuparse de la alimentación de las nuevas generaciones de su especie y volver a ondear en lo alto. Nos enseñan a morir”.

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¡Pues eso mismo! Las hojas de otoño nos enseñan a morir; nos enseñan que la muerte, además de inevitable, no es más que un paso de un estado a otro y que debemos aceptarlo con humildad, “ligeros y juguetones”, para así desfilar en paz hacia “nuestra última morada”.

Control limitado

Andreas Englund

Andreas Englund

Hace unos días cité a Joseph Campbell, en un fragmento donde éste hablaba de Schopenhauer y de su idea de que nuestra vida está escrita, también, con la injerencia de todas las personas con las que nos hemos cruzado. Somos lo que somos por nosotros mismos, pero también gracias a ellos (aunque a veces la palabra “gracias” nos cueste un poco ponerla en este contexto). Ahora me encuentro con esta cita de Chesterton que viene a ponerle el broche de oro a la idea:

“Para que nuestra vida sea una historia o un romance dignos, es necesario que una gran parte de ella, en todo caso, se resuelva para nosotros sin nuestro permiso. Un hombre tiene control sobre muchas cosas en su vida; a veces tiene control sobre bastantes cosas como para ser el héroe de una novela. Pero si tuviera control sobre todo, habría tantos héroes que no habría novela posible”.

Ése es un buen punto de vista para aceptar los tropiezos con los que nos encontramos a lo largo de este camino. Si no estuviesen allí, todos seríamos felices, heroicos, notables y poderosos seres humanos. No sé por qué, pero me parece que si eso ocurriera, nuestra vida sería mucho, pero mucho más pobre, más tonta, más plana y, sobre todo, mucho menos interesante para ser vivida.

Loas a la cama

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En ella nacemos y, si somos afortunados, en ella moriremos (La muerte de los justos se llama a esa forma pacífica de marcharse para siempre; pasando, sin saberlo, de un sueño al otro). Ella está allí, casi siempre invisible a nuestros ojos, pero es en ella donde pasamos y pasaremos gran parte de nuestra vida: durmiendo, lo cual ya implica al menos un tercio del tiempo que estaremos sobre esta tierra —y supongo que alguno ya estará haciendo las cuentas de rigor—, amando; compartiendo charlas, juegos, películas, comidas, con el ser elegido para estar a nuestro lado (es decir, otras formas del amor), leyendo o, también, escribiendo; tal vez una carta, tal vez un cuento, una novela o, quizá, unos simples apuntes como esta nota, garabateada en un viejo cuaderno deshojado.